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Domingo, 24 de julio de 2016

ANIMACION > GRAVITY FALLS

LA EDAD DE LA INOCENCIA

ANIMACION Ya está online la deliciosa serie Gravity Falls, creada por el joven Alex Hirsh para Disney Channel: a primera vista, una mezcla de gótico con las series de investigación paranormal como los Expedientes X, más homenajes a Twin Peaks y Los Simpson. Pero, hilando fino, es una conmovedora exploración del cariño entre dos hermanos de doce años y sus miedos, llena de humor pero sin ironías cancheras, ambientada en un pueblo plagado de secretos y con un villano inolvidable.

 Por Federico Reggiani

A cualquiera le puede pasar: tu hermana melliza se pone de novia, y vos te convencés de que el chico es un zombie. Finalmente, los adolescentes se parecen bastante a los zombies: son hoscos, se expresan con monosílabos, huelen mal. Espiar a tu hermana se justifica ante semejante sospecha, sobre todo si ves que el chico se vuelve a colocar un brazo que se le cayó accidentalmente. Cuando le insinuás a tu hermana que su novio puede ser un monstruo sobrenatural, ella se ilusiona pensando que sale con un vampiro romántico. Al final, todos se equivocan: el novio es un montón de gnomos de sombrero en punta, amontonados unos sobre otros y disfrazados con un sobretodo, desesperados por conseguir una nueva reina.

Ese es, poco más o menos, el argumento del primer capítulo de Gravity Falls, la serie creada por Alex Hirsh para Disney Channel: a primera vista, un graciosísimo cosido de los lugares comunes del cine clase B, la novela gótica y las series de investigación paranormal como los Expedientes X o, como la definió su autor, “un cruce de Twin Peaks con los Simpsons” apto para todo público. Hurgando un poco, encontramos en realidad una conmovedora exploración del cariño entre hermanos y los miedos preadolescentes. Menos cinismo bizarro que el disfrute de la infancia contado con una mirada inocente.

La historia es sencilla: el racional Dipper y la alegre y romántica Mabel, dos hermanos mellizos de doce años, viajan a pasar el verano a Gravity Falls, un pequeño pueblo en Oregon, al cuidado de un viejo tío que es el propietario de una “trampa para turistas”, The Mistery Shack: un museo de curiosidades que invita a salir de la carretera con ofertas como una piedra con forma de cara, dudosos animales embalsamados (pie grande, una sirena, un oso unicornio, un pterodáctilo), un museo de cera y un invisible hombre invisible. El tío Stan –un cascarrabias adorable que dice cosas como “cuando no hay policía cerca, todo es legal”– insiste en que lo que ofrece es falso, pero Dipper encuentra un diario con anotaciones sobre los secretos del pueblo, y el misterio empieza a crecer. A medida que se suceden los episodios, el pueblo se llena de personajes adorables, y las monstruosidades se multiplican

Gravity Falls se distingue de otros dibujos animados contemporáneos, como Hora de aventura o Un show más, en que se trata de una historia continuada y cerrada. Son sólo dos temporadas (que están casi completas en Netflix): cuarenta episodios de una historia con su climax, su resolución y su final conmovedor. Sí, un poco se puede lagrimear en el último capítulo. Cada episodio admite una mirada ocasional, pero forma parte de un relato complejo, lleno de referencias cruzadas, reapariciones y misterios a resolver que en buena medida giran alrededor de Bill Cipher, uno de los villanos más aterradores y a la vez más divertidos que hayan circulado últimamente por las pantallas. Bill es el clásico triángulo enladrillado con un ojo en el centro que aparece en los billetes de dólar, aunque aderezado con brazos, piernas y una galera, y está dispuesto a convertir el mundo a su imagen y semejanza. Baste comentar que suele regalar a la gente “que le cae bien” obsequios como los dientes recién arrancados de un cervatillo o “una cabeza que grita” (y es eso: la cabeza de un señor bigotudo que grita de dolor, interminablemente) para imaginar que su mundo no es un lugar agradable y mucho menos racional.

Un rasgo fascinante de Gravity Falls es la densidad de la trama de misterios. Es recomendable estar atentos a todo: a unas imágenes al borde de lo subliminal en los títulos de inicio, a los personajes incidentales, a las series de números que aparecen debajo de las escenas deliciosas que acompañan los títulos finales, a unos dibujos que cierran cada capítulo y completan un mapa enorme. Como no podía ser de otro modo, hay multitud de foros, debates, wikis y discusiones para completar el disfrute.

Hablar de “dibujo animado de autor” ya ni siquiera es una tontería novedosa. Hace décadas que nombres como los de los hermanos Fleisher, Chuck Jones o Tex Avery son conocidos más allá de un circulo de especialistas y, sobre todo, casi desde siempre, el dibujo animado hizo lugar a formas personales o a la emergencia de un estilo. Lo “autoral” de Alex Hirsh no está dado tanto por la originalidad temática o gráfica, sino por el uso de sus recuerdos de infancia, por cierta tensión autobiográfica. La adorable relación entre Dipper y Mabel es el reflejo de la relación con su propia hermana melliza.

La trayectoria veloz de Alex Hirsh explica en buena medida por qué la televisión mainstream resulta tanto más interesante que el cine de gran presupuesto. Hirsh estudió animación en el California Institute of Arts y trabajó en Cartoon Network, y aceptó una propuesta para desarrollar un show para televisión antes que un trabajo en Pixar. “Lo maravilloso de la televisión es que puedo contar veinte historias en un año; si trabajo para un estudio, voy a contar el 1% de la historia de otro, en cuatro años. No siempre saldrá perfecto, pero hay un elemento de improvisación, y es posible aprender”. El riesgo, la liviandad, el apuro, el error: los defectos son las fisuras que permiten que un conglomerado de negocios le permita a un dibujante de 28 años ponerse a recordar su infancia mientras le hace guiños a su hermana.

“Traté de hacer una serie con una verdad emocional”, dijo, también, Hirsh. “Hay una suerte de temor, en muchos lugares, sobre todo en las cadenas que tienen un énfasis excesivo en ser cools o tratar de seguir lo que creen que es el zeitgeist del momento. Hay un miedo a la sinceridad, un miedo a los personajes con densidad emocional”. Probablemente ahí esté la clave de Gravity Falls: las canchereadas empiezan a cansar y un poco de calidez funciona como una especie de alivio.

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