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Domingo, 28 de enero de 2007

POR JUAN FORN

Espejo de la Argentina

 Por Juan Forn

Soriano estableció desde su primer libro un pacto con los lectores que lo convertiría en el autor argentino vivo más leído de su época. El desparpajo y dinamismo con que irrumpió en la literatura, en 1973, con Triste, solitario y final, es comparable a la fulminante aparición de Manuel Puig cinco años antes. Como Puig, Soriano eligió camuflarse en un género considerado menor (el policial negro convertido en comic por toques de grotesco, tal como el autor de La traición de Rita Hayworth había elegido el folletín radiofónico), ambos fueron maestros del diálogo, ambos lograron dotar de inigualable vida a sus personajes y construir, a través de sus novelas, un espejo que enfrentó a los argentinos con su identidad. Allí radican los motivos que convirtieron a Soriano, como a Puig, en un autor tan querido y tan seguido por legiones de lectores.

Sugestivamente, esa fascinación que ejercía sobre los lectores, traducida en generosas reediciones, provocó un desafortunado malentendido en un sector de la crítica argentina, que siempre lo miró con sospecha y antepuso las cifras que Soriano cobraba de anticipo al análisis profundo de sus virtudes como escritor (cosa que supo valorarse en el extranjero, donde su obra se tradujo a dieciocho idiomas, cosechando elogios y premios). El tiempo ha pasado, Soriano ya no se cuenta entre los vivos (muchos recordarán la tristeza colectiva que produjo su muerte y la multitud que se acercó espontáneamente a darle el último adiós, en enero de 1997) y es justo que se produzca de una vez por todas el demorado momento de su reconocimiento.

Lo que hace más justo ese acto es que Soriano no sólo brilló como creador de ficciones sino que cumplió un rol comparable como periodista. Primero, en sus crónicas “de cabotaje” como él las llamaba, las de los tiempos de Panorama y La Opinión, cuando a los demás los mandaban a los lugares más exóticos del extranjero y a él le tocaba el interior, el patio de atrás lleno de “artistas, locos y criminales” que rescató del olvido. Después durante su exilio, en Il Manifesto de Italia, Le Canard Enchainé de Francia y en las piezas que Humor se atrevió a publicar acá. Y, luego de su retorno a la Argentina, en Página/12, diario que no sólo contribuyó a fundar y moldear sino que convirtió en su tribuna para develar, desde sus contratapas dominicales, todo aquello que se les iba birlando a los argentinos, desde la dignidad a la alegría, fueran sus culpables los sátrapas del gobierno, de la City financiera o del negocio del fútbol, la prensa o las editoriales.

Soriano pasó más de la mitad de su vida en redacciones. Como muchos escritores era un autodidacta: manera elegante de definir el acto de pegarse como una lapa a toda persona que despertara su respeto o admiración, para aprender lo que pudiera de esa persona. Siempre pensó que estar en esas redacciones había sido un lujo para él; son muchos los que creen que él era un lujo para las redacciones. Defendió siempre el ejercicio de la imaginación y la buena prosa para escribir periodismo. Porque, como le gustaba decir –y aquí, como en algunos otros aspectos, puede comparárselo a Walsh–, la imaginación y la fidelidad a la verdad no tenían por qué ser términos opuestos.

Fue un gran momento encargarme de la reedición en Seix Barral de la obra completa de Soriano. Armar esa selección de testimonios en que él mismo confesaba cómo fue la génesis y la escritura de cada uno de sus libros me permitió recorrer paso a paso su itinerario literario, sus dilemas y sus astucias como escritor, el atrevimiento y coraje con que puso el dedo en la llaga de cuestiones que habría sido más cómodo sobrevolar y la maestría con que nos hizo ver el país desde la óptica de las víctimas, de los inocentes, de los anónimos antihéroes que tanto se parecen a los seres de carne y hueso que pueblan la Argentina.

La Biblioteca Soriano, editada por Seix Barral en 2003 y que actualmente se encuentra en las librerías, reúne toda su obra de ficción, con prólogos especialmente escritos por diversos colegas, tapas ilustradas por Miguel Rep y epílogos que reconstruyen, en palabras de Soriano tomadas de diversas entrevistas, la gestación de cada libro:

  • Triste, solitario y final. Prólogo de Eduardo Galeano
  • No habrá más penas ni olvido. Prólogo de José Pablo Feinmann
  • Cuarteles de invierno. Prólogo de Osvaldo Bayer
  • A sus plantas rendido un león. Prólogo de Juan Martini
  • Una sombra ya pronto serás. Prólogo de Guillermo Saccomanno
  • El ojo de la patria. Prólogo de Roberto Fontanarrosa
  • La hora sin sombra. Prólogo de Tomás Eloy Martínez

Además, se publicaron sus libros de crónicas: Artistas, locos y criminales, con prólogo del mismo Soriano, Cuentos de los años felices; Piratas, fantasmas y dinosaurios; y Arqueros, ilusionistas y goleadores, que reúne todos los textos escritos sobre fútbol que publicó en sus cuatro recopilaciones, las Memorias de Míster Peregrino Fernández y los últimos cuentos que publicó en Página/12 e inéditos en libro.

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