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Domingo, 27 de septiembre de 2009

RADAR LIBROS #4

Cemento fresco

Con Lo que nosotras sabíamos, María Inés Krimer ganó el premio Emecé, otorgado por un jurado compuesto por Sylvia Iparraguirre, Jorge Fernández Díaz y Guillermo Martínez. Historia de un pueblo cementero, de la vida bajo la dictadura, de chismes y murmullos que circularon y aún circulan por una porción de la sociedad civil encerrada en sí misma.

 Por Luciana De Mello

Lo que nosotras sabíamos
María Inés Krimer

Emecé
197 páginas

Escribamos Olavarría, cemento y última dictadura militar en una hoja en blanco y veamos qué nos sugiere. El espectro semántico se minará de nombres del establishment, boinas verdes y horror. Sin duda buenos componentes para escribir una novela, que sin embargo podría llevar todas las de perder si se pusiera a narrar la dictadura desde las imágenes ya sabidas, y usando los datos “reales” para hacer picar a la prensa sensacionalista. Pero María Inés Krimer decidió convertir este triángulo temerario en el contexto desde donde narrar lo que más nos cuesta digerir: nuestra complicidad civil, ese traje tan atroz como doméstico que como sociedad supimos confeccionarnos a medida.

Lo que nosotras sabíamos narra la vida cotidiana dentro de una villa cementera durante la década del 70. La descripción de este espacio concentracionario, de sus personajes, y de lo que pasa más allá de la villa, en la ciudad de Olavarría, está narrado desde un “nosotras” que todo lo ve, todo lo juzga y todo lo delata. Como en las novelas de Puig, la construcción de la voz narrativa, femenina y plural va creciendo desde el murmullo del chisme hasta tocar el grotesco y la burla logrando, por efecto de acumulación, que la lectura se asemeje a la narrativa oral: cuando cerramos el libro parece que alguien nos hubiera estado contando la historia. Esta voz del “nosotras”, como todo buen aparato de inteligencia, es una pluralidad anónima. Lo único que sabemos es que son las primeras mujeres de los jefes que llegaron a vivir a la villa, y que su objeto principal de observación es el grupo de “las nuevas”, las esposas de los jefes recién contratados por la compañía. Estas mujeres nuevas actúan como punto de fuga dentro del funcionamiento de este cuerpo trabajador que es la villa cementera. Una participa de la toma de la radio, otra junta firmas para que no cierren la Universidad de Olavarría, tienen amantes y no atienden sus casas como lo hacen las más viejas. “Estas mujeres sólo saben resistir: el accidente parecía confirmar la idea de que sus vidas estaban condenadas por alguna fuerza o poder oculto a terminar en tragedia. Ellas no querían aceptar el mundo tal cual era, como lo hacíamos nosotras.”

Las nuevas son el objetivo al que las miradas se disparan, ellas tienen nombre, sus movimientos están marcados y las cerraduras no son suficientes para asegurar la privacidad de sus casas. Esto hace que Lo que nosotras sabíamos sea un ejercicio de geografía íntima, una cartografía de los espacios y los objetos cotidianos, de la casa cuidada y limpita donde tuvo lugar el horror. La voz narradora persigue cada cuerpo, mira en los cajones de la ropa interior, controla desde la frecuencia de las relaciones sexuales hasta la comida que se come. Lo íntimo no es lo único que ve, pero trata de no entender lo que vio cuando del fondo de la cantera sacan cuerpos muertos. Y luego, con el gesto de quien se tapa la boca con la mano, esta voz colectiva se horroriza frente al suicidio de una de las nuevas, no comprende la pulsión de muerte de estas mujeres jóvenes quienes, al igual que los rosales de la villa, en cualquier momento inesperado del día y según cómo sople el viento, pueden cubrirse de ese polvo de cemento que todo lo mata.

El horror necesita de la complicidad de toda una sociedad, y para contarlo, María Inés Krimer indagó en la escritura, su estructura narrativa habla más de esta complicidad que la propia trama. Y es por esto que la voz narradora es justamente el gran hallazgo de Lo que nosotras sabíamos. “La idea es que ellas utilizaran una voz sin cuerpo y que, a la vez, se vieran como relevadas de la responsabilidad de su propio discurso. Todo el libro está dominado por chismes, comentarios, que se transmiten como si se estuvieran pasando una receta de cocina, cuando en realidad hay cosas de una crueldad extrema”, señala la autora. Esta novela podría ser la contracara de la película Garage Olimpo, en cuanto relato de lo que pasaba en el “afuera” hacia esa misma época. En ambos casos, lo siniestro se intensifica cuando se revela próximo, familiar y cotidiano. En la novela de Krimer, la narración frívola e insidiosa de esa comunidad cerrada con chalets y jardineros, con asados organizados por el Regimiento y las fiestas suntuosas del Directorio, no hace más que anunciar lo que subyace a la apariencia de bienestar y patriotismo, a los días de gloria del cemento en nuestro país. No es novedad que no existe poder sin un discurso que lo legitime. Tampoco es novedad que ese discurso es generado desde las clases mejor acomodadas en cualquier momento de la historia. Quizás esto es lo que debamos leer como sociedad, reconocer los discursos que reproducimos legitimando la barbarie, dándole vuelta la cara a aquello que todos sabemos pero que aún es amargo de aceptar.

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