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Domingo, 9 de octubre de 2016

PERSONAJES > FRANK OCEAN

EL CHICO DEL PELO VERDE

Debutó en 2012 y desde entonces su carrera es de las más enigmáticas y notables del mundo del hip hop. Criado en Nueva Orleáns, Frank Ocean escribió durante años canciones para Justin Bieber y John Legend antes de empezar una idiosincrática carrera solista que incluye álbumes visuales, proyectos online, una ausencia en redes sociales –Ocean sólo se comunica por Tumblr– insólita en estos tiempos, ninguna entrevista con medios y hasta confesiones sinceras y cálidas sobre su sexualidad que hacen tambalear al todavía muy heterosexista mundo del rap. Ahora acaba de lanzar de forma independiente Blonde, su nuevo disco, oscuro, indulgente y arriesgado: ya recibió comparaciones con Kid A de Radiohead, llegó al N.º 1 de Billboard y cuenta con colaboraciones de Beyoncé, André 3000 y Jonny Greenwood para canciones enigmáticas y bellas que cruzan la psicodelia pop y el hip hop.

 Por Micaela Ortelli

Por dónde empezar con este enigma, que anunció su segundo álbum en 2013 diciendo: “Cuando vuelva el verano”. Frank Ocean no nació con ese nombre, pero se lo cambió con firma y sello hace cinco años. Adelante se dejó el que le puso la madre, Christopher. El padre, un músico sin suerte, desapareció cuando Frank tenía seis. Hace dos años se supo otra vez de él: demandó por 142 millones de dólares a Russell Simmons, el fundador de la discográfica Def Jam, por llamarlo “holgazán” en su web Global Grind. En 2012, cuando Frank usaba Twitter, dijo que el padre quería demandarlo por un millón de dólares, “como si le debiera el mantenimiento. Individuo débil”. Después borró el tuit. Al nuevo nombre lo eligió por Frank Sinatra y la película Ocean’s 11: creyó que se vería mejor en las revistas. Frank Ocean es alguien que desde muy chico supo lo que quería hacer: “Cantar con la radio me hizo querer estar en la radio, ¿viste? Y escribir poemas de réplica a Langston Hughes me hizo querer escribir como Stevie Wonder”, dijo en su momento en GQ.

Ahora hace tres años que no da entrevistas. En septiembre Zane Lowe, el director de la radio Beats 1, viajó a Tokyo para intentarlo, sin confirmación ni coordenadas, lanzado al “dale, tomate un avión” que le mandó Frank desde allá. Después de una década de sol en California, el enigma se mudó a Londres; a su nuevo álbum Blonde lo grabó en Abbey Road. Otra historia de traslados: la revista bianual holandesa Fantastic Man celebraba diez años y le propuso una sesión de fotos con el artista plástico alemán Wolfgang Tillmans. Frank aceptó pero canceló todas las citas hasta que Tillmans tuvo que volver a Berlín. “Dijo que prefería hacerla acá y dos días después apareció en mi estudio. Manejó doce horas durante la noche”, contó el fotógrafo a Pitchfork. A Fantastic Man después se le prohibió usar esas fotos; una de ellas es la portada de Blonde: el baño blanco, Frank teñido de verde con un dedo vendado sacándose agua de la cara.

Wolfgang Tillmans además tiene un proyecto de música electrónica. Frank le pidió que le muestre sus canciones y elogió una en particular llamada “Device Control”. Lo siguiente sucedió en Nueva York. A principios de agosto –algo que sólo vieron los muy atentos con tecnología Mac– apareció en la web de Frank una transmisión en vivo en blanco y negro desde un taller con dos escritorios sobre la pared izquierda y un enorme sistema de audio vintage al fondo, que luego se supo es parte de una instalación de 2002 de Tom Sachs. En el taller está Frank construyendo una escalera circular. Paso a paso, todo él solo, hasta que la escalera alcanza el techo. Hay 140 horas filmadas bajo dirección de Francisco Soriano; el condensado de 45 minutos se lazó como Endless en exclusiva por Apple Music y hasta hoy no se puede ver en otro lado. Lo abre la canción de Tillmans diciendo: “Con este aparato de Apple podés grabar en directo”. Sigue un cover de “(At Your Best) You Are Love” de The Isley Brothers, popularizado en los ‘90 por la cantante Aaliyah, una nueva versión que es un cuchillo, con sintetizador de James Blake y orquestación de Jonny Greenwood. Después vienen momentos más melodiosos, pero el tono general es retraído: pasa un rato hasta que se entiende lo que está haciendo y finalmente la escalera no va a ningún lado. El álbum cierra con la canción completa de Tillmans, que tiene un clímax pastilloso pero la voz está a velocidad entendible: “Podés transmitir tu vida/ Tu vida puede ser transmitida/ En comunicación infinita/ Todos mostramos interés en la vida de todos/ Tu vida puede ser transmitida”.

Las redes sociales crearon un mundo aterrador. Frank Ocean se comunica poco y por Tumblr. El post más famoso fue aquel de 2012 cuando contó, justo antes de que salga el debut oficial Channel Orange, que su primer amor fue un chico. Es un texto bello y muy honesto –una historia de amor contada por un amigo–, que se iba a incluir en los agradecimientos. Lo publicó antes porque un periodista que escuchó el disco a través de Def Jam destacó los pronombres masculinos de las canciones en su reseña. Si Frank era gay, no se dedujo de su primer lanzamiento Nostalgia Ultra (2011). De ese mixtape quedó la voz, la onda, las referencias: le puso letras nuevas a “Electric Feel” de MGMT y “Hotel California” de The Eagles, algo que a Don Henley le molestó. Kanye West se lo mostró a Jay Z y Frank Ocean fue una de las voces invitadas de Watch the Throne, el disco que sacaron en conjunto los líderes. Así había quedado establecido el interés por él al momento de aparecer Channel Orange. “La noche que publiqué eso lloré como un bebé. Fue como si se me hubieran reconfigurado los receptores del cerebro. Y me sentí feliz, hacía mucho que no me sentía feliz. Me he vuelto a sentir triste, pero es una tristeza completamente distinta. La sinceridad tiene algo mágico”, dijo en GQ. La periodista le preguntó si tuvo miedo por su carrera: “Tenía esos miedos. En la música negra nos falta tanta tolerancia con ese tema. Refleja algo muy arraigado, ¿viste? Así que sabía que si iba a decir eso tenía que hacerlo con una de las obras de arte más brillantes de mi generación. Y es lo que hice. ¿Por qué puedo decirlo? ¿Por qué no tengo que fingir humildad? Porque me maté trabajando”.

La primera presentación de Frank en televisión dejó a Jimmy Fallon a los gritos. En Saturday Night Live usó la misma vincha rayada roja y blanca; hizo “Thinking About You” sentado, los ojos cerrados en las afinaciones, las manos hermosas descansadas, y la tremenda “Pyramids”, la canción sobre las dos Cleopatras, la antigua reina y una actual prostituta, y terminó jugando a un arcade durante el solo de John Mayer. Meses después llegó a los Grammy con seis nominaciones. Ganó sólo en la categoría “urbano contemporáneo” frente a Chris Brown y Miguel. Cuando subió a recibir el premio, de elegante sport azul profundo, fue como ver pasar a un maestro de tai chi. Era la primera ceremonia de su carrera y pareció que estaba ahí desde siempre. En la tercera fila, detrás de Adele, Chris Brown aplaudió sentado. Semanas atrás había provocado una pelea por el lugar en el estacionamiento de un estudio, y cuando a Frank le dan la estatuilla se ven los dedos índice y mayor de la mano izquierda vendados. Días antes de la entrega escribió en Tumblr: “De chico pensaba que si alguien me atacara sería capaz de matar. Pero soy un hombre y no soy un asesino. Soy un artista y una persona moderna. Elijo la cordura. No voy a presentar cargos. Perdonar, aunque sea difícil, es más sabio. Paz, aunque suene trillado, es lo que busco en mi corta vida”. Esa noche se puso un traje amarillo y cantó “Forrest Gump”, una de las canciones que hizo elevar las cejas al periodista. En la platea lo miraban la madre y parte de la crew Odd Future, sus amigos. Esos raperos (el más conocido es el simpático Tyler the Creator) lo sacaron adelante mientras Def Jam lo mantenía firmado sin habilitarle presupuesto. Ellos lo motivaron a grabar Nostalgia Ultra y lanzarlo para descarga gratuita a espaldas de la compañía, que supo después del éxito que Frank Ocean era el productor y ghostwriter al que tenía contratado como Christopher “Lonny” Breaux.

Y todavía falta contar el cuento de hadas. A Frank y su hermano menor lo criaron la madre y los abuelos en Nueva Orleáns. Eran pobres pero la madre logró estudiar y sacó la familia adelante. El abuelo, un ex adicto redimido en su función de padre con los nietos, se había convertido en moderador de reuniones de alcohólicos y narcóticos anónimos y lo llevaba a Frank con él. Esos relatos después se convirtieron en material de escritura (“Crack Rock”, “Lost”). La madre quería que estudiase, pero Frank quería cantar, tocar el piano y producir canciones. Igual se anotó en la universidad, y además ahorró para grabar sus demos lavando autos y haciendo revestimiento de paredes con yeso. Cuando el huracán Katrina arrasó la ciudad y arruinó el estudio donde estaba trabajando, se fue manejando a Los Ángeles con mil dólares y una novia, pensando en volver en un mes y medio. El verano siguiente, cuando todavía no había cumplido 20 años, conoció a ese chico que le rompió el corazón.

“¿Cuánto tiempo de mi vida pasé arriba de un auto? Me pregunto si las probabilidades son que muera en uno”. Además de los discos –el visual, que cerró el contrato con Def Jam, y el de estudio, que salió con sello propio–, en agosto apareció en algunas ciudades el bookazine Boys don’t Cry (como se creyó hasta último momento que iba a llamarse el disco). A ese texto lo compartió también en Tumblr; sigue: “Raf Simmons una vez me dijo que mi obsesión por los autos es un cliché. Quizás tiene que ver con una fantasía subconsciente de ser hétero. Pero conscientemente no quiero ser hétero (a little bent is good)”. En esas páginas, dice, están todos sus recuerdos: el paseo por los suburbios de Tokyo en un Porsche, las fiestas en Inglaterra, el casting callejero de modelos en Senegal, el viaje de reconocimiento a Tulum (nada que haya aparecido en redes). “En el medio escribí una historia llamada ‘Godspeed’, donde básicamente reimaginé parte de mi infancia. Los chicos sí lloran, pero yo no recuerdo haberlo hecho durante gran parte de la adolescencia. Para mi sorpresa, es mi etapa preferida hasta ahora. Para mi sorpresa porque la etapa actual es la que le pedía al universo cuando era chico. Tal vez esa parte haya tenido sus momentos duros también, pero en mi espejo retrovisor se está achicando lo suficiente como para convencerme de que fue toda buena”.

“Siempre vas a tener ese lugar para llamar home”, dice ese tema, “Godspeed”, que queda resonando desde el arranque con la línea: “I will always love you the way I do”. Un comienzo que vuelve a aparecer solo en la mente en silencio, como el de “Ivy”, la voz de Frank diciendo: “Pensé que estaba soñando cuando me dijiste que me querías”. Sólo él con una guitarra eléctrica tan íntima que asusta. A primera vista muy distinta a la anterior, la apertura. “Nikes” es engañosa porque está casi toda pasada por auto tune (hasta diciembre hay suscripción con prueba gratis en Apple Music: aprovechar para ver este video y también Endless). Con Pharrell Williams hizo una nueva preciosura de salón llamada “Pink + White”, con piano, bajo jazzy, la guitarra acústica que arranca más adelante y es como un moño, aullidos de lobo manso y coros de Beyoncé aunque no parezca ella (en “Skyline To” participa Kendrick Lamar y también apenas se siente; después André 3000, mitad de Outkast, tiene todo un tema para él).

Hay muy poco beat en Blonde, y su juego de contrastes es permanente. El disco tiene algo de histérico, y la histeria bien administrada es atrayente y necesaria. Aunque se presenten como “ready made” –arte encontrado–, los audios incluidos sobre el instrumental no pueden estar elegidos al azar. El primero es una madre que dejó un mensaje en el contestador. Un mensaje imperativo a ser seguro de uno mismo, no intentar ser como otros (“se vos y sabé que es suficiente”), confiar en las propias decisiones, no fumar marihuana, consumir cocaína ni alcohol. Sin saber inglés se entiende y se puede ver la expresión de esa matrona fabulosa, que reta para amar y habla con la seguridad de que el chico le hará caso. El segundo es del DJ francés Sebastian, que trabajó en Endless, contando cómo los comienzos de Facebook le rompieron un noviazgo (la chica pedía que la aceptara y él decía para qué si estaban enfrente y ella se convenció de que la estaba engañando).

Las redes sociales crearon un mundo aterrador. Frank Ocean tiene el poder de no usarlas y que su presencia online sea igualmente total, ininterrumpida en estos años de invierno. “Gracias por nunca dejarme olvidar que tenía que terminar”, dijo en agosto al lanzar lo nuevo. Imposible no comparar con Channel Orange y remarcar cuánto más austero es Blonde, y en todo sentido más complejo (desde el vamos se llama “rubio”: lo estiliza Blond). Aquel disco tenía una lozanía muy fácil de apreciar; éste es más profundo y esquivo, muy para auriculares, para un momento sin tiempo ni celular. Es Frank Ocean meets James Blake, como en “White Ferrari”. Blonde mete en un espacio blanco a encontrar cosas. En “Seigfried”, por ejemplo, una instalación arreglada por Jonny Greenwood con sample de Magical Mystery Tour. “Nights”, que empieza dos veces, cortada por una guitarra eléctrica que parece escapada de otra sesión. “Pretty Sweet”, un himno electrónico con coro de niños y un quiebre alucinante. Y antes o después vendrá algo muy simple y bonito como “Good Guy”, un sticker del último disco de Drake. Blonde, misterioso, inclasificable, a la vez físico y etéreo, absolutamente blanco y negro. Aunque el video de “Nikes” es puro color, y ahí donde uno creyó que el “Spaceman” de los créditos es el Spiritualized Jason Pierce, se conoce que es Billy “Spaceman” Patterson, un guitarrista negro de Nueva Jersey que integró la Arkestra de Sun Ra y tocó en las bandas de Miles Davis y Bill Cosby.

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