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Domingo, 9 de octubre de 2016

SERIES > WOODY ALLEN

LOS TIEMPOS NO ESTÁN CAMBIANDO

La noticia resultó casi increíble: el esquivo Woody Allen, siempre crítico de la televisión, iba a filmar para Amazon una serie de seis episodios. Y ya está online: se llama Crisis in Six Scenes, él mismo la protagoniza a los 81 años, interpretando como tantas veces a un escritor frustrado aunque exitoso y neurótico. Allen revisita sus clásicos, desde Bananas y hasta Annie Hall, al mismo tiempo que cita a Philip Roth y a su propia y convulsa biografía. Se trata, en verdad, de una película de seis horas, una comedia de época y de malentendidos, irresistible porque hace tiempo que no se ve a Allen frente a cámara, capaz de autoparodiarse y de seguir provocando.

 Por Fernando Krapp

Al final, Woody Allen siempre encuentra el modo de salirse con la suya. Cada año, durante los últimos tiempos, sabemos que una nueva película se estrenará, y ese estreno generará algún tipo de controversia, tanto dentro del mundo cinematográfico como por fuera. Los críticos nunca saben cómo reaccionar ante una nueva película del realizador criado en Brooklyn. Ha generado en ellos un fenómeno extraño: los ha convertido en maníaco-depresivos. Pueden saltar emocionados por “la vuelta” después de su último fiasco, a llorar y patalear pidiendo a gritos que olvidemos pronto su, vale decir, último fiasco. En las últimas dos décadas, se ha anunciado la muerte estética y creativa de Allen con su consiguiente renacimiento en varias y dispares oportunidades: con Match Point, como su regreso al “policial pasional”, con Medianoche en París, a la comedia naïve de su período europeo, y recientemente con Café Society a la película ligera y fitzgeraldiana con guiños a Casablanca, de temática amarga y vital. La extensa filmografía de Allen sólo permite comparaciones interiores; ya no podemos lanzar puntos de contacto con Groucho Marx, con Ingmar Bergman (en su período dramático) o las comedias de Howard Hawks. Solo podemos compararlo con él mismo, y al hacerlo, entramos en un espejo deforme de reclamos aniñados, dudas existenciales, y alegrías efímeras.

“Todo lo que se ha dicho a mi alrededor entra en el terreno de la mitología”, dice Woody Allen en el documental que Robert B. Weide, su admirador más profeso y exhaustivo, estrenó en el 2012. Sonriente, desde su limousine, Allen lo dice en respuesta a los tabloides y noticias amarillas que circularon a su alrededor, desde los años noventa, cuando se separó de Mia Farrow en pleno rodaje de Maridos y esposas, y se dio a conocer su relación amorosa con la hija adoptiva de Farrow, Soon-Yi Previn. Hace unos meses, mientras Allen se paseaba con las estrellas de su último film por la alfombra roja de Cannes, Ronan Farrow, su aparente hijo único biológico (aunque todo parece indicar que su verdadero padre es Frank Sinatra), ratificó las denuncias que su hermana Dylan “Malone” Farrow había hecho contra su padre adoptivo por abuso sexual. Ronan es un joven abogado de Yale, asesor de Hillary Clinton y un periodista de la NBC bastante reconocido en el ambiente de las noticias en Estados Unidos. Su carta de apoyo fue más retórica y elegante, en términos de escritura, que la de Dylan, motivada por la catarsis y la furia. En ambos casos, la defensa del cineasta fue pública y señaló la búsqueda de prensa por parte de los denunciantes. El hombre que parodió mitos griegos en clave moderna e hizo hablar a la contestadora automática de Zeus, lo dijo: toda su vida se encuentra envuelta en mitología.

LA TV ATACA

Ahora, finalmente estrena una serie de televisión. Producida por Amazon, el sitio web, que pasó de ser una tienda digital a una corporación, ese “mercado libre” con capital suficiente para producir y vender sus propios productos. Amazon fue el gran inversor de las últimas películas del neoyorquino de 81 años y, al parecer, la oferta de hacer una serie superó ampliamente sus propias expectativas productivas; algo que solamente un tonto podría rechazar. Allen puede ser llamado de mil maneras, pero tonto no es una de ellas. Así que aceptó y entregó una serie de época de seis capítulos sobre el conflicto entre un viejo escritor y una joven activista política durante la década de los 60.

Crisis in six scenes lo dice todo en su título: es una película repartida en seis bloques, que, si los juntamos, tiene como resultado un film de dos horas y veinte minutos. A la duración acostumbrada (entre 80 y 100 minutos, como mucho), la cuenta nos da la película más larga de Woody Allen en mucho tiempo. En ese sentido, no es estrictamente una serie de televisión, ni pretende romper sus códigos, o modificarlos, no hay cliffhangers (finales de bloque), no explora a los personajes de un modo más o menos profundo, no se sube al estandarte de “la televisión es la nueva literatura norteamericana”. Es, sencillamente, una película más de Woody Allen, partida en seis. Si hubiera puesto intertítulos en cada parte, no lo habríamos notado.

Su relación con el formato es conocida: siempre lo detestó, y no se cansó de rechazar ofertas recibidas para pasarse al “show biz”. Sin embargo, lo conoce de primera mano: se inició como guionista de chistes a principio de los 60 con 19 años de edad, hizo stand up, tuvo un show con su nombre, y filmó un telefilm. Después del éxito de sus primeras películas su carrera comenzó a despuntar hacia fines de 1970. El cine le permitió lanzar munición pesada, justamente, contra la cadenas televisivas: varios personajes (o alter egos) de sus películas coquetean con la televisión con angustia o como motor de sus conflictos. Cineastas, guionistas, escritores, comediantes: trabajar en televisión es humillarse para llevar una cómoda vida burguesa en Nueva York. Recordemos a Isaac en Manhattan, que deja su vida en el Upper West Side para abrazar el sueño de ser novelista y, después de un chiste malo, renuncia a un cargo como guionista de televisión. O Cliff Stern en Crímenes y pecados, el documentalista cuya novia lo deja por un ejecutivo de la televisión. O, más acá en el tiempo, Gil de Medianoche en París, un guionista de Hollywood y de televisión que quiere ser novelista a lo Hemingway. Los ejemplos abundan.

Woody Allen es el primero en reírse o evidenciar el conflicto. Sidney Munsinger, el personaje principal de su serie encarnado por él mismo, es un escritor semi fracasado, autor de novelas entre pulp y bien escritas, que entregó su sueño de novelista a la publicidad de los cincuentas y sesentas, y que ahora, mientras vive su cálida vida de escritor acomodado y burgués en los suburbios ricos de Nueva York, intenta venderle el alma al demonio al pitchear ante un grupo de ejecutivos de televisión la idea para una nueva serie cómica. Cuyo argumento, dicho sea al pasar, es muy similar a Crisis in six scenes.

YO ERA UN HOMBRE VIEJO

Y otra vez: Philip Roth ligeramente homenajeado, desencajado o parodiado. En 1997, estrenó Los secretos de Harry, una versión acalorada de un escritor en crisis, acorralado por los fantasmas de sus personajes, la culpa, la autocrítica y el sexo. Harry era tan parecido al profesor Zuckerman y las analogías tan evidentes, que The New Yorker sacó una nota brindando las conexiones entre los dos. Ahora, directamente toma prestado el conflicto central de Pastoral Americana, el novelón que le valió a Roth el Pulitzer.

Crisis in six scenes, comienza con las placas de siempre, pero, a diferencia de la mayoría de sus películas, con música rock. Mediante imágenes de archivo nos ubicamos en la época: finales de la década del sesenta, activismo político, estudiantes en la calle, manifestaciones. Y en el centro de la trama, Lennie Dale. Una activista política, hija pródiga e hiper educada convertida en estrella mediática a lo Che Guevara, en una época convulsionada por cambios sociales en Latinoamérica, las comunidades negras organizadas en grupos radicales como los Black Panthers, y el feminismo. Algo de polemista debió haber visto Woody Allen en Miley Cyrus y su manifestaciones mediáticas-digitales que le terminó por dar el papel de Lennie (de Disney a tirar molotovs, parece decirnos Allen). La llegada de Lennie a la residencia Munsinger ocurre en mitad de la noche y sacude (un poco) los cimientos morales del matrimonio, tanto en el escritor como en Kay, su mujer, una consejera matrimonial interpretada por la gran Elaine May, y en Alan, hijo de unos amigos de la pareja que estudia para convertirse en Administrador de Empresas, y quien termina seducido por los parlamentos políticos de la intrusa.

Película (¿dijimos película?) de enredos familiares y teléfonos blancos, de cruces desquiciados, no hay crescendo de personajes ni cruces sorpresa. El final no es hay un clímax de catarsis o uniones de malentendidos. Hay apenas inercia por el movimiento desencadenado, un tumultuoso griterío en donde un par de matrimonios reclaman consejos (uno de los momentos más cómicos de la serie), un empresario descubre la fascinación de su hijo hacia el activismo, y un montón de señoras viejas están fascinadas por la lectura Mao, Franz Fanon y Carlos Marx. ¿Por qué volver a los sesenta? ¿Por qué mostrar a un viejo ad man rezongón, una especie de cara opuesta de Don Draper? Allen retrató grupos políticos en varias películas: en Bananas directamente constituían el centro de una comedia de gags al estilo Top Secret, en El Dormilón los subversivos eran los estandartes de la virilidad sexual que seducían a Diane Keaton, y hasta en Annie Hall, la película que lanzó su carrera y lo ubicó en el panorama del cine mundial como un comediante con algo más de cabeza que chistes fáciles, todo el aire de cambio y revolución cultural estaba teñido de escepticismo y distancia crítica. El crítico Richard Brody remarcó desde el New Yorker: los subversivos en Crisis in Six Scenes no están movilizados por la acción sino por la retórica. Los personajes “bajan línea” de sus ideales políticos. Es Lennie Dale quien articula sus discursos pero sus acciones se desarrollan dentro de la casa, encerrados en una causa doméstica, en una lógica neurótica de reclamos y persuasiones, de odios cruzados y lecturas impostadas. Brody lee la serie como una especie de contracara al conflicto familiar de Allen, él mismo denunciado por los “discursos” legales de su hija adoptiva Dylan y de su hijo vaya-uno-a-saber-qué Ronan. Aunque una vez más, gracias a su fama literaria (equivocada), logre evadir el castigo de la ley y se salga con la suya.

Más allá de los aciertos y desaciertos de la serie (y de los paralelismos con su vida mediática, que también se filtra en varias de sus películas, por no decir en todas) lo más interesante de la serie es verlo a Woody Allen frente a cámara otra vez. Y sí: los críticos dijeron que se está copiando de sus tips actorales. Es cierto, no tiene ningún reparo en encarnar a un viejo hipocondríaco con su habitual mumblecore, ni recurrir a las visiones sarcásticas del entorno, las clásicas evasiones y las comparaciones geniales. Pero aquellos personajes de antaño no eran un viejo de 81 años. Woody Allen se hace cargo de la edad en pantalla, como pocas veces ha hecho en los últimos tiempos, más cercano a la reclusión detrás de cámara, y revela sus achaques. Habla de las patinadas bucales producto de su dentadura, ostenta una memoria a corto plazo, y la hipocondría está justificada por la edad. La movilidad del matrimonio entre Sidney y Kay se desencadena en cierta revitalización de pareja cuando son lanzados a una mínima aventura, unidos por una causa, en apariencia, social (aunque sea más bien personal). La crisis que se revela en estas seis escenas no remite a la política de choque ni a los sueños dorados, sino a un matrimonio en la tercera edad amenazado. Como Sidney Munsinger, el único que permanece alejado de los discursos políticos de Lennie Dale, Woody Allen también resulta indemne a todos los discursos y cruces de palabras, acusaciones estéticas, legales y políticas, y logra salirse una vez más con la suya, hasta que su próxima película nos haga patalear de enojo infantil o suspirar de alivio por un regreso siempre anunciado.

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