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Domingo, 27 de septiembre de 2009

RADAR LIBROS #2

Celeste y Blanca no eran argentinas

Celeste y Blanca son dos princesas, y este libro de Guillermo Piro, en principio, es una fábula. Y también un intento de saber por qué se escribe.

 Por Patricio Lennard

Celeste y Blanca
Guillermo Piro

Eterna Cadencia
138 páginas

Con esta frase se malgastan veintidós palabras sin que se diga absolutamente nada sobre el libro del que trata esta reseña. Veintiuna, corregimos. Su autor, Guillermo Piro, quien además de escritor y periodista es un reputado traductor de literatura italiana, escribió al comienzo del prólogo de una traducción que hizo de Las aventuras de Pinocho: “Parece que en un prólogo lo más difícil es la primera frase. Bien: ya la he dejado atrás”. Digamos lo mismo para esta reseña. Más fácil hubiera sido, claro, empezar por el título del libro, o transcribiendo la primera frase para luego continuar: “Así comienza”. Más fácil aún hubiera sido no leer directamente la novela. Con ese sentido de la provocación que supo ejercitar mejor que nadie, Oscar Wilde escribió: “Jamás leo los libros que debo criticar, para no sufrir su influencia”. Y con esto lo que quería decir era que la crítica alcanza su forma ideal cuando se desentiende de la obra que se halla en sus cimientos. ¿Y qué tal si nos propusiéramos la antojadiza misión de no hacer ninguna mención del libro de Piro? ¿Y si empezáramos diciendo, por ejemplo: “El que escribe esta reseña no vacila en plagiar, sobre todo cuando tiene que ganar unos renglones para terminar rápidamente un artículo”. Que esta frase sea un plagio de una frase a su vez plagiada por María Moreno quizá complique un poco las cosas... pero el punto es: ¿por qué no valernos de la digresión para hablar de una novela que tiene en la digresión su principio constructivo?

“Había una vez dos princesas a las que un príncipe sedujo y abandonó sin miramientos, que desobedecieron el mandato paterno, complotaron primero entre sí y luego unieron sus fuerzas para poner fin a sus propósitos y lo consiguieron, pero todo terminó en un desastre descomunal, del que pocas veces se volvió a tener noticia en la historia política de Occidente.” Así comienza Celeste y Blanca, la segunda novela de Guillermo Piro. ¿Y qué dice el comienzo de Celeste y Blanca de lo que ocurre en la novela? Casi todo y casi nada; al igual que esta reseña, que por si el lector no se dio cuenta acaba de empezar de nuevo. Hay una frase que Piglia le atribuye a Gombrowicz que dice: “No hay que hablar poéticamente de la poesía”. Pues bien, hablemos del libro. “Dos princesas son seducidas y luego abandonadas por el príncipe Humberto –o Mamerto, para un narrador que no oculta sus celos– y esto desata `un desastre descomunal, del que pocas veces se volvió a tener noticia en la historia política de Occidente”, dice la contratapa de la novela. Y enseguida: “Pero las aventuras y desventuras de Celeste y Blanca son sólo el punto de partida de una historia cuyo verdadero protagonista es el propio acto de narrar” (descripción que nos exime de la perífrasis, cuando no del solapeo). ¿Pero qué sentido tiene, entonces, referir el argumento de un texto que se resiste a esa preceptiva, que afloja la estructura hasta ponerla al borde de lo amorfo, dispuesto a saltar de un argumento a otro, a perder cien veces el hilo y a encontrarlo al cabo de cien vericuetos? “Detallar la trama de esta novela obliga a analizarla en los términos que trato a toda costa de evitar”, alerta el narrador. ¡Pues entonces evitémoslo!

Nombrar a Sterne o a Diderot, los dos maestros de la digresión literaria, sería tanto más obvio que nombrar a César Aira (hay aires de su novelita La Princesa Primavera en la “fábula” de Piro). Y decimos fábula entre comillas porque lo del cuento de las princesas, de las dos princesas a falta de una (empezar diciendo: “Había una vez dos princesas...” es como emular el fraude con que se inicia Pinocho: “Había una vez ‘¡Un rey!’, dirán enseguida mis pequeños lectores. No, muchachos, se han equivocado. Había una vez un pedazo de madera”), apenas consiste en una escenografía descentrada (¡uno de los castillos está al borde del Riachuelo!) en la que el narrador, el verdadero protagonista de Celeste y Blanca (título en el que no hay que ver una referencia a la argentinidad sino los nombres de las dos princesas), hace y deshace a su antojo los hilos de un relato en el que Piro sostiene el pulso narrativo con gran ductilidad y gracia.

“Escribir es intentar saber qué escribiríamos si escribiésemos”, dijo alguna vez Marguerite Duras. Y es esa incertidumbre, esa imprevisibilidad, ese simulacro del azar, lo que esta novela se propone como meta.

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