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Domingo, 13 de septiembre de 2009

RADAR LIBROS #2

Una playa en el fin del mundo

Un hombre y una mujer en fuga, refugiados en los balnearios más alejados de la costa uruguaya, en invierno. Un comienzo lleno de sugerencias para un relato ambiguo e inquietante de Carlos María Domínguez.

 Por Angel Berlanga

La costa ciega
Carlos María Domínguez

Mondadori
176 páginas

Al principio es un paisaje lluvioso de invierno, un parador casi desierto en los tramos finales de la ruta uruguaya que lleva a los balnearios, hacia el Noroeste. Ahí se encuentran una chica jovencita, pelo rojo, botas, minifalda, con un tipo maduro y retraído que viaja en un Chevrolet no del todo compuesto. Andan perdidos los dos. Traen, cada uno por su lado, una acumulación de heridas que requieren toma de distancia, salir de sus torbellinos, aislarse. Amores machacados por historias recientes que se enraizan en historias pasadas. Los dos encaran para los ranchos de Las Malvinas, una playa a medio camino entre Valizas y Aguas Dulces, a la que se llega a pie, en la que no hay luz eléctrica, en la que no hay casi nada. Parece, desde el principio, que ese encuentro no terminará bien.

¿Qué ves cuando me ves? El estribillo de la canción de Divididos suena, vaya a saberse desde dónde, al momento de comentar sobre una novela llamada La costa ciega en la que sus dos protagonistas buscan ver dónde están, de dónde vienen, para dónde ir. A medida que Domínguez va contando sus historias se robustece la noción de la distancia entre lo que parece y lo que es y de cómo eso va mutando a fuerza de tiempo, sucesos, acumulación de saberes, veladuras. El, Arturo, es un jardinero que trabaja en la casaquinta de un inglés maniático y paranoico que vive casi encerrado junto a su mujer y sus dos hijas en Palmira: algunos dicen que llegó allí desde La Lucila a comienzos de los ’80, temeroso de las extorsiones de los militares a los empresarios. Arturo esboza un amorío junto a la menor de las hijas (la otra padece una severa alteración mental), pero tiene que enfrentar el cerco familiar de la chica y, sobre todo, entreverarse con unas heridas de su propio pasado que no acaban de cicatrizar. Ella, Camboya, por su parte, se fue de su casa llevándose un dinero que no era suyo tras un embarazo inoportuno y renuncia al trabajo que el padre –militante detenido durante la dictadura– le había conseguido en la intendencia de Montevideo. Algo antes había renunciado a su propio nombre, también, cuando descubrió que su identidad no resistía cargar más con el que le habían puesto, Cecilia: así se llamaba una tía paterna desaparecida en Buenos Aires. La ceguera está en la raíz del nombre Cecilia: vale la pena indagar sobre las acepciones y los orígenes que rondan el par de palabras.

“Sólo un caballero discreto y su artificiosa melodía”, dice Stevenson en la cita inicial, y parece una clave que cifra el tono de la voz narradora, que se blanquea y surge cada tanto en aquel parador del comienzo, relatándole todo a Ema, la patrona del sitio, que teje. Las brazadas de distinto alcance hacia los pasados recomponen las huellas de Arturo y Cecilia y semblantean a unos cuantos personajes cercanos que despliegan, enmascaradas en sus cotidianidades, un abanico de marcas violentas producidas a uno y otro lado del Río de la Plata en los ’70, sobre las que Domínguez trabaja a partir de unos claroscuros en los que fue creciendo lo afectivo. En cuanto al futuro, lo que propone La costa ciega está al alcance de las yemas de los dedos: la lluvia persiste en el atardecer siguiente de ese invierno y apenas ella y él empiezan a asomarse a la historia del otro, a entender de qué andan escapando, tienen que huir también de un temporal de espuma y yodo, la marea implacable que avanza sobre los ranchos, el intento de ponerse a salvo antes de que llegue la noche, de que ya no se vea nada.

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