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Domingo, 27 de diciembre de 2009

Nuestro amor es azul

Alguna vez James Cameron filmó una de las mejores películas de ciencia ficción: Terminator. Y entonces fue por más: con Terminator 2 anunció una revolución en el cine, y la consiguió con sus efectos especiales. Y entonces fue por más: con Titanic reventó las historias de amor, la taquilla y el número de Oscar. Y entonces se retiró. Y ahora vuelve anunciando todo lo anterior todo junto: una película inolvidable de ciencia ficción que amenaza con arrasar con todo y cambiar la manera en que vemos el cine. 500 millones de dólares, efectos nunca vistos, una épica ecológica: Avatar llega a los cines el 1º de enero con el desafío de poder ser vista debajo de su promoción.

 Por Mariano Kairuz

Las imágenes de la vida aborigen en Pandora son impresionantes. Y sin el salto cualitativo en el diseño de personajes, sería imposible tomarse en serio su historia de amor y todo lo que viene después: ese eventual clímax sexual que sus detractores han llamado “porno pitufo”.

Desde hace más de veinte años, salimos de cada película de James Cameron abrumados. Ya con Aliens, el regreso, apostó a hacer algo más grande que el original de Ridley Scott, continuando un film de terror claustrofóbico con una de guerra en el espacio. Con Terminator 2 hizo menos una secuela que una remake expandida de su mejor film (uno de los mejores de los ’80 y uno de los más influyentes de la historia de la ciencia ficción) e inició una era de efectos visuales digitales que juraron generar un universo nuevo de posibilidades. Mentiras verdaderas fue su James Bond atómico, hiperbólico. Y con Titanic creó un monstruo tan grande como el que le daba título, casi sin que nadie se lo esperara, la película más taquillera de la historia. Y entonces –cuando se autodeclaró El Rey del Mundo en la entrega de los Oscar y pareció que ya no podía subir más alto– debió detenerse. Enarbolando un prepotente discurso de vanguardia tecnológica, argumentó que todavía no existían los efectos visuales capaces de darle forma al universo que había imaginado. Al menos no por menos de 400 millones de dólares. Y se retiró. Al fondo del mar, a explorarlo en un súper-submarino como nadie nunca jamás en la historia de todos los tiempos lo había hecho. Durante un tiempo en el que fue posible creer que se había transformado en una suerte de Howard Hughes, se dedicó a explorar el océano como se explora el espacio exterior. Ahí, en ese otro mundo, comprobó el estado calamitoso de los arrecifes de coral y empezó a renacer en él la corriente de conciencia ecologista que había llegado a rozarlo en los ’60.

Y entonces, 12 años después de hundir la nave, Cameron finalmente estrena Avatar, su épica ecologista y guerrera, la película más cara de la historia (unos obscenos 500 millones de dólares), que promete una nueva era cinematográfica.

Justamente por eso Avatar es una película un poco difícil de abordar: ¿cómo ir al cine a ver una película que ya carga con semejantes expectativas, que ya casi nos obliga a abrazarla con esperanza u odiarla antes de que siquiera aparezca el logo de la Fox en pantalla? ¿Cómo encontrar la película debajo del fenómeno? ¿Y qué pasa si no es o no nos parece la-película-que-va-a-cambiar-para-siempre-la-manera-en-que-vemos-cine? Cómo sentarnos a verla desde una butaca del presente cuando nos dicen que se trata de una película que está en el futuro.

BluePeace

En el fondo, bien debajo del 3D, James Cameron, que empezó su carrera filmando Piraña 2 (1981) para unos productores italianos, sigue siendo un espíritu clase B, y eso es lo que lo mantiene todavía conectado al resto de los mortales. Lo mejor que tiene Avatar en términos narrativos es su decisión de apegarse a una estructura tan vieja como la ciencia ficción o como el western, el otro género en el que hace pie de manera permanente y explícita (con una historia que los críticos norteamericanos han insistido, un poco despectivamente, en decir que se parece más a Danza con lobos que al romance entre Pocahontas y John Smith). En unos pocos minutos, plantea sin vueltas ni pretensiones su historia: el desembarco de un ex marine parapléjico en un planeta llamado Pandora, con la misión de infiltrarse entre sus habitantes aborígenes, una tribu de gigantones azules llamados los Na’vi. El propósito: allanar el camino para arrasar con su hábitat selvático y arrebatarles un mineral valioso. El medio para la infiltración es el camuflaje: el ex marine Jake (el actor inglés-australiano Sam Worthington, visto este año en Terminator Salvation) debe llegar hasta los Na’vi a través de un avatar –que combina su ADN y el de los aborígenes en el aspecto de uno de éstos– al que está conectado virtualmente, y allí ganarse su confianza. Luego asistimos al enamoramiento de Jake y de la nativa que lo encuentra y lo admite en la tribu y lo entrena, y la conversión de Jake y su desesperado intento por detener la destructiva avanzada de los suyos y su eventual pero decisivo liderazgo de la resistencia. Y entonces, la larga secuencia de guerra final, en la que no ha faltado quien identificara –en esos planos en que los soldados invasores vuelan en pedazos reclamando el grito celebratorio de la platea– toda la aventura como una gesta anticapitalista, un relato heroico ambientalista e indigenista (pagado nada menos que por la Fox, propiedad del megamultimillonario Rupert Murdoch, dueño de un canal de noticias hiperconservador), contra el progreso que se lleva puesto todo. Quienes han querido ver en Avatar no una revolución, sino varias revoluciones todas juntas.

Un mundo nuevo

Así que acá va una primera sugerencia para ir al cine a enfrentarse con Avatar: tratar de olvidar todo lo que se ha dicho y se sigue diciendo sobre ella. Olvidarse de los 500 millones, de la promesa del mejor 3D jamás visto, y de que esos personajes digitalmente dibujados y animados que la habitan vayan a reemplazar en el futuro cercano a los actores de carne y hueso. Olvidarse de todo eso y pensar en esa narración, en ese argumento sencillo y no enteramente nuevo, abstraer un poco el bombardeo publicitario, suspender la incredulidad, la vergüenza ajena que pueda provocar el New Age ecológico, y dejarse llevar.

Hay que intentarlo, por más difícil que parezca. Es notable cómo la prensa norteamericana ha adherido a la esperanza de un cambio radical, de un punto de inflexión, y un artículo en la revista Esquire titulado “Por qué Avatar puede cambiar las películas para siempre” dice sin terminar de explicarlo del todo, que el impacto de sagas como El señor de los anillos o Piratas del Caribe es coyuntural y sólo funciona en un marco temporal acotadísimo, mientras que Avatar llega en el momento justo para entregar un producto “caliente y ligero” como aquellos, pero además “permanente”, gracias a la decisión de Cameron de esperar una década a “que la tecnología se pusiera al día” con sus ideas.

Pero convendría tomar un poco de distancia y preguntarse cómo es exactamente que Avatar va a modificar el cine que veremos en los próximos años. Es posible pensar en films que han marcado un antes y después con sus efectos visuales, y uno de ellos es de Cameron: Terminator 2, 18 años atrás. El efecto “morphing”, que metamorfosea una cosa en otra con fluidez, que hizo posible el robot de metal líquido que interpretaba Robert Patrick, amplió la noción de lo que el cine fantástico podría mostrar de ahí en más, una expansión casi lisérgica sin la cual buena parte del renacimiento del cine de superhéroes probablemente no hubiera existido (y cabe recordar que Cameron planeó y anunció por años una versión de El Hombre Araña que finalmente no sucedió). Cuatro años después, el estreno de Toy Story inició la última gran revolución en los dibujos animados, que irían dejando atrás el trazo manual para dedicarse enteramente a las posibilidades 3D del digital, consolidando a Pixar como una marca capaz de darle verdadera competencia a Disney. Otro lustro más tarde, Matrix (de la que Cameron, a juzgar por las entrevistas a medios norteamericanos, un fanfarrón de campeonato, se declara admirador) presentó su efecto “bullet time”. Esa sofisticada cámara lenta para las secuencias más acrobáticas convirtió sus innovadores conceptos argumentales en lo más cool del mundo, e incorporó con éxito la noción de vidas virtuales al cine de ciencia ficción, convirtiéndose en la primera película que cabalmente pertenecía al nuevo siglo (en particular en comparación con las precuelas de La guerra de las galaxias que George Lucas saturó con su paleta digital y sus inventos vergonzantes como Jar Jar Binks, “el primer comediante enteramente virtual del cine”). Cameron decidió que el cine estaba listo para volver a él cuando vio al Gollum de El señor de los anillos, quizá la primera vez que un personaje enteramente dibujado (aunque basado en la actuación de una persona real) consiguió interactuar de manera convincente con los actores de carne y hueso.

La pregunta, tras todo el discurso hi-tech, es: ¿a qué se refieren Cameron y sus seguidores cuando hablan de crear un universo enteramente nuevo? Las apuestas de Avatar parecen ser principalmente dos. Por un lado, conectar cine y virtualidad de una manera por lo menos tan moderna como lo hizo Matrix hace una década. No sólo en la manera en que los humanos se relacionan con sus avatares, sino fundamentalmente en el tipo de conexión entre el medio ambiente y todos los Na’vi –gigantones delgadísimos, de más de tres metros de estatura, piel azulada, cola, trenzas, taparrabos y un habla que toma prestados conceptos de dialectos maoríes–. A través de su paisaje de colores poco habituales en nuestra naturaleza terrestre y de su rara flora y fauna, Avatar ofrece un rápido y explícito vistazo a la filosofía de vida de los Na’vi: la creencia de que todos los seres vivos están conectados entre sí, de que una energía circula entre unos y otros en permanente equilibrio y compensación, y la existencia de un árbol-líder espiritual de cuyas raíces parte la red de este sistema vital. Los Na’vi tienen criaturas de montar –símiles de caballos y de pterodáctilos– a los que se conectan literalmente a través de una suerte de puerto USB orgánico: fibras vivas en el cabello del jinete que se enchufan y entrelazan con fibras vivas en el cuerpo del animal, creando una conexión total, aunque algo unilateral, por supuesto.

Las imágenes con las que Cameron presenta la vida aborigen en Pandora son impresionantes. Y es cierto que de todos los personajes digitales que ha dado el cine 3D en los últimos años, éstos son los más realistas, tanto cuando aparecen de a cientos en sus panorámicas épicas –en sus secuencias de western y de film de guerra– como en los primeros planos, donde sus caras exhiben texturas vivas, membranas, gestos y expresiones que dejan en la prehistoria el estilo maniquí de producciones hi-tech como el reciente Scrooge de Robert Zemeckis o su anterior Beowulf. Sin este salto cualitativo sería imposible tomarse en serio su historia de amor y todo lo que viene después, o no burlarse de su eventual clímax sexual (“porno pitufo”, se burló alguien en Internet). Pero es un poco exagerado decir que con el diseño de un planeta orgánico fotorrealista alcanza para crear un mundo: nos vamos del cine sabiendo poco y nada de la cultura Na’vi más allá de su defensa acérrima de Toda Cosa Viviente (la denominación pertenece a la película) y su comportamiento colectivo recreado con imaginería religiosa.

A lo que estamos asistiendo es, sí, al principio de una posibilidad, un salto evolutivo dentro de una cadena que no es exactamente nueva, a una utilización inteligente del 3D que por una vez no consiste en lanzarle permanentemente cosas a la cara al espectador, y sí da lugar a un par de imágenes verdaderamente sorprendentes que invitan a extender el brazo y querer tocar. Un sistema que sin embargo todavía no está listo –crucemos los dedos al menos para que los productores de los estudios estén de acuerdo con esto– para reemplazar a la cosa real en todas las películas del futuro, al menos mientras la cosa real sean seres vivos más o menos humanos.

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