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Domingo, 28 de enero de 2007

POR EDUARDO PAVLOVSKY

Goles de los años felices

 Por Eduardo Pavlovsky

No fui amigo de Osvaldo –no tuve nunca la suerte de poder dialogar con él–. Admiraba su coherencia y la humanidad desbordante que emanaban sus personajes: Triste solitario y final y A sus plantas rendido un león me bastaron para comprender que Osvaldo era un novelista atípico. Si uno podía “meterse” en su lógica” –su régimen de afección– podía comprender vivencialmente la enorme ternura que fluía en sus líneas y su implacable denuncia ideológica en la espesura de sus novelas.

Pero me acerque a él por dos experiencias diferentes.

Yo escribí una nota en Página/12 donde relataba un gol de taquito que Erico les había hecho a las gallinas en el Monumental y que después de hacerlo, me miró a mí y me guiño un ojo (yo tenía 10 años). “Es para vos, pibe.” Mi padre, gallina fanático, rabioso por el taquito –los goles de taquito siempre parecen una ofensa para los adversarios– me dijo: “Erico saludó a toda la tribuna de Independiente, no te saludó a vos”. La mala fe gallina siempre es indecorosa. Yo tenía 10 años y me llevé –pese a mi padre– la ilusión de que el gol de taquito me lo había dedicado a mí en el medio de la tribuna de Independiente. Escribí la nota a Página/12 donde le preguntaba a Osvaldo –futbolista y cuervo de San Lorenzo– si él podía creer como yo que Erico me hubiera dedicado el gol a mí. Y él me contestó en otra nota: “Quedate tranquilo, Tato, no le creas al gallina de tu viejo, yo estoy seguro de que Erico te dedicó el gol de taquito”. Una linda relación epistolar futbolera. Porque Osvaldo era también esa pasión futbolera. Dicen que cuando estuvo exiliado llamaba a la hora de finalización de los partidos en Buenos Aires para ver cómo había salido San Lorenzo.

La otra relación también bastante excepcional fue haber sido protagonista junto con Ferrigno de la película Cuarteles de invierno que dirigió Murúa. Yo protagonizaba a un ex boxeador (Rocha) y Ferrigno –después de muchas frustraciones– un cantante prohibido (Galván) que se queda, a pesar de haber sido prohibido, a participar en el Festival que organizaban los militares para ser mi manager durante la pelea. En esa pelea, el campeón militar me iba a “despedazar” y Galván el cantor quería salvarme la vida tirando la toalla. Rocha tenía 37 años y el campeón militar, 19. El “destrozo” era parte del festejo militar. La relación de amor –de ternura–, de fidelidad y de solidaridad que establecimos entre Rocha (boxeador) y Galván (manager) era tan intensa que varias veces lo vi llorando a Ferrigno durante la filmación. Sólo la ternura infinita –de esos seres marginales, durante la dictadura– podía fluir de la construcción literaria de alguien que conocía muy bien el amor entre hombres. Rocha pierde por K.O. En la última escena –después de la pelea– Galván me lleva por un largo camino en una camilla hasta el tren a Buenos Aires –Rocha estaba moribundo e inconsciente–. La desolación en esa escena fue para mí memorable y sólo inscripta en la ternura de Osvaldo como escritor.

Esa es mi historia con Osvaldo Soriano –corta pero intensa–. Gracias, Osvaldo, por toda la humanidad que aprendí de vos a través de tus personajes. Esa intrínseca mezcla de desolación y ternura quedará para siempre como la “marca” en mi cuerpo afectado de actor y que tuve la fortuna de encarnar en el boxeador Rocha que vos inventaste.

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