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Domingo, 23 de diciembre de 2007

TELEVISIóN > LAS CáRCELES, LAS VILLAS Y LA MARGINALIDAD, ENTREVISTADOS

Charla conmigo

La televisión argentina es cada vez más pródiga en programas que permiten a los espectadores asomarse a esos mundos en los que, precisamente, nunca querrían sumergirse: cárceles, villas, delincuencia, pobreza extrema, marginalidad. Pero, ¿qué otras funciones, además de la empatía, puede tener esta forma de periodismo?

 Por Hugo Salas

Cierto periodismo televisivo se ofrece hoy como una ventana a lo que por otra vía no se ve: “vamos a mostrarte” –o mostrarle, según la formalidad del conductor– se ha convertido en su infatigable latiguillo, y lo que se muestra es presentado siempre con las notas de lo desconocido, lo distante, lo inaccesible. La villa, la cárcel, el edificio tomado, las áreas rurales y la frontera son algunos de sus escenarios privilegiados. Hasta aquí, nada nuevo; el cambio aparece, a decir verdad, en el modo de construir esas realidades ocultas, estas novedosas historias de la Argentina secreta.

En principio, la propuesta sería exhibir, absteniéndose de todo juicio, el heterogéneo espacio de la marginalidad (donde se superponen, al parecer sin distinción, el crimen y la miseria). Así, el periodista camina junto al punga, mientras éste expone las distintas oportunidades que se le presentan al paso. “Mirá, ¿ves? Ese perdió”, indica, refiriéndose a un auto sin seguro. Por toda respuesta el periodista exclama “Uy, qué mal”, o “Bueno, pero por esta vez perdonalo”. Más tarde, preguntará sin ambages: “¿Y qué hacés si alguien te roba a vos?”. “Lo quemo”, responde el entrevistado, a lo que el periodista asiente “Claro, lo quemás” o a lo sumo “Qué heavy, ¿cómo que lo quemás?”.

Múltiples son las fuentes de este nuevo periodismo. En principio, una lectura apresurada, y ciertamente miope, de la antropología cultural y la investigación sociológica basada en el trabajo con historias de vida. Las grandes propuestas metodológicas que, de Geertz a Bourdieu, buscan desentrañar las complejas configuraciones simbólicas de determinados grupos humanos se convierten, bajo la influencia catódica, en un registro impasible, acrítico, destinado a provocar la más crasa conmiseración. No importan, nunca parecen importar, las condiciones que hacen posible esa realidad, y lejos de mostrar sin tomar partido, el partido siempre se toma por aquel al que pueda construirse como víctima amigable, una víctima cercana al espectador.

Así, dentro de una casa tomada, la cámara estará del lado de los ocupantes; mostrará que son gente honesta que trabaja y se preocupa por sus hijos, que querría alquilar “como cualquiera”, que sólo anhela tener “lo mismo que todos”. Si esta salida no es posible (por ejemplo, en el caso de las prisiones), se mostrará que el entrevistado no fue más que una víctima de las circunstancias, que le gustaría tener una vida “común y corriente”. Visto con buenos ojos, es cierto que no demoniza, como solía hacer el discurso de los noticieros, pero es otra cara de la misma moneda: lejos de mostrar la radical destrucción de los lazos sociales que trae aparejada la exclusión, se convierte a la persona en situación de vulnerabilidad prácticamente en un “ser natural” incapaz de responder por sus acciones.

Antes que información, lo que se expone es un caso. En su mayoría, las responsabilidades efectivas son encarnadas en “el malo” al que este representante del espectador hace frente: un funcionario menor, la policía, una empresa. “A nosotros nos dijeron que ustedes tienen la culpa”, increpa –palabras más, palabras menos– el cronista. Aquí no hay empatía. Sino el momento en que cronista y espectador están “del lado del otro”, son lo mismo que el otro, una víctima en igual medida.

A diferencia de lo que hacía Fabián Polosecki en El otro lado, en el “nuevo” periodismo televisivo se modifica el lugar del periodista: el periodista no es ya quien recaba la información y la analiza, ni siquiera quien sale a buscarla, sino aquel que es capaz de llegar al “otro” afectivamente (paradigma que Caos y Zoo acuñan sobre la dispuesta figura de Juan Castro). No por nada, la televisión entiende que el periodista debe llorar con el entrevistado, reírse de sus chistes (sin importar el contenido) y celebrar sus mismos códigos. No es casual, entonces, que cada vez más actores participen de estos programas, novedad que encuentra su paroxismo en Fuera de foco, donde Pablo Granados, junto a Martín Ciccioli, hace “periodismo” desde un personaje construido según los lineamientos del recalcitrante humor homofóbico nacional. Es más: por momentos, a la cámara parece importarle más el llanto empático del cronista o la aventura del camarógrafo infiltrado que lo que tiene para decir el informante o el espacio a documentar.

Las impresiones, sensaciones y andanzas de quienes hacen el programa, ya sea en veta justiciera (Malnati dentro de Telenoche), amigable (Pauls en sus distintos formatos y, con tono más “denuncista”, Arias y equipo en La liga) o tradicional (Graña, que en este contexto pasa por ortodoxo), cobran una importancia decisiva: en tanto representantes nuestros, nos brindan la posibilidad de acercarnos a esa realidad distinta y sentirnos, por un instante, muy humanos y tan iguales.

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