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Domingo, 30 de agosto de 2009

CINE > LA PRIMERA PELíCULA DE PAULO PéCORA

Perro sueña hombres

Con un clima hipnótico y una estructura onírica, filmada en la densa naturaleza del Tigre, el premiado cortometrajista Paulo Pécora estrena El sueño del perro, un viaje sensorial que reúne nombres tan disímiles como David Lynch y Haroldo Conti. Compleja pero no complicada, fragmentaria pero no inconexa, la película reconstruye el rompecabezas emocional de la nostalgia, la soledad y la tragedia de un hombre con su máquina de escribir delante, y la pérdida de su mujer y su hijo a sus espaldas.

 Por Mariano Kairuz

El sueño del perro, el debut en el largometraje del prolífico y premiado cortometrajista argentino Paulo Pécora, tiene algo remotamente lyncheano. Por David Lynch, claro. Y para que la comparación –un lugar común, a estas alturas– no sea gratuita, conviene empezar por decir que El sueño del perro es experimental en su montaje, lo que no significa que no sea una película narrativa. Sólo que completar en nuestras cabezas una línea argumental a partir de lo que vemos en pantalla puede entrañar un esfuerzo extra. Hay que recomponer piezas, unir fragmentos, relacionar planos. Como en las películas de Lynch (y como en los sueños, podría decirse), hay imágenes aisladas unas de otras a las que creemos poder conectar de alguna manera, aunque en principio no sepamos cómo. Quizá ni siquiera estén necesariamente conectadas, pero hay algo en ellas y en la lógica fragmentaria que las pone juntas en una misma película, que parece invitarnos (o forzarnos, según las imágenes se asemejen más o menos a las de una pesadilla) a relacionarlas, a encastrarlas unas en otras, como si estuviéramos resolviendo un enigma a partir de indicios dispersos.

Y sin necesidad de arruinarle la función a nadie, se puede adelantar que en El sueño del perro el protagonista es un hombre que escribe en una vieja máquina de escribir, que es escritor y fue periodista. Y que hubo para este hombre, que ahora está solo, una vida anterior con una mujer y un hijo. Una fotografía que este hombre recibe ensobrada en el diario en el que trabaja, nos ofrece una pista acerca de qué pudo haber pasado con esa vida previa. Todo señala una tragedia, y el viaje del hombre, de la ciudad de Buenos Aires al Delta –al Delta profundo, la selvática segunda sección, casi en Entre Ríos– parece ser una fuga, lejos de todo lo que tenga que ver con aquella vida perdida. De la máquina de escribir vieja, que superpone caracteres, provienen casi todas las palabras que hay en la película. Algunas las lee un chico con voz susurrante. Son palabras acerca de la sabiduría de la naturaleza, y de un perro, que es el que sueña a los demás, o es soñado.

Periodista y autor de una obra (más de veinte cortos y clips) que fue objeto de retrospectivas en el Bafici, en el festival de Montevideo y en Toulouse, Paulo Pécora (Buenos Aires, 1970) no había encarado la tarea de escribir un guión hasta la hora de idear su primer largometraje. Fue, en el principio, el encargo de una materia de la Universidad del Cine, de la cual es egresado. Mucho del extrañamiento onírico de la historia parece manar como una sustancia narcótica del ambiente en que transcurre. “Empecé a trabajar el guión tratando de imbuirme del estado que quería crear para el personaje –cuenta Pécora–, así que me fui a escribir a las islas. Cada año me internaba un poquito más, y poco a poco fui llegando al lugar en el que filmé. Hasta ese momento no sabía que había un más allá de Paraná de las Palmas.” El proceso de escritura del guión fue, dice, “en bloques”: “Fui escribiendo escenas a partir de imágenes que se me ocurrían. De a poco vi que había vínculos y puentes posibles entre ellas. Siempre traté de mantener la extrañeza, la anarquía del sueño. Quería que fuera un sueño en varias capas: que se fueran abriendo puertas que fueran abriendo otras puertas, y otras, hasta conducir a la salida del laberinto. Encontrar umbrales oníricos”. El resultado es un recorrido sensorial donde la idea de las puertas que se abren encuentra su expresión gráfica, y donde se imponen las visiones incompletas: aquello que se atisba entre la densa vegetación de la zona, o el cuadro intermitente de un bote que navega el río en la noche bajo una tormenta eléctrica.

El crítico norteamericano Robert Koehler, que reseñó la película en el Bafici para la influyente revista Variety, escribió que El sueño del perro “recordará a muchos espectadores los sentimientos y el tono de un cuento de Faulkner”. Pero Pécora tiene su propio set de referentes: entre ellos, sus lecturas fundamentales de Sudeste, de Haroldo Conti, que fue su principal acompañante durante su trabajo de guión. “Por su clima nostálgico que lo hace muy atemporal –explica Pécora–, y por la relación con la naturaleza que plantea: que el mismo ambiente que le da las cosas para vivir al protagonista sea el mismo que lo pone en riesgo. Como en Los muertos, la película de Lisandro Alonso: la naturaleza como un espacio hermoso y a la vez mortal. Y la soledad narrada con un alto grado de hipnotismo.”

Pero acaso la influencia más curiosa que reconoce Pécora sea una película de principios de los ‘60 llamada Río abajo, dirigida por Enrique Dawi, sobre adaptación del libro del mismo nombre firmado por Lobodón Garra, un pseudónimo de Liborio Justo. “El libro describe flora, fauna y vida humana en las islas del Ibicuy, que están a dos horas de donde yo filmé”, dice Pécora. “La película cuenta la vida de una familia que se va a vivir a esas islas cuando lo único que hay es selva, y construye una casa y luego erigen una maderera alrededor de la cual crece la zona. Pero lo que más me interesa de esa película son los primeros quince minutos, un corto introductorio centrado en la historia de un cazador de nutrias. Otra vez la soledad, la lucha no contra sino en la naturaleza, que así como te da te quita, te ofrece pero a la vez te pide un esfuerzo enorme, deslumbra y embriaga, y también mata.” Y la naturaleza también como un estado de la mente, como un espacio para armar, como otro mundo que está en éste. Para que entrar al cine sea, dice Pécora citando a Lynch, como entrar a un sueño.

El sueño del perro se estrena esta semana,
los viernes a las 22 y los sábados a las 20,
en el Malba, Av. Figueroa Alcorta 3415.
Para otras salas, consultar cartelera.

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