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Domingo, 4 de enero de 2004

NOTA DE TAPA

Tristes trópicos

En el 2000, apremiado por una difícil encrucijada personal, Antonio Escohotado opta por huir hacia adelante y emprende un largo viaje por el sudeste asiático. Pasa un año en Tailandia, hace excursiones a Vietnam, a Birmania, a Singapur. Toma aviones decrépitos, es estafado por taxistas, busca y prueba todo tipo de drogas, frecuenta bares donde las mujeres destapan botellas con sus vaginas. Y a medida que se abre paso en ese territorio exótico, su antena, alerta y perspicaz, va capturando las escenas, los climas y las voces más singulares de un mundo que flirtea al mismo tiempo con el paraíso y el infierno. Todos esos hallazgos –más la conciencia de un hombre que, flamante padre, descubre la inexorable vejez– se despliegan en Sesenta semanas en el trópico, el libro de Escohotado que editorial Anagrama acaba de publicar en España y del que Radar anticipa los fragmentos que siguen.

Por Antonio Escohotado

BANGKOK

3.8.2000 Hay trece horas de avión por delante, desde el ascua de luz parisina que vamos dejando atrás hasta los paisajes ignorados de Tailandia. Llevo el corazón muy maltrecho. Hace medio año me separé de una mujer a quien había prometido no dejar nunca. Antes de confesarle que hice un hijo con otra huyo a la cara opuesta del mundo, para no asistir al dolor causado por la confesión en mi antigua casa, un dolor que me resulta insufrible, desmedido, monstruoso. Tengo razones para romper ese matrimonio, desde luego, pero nada cambiará que podía haberme sacrificado y no lo hice. Es algo que repite el ánimo cada mañana cuando despierto, percibiendo el atardecer avanzado de la vida como una navegación diametralmente distinta de la previa. Siempre recorrí el filo de la navaja, guardado por una alegría estoica que repartía suerte en los peores percances. La propia estima quedó enganchada al dar el último salto, y ahora toca seguir con pasiones que gobiernan mezquinamente, como el metabolismo.
La cobertura profesional es un proyecto –”Causas de la pobreza y la riqueza en Oriente y Occidente”–, aceptado como año sabático por mi universidad y otra de Bangkok. Quizá no encuentre nada valioso en esta dirección, aunque a efectos académicos baste reunir datos. Hasta hace poco miraba todo por el filtro Aristóteles-Hegel. La zozobra personal coincide con el redescubrimiento de Hume, que propone una razón no hipotecada a arrogancias. Es arrogancia ver el designio como origen de realidades que cambian sin pausa, unidas a prosaicas ventajas comunes. Por ejemplo, se dice que acatamos un gobierno porque nuestros ancestros concertaron cierto pacto, lo cual complace al amor propio humano. Pero ¿qué les llevó a pactar, replica Hume, aparte de su propia conveniencia? Como la razón y el interés coinciden aquí, en situaciones catastróficas hará falta mucho gobierno, no así en otras. Imaginar que el Estado puede asumir funciones de redentor moral opone altruismo y egoísmo sin cordura, decretando filantropías forzosas que se resuelven en obediencia ciega a algún yo con nombre y apellidos.

4.8 Novedad y fijeza. Algunas cosas nuevas pasan desapercibidas, quizás por lo mismo que nuestra atención se concentra sobre objetos en movimiento. Los trozos inmóviles de un paisaje han de mirarse uno a uno antes de aparecer, y los trozos nuevos tener algo previsto o no nuevo para destacarse. El desafío de explicar esta ocurrencia me acomete en la gran cama doble del hotel en Bangkok, recién tragada una pastilla de somnífero con cerveza local y un buen chorro de tequila, a efectos de contrarrestar el jet lag. Pasados unos veinte minutos, el ánimo apenas atormenta.
Si el paisaje es radicalmente nuevo conmueve en principio menos que acompañado por novedades de segundo orden, como cuando en un museo topamos con cuadros o esculturas ya familiares. La pagoda sólo ahora es tridimensional y tangible, aunque estaba esperando en la memoria. Lo mismo puede decirse del rostro asiático, y casi de cualquier otra cosa. En vez de raro el paisaje resulta entonces pintoresco, caricatura de lo propiamente extraño o nuevo. De ahí que ni el aeropuerto ni el largo recorrido hasta el centro de Bangkok ni el hotel hayan sido sino un tránsito de copias planas a originales cúbicos, de algunas reproducciones a sus objetos. Lo más próximo a una sorpresa –y de mal agüero– es ver hasta qué punto quienes trabajan en la calle llevan puestas máscaras, unas veces como las que usa el personal de quirófano y otras veces más aparatosas. La primera novedad real llega horas más tarde, cuando empieza a hacerse de noche y miro por la ventana de un séptimo piso. Entre aguacero y aguacero se perfilan pequeñas viviendas y grandes rascacielos aislados, no pocos de ellos inconclusos. Hijos de la crisis desatada en 1997, estas mastodónticas estructuras de metal y hormigón han quedado en esqueletos, faltos del revestimiento y los servicios internos que demandaba su cuerpo total. De la euforia inmobiliaria restan edificios como el Baiyoke Sky II, que desde su mirador de la planta 89 domina un enorme horizonte llano, cubierto todo él por obras humanas y espesa polución. Ni eso ni algunos hoteles lujosos afecta al hecho de que Bangkok sea una megalópolis de casitas renegridas. Calle a calle, el cableado de la luz y el teléfono cuelga en inextricables y cochambrosas madejas, sujetas por postes de hormigón a la altura de los entresuelos. El alcantarillado, que corre bajo las aceras, está presente a través de periódicos respiraderos, por donde rebosa al poco de caer una tromba de agua. Los cables se encofran y las aguas van por cañerías en el estrato que podemos llamar arriba, propio de inmuebles con más de quince o veinte pisos. Abajo, a pie de calle, la decoración recuerda Blade Runner, con minúsculos puestos protegidos de la lluvia y el sol por paraguas. La circulación peatonal se parece al entrar y salir de algún estadio. El tráfico rodado quiere adaptarse a la vida del arriba, pero las estrecheces del abajo lo condenan a convertirse en un ruidoso coágulo.
Al fin algo imprevisto: una división vertical en vez de horizontal del territorio. Aunque no deje de haber barrios ricos y pobres, esa diferencia suele desarrollarse dentro de la misma manzana, comenzando por las hediondas aceras y terminando en el lujo de áticos ajardinados. La visión no tranquiliza a alguien que padece vértigo, pero el combinado de alcohol y benzodiacepina baja piadosamente el telón.

5.8 Encuentro hierba por procedimientos indirectos. Cerca del hotel –que es el aceptable Indra Palace– hay una sastrería para aficionados a la seda, y bastó echar una ojeada al escaparate para que un dependiente saliera y me invitase a entrar. Hablaba un inglés impecable, rondaría los veinticinco años y pensé que si me compraba un pantalón podría pedirle que lo llevase al hotel para la prueba definitiva, momento adecuado a efectos de entrarle con demandas de cáñamo. Los peligros aparejados a ser descubierto con alguna droga ilegal en Tailandia aguzan el ingenio y aflojan la cartera; en este caso, hasta el punto de comprar un pantalón de seda salvaje anormalmente caro y feo, negro para más señas, que al copiarse fielmente del mío cargó con unas pinzas ridículas, dado el apresto de la tela.
La estratagema está a punto de naufragar dos horas después, cuando quien viene a traerme la prenda es un primo del primero, más joven aún y poco fluido en inglés. Le doy una buena propina y pregunto por “grass, marihuana”, a lo cual responde girando la cabeza mientras mira al techo, como si no entendiera. Una vez solo, estoy maldiciendo la torpeza de todo el asunto cuando llama por teléfono Johnnie, el sastre bilingüe. Algo más tarde estamos hablando relajadamente en la habitación. Su lacónico primo me había dado la primera clase asiática de modales; no asintió ni negó, se abstuvo de intervenir inmediatamente.
Hijo de padre indio y madre thai, Johnnie fue enviado a California para estudiar ingeniería industrial, pero la ruina del negocio familiar –con la crisis del ‘97– le trajo de vuelta, y ahora trabaja como empleado en la tienda de otro indio. Su mediación me procuró una bolsa ni grande ni pequeña, capaz de colocar bastante pero de un material húmedo y con semillas a granel, francamente incómodo de manejo. Jamás había visto hierba tan aplastada y como mojada, que requiere deshebrarse para mezclarla con tabaco, y aun entonces tiende a apagar el pitillo sin pausa. Johnnie no quiere ni hablar de buscarme el famoso caballo blanco de estos lugares, alegando que “la clase de gente” relacionada con su uso es muy poco recomendable. Tampoco se aviene a encontrar lo que antes llamaban icey ahora llaman iabba, que es un poderoso estimulante (dexanfetamina) consumido por camioneros, peones y el tipo de infeliz que emplea crack en los Estados Unidos. Como alternativa sugiere una cocaína muy cara, propia de “gente más recomendable”. Nada podría interesarme menos.
6.8 Limitado así mi botiquín, pero repuesto del largo viaje, la terapia antimelancolía sugiere entregarse a masajes –reeditando las ya vetustas promesas de Emmanuelle Arsan–, mientras un sentimiento más parecido a la obligación propone echarle una ojeada a la ciudad. Conozco los alrededores del hotel, agobiantes en medida considerable por la combinación de mal olor variado, muchedumbres peatonales y conductores que intentan meterle a uno en sus sospechosos vehículos, desde triciclos con motor a limosinas. Para desbordar ese estrecho perímetro hacia alguna parte visito la Capilla del Buda Esmeralda, aunque todo tipo de templo –y especialmente los monoteístas– suela causarme fastidio e incluso ataques de alergia cutánea, como a los denostados Dracul de Transilvania. Este templo no es aparentemente monoteísta, y en realidad se dedica a un mortal tan frágil como el príncipe Sidharta, aterrado ante ciertas circunstancias –dolor, decrepitud, soledad– que otros dan por elemental lote de la vida. Ya en estado agónico, Hércules propuso abandonar con alegría un don que no pedimos, convirtiéndose en héroe del estoicismo. Sidharta Gautama, héroe del budismo, propuso el desapego mucho antes de acercarse al estado agónico, ya de joven. A Hércules apenas le erigieron santuarios, mientras al Buda siguen erigiéndole santuarios grandes y pequeños en cada casa, como al Crucificado.
Por lo demás, la capilla del Buda Esmeralda –encuadrada dentro del complejo que llaman Grand Temple– merece visita, aunque sólo sea para comprobar hasta qué punto los amos orientales dispensan a su plebe obras de orfebrería y arquitectura, no tan lejanas al museísmo de repúblicas laicas. Allá en lo alto, como un pigmeo hecho todo de jade y sentado en un trono de oro, el Maestro corona una sala de grandes dimensiones donde ningún centímetro carece de lujosos adornos. Rodea su altar un ornamento parecido a las afiligranadas custodias de algunas catedrales europeas. El trabajo de tantos artesanos resulta especialmente apreciado por quienes hacen ofrendas, o rezan a iconos particulares con gesto de devoción intensa. Paredes, techos y suelos se adaptan al propósito de mostrar o aparentar que absolutamente todo está hecho de marfil, piedras y metales preciosos, cosa notable teniendo en cuenta que el templo celebra al más ascético de los mesías conocidos, un puro eremita. Para no mostrarse irrespetuoso con este faquir el visitante debe descalzarse y vestir con decencia, evitando manga o pantalón cortos y calzado por donde asome parte del pie (sandalias). La elección es descalzo o con zapato cerrado.
Para el laico ambas opciones son insatisfactorias. Los pies se cuecen dentro de un zapato, o se abrasan –además de ensuciarse indeciblemente– si van al aire. Con los míos cocidos, buscando refugio para el pavoroso sol de poniente, el taxi que me trajo desde el hotel ofrece una atmósfera gélida y chorros de aire acondicionado dirigidos al pecho. Siendo él un devoto budista, pregunto si Buda es un hombre o un dios. Tras breve pausa responde que fue un hombre, y murió. Pregunto entonces por qué es tratado como si fuese un dios, y supongo que está pensando largamente su respuesta. Pero me equivoco, porque su siguiente alocución es proponer que visitemos otros templos, o la gran tienda gubernamental dedicada a vender joyas.

7.8 Tras recorrer un enclave de compraventa sacra toca visitar lugares de compraventa carnal, establecimientos que el credo budista define como “impropios” no sólo para el clérigo sino para el laico. Por otra parte, no puedo salir del hotel sin que se me pegue el taxista de ayer, que hoy mepresenta a su obeso tío como cicerone excepcional, provisto de un coche más amplio y presto a hacer precios mínimos para cualesquiera carreras. Como en otros lugares poco industrializados, aquí se patrimonializa hasta la relación más episódica.
Hoy me dejo llevar por ese sujeto a cierto antro lleno de turistas borrachos, la mayoría italianos, donde unas infelices abren botellas de Coca-Cola con la vagina (sólo Dios sabe materialmente cómo) y lanzan pelotas de ping-pong usando el mismo órgano. Una se mete allí muchas cuchillas de afeitar unidas por un hilo, y otra usa su genital para dar chupadas a un cigarrillo, objeto que cierto parroquiano chillón apura luego con aparente deleite. Me abochorna colaborar en la existencia de pocilgas humanas, aunque sólo sea por haber pagado entrada. El nuevo taxista es sin duda un cetáceo maligno, pero desasosiega pensar que tengo por delante muchos meses de ser un supuesto ricacho a desplumar, gracias al cual prosperan lugares así e incluso crímenes tan abyectos como la corrupción de menores.
De vuelta al hotel, veo que en un pequeño solar muy próximo se arremolinan adolescentes de ambos sexos. Ya es medianoche pasada, y pregunto a uno de los porteros qué pasa. Contesta que es “cine privado”. Viendo que no entiendo su explicación, añade:
–Algunos comerciantes indios alquilan un televisor con video, junto a paquetes de tres películas. Veinte o treinta jóvenes se reparten el precio, y pasan la noche entretenidos. Durante el día muchos trabajan por aquí, en tiendas y oficinas.
Como el evento está a unos pocos metros (y sigo a la vista de los porteros), me acerco hasta el sitio, donde un par de adolescentes con gesto de pocos amigos parecen cobrar algo parecido a una entrada. Al fondo del minúsculo solar se divisa un aparato rodeado por televidentes, unos pocos acomodados en sillas plegables y el resto de pie o sentado en el suelo. Deben estar al final de la primera película, o al comienzo de la segunda. Lo que ahora proyectan pertenece sin duda al género llamado de acción, con coches en llamas y grandes explosiones.

8.8 Nuevo encuentro con el sastre bilingüe. Al parecer, la obsesión antidroga corre pareja aquí con una enorme oferta, que añade a marihuana y a la heroína blanca (o “tailandesa”) cantidades no menos formidables de estimulantes anfetamínicos, cuyo comercio se persigue con especial rigor. La televisión retransmite semanalmente ejecuciones de traficantes, un espectáculo que las autoridades consideran “disuasorio”, aunque la pena capital por estos asuntos lleve medio siglo en vigor aquí. El gobierno inserta también anuncios televisivos y murales como el que dice “Las drogas nunca ayudaron a los afortunados”.
Una parcialidad semejante conduce de inmediato a la parcialidad inversa –esto es, que las drogas ayudan a los desafortunados–, confirmando la observación hegeliana de que nada real cabe en un juicio remotamente parecido al de A es B. Y aunque este año en Asia puede hacerme cambiar de idea, Tailandia pasa por ser en el Sureste lo que Colombia es en Iberoamérica: un centro de refinado, empaquetado y exportación de drogas ilícitas al resto del planeta. A juzgar por las declaraciones gubernamentales, ni la policía ni el ejército tienen la menor implicación en el tráfico, y sólo unos pobres diablos dirigidos por extranjeros (ante todo birmanos y laosianos) se dedican a mover toneladas de heroína por estos andurriales. Al mismo tiempo, es conocido el nexo entre severidad legal y contaminación institucional en lo relativo a tráfico de drogas, y buena parte de los países que lo castigan con pena de muerte no sólo son productores sino exportadores. La severidad legislativa funciona como advertencia dirigida a foráneos y a toda suerte de meros aficionados, que mejor se abstendrán de intervenir.



SAMUI

1.10 La hierba se terminó. Un profesor inglés de buceo, con quien contacto por casualidad, me habla de un vendedor a quien llamaré Tong, que atiende en Chaweng por las noches. Es una excelente ocasión para inspeccionar la vida golfa de esta isla. Más de una tarde, volviendo de pasar el día en la playa, al pararnos junto al cajero automático de la calle principal, hemos visto ya abierto –y concurrido– el bar llamado XTC (siglas anglosajonas de ecstasy o MDMA), desde el cual nos llamaban con alborozo jovencitas de vida alegre. Hoy no vamos en busca de plan, sino para restablecer parte de nuestro arsenal psicoactivo. Pero es una ocasión para ver si hay o no plan en Samui.
Hacia las once de la noche el bar XTC hierve de mujeres, aunque ni tan jóvenes ni tan joviales como habíamos entrevisto. Contempladas de cerca, hay dos o tres muchachas pasables tras la barra –todas ellas recatadas camareras– y una docena larga de busconas sin el menor atributo venusino, a quienes sería difícil encontrar cliente en una whiskería de Tarancón. Previa copa, las escasísimas agraciadas ofrecen jugar partidas de tres en raya, empleando al efecto dos tablillas paralelas de madera con sus agujeros laterales. De modo que seguimos andando por la calle mayor, donde acabamos frente a un establecimiento de travestis dedicados a representar cabaret. No habiendo paredes ni por eso mismo entrada, mirábamos unos instantes desde la acerca cuando uno de ellos nos invitó a consumir o dejar de mirar. Lo tomamos muy a mal, y reanudamos la marcha.
El centro del pueblo –que de aldea tailandesa no tiene una sola casa– es un sitio bastante simpático de música en directo, donde una banda desgrana temas de Jimmi Hendrix con ayuda de tantos decibelios como el propio Hendrix. Tocan bastante bien. Desde esa encrucijada parten dos estrechas callejas repletas de garitos y anglosajones achispados. Carteles anuncian en los bares partidos de la Premier League, el Calcio y hasta la Liga. Hay muchas más rameras –con la misma proporción de horrendas sobre vagamente admisibles–, freidurías dignas sólo de hambrientos terminales, algún restaurante con aspecto de atraco dinerario y estomacal por decoración moderna, bazares de ropa, relojes y artefactos electrónicos, un par de farmacias abiertas y muchas usureras casas de cambio, con el invariable cartel de no comission. Visto de cerca, el supuesto plan para solteros sin compromiso resulta todavía menos atractivo que en Bangkok; las damas no sólo no son agraciadas y vivaces, sino que destilan una mezcla de cansancio y rusticidad. Parecen trasplantadas desde aldeas perdidas a alguna barra, donde deben hablar inglés y confiar en otras posibilidades de las que, fundadamente, desconfían.
Un kilómetro largo nos separaba del bar donde encontraríamos a nuestro buceador inglés y a Tong. Como en esas películas del Oeste donde la calle mayor es también la única, Chaweng termina más allá de cada lado en negruras sembradas de charcos. Hacemos nuestro kilómetro cada vez menos sensibles a estímulos, pero la paranoia cunde tan pronto como vemos a nuestro dealer. Imagínese un hombre en la treintena, rapado al cero, de expresión carcelaria, que nunca mira a los ojos y ni siquiera gasta la habitual sonrisa thai. Se encuentra nervioso porque está recién salido de un “grave problema” con la policía, y deduzco que nunca vacilará en pagar como soplón ese tipo de deuda. A pesar de ello, el submarinista le avala, y sólo quiero pequeñas muestras de cada cosa. Pido tanto hierba como heroína y iabba, comandas que acepta con un rictus avinagrado en la boca, apuntando la vista al suelo. Por lo menos habla un poco de inglés, y tras decir algo a uno de los camareros pregunta si no tendremos pastillas de XTC. “Las pagaría bien, porque producen erecciones indomables”. “Semejante disparate incrementa nuestra alarma, y mentimos diciendo que no tenemos ninguna. Poco después me hace signos el camarero, que en la cabina del disc jockey –a la vista de todos aunque aislados de oídos indiscretos–espeta: “Ten una bolsa de hierba, no hay iabba y mira este caballo blanco, son quince gramos y sólo valen 300 dólares; la hierba serán 10”. Le doy los diez, ruego que me entregue la hierba en los servicios y pido allí un gramo de caballo, uno solo, aunque sea pagando más en proporción. Serán entonces 30 dólares. Noto que me tiemblan las manos, por no mencionar las piernas. Vuelvo a la barra, y como algo me dice que todo es una trampa le endoso la pequeña bolsa de hierba a mi amigo, para no ir yo solo a la incalificable mazmorra local cuando reciba el narcótico. Poco después regresa el ayudante de Tong, que me hace pública entrega del gramo en un tubito de cristal con tapa de plástico, como los que contienen agujas de coser.
La ordalía estaba a punto de terminar. Nos despedimos con el gesto más desenvuelto que pudimos, y aplazamos el suspiro de alivio hasta comprobar que no éramos seguidos. La paranoia es una alerta que suele resultar muy útil mientras no sobrepase cierta medida, y dispare agresiones con la excusa de protegerse. No fue nuestro caso, sino que volvimos como héroes. El realismo vino después, cuando trasladado a una papela el famoso caballo blanco tailandés resultó ser la mitad de un gramo. Me juré por lo bajo no volver a comprar, y mucho menos a Tong. Pero el fármaco dio de sí para largas charlas.

8.10 Mis amigos se fueron y llegó Beatriz con nuestra hija, que tiene año y medio. Aquí viviremos abiertamente nuestro amor. Honi ayuda mucho con la pequeña, cuyo torbellino de vitalidad bien podría absorber los cuidados de un regimiento entero. Cuando la prole no va siendo devorada por algún Saturno, devora a sus progenitores hasta sumirles en márgenes letales o de estricta supervivencia. Nuestra pequeña, la emperatriz Claudia, tiene tan poca idea del peligro –y tanta ansia de atención– que la madre y el resto del mundo inmediato le deben pleitesía.



VIETNAM

9.11 Visitar Vietnam tres décadas y media después de haber pensado ir allí como guerrillero es lo más semejante a una peregrinación que permite el laicismo. De modo que hago los trámites del visado con entusiasmo, y salgo hacia mi destino tan pronto como la República Socialista emite el caro papelito. Gracias al despertador que me prestó una vecina amanecí a las 4.30, hora de diana para el monje budista, a fin de coger un vuelo de Samui a Bangkok que asegurase no perder el de Vietnam Airlines desde allí a Saigón (Ho Chi Minh City). No tuve tiempo ni para café y zumo de naranja.
Bangkok Airways, filial doméstica de la Thai, es una compañía tacaña con sus refrigerios, que en ocasiones resultan nauseabundos sin exageración alguna. Como fue ése el caso, seguí en ayunas. Luego vino el largo trámite de inmigración: ir de un funcionario a otro, hacer cola ante una taquilla de peaje y volver al primer funcionario con algunos sellos y el resguardo de pago, listos para que él estampe la última acreditación en el pasaporte. Tan privado de alimento y nicotina estaba que ni reparé en algo muy engorroso, como que me cambiasen un visado de categoría 0 por otro de categoría B. Al entrar en la zona duty free vi que no había bar; lo único parecido eran carritos no muy distintos de los callejeros, con productos parejamente terribles. Quizá en otro piso podría conseguir un sándwich y fumar el largamente ansiado pitillo, pero los altavoces llaman a los pasajeros de mi vuelo. nuevo control y estoy en la sala de espera, donde pocos minutos después la compañía anuncia un retraso de tres horas.

10.11 El resto del trayecto resultó excelente. Vietnam Airlines es una compañía comparable a las mejores, con aviones nuevos, limpios, buena comida y una tripulación muy atenta. Ya en el aeropuerto, anticipaba un severo comisario en el mostrador de inmigración, si bien topé con un joven muy sonriente a pesar de sus galones, que viendo el pasaporte exclamó:
–¡Spanish! ¡Real Madrid gutta, very gutta!
Efectivamente, en toda esta zona del mundo no hay ese líquida, con lo cual Spain es Sapain, small es samall y así sucesivamente. El aeropuerto resulta convencional, con mamparas y moqueta gris hasta el control de equipajes. Un taxista, que está dando clases de inglés en una academia, me recluta gracias a su desenvoltura. Sugiere “un hotel de gran confort aunque barato, no los cien dólares del Hotel X” (cuya dirección acababa de darle). Antes de sopesar qué pretende estoy en el minúsculo Hotel Hanoi, metido en una calleja del distrito centro. Para poder pedir cuarenta dólares una recepcionista amabilísima que otorga la habitación llamada VIP, un humilde enclave con dormitorio, salita de estar, baño provisto de jacuzzi y balcón a la calle. No hubiera sido cortés aclararle que aquellas dependencias resultaban horrendas. Días después comprobé, por cierto, que el Hotel X no cobraba 100 dólares, sino 50.
En descargo propio estaba la situación. De Samui a Saigón había tardado tanto como de París a Bangkok. Al salir del aeropuerto eran las siete de la tarde, noche cerrada, y las calles presentaban un bullicio inenarrable. Jamás he visto un despliegue parejo de bicicletas, motos y coches, enmarcado por minúsculas tiendas en todas las casas del recorrido. La tez de la gente era más clara que en Tailandia, con rasgos un poco menos hindúes y algo más chinos. Aquí y allá se veían ancianos con cayado, como calcos del viejo tío Ho (Chi Minh), dispersos entre una multitud abrumadoramente joven o niña. Nada extraño considerando que la franja intermedia de población –varones entre los 40 y los 70 años– fue diezmada por guerras, exilio y reeducación socialista. A falta de otra imagen, el abigarramiento de los pequeños comercios recuerda el interior de alguna iglesia barroca en Bahía, recubierto todo él por exvotos, reliquias y cromos.

11.11El absurdo menaje del departamento llamado VIP lo compensa el balcón, que permite tomar cerveza con cacahuetes o anacardos a cualquier hora, viendo a la gente pasar, trabajar y vivir en sus diminutas casas de dos pisos, adaptadas a la estatura del vietnamita. Unos cincuenta metros a la derecha, sobre la esquina con la calle Yersin –el colaborador de Pasteur y viajero, que desentrañó el misterio de la peste–, un gran cartel de Ricky Martin anuncia Pepsi. A lo largo de mi calle, más angosta, los saigoneses se sientan a la puerta de sus pequeñas tiendas en unas sillitas de plástico cuyas patas apenas levantan un palmo, tomando el aire húmedo mientras comen o pican en familia. Lo mismo da que el negocio sea recauchutar neumáticos, vender piezas de hule, libretas escolares o medicinas chinas.
Al llegar la noche camino hasta lo más céntrico, desprendiéndome de la oferta incesante de cyclos (triciclos con tracción humana), girls, drugs y cualquier cosa imaginable, pues Ciudad Ho Chi Minh tiene tantos buscavidas y mendigos preguntando qué quiere uno como Tetuán o El Cairo. Ceno en la terraza del Hotel Rex –donde sirven un buen filet mignon con patatas fritas estupendas–, desde cuyo quinto piso se domina la plaza principal. Fiel a la regla de que la amabilidad obliga, el camarero logra endosarme un café no deseado, seguido por una copa no menos indeseada, merced a una nueva exhibición sobre fútbol ibérico. Cuando comento que Figo costó 10 millones de dólares, me corrige al punto: ¿no fueron 51? Por lo demás, su favorito indiscutible es Roberto Carlos; también el mío.
En el mismo sitio, lleno de “narices largas” –como llaman a los occidentales–, encuentro a varias señoras españolas que rondarían lossesenta. Una resulta ser madre de toxicómano y, según dijo, rebatió mis opiniones en un programa de Telemadrid, años atrás. Como si viniesen de la peluquería tras lavar y marcar, portando el habitual traje camisero, ella y sus amigas me parecen el perfecto equivalente generacional de señores como yo, tan a menudo calvos y sin teñir, algunos ajamonados y otros amojamados, por lo general bastante menos seguros de nuestros gustos. Si nos apeteciese tanto ir de compras, tendríamos al menos una ocupación cotidiana respetable y absorbente, con valores tan claros como los suyos. Véanse, aunque sea de refilón, los culebrones asiáticos –indios, paquistaníes, chinos, malayos o tailandeses– y se comprobará que, a despecho de la diversidad cultural, son esas damas quienes dictan por toda la superficie de la Tierra sus recurrentes argumentos.

12.11 Comparados con sus espartanos compatriotas del norte, los vietnamitas meridionales tienen fama de corruptos y poco respetuosos con la propiedad ajena. No conviene transitar por zonas que ellos mismos llaman “inseguras”, es frecuente que sisen en el cambio, los taxistas dan siete vueltas para cobrar más la carrera, y resulta arriesgado contratar un servicio o comprar cualquier cosa sin pedir precio de antemano, pues la diferencia puede elevarase al cubo. Volvía esta tarde del museo sobre crímenes de guerra norteamericanos (cuyas terribles imágenes me expulsaron casi al instante), cuando un senecto y escuálido conductor de cyclo –pobre hombre, haciendo de borrico con mis años o más– fue alejándose de la ruta debida, sin duda para acabar en algún sitio “inseguro”. Le frené con un sonoro stop! y volví andando a mi observatorio en el balcón del Hotel Hanoi. Lógicamente, al recorrer las calles no hay una sensación de tranquilidad por la bolsa propia salvo en el perímetro más céntrico, lleno de policías. Por lo demás, el saigonés compensa su inclinación al abuso con industriosidad y agudeza, desplegando una iniciativa que le hace continuamente útil. Nada indica que hace unos pocos años le estuviese prohibido hablar siquiera con “extranjeros no pertenecientes a países comunistas”.

13.11Autorizado por mi compañera para hacer antropología de campo, pero inquieto por ser un ridículo viejo verde, pido al primer taxista que me lleve a una buena disco. Llego así a un sitio con aspecto de antiguo teatro, donde trato de arrastrarme tan sigilosamente como sea posible hasta la primera barra, sin mirar hacia ninguna parte antes de haber obtenido una caña y un bol con cacahuetes. Semejantes cosas me convierten en parroquiano respetable, y empiezo a recorrer con los ojos un sitio que puede considerarse fantástico, no tanto por la música como por su humana concurrencia. Un centenar de mujeres, muy jóvenes y guapas a primera vista, danzan con entusiasmo –o miran con la fijeza del búho desde barras o mesas– ante una cincuentena de varones, la mayoría empleados del lugar. La copa vale tres dólares. Una vez hecho a la estridencia y a la estroboscopia, el cliente percibe una disposición amistosa que se convierte muy gradualmente en amable. Ninguna de las gentiles azafatas habla inglés, con lo cual la comunicación se hace por gestos. Vistas más de cerca, varias son sorprendentemente bonitas, sin huella de amargura o mala vida en el rostro. De no ser por los rasgos asiáticos parecerían muchachas de cualquier disco europea, vestidas a esa moda, aunque dispuestas a departir con cualquier “nariz larga”.
Al cabo de una hora o así soy invitado a una mesa donde tres damitas llevan rato secreteando entre maliciosas risas. Una de ellas sólo resulta bastante bien parecida, mientras las otras dos asombran por la lozanía y gracia de sus rasgos. La más joven lleva su pelo negro azabache a lo Juana de Arco, cortísimo; tiene ojos azules –quizá por ser nieta de algún marine– y puede competir en exótica belleza con cualquier mujer que hayavisto en mi vida. Al no entender palabra de inglés o de francés, suple los silencios haciendo una especie de risueño brindis antes de tomar cada sorbo de su copa, que contiene jarabe de zarzaparrilla con soda. Sus amigas lanzan grititos cómplices cuando lo hace, como si se tratara de una ceremonia precisa, cargada de significación. Me dispongo a pedir otra ronda, sumándome a un refresco que no veía desde la infancia, cuando ella lanza una parrafada ininteligible aunque hilarante en extremo para las otras dos. Es algo sobre muy mother y la hora, porque apunta con insistencia a su reloj. Colijo, quizás erróneamente, que es hora de retirarse cada cual a su sitio.

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