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Domingo, 24 de julio de 2016

FAN > “MIENTRAS MIRO LAS NUEVAS OLAS”

LA ARENA CON CELOFÁN

FAN Una escritora elige su canción favorita: Belén Iannuzi y “Mientras miro las nuevas olas”, de Seru Giran

 Por Belén Ianuzzi

Buscaba desesperadamente alguna información que me ayudara a dar un salto. Recién había terminado el colegio primario y tenía permiso para ir caminando desde mi casa en Belgrano hasta la casa de mis abuelos en Belgrano: por Mendoza derecho, desde Zapiola hasta Cuba. Contaba también con ciertas herramientas que resultaron fundamentales: la plata que ahorraba de los almuerzos, los billetes que mi abuela Tata me guardaba en la mochila “para que te compres lo que quieras” y un walkman blanco que me habían regalado por mi cumpleaños durante un viaje a Chile.

“Lo que quieras” hasta ese momento eran plantas que elegía con dedicación de naturalista en El jardín de Julieta, un vivero que estaba frente al Museo Larreta. Empezaban los 90.

No fui una adolescente rebelde, no me llevaba materias en el colegio, creo sí que una vez me teñí un mechón de pelo en honor a Kurt Cobain. Pero eso fue después y es otra historia.

Una tarde, en una de esas excursiones cotidianas desde un Belgrano hacia otro Belgrano, decidí cambiar el camino, dar algunas vueltas, zigzaguear con método y atención, ampliar el campo. Así aparecieron Prix D´Amí (¿quiénes son esas personas que hacen música ahí? ¡quiero conocerlos!), el Barrio Chino (que en ese entonces se parecía más al de la película de Polanski que a un lugar turístico), Pettinato vendiendo pebetes de jamón y queso en Cabildo y Juramento, el teatro under de la Upebé... y las disquerías.

Mi casa no era una casa en la que se escuchara mucha música, se leía, se estudiaba, se trabajaba, pero la música era algo que ocurría en ocasiones especiales. Sin embargo, un instinto interior muy poderoso y misterioso me colocó con 12 años y unos pesos en una batea del viejo Musimundo de Cabildo y Mendoza, al lado de un cine que ahora es una farmacia. El mismo instinto me hizo comprar, sin tener la menor idea de qué se trataba, un casete: Bicicleta, de Seru Giran. Hasta ese entonces, Charly García era en mi círculo familiar más íntimo “un loco que se baja los pantalones en los recitales y se lo llevan detenido”. Desde entonces, Charly García es alguien más de mi familia, un integrante fundamental: une, acompaña, sensibiliza, abre la mirada.

“Quiero estar en la playa cuando se han ido los que tapan toda la arena con celofán”, “La música sigue pero a mí me parece igual”, “Mientras miro las nuevas olas, yo ya soy parte del mar”, “¿Será cómo yo lo imagino o será un mundo feliz?”. Charly le había puesto palabras a mis sensaciones, a mis sentimientos, a mis dudas. Charly me había puesto voz.

A partir de “Mientras miro las nuevas olas”, mi walkman y yo entablamos una relación simbiótica. Ya no iba derecho desde Zapiola hasta Cuba, daba vueltas por la plaza frente a la iglesia del barrio, la Redonda, me quedaba pensando, empezaba a escribir.

Las pilas salían caras y duraban poco, de modo que me convertí en la loca del casete y la birome Bic. Rebobinaba la cinta con la birome en el aire dando vueltas con ahínco hasta volver a la canción, mi canción, hasta poder cantar la letra de corrido y sacar los acordes en la guitarra. Esa canción fue, es y será un talismán que llevo guardado dentro de mí y al que regreso cada vez que me siento perdida. Ahí, en esa canción, estoy yo.

Puedo organizar mi vida, contarla, narrarla a partir de los discos de Charly García. Puedo decir: “En la época de El aguante me puse de novia con tal”, “En la época de La hija de la lágrima fue cuando empecé a caminar y a conocer la avenida Corrientes, con sus librerías y su bohemia”, “En la época de SInfonías para adolescentes decidí cambiarme de carrera y estudiar Letras”, y así con todos y cada uno de sus discos.

En esa misma época, creo que en el 93, terminó un programa de televisión que veía de chica y que adoraba. Se llamaba El agujerito sin fin. Iba por Canal 13, lo conducía Julián Weich, acompañado por grandes músicos en ascenso: Pablo Marcovsky y Claudio Morgado. Ese último envío terminó con un videoclip: imágenes de programas viejos con “Mientras miro las nuevas olas” como banda de sonido. Me gusta pensar que fue un guiño de esa fuerza poderosa y misteriosa que me acercó a Charly para decirle adiós a la infancia y entrar bien acompañada a la adolescencia.

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