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Domingo, 13 de septiembre de 2009

¡super ratón!

Alfredo Casero está de vuelta. Por el lado de la interpretación seria, vuelve a brillar en un personaje oscuro, denso e inaprensible en Tratame bien. Por el lado de la risa, vuelve al teatro con los personajes de Cha cha cha y una troupe a la que quiere formar para infiltrarse en la televisión el año que viene. La música, por ahora, está dejada de lado. Y la alfalfa también. En un alto en un ensayo (con guión incluido, algo inédito en su universo), el hombre detrás de Juan Carlos Batman habla con Radar de cómo hace para correr en Fórmula 1 con su Batimóvil.

 Por Angel Berlanga

“Diga un comando: kggg.” El walkie talkie reclama cerca de su pecho: quedó prendido y parece no bancarse sin atención. Un rato atrás, cuando lo usaba para darle letra a uno de los actores de su nueva troupe, Alfredo Casero se reía como un chico de lo que iba saliendo. Llegó hace dos horas al penúltimo ensayo del espectáculo que empieza a fogonear este fin de semana en Buenos Aires: paso leve, bamboleo swing, calzado cómodo de entrecasa, shamisen en su estuche, copias de un tramo de guión recién escrito para estructurar, un poco, la gloriosa reaparición de Juan Carlos Batman y el insustituible –y no menos heroico– Robin. No son los únicos animales del mítico Cha cha cha que reaparecen en este milenio: después de años en la selva peruana se anuncia también el retorno de Rolando, el mono matemático (una maravilla “apenas manejable por su padre y guía, el armenio Papiros Pototian”), y del ratón Juan Carlos, esa criaturita parecida al Topo Gigio pero menos pegajosa, que enseñaba a los niños las letras del abecedario. “Está escrito, tienen que aprenderse sus partes de memoria”, les dijo a los actores hace unos minutos; y luego, como a sí mismo, riéndose: “Nunca pensé que alguna vez iba a decir esta frase”. Casero reclamó unas linternas, calculó tiempos, ajustó el momento en el que entra la banda con la que cantará “Shimauta”, “Pizza conmigo”, “Endrogada en Adrogué”, “Bailando en la Sociedad Rural”. A Casaerian extravaganza puede pensarse como la reunión de distintas vertientes de sus clásicos y la extravagancia está ahí, justamente, porque hasta ahora fue casi un instinto no volver a tocar lo que mejor repercutió, lo que le dio más reconocimiento.

Ahora mastica un grisín y ofrece otro. En el hall del teatro, mientras, la troupe repasa el guión. “Yo tenía pensado hacer una cosa nueva –dice Casero–. Pero un amigo me dijo una frase que repetía siempre Fabio Alberti: ‘Cuánta riqueza abandonada’. Refiere, sobre todo, a lo que tenés y no usaste. Porque casi nunca toqué mis temas: rara vez, cuatro o cinco veces, canté ‘Bailando en la Sociedad Rural’ en público, o ‘Shimauta’. Con este amigo japonés, que vino acá, nos pusimos a ver videos en YouTube: ‘No lo puedo creer’, decía. Empecé a mirar más minuciosamente y me di cuenta de que no había hecho nada, que lo único que hice fue poner mi visión de niño grande ahí arriba. Yo trabajé siempre en primera persona; los personajes los hacían, más bien, Capu (por Diego Capusotto) o el mismo Peperino (el cura que hacía Alberti). Bueno, a último momento me di cuenta de que no me importó hacer cosas nuevas, de que la gente me pide más lo que no le di que lo que no conoce. A lo mejor la idea de este espectáculo tiene que ver con el recuerdo. Yo mato las cosas desde que las hago, puedo hacerlo, cambiar constantemente. Cuando estuvimos en la televisión, que era un éxito, podíamos haber hecho algo para que todo el mundo lo viera, y no lo hice. Nunca fui para donde tendría que haber ido porque me convenía: agarré para donde se me antojó. Y ahora, sinceramente, lo que necesito es formar una nueva troupe. Juntar biologías y que la gente disfrute de eso. Era la biología del Batman de Casero –me da vergüenza hablar en tercera persona, como el Diego– lo que más me llamaba la atención. Porque era mi propia biología, mi manera de ver las cosas con respecto al mundo. El Batman que yo hago pide a gritos, desde su disfraz, sentido común.”

Hay decenas de tramos de Cha cha cha en YouTube que fueron vistos centenares de miles de veces. El programa estuvo en el aire entre 1993 y 1997 y es, lo que se dice, de culto. “Diga un comando: kggg.” Casero apaga el aparato. “Bueno, esto es lo que a mí me da risa hacer”, cuenta.

EL RENACENTISTA RENACE

Azul, Chajarí, Campana, Santa Fe, Escobar: Casero presentó este año en galpones, teatros o gimnasios Estese confuso, “dos horas de confusión que le van a hacer bien al balero”. Canciones, monólogos, algún sketch. El jueves pasado lo hizo en Mendoza. En junio estuvo cantando tangos en Japón y presentando un show de humor en Barcelona. “Es muy jodido hacer grupos, porque es todo lo contrario a la idea del capocómico –dice–. Siempre me endilgan: ‘Eh, pudiste haber sido, no fuiste, por qué...’ ¿Qué es ser un capocómico? Un tipo que tiene todo montado alrededor para lucirse solo, que no quiere que se rían de los que lo acompañan. Yo no quiero eso, nunca fui eso. Cha cha cha nunca fue eso, nunca lo hice así. Lo que me interesa es mostrar las biologías, ver qué pasa ahí, incluso con las equivocaciones. Tengo una confianza y un cariño con mi público, puedo mostrar cosas. En algún momento, cuando el show va muy bien, pregunto: ‘¿Puedo traer a mi hija, Minerva, a cantar una canción, para que la escuchen?’. Es como que les enseño a cazar, viste, a los cachorros. El Neno, Nazareno, se subió al escenario del Opera a los cinco años. Toda la vida vi a último momento lo que iba a pasar. Puedo armar cosas perfectas, pero lo perfectible de lo imperfecto me da impulso al comienzo. No sé si será bueno o malo. Yo lo único que quiero producir es la risa, el entretenimiento: no me interesa doblegar ninguna circunstancia social ni mostrar nada. Ya logré lo que quería, ya corro en Fórmula 1. Y después, para seguir, no tenés que ser un buen piloto: tenés que llevarte bien con Enzo Ferrari, con los de Brabham. Y entonces, ¿me voy a ir a correr a otra categoría? No, voy a seguir corriendo en esta, con mi propio auto. Se cagan de risa de tu auto, pero te mantenés. No me ha ido mal hasta acá.”

Todo el mundo, dice, espera que alguien trastabille para pegarle. Con A todo culorrr, apunta, sabía que se lo iban a embocar. Es un juego al que se expone, plantea: si algo no le funciona, bueno, renace en otra cosa. “En este momento de mi vida, acá –dice Casero–, quiero hacer lo que se me canta el culo, o sea, esto: nueva gente, diferente, rarísima. Van a ir apareciendo otras personas, otros cómicos. Estos ocho son los más valientes, los que quedaron; teníamos 21, eran bárbaros, pero algunos se empezaron a cagar en las patas, no aguantaron la presión, se fueron cayendo. A mi hijo, al Neno, le dije: ‘¿Me ayudás en la dirección?’. ‘No, es tu problema, resolvelo vos.’ Tiene razón. “El me mandó a Julián Kartún, el hijo de Mauricio, que va a trabajar.” Casero dice que disfruta lo más que puede. Con eso, también, parece, tienen que ver los cambios de último momento: “Hay un dejo de placer bajo, oscuro, de querer adrenalina –dice–. Así salen las cosas más vivas, así uno tiene hijos.”


Y sin embargo recién decías que nunca te imaginaste diciendo lo del anclaje al guión.

–¿Viste? Pero por qué: hice una salvaguarda para que nadie salga roto. Han hecho cosas conmigo, pero la mayoría no son actores profesionales, y tienen que aprender unos códigos. “¡Ay, cómo, no son profesionales!” Ninguno de nosotros era eso en Cha cha cha. Y yo tampoco soy un actor de profesión, soy un actor de oficio. Un buen medio oficial. O un oficial, a veces, cuando actúo con un director-arquitecto, que me pide en una película-obra que le haga toda la mampostería. Cuando me piden la yesería, la hago; cuando me piden un par de apliques, los pongo. Esa sería la función.

Casero dice que cantar ya no lo calienta como antes. “No sé si habrá sido el terrible advenimiento de lo electrónico y de lo visual, pero uno escucha la música y ya no...”, arranca. “Encuentro cada vez menos gente comentando discos, hablando de lo que hace fulano o mengano. La misma industria hizo lo imposible por destruir mientras tenía poder y ahora, que no lo tiene, hace recitales masivos con personajes que cantan en una tonalidad... ‘Yo soy divino, regalo cariño, yo quiero a los niños...’ Qué me importa, cantame de la vida. Esa situación me llevó a la música del mundo: canto en griego, música antigua, ficta, japonesa. Un camino que fue cambiando. ¿Por qué no hago nada nuevo? Porque soy renacentista y me tengo que morir para volver a mostrar las estatuas que me quedaron clavadas en la garganta. Nada más.”

GOLPEAR EL TECHO

“Yo no soy cómico, ni músico, ni cantante: soy cantor y artista de varieté.” La variedad: el himno en la previa a una pelea de box, la presentación de un ciclo de películas de karate, las canciones de klezmer en Los Angeles con la banda de otro amigo, su personaje en Tratame bien junto a Chávez, Roth, Luppi (el otro día, en una escena memorable, se les plantó a los tres de un saque porque pretendían marcarle la cancha para sus planes con la hija de su ex amigo). Le encanta hacer el programa, dice. “Pero me gustaría tener un mes y medio adentro, tranquilo (grabaciones encaminadas), para poder irme dos o tres días al campo, o a Madryn, a boludear.” En el sur estuvo viviendo unos años y el campo está en San Luis, una docena de hectáreas con alfalfa y el plan de plantar maíz para unos chanchos que tiene ahí, también, en yunta con otro amigo más, biólogo.

“Siento que tengo la responsabilidad de hacer reír a la gente –dice–. Por mi oficio, artista de varieté. Nunca pretendí más. Aunque me ofrecieron, te ofrecen. Pero con esto es suficiente.” Casero tiene una figura para la nueva troupe y el retorno de los personajes de Cha cha cha: “Es como volver a estar con la novia que tuviste a los 16 –dice–. Pero no me pregunto tanto por qué lo hago: yo lo hago.” En perspectiva puede verse que el programa dio cuenta de cuán absurdos eran unos cuantos rasgos culturales del menemismo; algo más acá, ya de este lado del siglo, cuando a Casero le preguntaban por un hipotético retorno (¡un karma!), argumentaba por la delicadeza del momento político. “No existe la posibilidad de hacer humor sin dirigirlo, de alguna manera –dice–. Un poco se salva Capu, hasta ahí nomás, dentro de lo que puede, porque hay guiños. A medida que pasa el tiempo voy dándome cuenta de que la idea era una y las formas muchas. Yo trato de seguir manteniéndome en una línea: nada alrededor tiene que tener conexión directa con la realidad verdadera.”

Casero señala que a todos los que estuvieron en Cha cha cha les fue bien y dice: “Hay que empezar por acá. Si la gente quiere verlo, es ahora. Yo empiezo por abajo. Porque lo único que empezás por arriba es un pozo. Y nada más: no me interesa lo que digan, sea bueno o malo. Ni lo que pueda captarse por detrás: si quieren lo captan y si no lo dejan. Me quieren o me matan: muero acá. ¡Me puede salir todo mal! Y yo igual salgo a dar la cara”. Su gran renovación, apuesta, es volver a encontrar un grupo y luego retirarse para que la troupe crezca. “Porque cuando estoy mucho me molesta –dice–. En Cha cha cha estaba poco, aunque me ocupaba constantemente: tenía que preocuparme por todo, ver qué hacían los otros, pelearme porque no ponían las promociones. ¿No me daban bola en algo? No importaba, tenía que lograrlo. Bueno, ahora pasa algo así, aunque es más vertical, tal vez. Enseño en inferiores, busco ahí: algunos van a ser goleadores, otros harán todo el esfuerzo del mundo. Si no era quedarme enganchado con la de Japón, con qué bien me fue allá, y la verdad es que no tengo ganas de ser un bolas tristes. Tengo la obligación de mutar. O me dedico a la alfalfa, que es lo que más me gusta. Estoy cansado de haber golpeado puertas, tantas veces, para que me digan que no.”

¿Muchas?

–No sabés... lo que era tratar de explicarle a alguien qué era lo que ibas a hacer, y por qué, y que te miraran... Para que después vieran Seinfeld y se cagaran de risa. A mí me parece un plomo, el tipo con menos swing del mundo. Con el show que yo hacía en La Trastienda la gente se cagaba de risa cada seis segundos: era piña, piña, piña. No necesito 18 guionistas y un millón y medio de dólares para eso. Lo que a mí me importa es ver de qué manera puedo cambiar. Y si no puedo, bueno, me dedicaré a otra cosa. Pero es muy feo golpear contra el techo sin encontrar el agujero. Y también es muy feo creer que uno golpea contra el techo y no está golpeando contra nada.

¿Anda con ganas de volver a la televisión? Casero dice que “es un negocio muy chiquito” o que está subvencionada por el Estado. Que la manejan dos o tres personas que son como gerentes. Que verá la forma de entrar por algún lado. Que si le preguntan por qué el teatro y no la tele, dice que está bien así. Que si le dicen que lo otro estaría bárbaro, respondería: “Seeee. Pero en marzo (se ríe)”. “La televisión es una complejidad, pero tenés que entenderme: nunca voy a decir que voy hacia el norte si voy hacia el norte.”

DOS CUENTITAS

¿Cómo es tu relación con el caos?

–Ah, soy el papá de un caos muy particular. Para mí es el crecimiento y la belleza. Estoy en un momento de felicidad absoluta con el caos que existe, reinante. Los argentinos en eso somos los capitanes, y nos cagamos de risa cuando los españoles se asustan porque los rusos quieren comprar el ocho por ciento de Repsol: nosotros vendimos todo y sabemos bien cómo es. El universo, el cosmos, la vida es caos. Cuando viene una joven notera y pregunta “¿Usted cuánto utiliza de improvisación?”, y vos le decís “34 por ciento”, y la mina anota... Bueno, yo utilizo el cien por ciento, porque ahora estamos hablando y dentro de veinte minutos no vivimos más, ninguno de los dos sabemos si se nos va a caer este techo encima. Vivo con la disponibilidad de un condenado a muerte, y por eso cada movimiento que hago pasa a ser algo no regulado ni estipulado. Convivo con el caos tratando de ponerme al costado del miedo, que es lo peor, y de la maldad agresiva. No hablo de la maldad común, que tiene que existir, porque si no sería un mundo de buenos.

Techos que caen: Casero estuvo a punto de embarcarse en el vuelo 447 del Airbus de Air France que cayó al Atlántico el 31 de mayo. “¿Viste? ¡Es así! Perdí el celular y no me dejaban entrar, porque ya lo habían cerrado –cuenta–. Llamé por teléfono a un amigo y me dijo: ‘Quedate tranquilo, te tomás otro, no hagas quilombo’. Después salí en la revista Caras diciendo (solemne): ‘Mmmme salvé de la tragedia’. ¡Hijos de puta! No dije eso, eh.” Los actores andan organizando las compras de unas pizzas. “¿Repasaron todo? –pregunta–. Por favor, no bajen, eh. Pijas arriba. Miren que hoy es el último día.”

Parece común asomarse a este concepto de que el techo puede caerse en cualquier momento, tanto como aferrarse a un personaje o a una rutina, por ahí. Pero tus búsquedas y cambios parecen una respuesta muy internalizada a este asunto. ¿Lo atribuís a algo específico, algún suceso particular?

–...

Casero dice que no tiene idea pero se queda pensando, toma aire, y cuenta: “El otro día estaba cargando nafta y salió un tipo de la nada. De la nada. Y me pegó una trompada en el pecho. En el corazón. Muy, muy fuerte. Un tipo grande. Y me detuve... para no... actuar. No me dio odio, me dio pena por mí. Porque me habían matado. Sentí eso. Me mató. Me dio muerte. Como los griegos, ¿viste? Y no sé por qué lo hizo, el tipo. Se fue corriendo. Tengo que hacer lo que tengo que hacer porque me doy cuenta de que vivo en una circunstancia tan distinta a un cotidiano que me entristece tanto que no queda otra cosa que aferrarme a mi idea primaria. Después de eso tuve que trabajar, hice una escena con Cristina Banegas y me di cuenta de que sonreía, todo, pero me había hecho daño. Porque cuando iba en el auto sollozaba, me dolía el alma. ¿Cómo no despertar al odio desde el odio gratuito? Es muy duro estar siempre en manos del otro. Por eso hago lo que quiero: voy a morir en mi ley. Voy a dejarle a la gente lo que pueda, pero no me interesa ser mejor, ni que la gente diga ‘qué bien’: no me importa nada, no me lo creo, no veo lo que hago. Me dicen: ‘Alfredo, por favor, tenés que ver lo que hiciste el otro día con Federico Luppi, esa escena’. No la vi. Me olvidé qué era. Nunca veo: no vi Culpables y vi Vulnerables recién hace unos años, en cable. Me guardo las vivencias pero no lo que hice. Es muy raro”.

¿De qué te reís últimamente?

–He visto cosas de Capusotto que me matan. Me encanta. Me parece que de todos nosotros fue el más popular, el que tenía más claro todo, con el que más me reí. Y es una felicidad verlo. Siempre me pinchan, viste, para ver si hay algo... Y realmente, cuando lo veo, me cago de risa. También sé lo que significa hacer eso, que es un laburo de locos, que yo no haría ni en pedo.

¿Sos amigo de él, se ven cada tanto?

–¡No lo veo nunca! Después de que nos separamos como grupo no me dan bola, no me llamaron ni nada. Bueno, cuando trabajábamos rara vez fuimos muy amigos unos de otros. Era una cosa muy particular, me di cuenta con el tiempo. Pero disfrutábamos todos de hacerla. A Capusotto lo veo como un niño, se ríe como un niño. Está muy por sobre el resto. Triunfó. La idea de la revolución vaporesiana no era mía ni de nadie, pero buscaba que entendieran, que vieran. Bueno, lo logró. Con que lo logre uno, ya está: no sé si después me querés tener o no de aliado, me chupa un huevo. El asunto es que lograste cambiar algo. Yo creo que no tengo esa capacidad de fuego. Cuando voy a un show, solo, laburo de otra cosa, el contacto con la gente va por otro lado, más de fondo, más de corazón. Me encantaría poder encontrarme con Capusotto. Cada uno gasta el ángel que Dios le ha dado en el momento y la forma en que le toca. Y eso no se lo puede sacar nadie, porque se lo ha ganado. No lo diría si no lo creyera así. Tampoco es que me liberé de nada: es lo que en realidad creo que le digo a la gente cuando me subo al escenario. Todo el mundo puede lograr una pequeña gran revolución de almas analógicas.

Y acá se va acabando la cosa: volverá enseguida, junto a los actores, al ensayo. Por uno de los pasillos del teatro, haciendo botar una pelota, Casero adopta la gestualidad de Rolando. “¡Es lo que más me gusta! –dice–. Me parece muy gracioso, no tiene ninguna intención. Imaginate que, como actor, lo que más te guste actuar sea un mono matemático que hace dos cuentitas y se va a la mierda.”

La nueva troupe

Daniel Marín es el único integrante del grupo que trabajó en Cha cha cha: hizo y hará de Robin, entre otros papeles. Diego Rivas es actor y músico y acompaña a Casero en sus shows desde hace seis años. Gustavo Ciancio es mecánico de aviones y Blas Usher es poeta. Robertino Grosso y Martha, su mamá, son actores: ella trabajó junto a Guillermo Bredeston y Nora Cárpena, pero abandonó la profesión (parece que a la familia no le gustaba que se dedicara a eso). Completan el elenco Julián Kartún (hijo del dramaturgo) y Willy Cormack, un marplatense que conoció mientras hacía junto a Casero un trabajo para Cartoon Network.

A Casaerian extravaganza
Viernes y sábados 23.30
N/D Ateneo. Paraguay 918. 4328-2888

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