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Domingo, 23 de diciembre de 2007

YAPA > UN CUENTO DE NAVIDAD

Un lugar donde la Navidad puede pasar

 Por Luis Chitarroni

Ystradgynlais. Ese era el lugar donde iban a pasar la Navidad. Si uno ha visto casas con cruces como tumbas y unos perros de sombra, sabe de Ystradgynlais.

A ella le gustó el nombre cuando llegaron a Cardiff. El iba a inspeccionar Ystradgynlais para saber si el lugar se parecía al cuadro que había visto en la infancia, con las casas tumbas y los perros sombras.

Por una calle estrecha y empinada, que en un punto empezaba a escalonarse, se llegaba a la posada donde resultaba un poco inútil hacer una reserva. La posada se llamaba Noah’s Boar Abord y en ella habló con una mujer de vocales cortas y consonantes ásperas de la que conservó la visión fugaz de un rodete de crin roja. Fue un arreglo satisfactorio entre personas desconfiadas, atestiguado por una cabeza de ciervo y un bearded collie decrépito.

Sobre el mostrador había postales, tarjetas, almanaques. El tomó una hoja de papel amarilla porque era la única que estaba en inglés. A la salida de la posada leyó que en un negocio llamado Dr. Strangely Strange había una subasta de instrumentos musicales. Volvió sobre sus pasos para preguntarle a la mujer del rodete cómo encontrarlo.

El local era una especie de cueva; la barrera que impedía el acceso, en realidad una bandera. Un viking sin edad le permitió entrar, ruidoso y violento a pesar de no pronunciar palabra. Adentro reinaba una anarquía espléndida, la que podía esperarse de ese museo musical silencioso. Después de recorrerlo un poco, advirtió que el silencio era también aparente. Se oían lejos una canción y una voz a las que tardó en bautizar. Regimientos en equilibrio de arpas, guitarras, guitarrones, cítaras, sitars, laúdes y tiorbas en equilibrio.

Pensó que podía elegir el regalo de Navidad para ella ahí, entre fantasmas de voz contenida. Desde el fondo, como si le hubiera oído el pensamiento, el viking lo autorizó a pulsar el instrumento que él quisiera. El levantó una guitarra de doce cuerdas y le arrancó un arpegio desafinado.

Ella y él eran músicos. La música había sido el motivo de encuentro en una ciudad, en un festival. Ambos asistían con inocencia a esa ceremonia, que es la envidiable rutina de los músicos internacionales. Ella era la Dido de una adaptación de Purcell; él, el artista invitado de un grupo que pirateaba canciones isabelinas en una jerga pop transcultural. A pesar de las jerarquías, el famoso era él, que había ganado en un año de celebridad lo que su pareja no había podido ahorrar en casi diez años de estrecha economía de exilio. De madre francesa y papá argentino, ella había nacido en el país extranjero del padre hasta la adolescencia, edad de oro asimétrica: siete años en Buenos Aires, ocho en Tucumán. Un viaje a Chile seguido por el conocimiento de dos territorios alejados del país vecino lo obligaban a él –ciudadano inglés– a confundir la vastedad continental de mundo extranjero. Como el dominio de los teclados excedía también su capacidad de cálculo, se detuvo ante el mueble en el que se exhibían las piezas más valiosas. Con la cabeza el viking le había señalado un minuto antes –él no vio el gesto– la vitrina.

Una armónica decía haber pertenecido a John B. Sebastian; una Rickenbacker vapuleada había sido el fetiche transitorio de Pete Townshend; el redoblante de Ludwig había sido transportado con generosidad generacional por Mike Shrieve desde Woodstock hasta ese pueblito galés adonde ellos huían para pasar la Navidad solos.

Aislado por su tamaño, un ukelele tenía la dudosa reputación de haber pertenecido a Tiny Tim, precursor estrafalario y atiplado de adefesios venideros, cuyo casamiento había sido, recordó él, un acontecimiento de esa franja naïf de los sesenta que invadió los setenta. El reconoció entonces la canción y la voz que la cantaba, lejos, y confió en eso como un signo divertido.

–”Pleasant Street”, Tim Buckley, Dreamletter, 1968 –le gritó al viking, con la pedantería sumisa que exigen estos actos de arrojo. Y agregó:

–¿No tenés algo que haya sido de él?

Lo vio sonreír y asentir con el humo musitado y mortecino del hashish. Después dijo:

–Cualquier cosa de él sería demasiado cara para usted.

No hay usted en el idioma que hablaban, no había una ficción pronominal semejante en el idiolecto de la generación del “we”, pero el viking impuso la distancia abismal de su precedencia.

El desafío verbal autorizó la pregunta siguiente, pedestre, por el precio del ukelele de Tiny Tim. Fue un arreglo cínico pero sin regateos. Antes de que él saliera del local con el regalo para ella, el viking hizo por última vez esa tarde el esfuerzo de hablar. Lo corrigió:

–”Pleasant Street”, Tim Buckley, Goodbye&Hello, 1967.

Tuvo la cautela de dejar el paquete a la recepcionista de la posada, transformada en un doncel de naturaleza menos desconfiada y mirada en estado de siesta permanente.

Volvió feliz a Cardiff, embriagado por su petaca y su conquista. La petaca contenía Southern Comfort, el bourbon dulce que había guiado dulcemente a Janis Joplin a la muerte. El ukelele de Tiny Tim, de afinada insignificancia, era casi idéntico al instrumento que él le había oído tañir –templar, decía ella– en el cuaderno de regreso al país natal, en Tucumán, en la casa familiar cerca del Cerro. En la adolescencia, él había estado enamorado de Grace Slick y luego de Elkie Brooks, sacerdotisas enruladas, pálidas y semivestidas. Oía a todo volumen –a toda velocidad– “Lilac Wine” por Vinegar Joe.

Comieron amistosamente antes del desastre en la posada, la noche de Ystradgynlais. El había manchado con bebida el libro que ella se obligaba a traer a la mesa. No discutieron, molestos por la circunstancia calendaria de no discutir. Cuatro años más joven, ella no tenía idea de quién era Tiny Tim, salvo una reminiscencia dickensiana de su educación en distintas instituciones bilingües. A continuación, él hizo la mueca fatal que los condenaba a repetir la serie humillante de anécdotas tras dos años de noviazgo que parecían un milenio conyugal.

Después, le dio el regalo, que ella desenvolvió, mientras la mujer de rodete rojo iba y venía. Daba miedo con el pelo suelto. Triste piel del universo.

¿Pluriverso? Muchos años atrás, jóvenes confiaban en no envejecer, él creyó en los juegos de palabras. Ahora le costaba, entre otras cosas, creer. Ella le contó de la noche de Navidad en el Cerro como si hubiera sido la única cosa de su vida que de veras ocurrió. El joven pretendiente con voz de tenor le dedicó un villancico. Le cantó con su triste voz cerril a ella, que oía, con tres primas y hada madrina, asomadas a la ventana abierta de la gran casa familiar. Trece días antes, contó ella, el joven tenor y ella se habían prometido fidelidad eterna. Era una lástima: es algo que el curso de la realidad siempre trata de prohibir.

El se murió unos pocos días después, de vuelta de una excursión como guía, en una especie de cadalso de piedras, despeñado. Algo que solía explicarse a los turistas como “muerte natural”.

Una nota al pie debería explicar que a alguien puede parecerle un insulto comparar un charango con un ukelele. Tal cosa no ocurre en esta historia, exenta de notas al pie.

Nevaba en Ystradgynlais. Nevaba con esa insistencia leve y sin énfasis, casi apócrifa, reservada a los dominios de la gravedad. Por la ventana de la posada podía verse. Nevaba en todas las regiones del mundo en el mismo idioma. Nevaba sobre la sagrada aldea de Ystradgynlais. Casas de sombra y perros como cruces. Sobre los vivos y los muertos nevaba en Ystradgynlais. Bastaba verlo para pedir la escena exenta de ese prodigio de la realidad que ella guardaba en la memoria y había tratado una vez más de ocultar.

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