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Domingo, 28 de enero de 2007

POR ROGELIO DEMARCHI

Soriano y Puig: las paralelas que se tocan

 Por Rogelio Demarchi

Las novelas de Soriano pueden leerse como una respuesta a las novelas de Puig: no porque impugna los elementos utilizados por Puig, sino porque los interroga y les modifica su significación re-presentándolos en función de características que Puig no tuvo en cuenta.

Ningún escritor produce su obra en el vacío, sino dentro de un sistema cultural, asignándole valores tanto a lo clásico como a lo novedoso. Y Puig era la novedad cuando Soriano escribía su primera novela: La traición de Rita Hayworth (1968), Boquitas pintadas (1969), y The Buenos Aires affair (1973), ¿qué novedades marca la crítica en ellas? Uso de subgéneros marginales con una perspectiva fílmica, lo que tiende a anular el narrador tradicional de la novela; diálogos insignificantes entre los personajes; conversión del título en una cita.

En 1973 se publica la primera novela de Soriano, Triste, solitario y final, comenzando esta serie de interrogaciones:

El título también cita pero no remite a lo que Hollywood consagra sino a lo que margina: de la superestrella (Hayworth) a una frase de una novela de Raymond Chandler, escritor maltratado por la industria del cine (es famosa la pelea de Chandler con Hitchcock por la adaptación de la novela de Patricia Highsmith, Extraños en un tren; ganó Hitchcock).

El subgénero marginal a rescatar no es uno, sino dos: en lugar del melodrama romántico, la novela negra y el gag de los grandes cómicos; de la Hayworth, entonces, a la dupla Laurel y Hardy más el detective Marlowe. La mezcla, inaudita desde todo punto de vista, da lugar a un realismo absurdo cuya función es reflotar la tradición de la picaresca.

El pícaro es un antihéroe, un marginal que representa a una “clase” que, solidaridad mediante, busca formular su propia alternativa; no es un delincuente, pero en sus aventuras intenta el ascenso social por medios algo fraudulentos. En la construcción del relato picaresco, se utiliza la caricatura como elemento satírico y/o la hipérbole característica del grotesco. Así, la narración es una crítica a la sociedad. Ese es el horizonte de Soriano, aun cuando parta de subgéneros totalmente alejados de la picaresca, como el policial, la novela de espías o el relato de aventuras. Soriano mezcla para inventar un híbrido con el que reactualiza la tradición picaresca. Además, el pícaro que inventa no está intelectual ni psicológicamente capacitado para entender los conflictos que, en un momento determinado, lo envuelven y lo arrastran como una “bola de nieve” cuesta abajo; es una especie de David que no tiene ni piedra ni honda ni Dios para enfrentar a ese Goliat que lo apremia... Entonces la narración desacelera para contarnos cómo ese pícaro David, de todos modos, para defenderse inventa un arma con los materiales –siempre desatinados– que tiene a su alcance.

En La traición de Rita Hayworth, Toto, el alter ego de Puig, se relaciona afectivamente con los melodramas del cine. En Triste, solitario y final, el alter ego de Soriano se llama Soriano y prefiere los tortazos de crema del Gordo y el Flaco a los sufrimientos de las grandes divas. La diferencia va de lo psicológico a lo político: no es lo mismo que el niño idealice a una femme fatale que a un par de cómicos, y Laurel y Hardy –según las crónicas del periodista Soriano– hacían reír destruyendo la propiedad y burlando a la autoridad, dos valores fundamentales para el capitalismo.

Para el Toto de La traición... no hay nada más importante que la butaca del cine, los cartones en los que pinta sus películas preferidas y su colección de avisos de estrenos. Para el Soriano de Triste... querer escribir un libro sobre el Gordo y el Flaco, viajar para visitar la tumba del Flaco (como si se tratara de un familiar) y, ya que estamos, pasear por Sunset Boulevard, entrar a los estudios de la Fox, robarle la billetera a Dick Van Dyke, pelear con John Wayne, ser besado por Jane Fonda, convertir en un pandemonio la entrega de los Oscar y secuestrar a Charles Chaplin. Por eso, si Toto elige como grandes películas a El gran Ziegfield, Sangre y arena o Cuéntame tu vida, Soriano prefiere Los bandoleros.

Contra la constante deriva de la realidad cotidiana en fantasía regulada por un imaginario colonizado por el cine que se deja leer en las novelas de Puig, Triste... resulta el camino contrario: el ingreso en la realidad cotidiana de la poderosa industria del máximo prototipo de la novela negra –Philip Marlowe, creación de Chandler–, por obra y gracia de un cómico primero y un argentino después (Laurel y “Soriano”). No habrá más penas ni olvido (1978) y Cuarteles de invierno (1980) permiten ampliar el inventario.

Las dos primeras novelas de Puig transcurren en Coronel Vallejos durante el primer peronismo; el díptico de Soriano, en Colonia Vela, pero se trata del peronismo y la dictadura militar de los ‘70.

Si el imaginario social de Coronel Vallejos remite a la clase alta a través de las revistas “de sociedad” y a Hollywood por las películas y las revistas “del corazón”, en Colonia Vela señala hacia lo político y lo popular (del peronismo histórico a los conservadores aliados a la dictadura militar, del lenguaje del tango y los refranes populares al heroísmo del boxeo y la resistencia política).

En los títulos, las segundas novelas de ambos disputan la figura de Gardel: Puig recorta un verso de “Rubias de New York”, un fox-trot que lo presenta como “cantante internacional” (Boquitas pintadas); Soriano toma “Mi Buenos Aires querido”, en serie con el Gardel canonizado –tanguero, sentimentaloide y barrial a lo Carriego (No habrá más penas ni olvido)–. En las terceras, mientras Puig titula con un inglés entendible para darle un aire de misterioso glamour, Soriano opta por el refranero popular.

Tercera y última etapa del inventario:

El beso de la mujer araña (1976) de Puig y A sus plantas rendido un león (1986) de Soriano. En El beso..., para evadir la realidad carcelaria, Molina le cuenta películas a Valentín. En A sus plantas..., en los bellos jardines de Luxemburgo, una ugandesa le cuenta a Quomo, Marx completo, libro por libro, y lo convierte en el comandante de la primera revolución africana triunfante.

Pubis angelical (1979) de Puig y El ojo de la patria (1992) de Soriano. En Pubis... Ana tiene delirios onírico-cinematográficos; en uno de ellos, una joven, gracias al implante de un dispositivo electrónico, supera la era atómica y vive la era polar. En El ojo..., el dispositivo electrónico se llama chip y es implantado en el cadáver de un prócer de la Patria para que nos explique en qué punto de la Historia se torció nuestro rumbo.

En La hora sin sombra (1995), Soriano vuelve sobre La traición..., donde el padre de Toto se parecía a un galán de la época y el niño con su madre –en plenos años ’40– iban todas las semanas al cine a ver los estrenos. En La hora..., en la época del General Ramírez (año 1943), el padre del protagonista es el encargado de supervisar que las estrellas de la Paramount se vean en los cines de la provincia “como Dios manda”.

El inventario –creo– no deja lugar a dudas.

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