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Domingo, 26 de abril de 2009

Historias de niños y soldados

La obra de Julian Maclaren-Ross siempre se encontró amenazada por la fascinación que provocó su vida de dandy discreto y errante. Una edición de sus cuentos permite acceder a esos rastros biográficos sin dejar de percibir su sensibilidad como narrador.

 Por Fernando Bogado

Tostadas de jabón y otros cuentos
Julian Maclaren-Ross

La bestia equilátera
200 páginas

Qué hace a la geografía de un escritor? En principio, tendríamos que evitar limitarnos a la recurrente presencia de algunos lugares en sus trabajos, ya sea que aparezcan como trasfondo de los hechos narrados o como obsesión: García Márquez no es Macondo, Roberto Arlt no es Flores, James Joyce no es Dublín y Julian Maclaren-Ross no es el Nort Soho londinense de posguerra. Por lo menos, no exclusivamente, aunque su fama y porte de dandy con el que ha trascendido, al igual que su presencia constante en los bares de la zona de Fitzrovia, nos inducirían a creer que en su obra se encuentra la delicada cartografía de una Londres sumergida aún en la Segunda Guerra Mundial y en los conflictos que deja una vez terminada. Sin embargo, la reciente publicación de varios de sus relatos en Tostadas de jabón y otros cuentos abren el panorama y despliegan un mapa muchísimo más complejo, en donde no sólo los lugares sino también los sentimientos y algunos destinos vagabundos tienen el atrevimiento de cruzarse.

Geografía triangular, entonces, la de estos cuentos: Inglaterra, Francia, India, tres lugares que no sólo funcionan como espacios en donde los personajes de Maclaren-Ross sufren sus particulares peripecias o dramas, sino también puntos de una biografía que siempre está amenazando con apoderarse del relato en cada oración. ¿Cómo no ver el hollywoodense rostro del autor en el protagonista de Tostadas de jabón: un romance, quien no casualmente lleva el primer nombre del autor? Julian y Vicky se pasean por los bares londinenses tratando de concretar un amor imposible: una anécdota menor, casi como las de Woodie Allen en Annie Hall, parece ser el único saldo positivo del idilio. Un cuento posterior del libro, Las nieves de ayer, nos presenta otra frustrada relación que alcanza tintes de universal, común a todos, y que parece cerrar (quizás junto a La virgen) las narraciones de amores fracasados del libro: un niño frente a su primer amor, y el infortunado viaje a Francia del día posterior que transforma esas 24 horas en las mejores de una vida.

El Sumo Sacerdote de Buda y El Lejano Oeste son otros dos cuentos que se detienen en una infancia particular para marcar también su geografía o, mejor, su curiosa calidad de extranjería: en ambos, alguien de una edad indeterminada recuerda sus doce años en Francia, deteniéndose a su vez en la violencia de la cual los infantes son capaces. Si sumamos esto a las críticas al ejército que aparecen de manera sutil a lo largo de varios cuentos, y que llega a su cenit en el último relato (Atadura mortal, en donde algunos soldados se divierten como chicos a costas de otro), fácilmente podemos afirmar que, para el autor, esa violencia bélica es patrimonio de niños y soldados –posiblemente, la misma cosa–.

Julian Maclaren-Ross, nacido James Mclaren Ross, murió de un ataque cardíaco en 1964. Transformó su nombre y apellido por cierto gusto aristocrático que, como se sabe, suele hablar mucho del serdandy, príncipe en tiempos democráticos. Escritor singular, ha sido objeto de numerosos retratos secretos (como el que Anthony Powell realiza en el personaje de X. Trapnel en la monumental Una danza para la música del tiempo) y de biografías: su vida, antes que su obra, ha sido tema de interés mundial. En Un ligero incidente en Madrás y No le pido que la compre se encuentran dos de sus cuentos más logrados: el tema del engaño –quién engaña a quién y cómo– parece retratar no solamente un lugar, sino un clima de época, esa desconfianza que imperó en la posguerra y que el autor padeció en carne propia, ahora sí, “biográficamente”.

Si la geografía del dandy es la del mapa mínimo (o sea, la del circuito de bares que hay que recorrer), Maclaren-Ross juega a extender el desamparo del lugar de corta residencia –hoteles, pubs– a Madrás o a Niza, sin importarle recurrir a un estilo medido que dice lo justo y que evita caer en el exotismo para retratar un sentimiento que no parecería ser inglés, sino universal. En conclusión, podríamos decir, la única geografía del escritor no estaría entonces compuesta por lugares, sino apenas, muy terriblemente, por las mismas cosas que siempre termina encontrando en un lugar u otro, esté donde esté.

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