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Domingo, 7 de marzo de 2010

TEATRO > ROMINA PAULA HACE TENNESSEE WILLIAMS

Pasa en las mejores familias

¿Qué tiene una “comedia de recuerdos” de la burguesía sureña norteamericana que añora tiempos dorados para decirnos de nuestra época? Romina Paula parece haber desmontado El zoo de cristal hasta reducirla a su esqueleto de conflictos y roles, sólo para volver a vestirla con ropas asombrosamente contemporáneas.

 Por Mercedes Halfon

El zoo de cristal, la más delicada y entrañable obra de Tennessee Williams, cumpliría hoy 75 años de su estreno. Los cumpliría el 31 de marzo exactamente. Es notable que una comedia de costumbres burguesas, de conflictos de la clase media sureña evocando tiempos mejores, con todas sus falsas identificaciones y mandatos sociales mezquinos y agobiantes, siga teniendo hoy una fuerza asombrosa para hablarles a nuestros días, tan lejanos en espacio y en tiempo. Hay que decir que tampoco se trata de una obra teatral estrictamente realista. El propio Tennessee reclamaba para su texto un tratamiento lo más alejado posible del realismo, y decía que, al tratarse de una “comedia de recuerdos”, se la podía representar con una insólita liberación de todo convencionalismo.

De ese deseo debe haberse aferrado Romina Paula para llevar a cabo esta versión de El zoo... tan cambiada que puede resultar irreconocible, empezando por el mismo nombre de la pieza: El tiempo todo entero. Es que a decir verdad no se trata de una puesta de El zoo de cristal sino de una versión de la obra, donde lo que permanece son los conflictos y roles de la historia, pero las palabras que dicen los personajes y sus atributos como miembros de una sociedad determinada están completamente trastrocados.

La familia Wingfield –Amanda y sus hijos Tom y Laura– es acá la familia de Ursula o Uschi y sus hijos Antonia y Lorenzo. Nada que ver. Ursula ya no es esa insoportable matrona que aplastaba a su hija con sus propios deseos incumplidos sino una madre moderna que hace sentir su peso sobre su hija de un modo “evolucionado”. Como si además de los años y los cambios sociales que mediaron entre El zoo... y El tiempo..., hubieran mediado muchas horas de terapia. Aunque la evolución no es para todos. Lorenzo (Tom) es un muchacho celoso de su tranquilidad al punto de volverse un negador empedernido de todo lo que pueda traerle problemas, aunque esto suceda delante de su nariz: su hermana.

Antonia es el eje de El tiempo todo entero, como lo era Laura en El zoo de cristal. Igual que su antecesora, ella es frágil y “diferente”, pero esa diferencia radical con el mundo entero no está aquí en una dolencia física, no es una tullida como lo era Laura, sino que está tan adentro de sí misma que la ha tomado por completo. Antonia no sale de su casa, ha decidido que afuera no hubo ni habrá nada que pueda interesarle. Que no hay ocupación –trabajo, estudio, salidas– que pueda practicar, que ella quiere para sí su tiempo-todo-entero. Dice Romina Paula: “Me gustaba pensar en Laura no como una mujer impedida por su rol social sino como alguien que decide no hacer y tiene un discurso al respecto. Bueno, en realidad la Laura de El zoo... también decide no hacer, de hecho deja de ir a la escuela y se la pasa todo el día en la calle para no tener que dar explicaciones; pero me da la sensación de que en El zoo... está un poco victimizada... Tal vez tenga que ver con que el punto de vista desde el que se narra El zoo... es el del hermano, de Tom. Esta Laura, Antonia, a lo sumo, es víctima de su propia neurosis y frente a tener que elegir, decide no elegir”.

Tal vez por ese encierro voluntario, Antonia encuentra un referente en la pintora mexicana Frida Kahlo. Es llamativo cómo esta figura se cuela una y otra vez. Algunos de sus cuadros son relatados, del mismo modo en que Puig contaba películas en sus libros, y funcionan para exteriorizar esas mismas interioridades que los narran, destruidas. Es que la mitificación del icono Frida parece ser casi la clave de la relación entre las mujeres de la familia. En esa disputa interna entre la madre que viene excitada de una noche agotadora y una hija perturbada de escuchar en su cabeza las mismas preguntas, la figura de Frida parece ser un catalizador. Como una médium entre el afuera exultante y el adentro agobiante. Así son los cuadros de Frida, que además sí tenía un impedimento físico y sin embargo, durante buena parte de su vida, eso no la privó de una intensa participación en su tiempo histórico.

Ante esta compleja situación femenina, la posición del hombre, Lorenzo, es la de la huida. Luego de que Maximiliano –el pretendiente– haga estallar muchas de las cosas que se mantenían sobreentendidas en la casa; obligado por su madre, Lorenzo da a conocer que quiere irse a España. Romina Paula reflexiona sobre estos roles familiares, modificados en su versión: “Algo de la actualización tiene que ver, tal vez, con un síntoma posmoderno de cierta burguesía, que es ese mandato de ‘podés hacer y ser lo que quieras’, y la perplejidad frente a eso. Tener que elegir, decidir. Y en que a la madre y a la hija igual se les rompe el corazón con la idea de la partida del hijo y hermano de la casa. En la línea del melodrama quisimos ver a madre e hija en el momento exacto en que se les rompe el corazón, algo que en El zoo... queda negado al espectador”.

La vigencia imperecedera del melodrama queda comprobada cuando al finalizar El tiempo todo entero, entre el público, se ven caras mucho más hinchadas y enrojecidas de lo que suele verse en el teatro alternativo. Desde aquel dramaturgo que adoptó el nombre de su tierra a Romina Paula, el melodrama traza genealogías hermosas y perdurables. Porque, como afirma la directora: “Alguien que amás toma la decisión de prescindir de vos, sin preguntar, ni avisar... Eso va a ser doloroso siempre”.

Miércoles a las 21, en Espacio Callejón, Humahuaca 3759. Reservas:

4862-1167. Entrada: $ 35.

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