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Domingo, 28 de marzo de 2004

MúSICA

Restos inmortales

Muerto el 12 de septiembre pasado, el gran Johnny Cash vuelve a vivir y a colear en Cash Unearthed, una megacaja que incluye cinco CDs, casi 80 canciones y un bello librito de cien páginas donde el Hombre de Negro, ya confinado en el hospital donde moriría, confiesa cómo se imagina el paraíso. Anatomía de un legado sin desperdicio.

 Por Rodrigo Fresán

Su cuerpo todavía no está del todo frío cuando ya su voz vuelve a arder y a calentar. Johnny Cash –fallecido el último 12 de septiembre– vuelve sin haberse ido nunca. Caja con canciones. Más cajón que caja, en realidad: porque lo que contiene Cash Unearthed –mucho más inmenso de lo que en principio hace pensar su tamaño portátil de Biblia– son 5 CDs con 79 canciones –15 éxitos y 64 out-takes de las legendarias sesiones orquestadas por el productor Rick Rubin, que de ningún modo pueden considerarse descartes: sencillamente no entraron– más un libro de 104 páginas donde Cash y compañía discuten tema por tema, y Cash responde hasta casi el último aliento una profunda entrevista de Sylvie Simmons.
La cosa se organiza así: Unearthed Volume One: Who’s Gonna Cry, 18 canciones casi funerarias; Unearthed Volume Two: Trouble in Mind, 13 canciones con invitados como Tom Petty y Carl Perkins, y una versión de la Pocahontas de Neil Young que hace olvidar a su legítimo dueño y saludar a este ladrón, que se la roba porque se la merece; Unearthed Volume Three: Redemption Songs, 14 más, entre las que destacan la de Bob Marley que da título al volumen junto a otro finado reciente: Joe “The Clash” Strummer, Cindy con Nick Cave, el Father and Son de Cat Stevens a dúo con Fiona Apple y versiones solitarias para cantar todos juntos ahora de You Are my Sunshine y You’ll Never Walk Alone; Unearthed Volume Four: My Mother’s Hymn Book, la joya del tesoro: 15 canciones religiosas pasadas de madre a hijo; canciones que te dan ganas de creer en Dios para poder cantarle todo esto con la voz oscura y pecadora de Cash (alcanza, como muestra, con escuchar Where We’ll Never Grow Old con la garganta casi muerta del más vivo de todos); y el Unearthed Volume Five: Best of Cash On American, quince tracks escogidos entre los cuatro American Recordings grabados entre 1994 y el 2002, donde vuelven a encontrarse hits como la definitiva canción sobre el fin del mundo The Man Comes Around, Delia’s Gone, Southern Accents de Tom Petty, One de U2, Bird on the Wire de Leonard Cohen, la reinvención de Hurt de Nine Inch Nails (y cómo puede ser que no hayan incluido la reinvención del Personal Jesus de Depeche Mode o el In my Life de los Beatles, o lo que para mí ya es el cover definitivo de First Time Ever I Saw your Face).
Los fans han criticado la inclusión –y el consiguiente aumento de precio– de ese caprichoso Best of... considerándolo innecesario, porque todo cash-man ya tiene lo que en él se ofrece. Es cierto. Pero tal vez Cash haya pensado que el quinto CD tenía intenciones evangélicas: predicar la buena nueva, regalárselo al primero que, cuando salte el nombre de Cash, declare que “odia la música country”. Y entonces disfrutar viendo lo que pasa y darle la bienvenida a la congregación al nuevo hermano. Semejante generosidad será premiada, y aquí viene, ya, la recompensa. Más buenas noticias: luego de dejar armado este Unearthed –seguro de que le quedaba poco tiempo, sabiendo que se le había roto el corazón por la muerte de su compañera June Carter–, Cash se sentó otra vez frente al micrófono y se puso a cantar con prisa y sin pausa y grabó cincuenta canciones más para el American V, que llegará a nosotros desde el Más Allá para las próximas Navidades. Sí, Papá Noel existe.
Y Johnny Cash también.

RELIQUIAS SAGRADAS
Cash Unearthed –Cash desenterrado– es un gran título para definir todo este asunto y todo aquello que fue descubriéndose en American Recordings (1994), American II: Unchained (1996), American III: Solitary Man (2000), American IV: The Man Comes Around (2003) y, vale la pena, en el CD en vivo del 2002 junto a Willie Nelson, grabado como parte del programa Storytellers del canal televisivo y musical VH1. Porque lo que hace Cash con estas y aquellas canciones –lo que hizo a la hora de cantar durante casi estos últimos diez años– fue enterrar las canciones, dejarlas ahí hasta que queden en los huesos, para recién despuésdesenterrarlas y cantarlas limpias y resucitadas como nunca se oyeron. Porque la voz de Cash tiene la rara virtud de tomar algo de otro y escupirlo como si siempre hubiera sido suyo y nada más que suyo.
Así, Cash Unearthed –más allá de su grandeza presente, a partir de ahora atemporal y eterna– es también un más que merecido recordatorio de uno de los momentos más trascendentes e inesperados en la historia de la música popular norteamericana. Se sabe y se lo recuerda en el precioso libro –formidables fotos– que acompaña a la edición limitada de la caja. Todos pensaban que la historia de Johnny Cash estaba terminada. Johnny Cash también. Luego de años de ganar dinero con él, la Columbia no le había renovado contrato y la Mercury Polygram –su discográfica actual– no le llevaba el apunte y lo consideraba un dinosaurio de Nashville. Pero una noche de 1993, en el camarín de un teatro de Orange County California, tuvo lugar un milagro. Y Johnny Cash resucitó. Lo que ocurrió entonces fue que un productor de rock y rap peludo de treinta años de nombre Rick Rubin se coló en el backstage después del show y, tras conversar apenas quince minutos y caerse bien –a Cash le causó gracia el aspecto “de mendigo” de Rubin–, le propuso a un prócer country de sesenta y un años que se juntaran a grabar y ver qué pasaba. Fue el principio de una gran amistad, y de una de las más interesantes y celebrables sociedades artísticas desde que Los Beatles se juntaron con George Martin. Rubin lo definió con las letras justas desde el principio: “Cash no encajaba dentro de las reglas de la sociedad o del género. Siempre tuvo ese lado oscuro. Se lo consideraba un artista country... pero no un artista country normal. Yo siempre vi y sentí que Cash representaba la esencia del rock and roll”.
Así que Rubin se lo llevó a su casa y a su estudio de California, y lo puso a cantar frente a un micrófono. Sin parar. Una canción tras otra: todas las que quisiera Cash, todas las que se le pasaran por la cabeza y la garganta. Cash, coleccionista compulsivo de todo lo que se pueda cantar –“Ninguna canción está segura mientras yo ande suelto”, bromeó–, contribuyó con canciones antiguas y profundas, muchas de ellas sin nombre ni apellido. Rubin, por su parte, sugería selecciones que en principio parecían irreconciliables con la leyenda de Cash pero que, en cuestión de minutos –los minutos que se demoraba en cantarlas–, caían de rodillas ante el hombre de negro para convertirse en una canción que el cantante parecía haber cantado desde siempre. La idea era, de algún modo, desprogramar a Cash como se desprograma a los miembros de una secta: hacer que se olvidara de coros celestiales y pesados arreglos de cuerdas y de guitarras saltarinas; devolverlo a sus raíces más fuertes y profundas, a la atmósfera eléctrica y live de esos álbumes carcelarios. Cuando se cansaban de tanto encierro, Rubin llamaba a Johnny Depp y le pedía prestado el escenario de The Viper Room para esa misma noche, y allá iba Cash a solas con su guitarra para foguearse, para ponerse un poco nervioso, para volver a empezar. De tanto en tanto –no tardó en correrse la voz– ilustres curiosos pasaban por lo de Rubin y hacían un alto para hacer lo que se pudiera, por favor. Enseguida, al poco tiempo, ya no estaba tan claro quién era el rehén y quién el secuestrador. Y todos felices.

ULTIMOS RITOS
El primer American ganó un Grammy, el single oscurísimo y criminal Delia’s Gone tuvo videoclip con la top-model Kate Moss. El segundo y el tercero ganaron otros Grammy y la cosa ya podía ser considerada como tendencia, estilo, revolución. Entonces Cash se enfermó de muchas enfermedades raras y terribles (llegó a estar diez días en coma profundo) y se vio obligado a dejar los escenarios. No fue fácil para alguien acostumbrado a ofrecer 300 conciertos al año justo cuando era descubierto y celebrado por toda una nueva generación. Lo único que podía hacer entonces era seguir grabando. Grabar a la velocidad del sonido. Másy más canciones, tal vez creyendo que mientras hubiera aliento no se dejaría de respirar.
De esas sesiones agónicamente vitales surgió American IV: The Man Comes Around, el mejor de la serie –ya oiremos qué tal es el V–, que abre con una canción sobre el Apocalipsis y cierra con el familiar y familiero We’ll Meet Again. Entre uno y otro extremo: Hurt y su antológico video, multinominado por la MTV y compaginado en forma de postales de un hombre que se despide sin bajar la guardia. Fue por esos días cuando el canal Country Music Television lo nombró “Number One Country Artist of All Time”, título que venía luciendo Hank Williams. June Carter murió en mayo del 2003 y Cash se encerró todavía más en el estudio y tiró la llave. Terminó de ensamblar Cash Unearthed, terminó de grabar American V y –cuenta Rick Rubin– “Johnny se fue al hospital. Y se murió”.
Días antes, la periodista Sylvie Simmons fue a visitarlo y lo encontró triste, indignado por no poder escapar a la trampa de su silla de ruedas, destruido por la muerte de su mujer, mirando al cielo con los ojos entrecerrados. Simmons le preguntó primero cómo imaginaba el paraíso. “No tengo la menor idea. Espero que sea grande”, respondió Cash. Simmons le preguntó entonces si se sentía enojado con Dios por esta mala jugada de los últimos meses y cuenta que Cash se enderezó en la silla y gruñó: “¡No! ¡No! Yo nunca me enojo con Dios. No tengo nada que reprocharle”. Se hizo un silencio incómodo y negro, y entonces Cash agregó en voz baja, con una sonrisa torcida, mientras la enfermera se lo llevaba de regreso a su habitación: “Mis brazos... Mis brazos son demasiado cortos para boxear con Dios”.
Aun así...

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