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Domingo, 28 de enero de 2007

POR ALICIA PLANTE

Una intuición

 Por Alicia Plante

No lo conocí personalmente. Pero lo leía, en reincidencia, desde los tiempos de La Opinión, y también en Página/12, el diario del que fue cofundador y desde el cual siguió ejerciendo su vocación de periodista y al cual siempre estuvo unido por un amor que nunca hizo concesiones. Y es raro lo que pasa cuando se reconoce al que no se conoce, cuando el estilo, la mirada, esa palabra contundente y felizmente elegida en lugar de otra, esa desviación, esa enorme sucesión de ramificaciones encadenadas del relato que parecen momentáneas pero no, es al revés, porque el tema propuesto inicialmente deviene excusa y entonces ahí estamos, detrás de su ojo, junto a él, cómplices gozosos de una forma compleja y no anunciada de entender y describir los hechos..., y cuando todo eso ocurre, decía, una se vuelve como del riñón del hombre, el Gordo, como lo llamaban y lo llaman sus amigos, el de la sonrisa franca que se ha visto solamente en fotos.

Debido a esa aparente independencia de las pinceladas con que Soriano arma sus relatos, frente a sus libros y artículos, como si se tratara de cuadros impresionistas, conviene tomar distancia: una mirada global nos muestra que los puntos que semejaban estar aislados se unen cuando los contemplamos con cierta perspectiva, y aparece la suma de las partes con las que el escritor escribió su historia.

Por eso, precisamente por no haberlo conocido en persona, lo que a mí sí me gustaría decir es que yo, a él, aunque se haya muerto, lo intuyo. Siempre lo intuí: un tipo extraordinario y con una característica importante por la cual le saco el sombrero, que siendo tan apasionado no se haya deslizado al dogmatismo, y que sus fervores –el padre, el fútbol, los gatos (esos “seres no privatizables... que nos traen a domicilio el misterio de la creación”), con lo cual dejo afuera nada menos que su postura política, sus criterios de “socialista sin partido” al decir de J. M. Pasquini Durán– nunca se hayan interpuesto en la tarea que eligió realizar, que desde un principio haya tenido tan claro su destino de cronista ecuánime de la realidad. La imagen de un muchacho que no terminó el colegio secundario, un autodidacta que recién a los veinte años tuvo acceso a los libros del mundo, que necesitó agachar el lomo y hacer trabajos elementales para sobrevivir, que resistió presiones del amado padre gorila que lo obligó casi a que desarmaran y rearmaran juntos su Gordini en un curso acelerado sobre los placeres de la mecánica –su propuesta para el hijo– y que resultó un curso acelerado de amor filial, sugiere lo mismo.

Según dicen los que lo conocieron bien, era un tipo digno, “una muestra de decencia y decoro”, afirma Horacio Verbitsky, un nostálgico, un disconforme crónico al que “ningún gobierno le venía bien”. Por su lado, a diferencia de la máquina de escribir a la que el Gordo, tempranamente enamorado de la computadora, definió como el invento más fugaz de la humanidad, José Pablo Feinmann sostiene que Soriano, en cambio, “fue un invento irreemplazable”, el amigo de enorme talento que en un instante inconcebible se convirtió en el autor de sus obras completas.

Un hombre radicalmente pesimista respecto del futuro, que sin embargo –usuario constante de la utopía de un mundo mejor– no concebía la vida sin ideales y sin sueños. A su regreso del exilio se volvió inaccesible para todos salvo los más cercanos, y desde la cueva nocturna de su casa, con sus gatos caminando sobre el teclado y aprobando o no las hojas que brotaban de la impresora, Osvaldo Soriano vendió su alma a la poesía y se dedicó a pintar sus personajes entrañables, el hombre de la calle, el porteño, el argentino, con desparpajo, ternura y sobre todo humor, pero también con un inexorable sentido del compromiso con la denuncia.

Su obsesión, la explicación de nuestra compleja identidad como pueblo, la buscó en las raíces históricas –distinguiendo entre héroes y arrimados y sin abrumar con su erudición– tanto como en las traiciones, las mentiras y los dolores recientes. Luego, con la iniciática explicación amasada, inundó la boca de sus personajes. El Míster Peregrino Fernández, por ejemplo, es él, claro, es Soriano, él mismo lo dijo, “el Míster c’est moi”, es su ojo el que observa hasta donde le dio el aliento casi un siglo de historia, y es en la crónica final de su memoria que lo acompañamos. Hasta la victoria, siempre.

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