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Domingo, 7 de marzo de 2010

Crudo como el amor

 Por Juan Forn

Barry Hannah venía del Sur, del corazón del Deep South norteamericano, ese lugar al que miran siempre los escritores yanquis cuando necesitan recordar que toda prosa puede y debe tener poesía y que lo lírico no tiene por qué ser sinónimo de blandura y amaneramiento sino más bien de electricidad y furia y alegría de vivir. Barry Hannah escribía tal como corcovea un cable de alto voltaje que se suelta en medio de un huracán. Tenía una entonación bíblica con un lenguaje explosivo. Voluptuosidad y profanidad. Una misoginia mortífera y estallidos epifánicos de devoción por lo femenino y lo fallido del género humano.

Barry Hannah era un poeta y un bufón y un desesperado, un tipo que agarró el género cuento y lo retorció frase a frase (algo que parecía imposible que volviera a suceder), en cada uno de los libros que publicó desde 1972, fuesen novelas o cuentos, porque Barry Hannah entendía la novela como cuento: su rango de máximo esplendor, la zona donde brillaba, iba desde las tres hasta las cien páginas (aunque alguna vez se haya extendido más lejos).

Barry Hannah nació en Clinton, Mississippi, en 1942. Dejó un reguero de botellas vacías, ecos de disparos y flechas incendiarias en medio de la noche, autos y motos y lanchas malvendidas o destrozadas y una leyenda sobre su exhibicionista manejo de la raqueta de tenis y del saxo tenor por todo el mapa universitario estadounidense, como estudiante primero y como docente después. Imaginen este itinerario: de Mississippi a Vermont y vuelta a Alabama, pasando por Iowa, Montana, California y Texas, con repetidas escapadas de juerga a Nueva York. Agreguen a ese cuadro que en California trabajó casi un año en un guión con Altman (un gran guión para una de esas grandes películas corales de Altman, que nunca se filmó y terminó convertido por Hannah en un cuento de sesenta páginas que parece una película de tres horas). En Nueva York su compañero de andanzas metafísicas y de las otras era William Burroughs (Hannah contó aquellas dantescas jornadas en el más largo de todos sus cuentos, la nouvelle The Tennis Handsome, donde además de drogas y abismos habla de tenis, de sexo, de amor y de Vietnam y de las cargas suicidas de la caballería sureña, todos sus temas favoritos).

Veinte años anduvo Barry Hannah rodando en llamas por Estados Unidos hasta que desembocó nuevamente en Mississippi, donde algunos lo recibieron como al hijo pródigo y otros como a un demonio devuelto al remitente desde donde había sido expelido. Para entonces llevaba publicados nueve libros (Geronimo Rex, Nightwatchmen, Airships, Captain Maximus, Ray, The Tennis Handsome, Hey Jack!, Boomerang y Never Die). En Mississippi dejó el alcohol y siguió escribiendo (Bats Out Of Hell, High Lonesome, Yonder Stands Your Orphan) y, hace sólo unas semanas había entregado a imprenta su último libro de cuentos, con el mágico título de Sick Soldier At Your Door. En sus últimos quince años de vida logró incluso convertirse en buena persona sin dejar de escribir (un milagro doblemente infrecuente: que un hijo de puta se vuelva buena gente y que conserve intacta su perfidia narrativa). Se sobrepuso a la muerte de un hijo, a un cáncer, a una feroz quimioterapia y al tedio que produce la vida a los alcohólicos recuperados; y así se fue convirtiendo sin proponérselo en uno de esos venerables veteranos del pánico que al Sur norteamericano tanto le gusta idolatrar: aquellos que sobreviven milagrosamente al susurro en el oído de todos sus demonios sin olvidar en el camino el incendiario idioma de sus pesadillas. Es cierto que los sureños son idólatras profesionales, pero igual de cierto es que la verdadera literatura exige el politeísmo para existir cabalmente.

Por culpa de esos desgraciados azares de la vida editorial, sólo uno de los libros de Hannah está traducido al castellano: Como almas que lleva el diablo. No era, quizás, el libro más adecuado para dar a conocer a Hannah en nuestro idioma (la versión de Siruela suprimió once de los veintitrés relatos de la edición original, por intraducibles). Porque ése es el maldito dilema con Barry Hannah: por dónde empezar a traducirlo: dónde se pierde menos su expresividad, más que cuál es su mejor libro. Esa es la única explicación que se me ocurre al enigma de por qué nos seguimos privando de tener en castellano a un tipo capaz de describir así el advenimiento tóxico del amor en lo más oscuro de la noche:

“Le gustaba husmear la belleza y la gracia, pero sin tocar, como una hiena espantada. Se aferraba a la sanidad con insana desesperación. Yo, yo venía de malgastar la mitad de mi vida inoculando poesía en mujeres no aptas para la poesía. Nunca amé salvo demasiado. Golpeé contra las paredes del tiempo y del espacio las horas suficientes, así que no tengo que mentir. Pero había algo en ella que hablaba de exactamente las cosas. Eso: de exactamente las cosas. Daba esperanza. Daba sudor helado. Era cruda como el amor, cruda como el amor”.

Barry Hannah, sobreviviente de guerras, drogas y hasta de sí mismo, murió finalmente el lunes pasado, a los 67 años. Sus libros, como señala Forn, son una cuenta pendiente para nuestro idioma. Además de Como almas que lleva el diablo, la edición de Siruela que traduce apenas un par de relatos, se puede buscar en Internet “Incluso Groenlandia”, un relato breve, lírico y furioso publicado en Radar el 18 de marzo del 2007, en traducción de Forn.

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