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Domingo, 28 de enero de 2007

POR LUIS GUSMAN

El arte de contar la política

 Por Luis Gusman

Tal vez como ningún otro “género” el homenaje exige de la sinceridad. Porque a veces cuando se discuten ciertos temas –el que voy a plantear es uno de ellos– la obra no se basta a sí misma, y hasta es posible que en el contexto que fue publicada y los años transcurridos terminen por excederla. Entonces se haría necesaria la voz viva del escritor para sostener un argumento que quizás ni él mismo disponía en el momento en que la escribió.

Pero antes de sumergirme en la cuestión, voy a dar paso una anécdota personal con Soriano. Allá por enero de 1973, después de algunos años de im-publicación, mi texto El frasquito encontró la posibilidad de transformarse en libro. En la tapa que había ilustrado Carlos Boccardo, entre otras imágenes, como una especie de ilustración dentro de la ilustración, estaba la tapa de una novela de D. Goodis Viernes 13. La tapa pertenecía a la colección Cobalto que entonces y desde hacía muchos años venía publicando las novelas policiales de la mayoría de los autores de lo que se conoce como novela negra.

Creo que mi primera conversación con Soriano giró acerca de esos autores ya que fue él –cuando trabajaba para La Opinión– quien escribió el primer comentario sobre El frasquito cuando se publicó. Fue por ese tiempo que me dio a leer el original de Triste solitario y final.

Evidentemente esa primera corriente de simpatía fue rebasada por las diferencias estéticas y las posiciones ante la literatura que por los años setenta –y al menos para mí, y creo que también para otros escritores– excedían alguna vanidad personal.

Esa fue toda mi relación con Soriano.

Como siempre, trato de diferenciar el destino que corren los libros de sus tribulaciones y su circulación en el mercado. Ya sea por una omisión de circulación o por un exceso de la misma. Ninguna de estas dos contingencias significan, en principio, un valor en sí mismo.

No es la primera vez que en todos estos años hablo directa o indirectamente de los libros de Soriano porque siempre me parecieron “sintomáticos” (y para mí esta palabra siempre pone en juego en cualquier campo en que se sitúe algo del orden de alguna verdad) respecto de la cuestión de la relación entre literatura y política.

Tengo la idea de que durante los años del Proceso, la literatura eligió distintos maneras para contarse. Primero, un estilo elíptico y alusivo, en el que me incluyo; segundo otro más alegórico. Otros escritores como el caso de Puig –quien fue el que narró más contemporáneamente los hechos que estaban sucediendo en el país, como se puede leer en sus novelas Pubis angelical o El beso de la mujer araña– se “ampararon” en un género. Por supuesto no me refiero a una “intencionalidad” de su escritura ni a su performance; otro modo fue apelar a una subjetividad que ignoraba o interpretaba los hechos desde esa misma subjetividad; otro procedimiento eligió una escritura más referencial, donde creo se ubicaba la literatura de Soriano.

Mucho se ha escrito de los escritores y el exilio, los que se fueron y los que se quedaron. Con lo cual ha habido múltiples opiniones transformadas en versiones que funcionaron desde cierto punto de vista moral. Estaban los que defendían la pertenencia supuestamente otorgada por el hecho de haberse quedado, estaban los que hacían una épica de haberse marchado. Por supuesto, en la mayoría de los casos y para muchos se trató de una cuestión de supervivencia ya que su vida se vio amenazada; y en otros casos, otros que vieron su existencia amenazada. Estas cuestiones ponen en juego la relación entre el cuerpo y la escritura. No era lo mismo escribir desde el exilio que desde el sitio donde cada uno estaba. Quiero decir, que siempre es necesario un análisis de los textos capaz de articular la producción de cómo se escribió en aquellos años: lo que se escribió “entre líneas”, lo que se desechó, los cambios de léxico, las elipsis, las metáforas. Dejando de lado por supuesto la sospecha mezquina, y el narcisismo de las pequeñas diferencias.

La obra de Soriano después de Triste, solitario y final se ubicó en esas coordenadas. En No habrá más penas ni olvido y Cuarteles de invierno, donde, a mi modo de ver, predomina un estilo que apela muy fuertemente al punto de vista del autor –citando a Nabokov se podría decir que destila el veneno del mensaje– por lo tanto su ideología se filtra claramente en la narración mostrando el aspecto más moralizante de la moraleja.

Por supuesto que no era lo mismo escribir mientras sucedían los hechos políticos y el horror producido por el terrorismo de Estado que narrar esos mismos hechos con cierta distancia temporal. Creo que a partir de esa distancia temporal –esa temporalidad incluye el levantamiento de la censura externa con el advenimiento de la democracia– literatura y política comienzan a separarse como géneros diferentes.

Respiración artificial fue la novela que funcionó como articulador de este momento paradigmático, de esta condensación entre literatura y política, desde el punto de vista de lo que una lectura mecanicista llamó “ficcionalización de la teoría”. Después las cosas comienzan a separarse. Lo cual no quiere decir que no se puedan escribir novelas políticas que revelen la condición humana. Pero creo que después de esa unión y corte, ambos tópicos se han separado. Por un lado se impusieron las investigaciones, los ensayos, las crónicas sobre el Proceso; y por otro lado la literatura; se ocupe de la política o de la cuadratura del círculo, recuperó su singularidad. Por supuesto, ejemplos espurios siempre se encuentran. Lo cual me parece bastante lógico. Creo que la obra de Soriano se “produjo” en ese estado de lengua.

A sus plantas rendido un león y Una sombra ya pronto serás –su título por metonimia da ya la idea de cierto borramiento, lo mismo sucede con La hora sin sombra– funcionan como bisagra en los libros del autor. Es en El ojo de la patria que el “género del espionaje” le permite encontrar –según declaraciones del propio Soriano– la articulación entre la historia y la actualidad. La trama del Ojo, cuando el autor buscando en el cementerio de Père Lachaise la tumba del escritor Raymond Roussel –para destrabar la escritura de A sus plantas...– se encuentra con la tumba del espía argentino Julie Carrié, enterrado a pocos metros del escritor francés, me remite a muchos de mis temas preferidos: los epitafios, las lápidas, las identidades cambiadas, y el culto político a los muertos.

De sus libros, Cuentos de los años felices es donde, a mi parecer, el autor encuentra su mejor registro; la crónica de pueblo, los viajes del padre y los viajes con él, los recuerdos de infancia; que, como nos recuerda un libro de Graham Greene, “siempre se trata de una infancia perdida”. Creo que en la evocación de ese mundo, el lector de Soriano encuentra lo más feliz de este escritor.

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