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Domingo, 24 de julio de 2016

CINE > MARCO BELLOCCHIO

EL TIEMPO DE LAS HOGUERAS

CINE Después de un año de su estreno en el Festival de Venecia, llega a las salas locales Sangre de mi sangre, la nueva película del imprescindible Marco Bellocchio. Con muchos integrantes de su familia en papeles protagónicos –inclusive su hijo, su hija y su hermano–, es un díptico con dos historias en diferentes tiempos: la de Benedetta, una mujer condenada a ser inspeccionada, en cuerpo y alma, por sacerdotes católicos durante la Inquisición, acusada de pactar con el Diablo y de llevar a un monje del monasterio al suicidio, y la del Conde, un viejo vampiro que en la actualidad se esconde en una antigua prisión y recuerda a los atractivos y decadentes nobles de Lampedusa. Lejos del drama histórico, Bellocchio vuelve sobre sus temas recurrentes: el poder, el control social y, sobre todo, la religiosidad y el alcance de sus brazos institucionales.

 Por Diego Brodersen

Todos los caminos conducen a Bobbio. Al menos para Marco Bellocchio, que en su penúltima película –ya hay otra novísima, Fai bei sogni– regresa una vez más al pueblo de Piacenza, en el norte de Italia, que lo vio nacer hacer 76 años. Bobbio fue el lugar donde el joven realizador filmó su ópera prima, I pugni in tasca, en un 1965 que no podía o no quería prever (como si lo hacía, de una manera rotunda, la película) las revueltas de una juventud efervescente que ya estaban a la vuelta de la esquina. También prestó algunas locaciones para En el nombre del padre (1971), film que retoma el recuerdo de sus años de estudio en una institución dirigida por monjes salesianos y lo transforma en una virulenta y, por momentos, surrealista explosión de rebeldía. Es, por supuesto, el trasfondo geográfico indispensable en el mediometraje Vacanze in Val Trebbia (1980) y es, asimismo, el lugar donde fueron rodados –con una cámara de video casi hogareña y la ayuda de algunos de sus estudiantes– Sorelle (2006) y su reelaboración, Sorelle Mai (2010). En estos dos últimos títulos, además, el cineasta contó con la participación en pantalla de varios miembros de su familia: hermanos y hermanas, hijos e hijas. Fantasía: el clan de su primer largometraje, condenado a la destrucción desde su propio seno, marcado por el matricidio y el fratricidio, parece haber encontrado un camino –por precario que éste sea– para la reconciliación. Sangre de mi sangre, que luego de algunos retrasos podrá verse finalmente en salas comerciales de nuestro país a partir de este jueves, también es un proyecto que involucra a la famiglia, como su mismo título señala enfáticamente: su hijo, el actor Pier Giorgio Bellocchio, interpreta dos roles esenciales –dos hombres llamados Federico, habitantes de diferentes tiempos históricos–; su hija Elena encarna la juventud y la belleza ante la cual cae rendido un viejo y aristócrata vampiro; su hermano Alberto interpreta a uno de los Federicos en versión madura, un cardenal también atravesado –como si se tratara del más fulminante de los rayos– por el recuerdo de esa bella juventud que parecía enterrada en un pasado remoto.

“Basado en mi propia experiencia, tiendo a atribuirle a la mujer la fuerza, la vitalidad y el carácter. Benedetta representa la libertad, es una mujer que se niega a rendirse y es fiel a sí misma hasta el amargo final. La suya es una fuerza simbólica que permanece en el tiempo, milagrosamente defendiendo su libertad”, afirmó el realizador en ocasión del estreno mundial de Sangre de mi sangre en el Festival de Venecia, hace casi un año. A pesar de las diferencias de contexto histórico, algo similar puede decirse de Giulia, la recordada protagonista de El diablo en el cuerpo, creada con furia y sonido y risas y llantos por la actriz Maruschka Detmers, otra bellísima joven deseada –y por ello mismo temida– por un ex marxista, un psicólogo burgués y un joven estudiante. Si Giulia estaba atrapada entre las paredes de un departamento lujoso y vacío, sometida a las ansias de propios y ajenos, tanto hombres como mujeres, víctima a la vez de sus propios deseos, las posibilidades de rebelarse que se le ofrecen a Benedetta son aún más limitadas. La suya es la historia de una mujer condenada a ser inspeccionada milimétricamente, en cuerpo y alma, por sacerdotes católicos en tiempos inquisitoriales, acusada de pactar secretamente con el mismísimo Diablo y de llevar a un monje del monasterio al suicidio. Sólo confesando esa vil estratagema podrá la memoria y el espíritu del suicida descansar en paz y su cuerpo ser enterrado en tierra sagrada. El hermano gemelo del difunto (todo un tema en el cine de Bellocchio: la muerte temprana de su propio hermano ya había disparado el germen narrativo de Gli occhi, la bocca en 1982) será el encargado de velar por ese resarcimiento, aunque la historia depara más de una vuelta de tuerca cercana, en esencia, al melodrama, aunque representada por el film sin los aditamentos formales esenciales a ese estilo. Benedetta, interpretada por la actriz Lidiya Liberman, pasará las pruebas del cabello (en busca de una marca demoníaca que acredite la funesta unión), del agua (el hundimiento envuelta en cadenas que pruebe la naturaleza humana o infernal del cuerpo físico), de las lágrimas (que demuestren o refuten el amor por lo divino y su encarnación en la Tierra: Jesús) y, finalmente, del fuego, una de las más elementales y dolorosas torturas físicas jamás inventadas por el hombre.

Todos los caminos conducen a ese convento de Bobbio, donde se desarrolla el drama de la primera historia de Sangre de mi sangre, un díptico en dos tiempos que une pasado y presente de maneras no siempre directas y, en algunos casos, definitivamente misteriosas. El siglo XVII de Benedetta y Federico es una era de hipocresías y deseos inconfesos, de luchas de poder y un control social ejercido directa e indirectamente. La religiosidad y sus brazos institucionales han sido desde siempre temas centrales en la filmografía de Bellocchio. El ejemplo más obvio es la ya citada En el nombre del padre, que transcurre íntegramente en una escuela religiosa a fines de los años 50, reinventando las rebeliones cinematográficas de Jean Vigo y Lindsay Anderson: los ceros en conducta y los “qué pasaría si…” impiden el normal funcionamiento del establecimiento educativo. Más recientemente, en La hora de religión (2002), la posible canonización de una anciana es el puntapié inicial de una investigación fabulesca acerca de la enorme presión que las instituciones ejercen sobre las personas y sus libertades. Pero esas cuestiones surgen incluso en otros films que, de manera frontal o desde los márgenes, ponen en tensión y discusión el rol de las prácticas religiosas en la sociedad italiana de ayer y de hoy, entre otras La visione del sabba (1988) –que también partía el relato en dos temporalidades bien definidas– y Bella addormentata (2012). Bellocchio: “No me he convertido, seamos claros. Soy, cada vez más, un anarquista moderado. El Poder todavía me molesta, por ejemplo, el poder de la Iglesia en aquellos tiempos”. Y es la traición, unida a la testaruda firmeza de la práctica sistemática y constante de ese poder, lo que hace que el destino de Benedetta quede sellado literalmente entre cuatro paredes infranqueables, mientras que el de Federico es habilitado para el encumbramiento social. Hay una arista ciertamente feminista en la mirada del realizador que, sin embargo, no opaca otros elementos e ideas circulantes. En algún punto, el primer relato de Sangre de mi sangre es tan feminista como puede serlo La pasión de Juana de Arco, de Carl Th. Dreyer, que Bellocchio homenajea sin pedir disculpas en una secuencia donde la mujer es el centro de las miradas de los hombres célibes, acodados unos sobre otros, enmarcados por un claroscuro que la iluminación de Daniele Ciprì (quien viene colaborando ininterrumpidamente con el realizador desde 2009, año de producción de Vincere), parece haber logrado luego de tensar al límite las posibilidades fotográficas del rodaje en formato digital.

El riesgo de que el espectador confunda la historia de Benedetta y Federico con un típico exponente del drama histórico naturalista va desdibujándose a partir de ciertos elementos narrativos opacos y queda definitivamente eliminada de la ecuación cuando la banda de sonido deja oír una versión coral (en idioma inglés) de “Nothing Else Matters”, el hit de la banda Metallica, que asoma brevemente durante un momento de relevancia narrativa, cerca del final de la primera historia, para volver con fuerza en la coda que cierra el film. Bellocchio juega a varias puntas: utiliza la alegoría, pero no permite que ésta se devore las particularidades y anécdotas del relato; detalla usos, costumbres y superficies sin ocultar del todo la idea brechtiana por excelencia (el famoso efecto de extrañamiento); discute de manera muy crítica cosmovisiones sin caer en la trampa de la tesis. Resulta evidente que, si la rebelión llevaba, en el caso de I pugni en tasca, a la disolución total y absoluta del orden social –y, eventualmente, a la locura personal– y En el nombre del padre ponía de relieve la pulsión dictatorial detrás de los deseos libertarios, en el capítulo histórico de Sangre de mi sangre el orden es mantenido mediante la sofocación de la revuelta, la exaltación del fariseísmo y la posibilidad de la ascensión social como recompensa a la vileza.

Todos los caminos conducen a esa ex prisión de Bobbio, abandonada y derruida, habitada exclusivamente por un viejo vampiro, el Conde (Roberto Herlitzka, un rostro habitual en las películas del director), y sus dos asistentes ciento por ciento humanos. Para que no queden dudas, el plano que abre la segunda historia es indisimuladamente similar al que había dado origen a la primera. El lugar es, por supuesto, el mismo, sólo que ahora, en la actualidad, es ansiado por un ciudadano ruso que desea construir en el sitio un “centro de recuperación musical para adictos” o bien un hotel de lujo muy exclusivo. Lo mismo da. Acompaña al “músico, filántropo y multimillonario” eslavo un inspector, representante del departamento de impuestos y propiedades del estado, el segundo de los Federicos. En una escena que introduce con fuerza el elemento cómico, ausente en el otro episodio, el inesperado visitante es, a su vez, visitado por una viuda acongojada ante la carencia de una pensión y un falso lisiado que debe devolver el dinero recibido durante años gracias a una subvención por discapacidad mal habida. Si el Conde es vampiro por su condición de noble o noble por ser vampiro es algo que no se puntualiza; en el fondo, no tiene la menor importancia. Lo cierto es que, como los aristócratas de di Lampedusa en El gatopardo, el Conde y sus amigos chupasangres –que se comportan con distinción, pero también como mafiosos– exudan una cierta decadencia y, al mismo tiempo, parecen ser los últimos portadores de valores olvidados, exponentes de un mundo en extinción. El propio Conde decide visitar a un colega dentista, a sabiendas de que ese colmillo cariado ya no servirá para morder cuello humano alguno. Acechado por las reglas del juego del mundo moderno (Internet, la fascinación por la exposición y la fama, la corrupción a pequeña y gran escala, los impuestos), el vampiro anhela otros tiempos mejores, al tiempo que no puede (ni quiere) evitar la fascinación por esa sencilla mesera de restaurante que será, finalmente, quien lo llevará inconscientemente hacia los portales de uno de sus más poderosos enemigos.

“Ahora todos quieren la factura. Hasta los campesinos quieren la factura. En los días de mi padre, la gente pagaba con pollos, salame, huevos. Ahora todos quieren la factura”, se queja el dentista, antes de rellenar la cavidad ennegrecida de su paciente. Un poco más tarde, un paseo nocturno por el pueblo lleva al vampiro a un fugaz reencuentro y a la posibilidad de admirar, una vez más, esa belleza que solía poseer con un chasquido de los dedos y que ahora, en una etapa pasiva –en la cual el resguardo es esencial para su supervivencia– sólo puede observar y admirar desde la distancia, como un simple voyeur. Tan inconformista como siempre y, sin dudas, una de las voces más potentes y personales del cine italiano contemporáneo luego de cincuenta años de carrera, Marco Bellocchio no añora el pasado y tampoco idealiza el presente, ni el mundo de los siglos XX y XXI que le han tocado transitar ni el de ese lejano XVII que retrata en la primera historia de Sangre de mi sangre. Pero tampoco el pasado o el presente de su propio cine, que parece seguir reinventándose película tras película, ajeno tanto a las modas como a la cristalización académica de un estilo. Si es finalmente cierto que el cine es un instrumento del Diablo, como afirmó en su momento Jean Epstein, el director italiano es entonces uno de sus más fieles adoradores.

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