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Domingo, 28 de marzo de 2004

CINE

Nakata ataca

Autor de la versión original de The Ring, Hideo Nakata es la punta de lanza del cine de terror asiático y el nuevo niño mimado de Hollywood. La proyección de Dark Water –su última película– en un ciclo de la Leopoldo Lugones permitirá entender por qué.

 Por Horacio Bernades

Hay una mamá con su hija de seis años y otra nena más o menos de la misma edad, muy parecida a ella, que vive en el mismo edificio, justo en el piso de arriba. Claro que entre las dos niñas hay una diferencia: una está viva, la otra no. Ese parecido, signo de una equivalencia que a lo largo de toda la película se mantiene en suspenso (hasta develarse en la escena culminante), es seguramente lo que justifica la inclusión del film japonés Dark Water (título original: Honogurai mizu no soko kara) en el ciclo “El espejo en el espejo: el tema del doble en el cine”, que viene desarrollándose desde comienzos de mes en la sala Lugones del Teatro San Martín y culmina con la proyección de este inédito de Hideo Nakata.
Hace ya un par de años que los fans locales del género fantástico y el cine asiático idolatran el film gracias a ciertas ediciones en DVD y DIVX, de esas que circulan ávidamente y de mano en mano. Ganadora de varios premios en los festivales top del rubro, Dark Water, estrenada en su país dos años atrás, justifica ese tráfico intenso no sólo por sus valores intrínsecos, sino también por la firma que la avala.
Realizador de la versión original de The Ring, Hideo Nakata es, en el último lustro, uno de los nombres que más expectativas genera dentro del rubro, al extremo de ser la punta de lanza más reconocida de la nouvelle vague de terror asiático. Tras poner de punta los pelos de los fans y atraer multitudes a las salas del mundo entero, esta nueva ola ha obligado a los ejecutivos de Hollywood a torcer la cabeza en dirección al Extremo Oriente. Casi como la niña de El exorcista, sí, sólo que lo que los posee en este caso es un demonio de color verde que lleva el retrato de George Washington impreso en uno de sus lados.

Laberinto de remakes
La remake de Dark Water se está filmando en este preciso momento en la ciudad de Toronto. En un curioso cruce territorial, el encargado de llevarla a cabo es otro niño mimado de Hollywood, Walter Salles, el brasileño que hace unos años la pegó con Estación central y que –con aval del Instituto Sundance que preside Robert Redford– acaba de presentar, en el Sundance y en Berlín, los Diarios de motocicleta, la película sobre los primeros años del Che que se filmó en parte en Argentina y está protagonizada por Gael García Bernal y Rodrigo de la Serna.
Lo poco que se sabe de la remake de Dark Water permite esperarla con impaciencia, aunque sea más por razones de baba que de cine. Sucede que la protagonista no es otra que Jennifer Connelly, en su regreso al género que la vio nacer. Recuérdese que, siendo apenas una piba, la supermorocha de Una mente genial y Hulk cayó bajo las garras de Dario Argento en Creepers, también conocida como Phenomena. En cuanto al propio Nakata, la fama obtenida por Ringu (1998) y Dark Water (2002) le valió que la industria norteamericana terminara por importarlo. Allí está ahora, filmando la remake de The Ring 2, que él mismo había realizado en Japón en 1999.
Como si el virus que se propagaba en The Ring hubiera saltado mágicamente a la realidad, Hollywood presenta en estos momentos todos los síntomas típicos de una Nakata-fever: a la vez que prepara una nueva versión de otra de sus películas (el thriller Chaos, cuya versión original también es de 1999), los ejecutivos le presentaron nada menos que cuatro guiones más, uno de los cuales estaría ya en fase avanzada de ejecución. Yellow is beautiful and Nakata is the most parecería ser el slogan que todos entonan por estos días en la tierra del Bosque Sagrado.

Aguas malas
Basta con ver Dark Water para confirmar que el revuelo, por una vez, parece justificado. El film está basado en una novela de Kôji Suzuki, autor de la Ringu original, con la que la obra consagratoria de Nakata, conocida hace un par de meses en Buenos Aires, no carece de puntosde contacto. Aquí lo fantástico vuelve a surgir como proyección o materialización de un drama familiar, y una vez más se produce un juego de espejos entre dos familias.
La protagonista de Ringu hallaba en un caso de abuso familiar el fantasma de sus propios temores. Otro tanto sucede en Dark Water desde el momento en que una mujer divorciada se muda a un edificio de departamentos con su pequeña hija. Diez años atrás, la mujer estuvo internada en un centro de salud mental, afectada por lo que podría denominarse quijotismo agudo. Yoshimi fue correctora en una editorial especializada en novelas sangrientas y tanta exposición a tanta sangre impresa terminó por llevarla a la locura. Ése es el argumento que su ex utiliza, en plena audiencia de conciliación, para intentar arrancarle a la pequeña Ikuko. No lo logra, pero la turbada Yoshimi volverá a hundirse en la sinrazón gracias a los extraños sucesos que enfrenta en su nuevo departamento.
Bastante derruido para los cánones nipones (aunque más de un porteño sin techo lo okuparía sin miramientos), el edificio presenta serios problemas de plomería: el agua sale demasiado oscura de las canillas, el techo del ascensor gotea y el cielorraso del departamento presenta una mancha de humedad que se va volviendo más grande y amarillenta con el correr de los días. Todo indica, en efecto, que el departamento de arriba hace agua, y la investigación que emprende Yoshimi terminará llevándola hasta el tanque del edificio, equivalente perfecto del pozo ciego que en Ringu escondía el secreto y los fantasmas.
Ya que de fantasmas se trata, por los pasillos del edificio de Dark Water tiende a aparecer una niña de piloto amarillo y mochila roja que en vez de ojos tiene un siniestro borrón. Los registros dicen que debería estar bien muerta, culpa del abandono materno. Y es allí donde Yoshimi terminará mirándose en el más oscuro de los espejos.

El buen fantasma
A partir de esa premisa, Nakata da, en Dark Water, varios pasos adelante respecto de la correcta aunque no demasiado excitante Ringu. Mucho más en dominio del oficio, no sólo utiliza espléndidamente música y efectos sonoros (gentileza de Kenji Kawai, el mismo compositor que en la película anterior) sino que, además, mete mucho más miedo y por los medios más genuinos.
El naturalismo de Ringu discrepaba con su temática sobrenatural y la sobriedad de su puesta en escena lindaba peligrosamente con la chatura. En Dark Water, en cambio, cada aparición del fantasmita eriza la piel. Pero Nakata es sagaz y no incurre en el pecado de la sobreexposición, que es precisamente lo que convierte al cine occidental de terror en una feria de mostrencos ridículos. Apoyado en una larga frecuentación nacional y regional del cuento de fantasmas (que los japoneses denominan kaidan eika), Nakata maneja los espectros de tal modo que no pierden misterio ni sugestión: una aparición velada a la distancia, una sombra sobre la pared, un indicio indirecto, todo subrayado con esos efectos sonoros que sobresaltan los trastes en las butacas.
Y al final sí: la aparición bruta, visible y palpable, cuestión de que lo sugerido se materialice y el espanto suba en ascensor. Habrá que ver qué pasa ahora, cuando Nakata deba enfrentarse por fin con el mayor de los terrores: filmar en Hollywood, la patria donde los chicos, para asustarse, parecen exigir que aparezcan cucos asquerosos, purulentos y peludos.

Dark Water, de Hideo Nakata.
El miércoles 31 en la sala Leopoldo
Lugones del Teatro San Martín.
A las 14.30, 17, 19.30 y 22.

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