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Domingo, 28 de marzo de 2004

LOS 12 FALSARIOS DE LA LITERATURA: CAPITULO I

El padre de la patria

Libros de viajes apócrifos, robos, plagios, famas usurpadas, identidades falseadas: la literatura guarda en sus pliegos las historias más insospechadas de apropiación y falsificación. Para empezar esta sección que se propone recuperar los más notables: el caso de George Psalmanazar, el hombre que fue best-seller en el siglo XVIII con una Descripción de Formosa que hasta en Oxford tomaron por buena –a pesar de estar poblada de costumbres ridículas, un sistema monetario indescifrable, un idioma puerilmente robado del latín y griego y hasta un profeta llamado... Psalmanazar.

 Por Ariel Magnus

Hay dos versiones de la vida de George Psalmanazar, el impostor más famoso de la historia de la literatura. La primera, que es la falsa, fue escrita por Psalmanazar; la segunda, que pasa por ser la verdadera, también. La primera empieza en Londres, 1704. Un joven de 25 años que asegura ser nativo de la ignota Isla de Formosa (Taiwan) publica una Descripción de Formosa a fin de “dispersar las nubes de los reportes fabulosos”. Cuando tenía 19 años, cuenta en la introducción, fue extirpado de la Academia Formoseña y entregado a un jesuita disfrazado de japonés. Este impostor se lo trae a Europa, donde luego de algunos meses de vagabundeo asume el credo la Iglesia de Inglaterra.

FORMOSA
La historia de Formosa, al igual que la del joven, es de engaño y traición. El pérfido Meryaandanoo consigue doblegar a la Isla, valiéndose de una diablura que no por vieja dejó de ser efectiva: le ofrece al rey de Formosa elefantes cargados de ofrendas, que una vez arribadas relevan su verdadera identidad: eran soldados nomás.
A la mundana le sigue la historia espiritual. Así nos enteramos de que en el principio los formoseños adoraban a los astros hasta que el Dios les envió un profeta. Su nombre –escribe Psalmanazar– era Psalmanazar. El Dios estipula que cada año han de ofrendársele 18 mil niños. Previendo un posible desequilibrio demográfico, acepta y hasta incita la poligamia. Las ceremonias, las posturas de adoración, todo se encuentra dilatadamente explicitado en la Descripción del formoseño Psalmanazar, quien se limita en este caso a citar el Jarhabadiond, que es el libro sagrado que escribió el profeta Psalmanazar.
Sigue el detalle de las costumbres y vestimentas de los formoseños, interrumpido por ilustraciones de una aplicada torpeza. Nos enteramos entonces de que los formoseños de alcurnia (como Psalmanazar) son blancos, y esto porque se lavan con agua destilada. “Aborrecen todo tipo de falsedad”, dice. De las costumbres alimentarias interesa que comen carne cruda y serpientes. En el apartado sobre el dinero somos confrontados con un sistema monetario de eficiente ininteligibilidad para el común de los mortales aunque plausible, casi urbano, para un inglés. En el capítulo sobre las artes liberales somos confrontados con los Bonzii o estudiosos de la filosofía, “ciencia por la que ellos entienden la recopilación de las opiniones de antiguos filósofos que favorezcan sus propias supersticiones”.
El lenguaje de la Isla, se lee en otro capítulo, es igual al de Japón, “sólo que más gutural”. Les fue revelado a los formoseños –escribe Psalmanazar– por el profeta Psalmanazar. Las letras y los artículos, advierten los estudiosos, son una ominosa mezcolanza de griego y latín. Pero también hay castizo: la I se llama Ilda y la P, Pedlo.

LA FE
Difícil saber qué es lo que el lector de hoy sabe sobre la isla de Taiwan; los lectores contemporáneos de Psalmanazar –y él lo sabía– poco y nada. Respecto de los libros que ya estaban escritos sobre el tema, Psalmanazar se limitó a negarlos. Si éstos dicen que en Formosa no hay oro, él la abunda de metales preciosos; si éstos dicen que pertenecía a China, él asegura que a Japón. Con su persona pasaba lo mismo: sus rasgos se abstenían casi tercamente de todo viso oriental.
Para un pueblo que aún debía esperar algunas décadas antes de poder asumir como veraces los viajes de Gulliver, el entrenamiento que suponía esta Descripción de Formosa sólo podía pecar de insulso. Vale decir: le creyeron. La primera edición de su libro se agotó muy pronto, obligándolo a despachar una segunda (algo aumentada: ahora los formoseños son caníbales). Hubo traducciones al holandés, francés y alemán. Algún libro de viajes lo incluyó entre sus autoridades. Por supuesto, también hubo voces disidentes. En la legendaria Royal Society, el Dr. Halley, en aquel entonces un científico aunque ahora un cometa, le preguntó a Psalmanazar en qué época del año el sol iluminaba el interior de las chimeneas de Formosa. Psalmanazar no superó la prueba; más tarde dijo que las chimeneas formoseñas crecían torcidas, y clamó ser blanco de un complot abominable de los jesuitas. No se mostró menos ingenioso en otros casos. Cuando se lo acusaba de fraude, decía: “Tiene que tratarse de un hombre con talentos prodigiosos quien pueda inventar un país”.
La oposición de los jesuitas y de los científicos, enemigos de la Iglesia de Inglaterra, no hizo más que confirmar la veracidad de Sir George (corrió el rumor de que lo habían nombrado caballero). Se supone que las mujeres lo requerían de amores; que frecuentaba las casas bien de Londres, donde deleitaba a los comensales devorando carne cruda; que pasó una temporada en Oxford enseñando formoseño. La impostura logró dilatarse durante décadas. De hecho, el primero en desacreditar públicamente a Psalmanazar fue el mismo Psalmanazar, escondido tras las páginas del Sistema completo de geografía (1747). Entre los varios artículos anónimos que compuso para esta obra, se ocupó también del referido a Formosa. “Psalmanazar –escribe– nos ha dado permiso para que aseguremos al mundo que la mayor parte de su relato es mera fábula.”
De este último período de su vida data su famosa amistad con el famoso Dr. Johnson. De quien también se malicia que lo ayudó a escribir sus póstumas Memorias.

MI VIDA II
Rousseau inaugura sus Confesiones (1766) diciendo que su empresa “no tiene precedentes”. De Quincey se jacta en las suyas (1822) de haberse entregado al opio “con un exceso todavía no registrado por ningún otro hombre”. Dos años antes que Rousseau, y dejando constancia en el prólogo de una adicción al opio igual o mayor a la de De Quincey, nuestro héroe publica Memorias de ***. Por no empañar con la suya la fama de su país, *** declina darnos su nombre y lugar de nacimiento. Descontando la temeraria tesis del español J.M. Alvarez según la cual Psalmanazar sería efectivamente formoseño, la crítica lo sindica como francés. Educado por jesuitas, una serie de infortunios lo obligaron luego a ganarse la vida mintiendo que era un estudiante japonés. Su invento era tan inverosímil que la gente, lejos de molestarse en denunciarlo, lo festejaba con unas alegres monedas. La casualidad lo lleva al ejército, donde la soldadesca adora sus historias. A esta altura, *** se hace llamar Psalmanazar, en honor a un rey asirio de fugaz protagonismo en II Reyes XVII, 3. Ya ha fijado su abecedario, esbozado una gramática y creado un libro de oraciones, del que suele cantarle algunas stanzas al sol. Un día, el capellán del regimiento le pide que traduzca al japonés cierto texto, cosa que el pagano hace con soltura. El clérigo le quita la traducción y le pide que traduzca de nuevo el mismo pasaje. Cuenta San Agustín (inventor del género confesional) que Ptolemaos II, fundador de la flamígera Biblioteca de Alejandría, convocó a 77 rabinos y los puso a traducir la Biblia al griego aislados el uno del otro. Los hebreos produjeron 77 versiones idénticas. Psalmanazar, en cambio, produjo un milagro: dos versiones opuestas.
Pero el capellán es un amigo. En lugar de denunciarlo, le sugiere que cambie Japón por Formosa y refuerce lo antijesuita en su historia. Lo convierte y avisa de su hazaña al Obispo de Londres, acérrimo antijesuita, quien los invita a conquistar la ciudad.

EL FIN
Los años posteriores a la publicación del libro fueron de laxitud de costumbres y jolgorio horizontal. Pero *** no era feliz; elremordimiento corroía sus entrañas. El Llamado a una vida devota de William Law lo convence de cambiar su vida.
Ya quincuagenario, *** se entrega al estudio del hebreo bíblico, idioma con el que alcanzó tal intimidad que no sólo pudo componer una tragicomedia en verso sino que además pudo reconocer que era mala, desistiendo de publicarla. Para solventar este nuevo tipo de diversión, se interna en el oscuro mundo de la legendaria Grub Street, reducto de controversialistas, panfletistas, autores fantasmas y demás miserias escriturarias.
Las Memorias terminan abruptamente, quizás por deceso de su autor. Con 84 años, querido por todos y especialmente por el Dr. Johnson, arrepentido de sus años salvajes al punto de ni poder escuchar la palabra “China”, *** muere. En su testamento pide ser enterrado en una tumba común, sin ceremonias. Y sin más nombre que el de su pecado, para que su culpa dure lo que la memoria de los hombres.

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