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Domingo, 30 de agosto de 2009

Esa tapa la tengo en casa

 Por Juan Forn

Tengo colgada en la pared de mi cuartito de trabajo, desde hace diez años, la tapa de este número de Radar. La hicimos, la hizo Ros, en 1998, para acompañar una nota de tapa escrita por María Moreno, que se proponía reunir la mayor cantidad posible de testimonios de artistas e intelectuales argentinos dispuestos a decir públicamente que fumaban marihuana y por qué lo hacían. El origen de la nota lo tengo un poco difuso, pero podría asegurar que fue en respuesta a una de esas periódicas avanzadas de los fundamentalistas antinarcóticos que sostienen que la marihuana es el rito de paso sin retorno al infierno de la droga. La idea era soslayar por una vez el debate jurídico-penal y hacer centro, en cambio, en el uso que les daban al fumo esos artistas e intelectuales. En otras palabras, hablar del porro desde adentro, como hablan de él los que fuman.

Teníamos una lista impresionante de pintores, escritores, músicos, actores, directores de cine y de teatro, bailarines, coreógrafos, jueces, profesores universitarios. Había jóvenes y viejos, varones y mujeres, atorrantes y millonarios. La lista se fue armando sola en cuanto hicimos correr la pregunta: ¿a quién conocés que fuma? Pero se fue achicando casi a la misma velocidad en cuanto María Moreno empezó a pedirles testimonio. Al final quedamos con tan poquitos que la Moreno optó por convertirla en una de sus cruzadas habituales: convirtió a los fumones en una minoría y les dedicó una de esas defensas que sólo ella es capaz de hacer, entre la reivindicación de barricada y la lírica del tercer vaso de whisky. Que pegaba de una manera mágica, delirante, con la tapa que hizo Ros, que parecía una propaganda de cigarrillos.

Cuando subimos con la prueba de tapa a dirección, en uno de esos fotocromos hermosos que se usaban en aquella época, nos dejaron un rato larguísimo esperando afuera, en lugar de comentarla con nosotros presentes, como siempre. Ros y yo pensamos que se caía la tapa por apología de la droga, pero por suerte no. En cierto momento de aquella espera yo le pregunté a Ros si me podía quedar con el fotocromo de recuerdo, y él me dijo que sí sin decir una palabra, así que esa noche me lo llevé del diario y lo puse en mi pared, y ahí estuvo estos diez años, primero en Buenos Aires, después en Gesell, hasta que esta semana por fin se hizo realidad.

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