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Domingo, 27 de septiembre de 2009

El amor espera

 Por Veronica Klingenberger

desde Lima

La proyección de una cortina roja como de teatro antiguo empieza a desteñirse, a envejecerse, a convertirse en hielo. La melodía de “Pubis Angelical” se cuela entre los alaridos. Tenemos miedo, pero quizá no más que el que está detrás del écran. A las 9.30 de la noche, los amplificadores nos golpean el pecho. La tela cae. Charly está de espaldas al público. El instante es fotografiado por miles de camaritas amateur. El vicio de congelar lo imposible. De reojo y con media sonrisa, García camina hacia aquello que siempre lo ha protegido: su piano. La noche anterior prometió, mala señal, un concierto con “efectos especiales”. Verlo ahora tan normal en el piano es, en cambio, un buen augurio: quizás en este cacareado regreso que empieza hoy el espectáculo vuelva a ser la música.

Sentado de perfil, al lado izquierdo, el músico toca “El amor espera”. No es una sorpresa. Horas antes había hecho algo insólito, incluso para Charly. Había compartido con la prensa la lista de las primeras 14 canciones que iba a tocar. Cada gesto previo a este retorno trasluce prudencia. Poco a poco ha llegado al centro del escenario y baila para nosotros “El rap del exilio”, como si quisiera quitarse el miedo de golpe. “No soy un extraño”, “Cerca de la Revolución”, “Chipi Chipi”, “Fanky”, “No te animas a despegar”, siguen el guión de hits. El nuevo Charly deja poco a la improvisación y canta como no lo hacía en años, aunque cueste reconocer que ningún tratamiento, Dios, ni Palito Ortega, podrán revivir su mejor voz. El público peruano que ya estaba verde de esperar durante cuatro años la vuelta de su ídolo, parece que asiste al aterrizaje de una nave espacial: las luces sobre las caras, las bocas abiertas, las manos arriba. El se hizo el muerto y éstos son los que le lloraron.

“Demoliendo hoteles” hace temblar el Monumental. “Promesas sobre el bidet” lo sobrecoge. Y “Adela en el carrusel”, “Canción de 2x3”, “Influencia” y “Llorando en el espejo” son una puñalada. A fin de cuentas Charly García es nuestro Lennon pero a lo Richards. Hace 10 años lo entrevisté en Cusco. Había pintado las paredes de su cuarto con aerosol, y mientras recibía marihuana de un par de groupies adolescentes, me obligó a sentarme en una mesa lejos de su cama donde golpeaba un teclado, le cantaba a la “caspa del inca”, y me estudiaba con sospecha. No tenía la culpa. En ese entonces trabajaba para una revista política. Al final se sentó junto a mí, descubrió que lo había estado grabando y tiró mi casete contra la pared en venganza. Tenía la nariz taponeada y pretendía que se la sople para ayudarlo a respirar. No lo hice. Por fin nos reconciliamos de la única manera posible: hablamos de música. Horas más tarde, Charly llegó al concierto caminando rápido sin hablar con nadie; sostenía una Barbie con ambas manos manchadas de pintura. Recuerdo que sonaban helicópteros antes de que todo empezara. Recuerdo un telón negro con el sello SNM dibujado en rojo sobre él. Recuerdo un concierto intenso y a un García que paralizó a todos ante lo imprevisible. Esa fue la última vez que lo vi tocar en vivo. Hasta ahora.

Charly dijo después del concierto del miércoles que nos rompió la cabeza a todos. Y es cierto. Pero para mí no fue fácil verlo. Antes teníamos miedo de que se largara a la tercera canción o de que nos mandara a la mierda. Ahora temía que se quedase dormido o que le diera un ataque de pánico. Es el mismo, pero no es el mismo y no sólo por los cachetes y la barriguita. ¿Se echó rimmel en la condecoración de Apdayc? Verlo vivo, entero, moviendo el culo mientras estira los brazos debajo de ese poncho Mercedes Sosa style, es el say no more más rotundo y creíble que haya dicho en años.

Charly deja claro quién manda esa noche. “Soy el que cierra y el que apaga la luz”, canta y bum. Apagón. El gigante ingobernable camina tambaleándose hacia el backstage. Tambaleándose porque así ha caminado siempre. Tranquilos, esta noche no habrán sobresaltos. Antes del final, lanza un par de piropos (“Viva Perú... y es algo que no les digo a todos”), algunas puyas (“Cómo estoy jodiendo a unos cuantos... decían que estaba loco... de acá”) y algunas bromas (“No puedo largar, no puedo hacer nada”). Se va una vez y vuelve para retarnos con “Deberías saber por qué”, su nuevo tema. Miles lo cantan con él. Y su banda que es como una locomotora sigue su marcha imparable gracias a las guitarras de Kiuge Hayashida y el Negro García López y a la electricidad de Hilda Lizarazu, que nos canta a todos, pero sobre todo a Charly. “Hablando a tu corazón”, “Rock & Roll, Yo”, y chau. Pero no acaba ahí. Cuando empiezan a desarmar los equipos, regresa para tocar una brutal “No toquen”, golpear el piano con el mismo puño que levantó muchas veces durante las más de dos horas de concierto, e irse aparentemente emocionado. A algunos nos preocupa sólo una cosa y es cómo la pasó él. Si estuvo contento, si se sintió querido, si lo decepcionamos aunque sea un ratito. Charly siempre hace eso. Poco tiempo después del episodio en el Cusco estuve en su apartamento de Palermo. Antes de irme me pidió que me quedara hasta que se durmiese. No pude. Nunca vi a alguien más solo.

Hoy es diferente. Nadie se quiere ir. Y cuando digo eso no exagero: quedan unas 10 mil personas frente al escenario, y aunque a los limeños nos cueste un poco más eso de gritar arengas, no pensamos movernos de ahí. Cerca de la puerta de salida, dos chicos siguen mirando hacia el escenario esperando un milagro. Gritan algo que lo resume todo: “¡Plomos de mierda, no guarden el piano!”. El amor espera, sí, pero también reclama. Y eso está muy bien.

Verónica Klingenberger es una periodista peruana editora de la revista Dedomedio.

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