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Domingo, 13 de septiembre de 2009

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Diez claves para leer a Joe Carter

Después de una incursión en la historia y la política argentina a través del exitoso y polémico Timote, José Pablo Feinmann vuelve a la ficción noir con una saga sobre un detective y a la vez asesino a sueldo. Con la llegada de Carter en New York y antes de la salida de Carter en Vietnam, el mismo Feinmann presenta a su duro americano y ofrece una guía para seguirle la pista.

 Por José Pablo Feinmann

Primera clave: Carter nació y vive en Los Angeles. Nació en 1950, en pleno macartismo, y su padre, que era fanático anticomunista, le hizo adherir a ese culto por medio de la palabra o golpeándolo con la culata de su escopeta o con golpes de puño. Su padre fue boxeador.

Las historias de Carter suceden alrededor de 2005, cuando él tiene 55 años y es un tipo fornido, de físico algo cuadrado, que lleva una Browning 9 mm hasta cuando toma un baño, raro en él. Es fanáticamente “americano”. Es dos cosas más: detective y asesino por contrato. También –se intuye por medio del relato– es alguien lateral al poder pero forma parte de él. Tiene amigos en el FBI o en la CIA. Lo consultan o, sin más, pueden encargarle algún asesinato complejo, casi una obra de arte que merezca a un maestro como él.

Segunda clave: Usted deberá recordar siempre que el lenguaje de Carter es el inglés. Como, pese a ello, estas historias, por concesiones al público de habla hispana, se escriben en español, el lenguaje de Carter es el de las traducciones que agobian –y a veces deleitan– a los lectores argentinos. A causa de este detalle, Carter no habla de “vos” sino de “tú”. Suelen encontrarse estos diálogos: “Orrett es un tío alto y delgado, pero de buena planta. Viste bien y no parece pendenciero, pero es un hueso duro de roer. Husmea el juego. No parece que ese tío sea de los que pierde el sueño por tres asesinatos. Es un tío gordinflón y menudo con una cicatriz ahorquillada y roja en la mejilla izquierda”. Estos ejemplos están tomados de Sólo te ahorcan una vez, de Dashiel Hammett. Pero no se confundan. Carter no es Sam Spade. Sus diálogos, además, se inspiran más en las traducciones de una genial novela de Fredric Brown –Noche de brujas– que en los de Hammett. Por ejemplo: “Oiga, amiguito, no quiero bromas. Le hice una pregunta”. O también: “Lo siento, viejo. No soy de aquí. ¡Vuela ya mismo, por mil demonios! Deseo hacer una linda siestecita”. O también: “Doc, ¿terminó ya con esa bendita venda?”. Vemos que “maldita” y “bendita” son sinónimos en este extraño lenguaje. “Tal vez se le meta en la cabeza la idea de querer tomarse un trago y se aparezca por alguna taberna. Está loco, sabes. Perdió la chaveta. Lo siento de veras, me gustaba ese Doc. Pero, ¡maldita sea! Hay que dispararle primero y recién luego ir a agarrarlo.” El traductor de esta joya de Fredric Brown es Oscar Pousa y la edición es de 1953, Serie Naranja de Hachette, Biblioteca de Bolsillo. Pura chatarra, amigo. Ya no existe eso. Podrás conseguir la de Hammett, que es de 2005 y de Seix Barral, pero nunca ese incunable de Fredric Brown en que el asesino es descubierto desde los acertijos de Lewis Carrol. Si el mundo ha olvidado a Fredric Brown, pues que reviente, socio. Será que no lo merece.

Carter suele extremar este lenguaje. Hallarás que en sus vertiginosas páginas hay frases en las que un tipo es definido como un “triste cachazudo”. Y no vayas al diccionario. Deléitate con ello y sigue adelante.

Tercera clave: Habrás notado que he empezado a dirigirme a ti. Carter siempre narra para alguien. Sus historias –salvo pasajes de Carter en New York– se narran en primera. Pero usa esa primera para hablarle a alguien a quien llama: “socio”, “amigo”, “compadre” o “tío”. Raramente “tío”, porque da hispánico y Carter odia a los hispánicos. Odia a todos los que han llegado a “America” para robársela, para apropiarse de ella. Los negros, los judíos, los hispánicos, los mafiosos italianos y –ahora– los islámicos. Aunque los islámicos no quieren nada de “America”. Sólo destruirla, demonios. Y han empezado bien esa tarea. ¿O acaso tú ves las Torres donde solían estar? Esa herida le duele a Carter. Esa injuria debe vengarse. El Islam debe pagar. Pagará. Carter se ha comprado una edición pocket de El Corán luego de ese maldito nine eleven. La lee de a ratos. Caray, no entiende nada. Todos son castigos para los impíos. Y todos –menos los coránicos– somos impíos, socio. Créeme: estamos en peligro. Nunca tuvimos un enemigo así. ¿Qué sabemos de ellos? Son el viento. No están en ningún lado. Además, ¿tú has reparado en sus vestimentas? Se visten con sábanas. Andan ensabanados, amiguito. Viven en esos tenderetes sucios. Te juego lo que imagines a que huelen mal. Son peores que los sucios comunistas. Que los apestosos rojos y los inmundos japonazis. Peores que esos vietcong que se perdían entre la selva y tú los buscabas como un loco para terminar pisando sus trampas mortíferas y acabar con una lanza clavada profundamente en tu profundo culo. Peores –insisto– que los comunistas. ¡Los comunistas usaban saco y corbata, socio! Estos andan entre las cabras. Que, si me lo preguntas, huelen mejor, se las ve más limpias. Le temo a este enemigo. No sé quién es. De dónde ha salido. Sé que los republicanos tienen a miles en ese campo de concentración que han montado en la estancia de Bush: Texauschwitz. Me iré por ahí uno de estos días. Debo estudiarlos bien. Se mata más fácil lo que mejor se conoce.

Cuarta clave: Carter es un sexópata. No son de su simpatía las mujeres, pero sí esa maravilla que atesoran entre las piernas. Carter suele darle nombres distintos. “Caverna arbolada”, por ejemplo. “Socavón del placer.” “Templo de la humedad y el ardor.” “Hondo refugio de todas las soledades.” A veces, simplemente, “concha”.

Quinta clave: No le preocupa la longitud del pene. Palabra que raramente utiliza. Prefiere decirle: “Carter Junior”. “Hoy será un bello día para Carter Junior, muñeca, si le permites visitar tu caverna arbolada.” Con dos amigas lesbianas que conoce en New York lo compara con el de Rocco, el partenaire de Jenna Jameson, la reina del porno. Admiten, ellas, que Rocco es imbatible. “Pero acaso ni a Jenna haga feliz. Y eso que Jenna ha de ser pura caverna, nada de árboles.” Las dos elegantes mujeres analizan a Carter Junior y lo encuentran apropiado. Carter les advierte que Carter Junior tiene una cualidad superlativa: su erección –una vez disparada– pareciera no detenerse nunca. Las dos mujeres riñen por encarar esa tarea. Carter recuerda el título de su película porno predilecta: Chupetines para golosas.

Sexta clave: Carter no es romántico. No espera demasiado del futuro. Sólo que en el final –que juzga próximo– sea “America” la que liquide “America”, la que se liquide a sí misma. Ha ido a la guerra de Vietnam. Conoció al sargento Austin Sanders, mayor que él. Austin le enseñó las reglas para ganar, para la victoria. “Si no eres capaz de quebrar a un niño entre tus brazos, nunca ganarás una guerra. La guerra no exhibe la inhumanidad del hombre. Al contrario, amigo. Nunca es más humano el hombre que cuando hace la guerra. Porque el hombre es basura, se muere por matar, por infligir dolor, por torturar. ¿Te has preguntado si las bestias torturan? Los hombres, todo el tiempo.” Austin Sanders entra en una aldea vietnamita y mata horriblemente a 420 seres humanos. Lo juzgan y lo condenan. “Tendrían que haberme condecorado”, dice Austin. “Yo hice la guerra tal como debe ser hecha. Buscando en mí, en mi condición humana, lo peor de mí. ¿Has leído a Clausewitz, socio? Una guerra la gana el que menos condiciones de humanidad muestra. Si las sofoca, será derrotado por un enemigo más cruel.”

Séptima clave: Carter odia a los demócratas. Odia a los Kennedy. Son, han sido hipócritas. Todos revolvieron sábanas con esa pobre chica: la Monroe. Bob hablaba –demasiado– dormido, luego de que el sexo brutal con la diva lo rendía. Ella anotaba. Luego fue a ver a John y le dijo todos los secretos que sabía. John llamó a Bob y le pegó un golpe feroz en el estómago. Le prohibió volver a ponerla en la caverna húmeda de la perdición de la Monroe. “Ahora, hermanito, tendremos que matarla.” El hombre de la CIA que recibió la orden lloró una noche entera: amaba a Marilyn Monroe. Pero tenía que cumplir. Durante años había soñado tener sexo anal con la Monroe. El hombre era así, lo suyo era la retaguardia. Llegó a lo de Marilyn. Ella dormía. Boca abajo dormía. Le puso una delgadísima aguja en la nuca y la mató. Sonó el teléfono. Era Frank Sinatra. “Huye, Marilyn. Los Kennedy han decidido matarte. Peter Lawford me lo dijo.” “Siempre he sido un gran admirador suyo, mister Sinatra.” “¿Quién demonios eres?” “Oh, no tiene importancia. Sólo el asesino de Marilyn Monroe.” Años después, este sicario de la CIA se encuentra con Carter. “Luego llamaron Di Maggio y Arthur Miller. Les dije lo mismo. Y luego...” “Habla, amigo”, dijo Carter, que ese día se sentía comprensivo, con ganas de escuchar a los desdichados. “Luego la violé, Carter. Tuve sexo anal con un cadáver. Oh, mi Dios, sólo deseo suicidarme.” “Eres una basura humana”, dijo Carter. “Permíteme ayudarte.” Y le pegó tres tiros con la Browning. Uno, entre un testículo y otro. Fue como una marca de fábrica. Una rúbrica.

Octava clave: Algunos le han dicho a Carter que es un Mike Hammer del siglo XXI. “Mike tuvo suerte”, dice él. “Enfrentaba a los comunistas. Nunca vio a un islámico. Huelen a bosta de cabra. Como los negros a estiércol de gorila. Los judíos a billetes viejos y arrugados de un dólar. A huevos podridos de tortilla quemada los mexicanos. Mike no conoció las Torres. No sufrió la humillación de su derrumbe. Sólo algo reconozco que cambió para mejor, amiguito. Todo se ha simplificado. La vida. La muerte. Sobre todo la muerte. Pero es porque la vida cada vez vale menos.” En su mejor novela, esa que lleva ese título sublime: Yo, El Jurado, la rubia malvada hacía un strip tease ante Mike, para seducirlo y evitar que la matara. Mike hizo fuego. Ella, muriéndose, alcanzó a preguntar: “¿Cómo pudiste?”. Mike respondió: “Fue fácil”. A mí me pasó lo mismo. También la rubia moribunda preguntó: “¿Cómo pudiste?”. Yo dije: “Cada vez es más fácil”.

Novena clave: ¿Crees conocerme ya? Una bunnie de Playboy me masturbó en el helicóptero blanco de Hugh Hefner. Yo tenía 19 años. ¿Me crees eso?

Décima clave: Cada vez leo más El Corán. Ese Dios cruel, vengativo. Ese Dios que nada perdona, que todo lo castiga, cada vez me atrae más. ¿Me crees eso?

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SI ALGUIEN LE PREGUNTA QUE CARA LE GUSTARIA QUE TUVIERA CARTER EN UNA ADAPTACION CINEMATOGRAFICA, FEINMANN PIDE LO IMPOSIBLE: LA DE STERLING HAYDEN EN CASTA DE MALDITOS.
 
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