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Domingo, 30 de agosto de 2009

Señales de humo

La semana pasada, la Corte Suprema dio a conocer un fallo que volvió a poner en el centro de la escena la tenencia de drogas para consumo personal. Sin ninguna inocencia, el tema fue pegado inmediatamente a la inseguridad. Sin embargo, detrás de la marihuana existe toda una cultura cannábica que nada tiene que ver con la violencia. Por eso, nada mejor que una radiografía de la realidad de quienes fuman. Además, escriben Juan Forn y María Moreno, responsables de la tapa de Radar sobre el tema hace una década; Marcelo Figueras, autor de una tapa similar de La Mano hace unos años; Andrés Calamaro, protagonista de aquella célebre causa por la frase “Qué linda noche para fumarse un porrito” durante un show en La Plata, y un dibujo de Rep, autor de Silver el murciélago fumón.

 Por Emilio Ruchansky

Durante estos últimos veinte años, luego de la sanción de la ley 23.737 que prohíbe el cannabis entre otras sustancias, se consolidó en Argentina una cultura alrededor de los frutos de esta planta, de sus hojas y sobre todo de su manufactura: el porro, el faso, el churro o, como diría el caretaje, “el cigarrillo de marihuana”. La ilegalidad, hay que reconocerlo, favoreció la glorificación. Después de todo, sentirse un delincuente por prender un troncho en la plaza del barrio o zigzagueando entre los bulevares de la avenida 9 de Julio tiene lo suyo. El que lo hizo lo sabe. Se disfruta el doble.

Sin embargo, la persecución no es la misma para todos. El que no tiene un techo para echar humo corre más peligro que el que lo tiene porque siempre debe ejercer su privacidad en la esfera pública. Muchas veces, los que tienen un hogar no pueden fumar porque sus padres no se lo permiten, porque temen dar “el mal ejemplo” a sus hijos o incluso para evitar problemas con su pareja. Es lo que le pasaba a una amiga que preparaba su porro antes de ducharse para que el vapor tapara el aroma y se fueran juntos por el extractor, sin que su novio se diera cuenta. Así como hubo una salida del closet en la sexualidad, podría decirse que ahora hay una salida del baño con la marihuana.

Hizo falta convertir la estigmatización en orgullo para que esto ocurriera. La prueba es escuchar hoy a un fumón que adoleció los años ’80, algo que genera ternura y un poco de indignación también. La fuente, un pendeviejo, dice que en aquel tiempo no se fumaba ni en las fiestas ni en los boliches ni los asados. Recuerda, por ejemplo, que la primera vez que se lo llevaron detenido fue por fumar en la calle y no por su militancia, que los camaradas del Movimiento al Socialismo, la crema progre del momento, pedían a los fumetas no llevar porro y material del partido en el mismo bolso. Cosa que no los detuvieran y quedara “escrachado” el partido por drogón.

El autocultivo, salvo en El Bolsón o en las sierras cordobesas, no era parte de la cultura como lo es ahora que se pueden conseguir hasta semillas feminizadas (si no lo sabe, entérese: los machos no pegan). El dealer era alguien del barrio, un ser apreciado y hasta cuidado por sus clientes, que no creían en eso de que vendía en la puerta de colegios primarios. Había que ir a visitarlo para comprar y de paso garronearle unas pitadas de la yerba paraguaya, tierra prometida para la planta favorita de esta generación: calor violento y un suelo cargado de minerales. Aunque con el tiempo todos los transas te cagan, siempre les terminás agradeciendo. Son las paradojas del fumón cautivo.

A mediados de los ’90, la aparición del delivery de faso en las ciudades revolucionó el mercado. Los porteños tal vez recuerden la mensajería Avy Express y sus chicas jóvenes con cara de universitarias que entregaban faso (mínimo 25 gramos) envuelto en papel de regalo y con una factura por “un viaje”. La masificación ya entonces era un hecho. El problema seguía siendo dónde fumar. Hubo un nutrido grupo de amigos platenses que resolvieron este dilema pernoctando en el consultorio odontológico del padre de uno. Se apretujaban en la sala de espera y el pasillo para quemar churro. Se iban pocos minutos antes del horario de atención, usando desodorante de ambiente para limpiar las huellas. Nunca los descubrieron.

De a poco, los no fumadores se convirtieron en minoría en las reuniones sociales, en los recitales, en el furgón del tren, en la esquina del barrio donde para la pendejada. Hay un sitio de secretos en Internet, contamelo.com.ar, donde queda evidenciada la situación. “La verdad es que me MUERO por fumar porro –escribió un chico de 21 años– pero tengo tan ‘poca calle’ que no sé cómo conseguir faso, encima me he cansado de leer que todo el mundo fuma y la pasa bomba, y yo que quiero y no sé cómo. Alguno que me tire alguna solución, plis. Soy de Rosario.” En el foro le respondieron esto: “Vas por la calle, ves que cuando pasás por al lado de un flaco, éste saca una bolsa y la mira, lo mirás, le decís ¿de cuál es?, le preguntás cuánto sale. Le das la guita, compras sedas, picás el fasssito, lo enrollás en el lillo y te lo fumás, vas a quedar como Buda en el monte Everest practicando lanzamiento olímpico de consoladores. Sí, yo también fumo”.

El porro, por sus características, se convirtió en una forma de socialización. Sirve para romper el hielo y rara vez defrauda. A diferencia de la cocaína o el LSD, no existe la muerte por sobredosis de porro. Se puede tocar fondo, cualquiera que fume yerba en pipa de agua puede dar fe, pero no pasa de una baja de presión (curable con jugo de naranja) o un K.O. de sueño. Lo más desesperante es el bajón, el hambre voraz que suele llevar al porrero novato a prácticas desaforadas. Como esos amaneceres donde un pedazo de pan viejo con cebolla pueden ser el único consuelo. Para lo demás, existen esas novedosas parrillas con microondas abiertas 24 horas, donde sirven el inefable patybajón.

De a poco, el país se acomoda al millón y medio de porreros que lo habita, según encuestas oficiales. Si a esto se suma el reciente fallo de la Corte Suprema en pos de despenalizar la tenencia de drogas para uso personal, podría decirse que la cultura cannábica está viviendo un gran momento. Hay un sitio web, el foro argentino del sitio español

cannabiscafe.net, donde cultivadores y activistas se contactan, intercambian información, se organizan. Hace casi tres años que existe la revista THC, órgano oficial de la movida y prueba concreta de que se puede escribir sobre el asunto sin que te pongan las esposas, aunque fue denunciada judicialmente. En Córdoba se armó la Asociación Cogollos y hay una TV en web: informepsicoactivo.com

En medio de esta normalización, aún no desaparecen las contradicciones que genera la convivencia de la ilegalidad de la marihuana con la legitimidad que gana a diario. Vaya un ejemplo, uno cruel. Hace poco un lector de la revista THC contó en el correo que la policía le había pedido salir de testigo de un procedimiento antidrogas contra un fumeta. Los canas, miserables, le mostraban la prueba del delito: un bagullo que alcanzaba para dos porros. El lector tenía 50 gramos encima y estaba fumado. En la carta relataba su sufrimiento, la indignación que le causaba salir de testigo. No sabía cómo negarse. Peor aún: no podía negarse, ya había mostrado los documentos.

En febrero de este año la propia policía informó del caso de un joven en Tucumán que pedaleaba fumándose un fino en la capital de esa provincia y tuvo que saltar de la bici para escapar de los agentes de la Dirección General de Drogas Peligrosas. Lo atraparon en medio de un barrio humilde y pidieron testigos. Nadie quiso salir (y eso que se pueden comer de 15 días a un mes de prisión por desacato). Para poder armarle una causa, tuvieron que convocar como alcahuetes al comisario y al subcomisario de la seccional.

Para acabar con estas realidades hace falta terminar con la prohibición de la marihuana. En eso no se equivoca Pity Alvarez, que fue protagonista de causas judiciales absurdas, como la de Calamaro. “Pagamos precios y riesgos muy caros para conseguir, lo que la naturaleza nos da nadie nos debería prohibir”, canta en el himno fumón titulado “Legalícenla”. Liberar la planta se convirtió en el nuevo horizonte de la militancia cannábica, que concentra el primer sábado de mayo en varias ciudades del país, con más asistencia cada año en lo que se conoce como muchos países “Global Marihuana March”.

El reclamo pasa por un tema de calidad, de autonomía, de salud. Una flor bien secada y curada pega diez veces más y mejor que un faso paraguayo prensado. Los cultivadores más expertos ya tienen su propio torneo desde hace ocho años, es único en todo América: La Copa del Plata. Alrededor, crece la industria de la parafernalia, las sedas, los bongs, las pipas y todo lo relacionado con el cultivo. Vaya otra paradoja de la prohibición, con semejante territorio, los fumetas de ciudad siguen dependiendo de los complejos indoor, armados en baños, placares y hasta en heladeras viejas, con luces potentes para hacer crecer y florar el cannabis.

Además del espíritu gourmet, el innegable uso medicinal ya comienza a cobrar fuerza entre los propios médicos que tratan pacientes con cáncer, sida, anorexia e incluso esclerosis múltiple. El porro no cura, pero podría hacer más llevadera la vida de quien padece insomnio, falta de apetito, dolor de cabeza y muy mal humor. Por este motivo avanzaron los cultivos legales en Holanda, España, Estados Unidos, Suiza y Canadá. Lo llaman “el uso compasivo”. Los motivos para el uso recreativo no hace falta enumerarlos. Cada fumador sabe por qué la defiende. La marihuana podrá afectar la memoria, pero no las convicciones.

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