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Domingo, 3 de octubre de 2010

Acariciando lo áspero

Uno es autor de una obra sumamente vital pero también sentimental. Otro, uno de los cantautores más originales de la Argentina, con canciones que nacen de una mezcla poco habitual de rock y folk. Tras unos años de amistad que para ellos se convirtió en una hermandad, Gabo Ferro y Pablo Ramos se juntaron para escribir y componer El hambre y las ganas de comer. ¿Quién es qué? Poco importa. El disco es un paisaje inspirado que captura con crudeza y lirismo lo áspero de esta ciudad y de las relaciones humanas que la habitan.

 Por Mariana Enriquez

Gabo Ferro atravesaba el verano porteño o, mejor dicho, se hundía en el calor y el marasmo de esas humedades que suelen empantanar Buenos Aires. Pablo Ramos estaba en Berlín cumpliendo una beca de año y medio, con departamento, sueldo y 20 grados bajo cero, trabajando en la corrección de En cinco minutos levántate María, su última novela. Tiempo antes habían hablado de trabajar juntos, pero por algún motivo la colaboración recién pudo concretarse cuando los separó la distancia en diferentes hemisferios. Ramos mandó un mail que decía “notti dormi, ragazzino”, para apurar a Gabo, recordarle que tenían asuntos pendientes. Gabo acusó recibo. “Yo sabía que Gabo estaba medio mal y le empecé a mandar mails. La excusa para los que me preocupan es mandarles mails, y él me preocupaba ese verano. Yo laburaba toda la noche, y cuando terminaba, en ese agotamiento del amanecer, le mandaba las primeras palabras del día. Se las mandaba en el cuerpo del mail, superando todo pudor, porque yo tengo faltas de ortografía cuando escribo, reviso mucho, no tuve una educación muy buena. Empecé a escribir letras; no poesías, letras, que no es lo mismo: soy músico aficionado y puedo entender una métrica, qué palabras necesita una canción.” Ese intercambio, desde una madrugada helada hacia el verano opresivo terminó en El hambre y las ganas de comer, disco recién editado, amorosamente producido, resultado y consecuencia de una amistad que tiene pocos años, pero que los amigos consideran mucho más extensa que ese mezquino tiempo real.

Una amistad que empezó gracias a otro amigo en común, que les pasó a cada uno la obra que, creyó, les iba a hacer notar a ambos que estaban haciendo lo mismo pero en diferentes formatos. Gabo recibió Cuando lo peor haya pasado, el primer libro de cuentos de Pablo Ramos; Pablo recibió Canciones que un hombre no debería cantar, el primer disco solista de Gabo. El impacto fue instantáneo, pero no tanto porque reconocieran obras similares traducidas a diferentes lenguajes, sino porque encontraron un parentesco mucho más claro. La primera canción que Pablo escuchó fue “Madera rosa”: “Tengo un mandala/ pintado en Jaipur/ bajo un vaso con agua con dos gotas de gin//... Una muñequita vudú/ con los miembros zurcidos con pelo de cabra negra/ Una pulsera con semillas sagradas/ florecidas y perfumadas// Una falda turca de un ajuar/ y un retrato grabado sobre madera rosa/ Serenidad escrito en una lengua muerta/ con sangre de niño y de casadera/ Y sobre un formidable insecto embalsamado/ con los ojos picados por querer aparearse/ Con las alas cuarteadas y todavía con sangre/ una imagen tuya conmigo fuera de plano”. Lo impresionó la hermosura de letra y música; lo impresionó que enumerara de esa manera, como suelen hacerlo los fóbicos siguiendo las indicaciones de la terapia cognitivo-conductual, que nombran lo que tienen cuando sienten que se van desvaneciendo, como una forma de aferrarse a la realidad que les da una trascendencia insospechada a los objetos más cotidianos; comprendió que era una canción que podía musicalizar su vida. “Y no hay muchas. Qué sé yo, cuando me separo de una mina siempre está ‘Noche de perros’ de Seru Giran, porque cuando era adolescente lloraba con esa canción caminando por la calle. Esa canción de Gabo también había nacido para acompañarme. La conexión no es tanto con lo que yo hago, sino conmigo; más con mi persona que con mi obra. Y cuando lo conocí fue más impresionante aún, la conexión se fue a nivel ‘mi hermano’. Somos familia. Para bien y para mal. Como algo que va a estar ahí, como me pasa con muchas personas, como me puede pasar cuando me enamoro profundamente de una mujer. Con Amaray por ejemplo, a la que yo le explicaba que no tenía que meterme los cuernos porque lo que sentía por ella era sagrado y tenía que tener más cuidado conmigo. Yo me la cogía y todo, pero nunca perdía de vista que éramos hermanos: y la sigo amando. Si alguna vez, porque estamos muy cerca, nos lastimamos con Gabo, la cosa va a seguir. Conocerlo confirma que el destino sigue para adelante, que me estoy encontrando con las personas que vine destinado a encontrarme.” Gabo tiene una explicación parecida pero diferente, más esotérica. Dice: “Soy de los que creen que el que escribe trae, de un otro lugar, algo, y lo pone en esta dimensión. Esa cosa mágica es la manera en la que yo trabajo, tanto para interpretar como para componer una canción. Cuando leo o escucho algo que me conmueve no puedo evitar sentir que hay un lugar de origen donde esa autora o ese autor y yo tenemos algo en común. Y eso me pasó con él. Yo creo tener recuerdos anteriores de haber hablado con Pablo. Sé que nos conocimos en 2006, pero yo creo tener recuerdos de antes y me esfuerzo por encontrarlos. El no me resulta ajeno, físicamente no me resulta ajeno, su voz no me resulta ajena. Creo que hay un lugar original que no puedo explicar y un tiempo original que no puedo explicar. Cuando leí sus cuentos, leí sus trabajos, yo ya los conocía. Y hay momentos en los que leía y sabía lo que seguía en la página siguiente y no porque fuera predecible: conocía de antes ese texto. Somos dos instrumentos, uno de cuerda y otro de vientos pero que están afinados en la misma escala”.

Sin conocerlos profundamente, Gabo Ferro y Pablo Ramos parecen personas muy diferentes con muchísimas cosas en común. Como suele suceder entre miembros de una familia. Pablo Ramos nació en Avellaneda, creció en Sarandí, su abuelo trabajó en un frigorífico –la Anglo–, es hincha de Arsenal; Gabo nació y vive en Mataderos, su padre fue personal del frigorífico Lisandro de la Torre, donde trabajaba por la mañana, y a la tarde ejercía de gerente de Nueva Chicago, cargo que mantuvo durante cuarenta años. Los dos son suma y orgullosamente obsesivos con su trabajo: Pablo corrige hasta el agotamiento, Gabo no suelta una canción hasta que esas palabras que llegan de un otro lugar no alcancen su voz. Los dos tienen una ambición enorme, un definido plan de obra: Pablo teme que no le alcancen las décadas que le quedan para terminar los libros que quiere escribir, y ya sabe cuáles son –-algunos incluso están terminados, por lo menos tres, guardados hasta que le parezca que llegó el momento de la publicación–. Gabo tiene como disciplina editar un disco por año, lo que viene haciendo sin pausa desde 2005. Y los dos podría decirse que vivieron momentos de clarísima vuelta de página, punto y parte, abandono de vieja piel. Pablo Ramos cuando dejó un empleo exitoso –en el sentido de que ganaba mucho dinero– para dedicarse exclusivamente a escribir a los 33 años (es decir, hace unos diez); Gabo, cuando en un recital con su banda de hardcore Porco, en el hotel Bauen, 1997, perdió la voz sobre el escenario, dejó el micrófono en el piso y se fue. Al otro día, se anotó en la carrera de Historia. Fueron siete años de no cantar ni en la ducha, no componer música, estudiar noche y día. Hoy es doctor en Historia de currículum impresionante, pero desde 2005 volvió a la música desde un lugar muy diferente a aquel hardcore, con canciones que algunos llamarán de folk rock, pero que se mueven hacia la chacarera, las cuerdas, las melodías infantiles, los valsecitos; canciones mucho más rockeras en realidad, por provocadoras, porque abren un nuevo territorio sobre el que es posible escribir y cantar.

ES LA DISTANCIA

La dinámica de composición de El hambre y las ganas de comer, una de las pocas colaboraciones entre escritor y músico que se registra en muchísimos años, fue siempre la misma: primero la letra de Pablo, después la devolución con música de Gabo. La primera canción que salió se llama “Suelta”, y es la más breve del disco. De a poco, se fueron sucediendo momentos de felicidad creativa, algunos risueños, otros emocionantes. “La literatura es como una pastilla”, dice Pablo Ramos. “La canción, que es el género artístico por excelencia, es endovenosa. Es directa: la música la clava en el ángulo. A mí me pasó con ‘Los que quieran’. La letra me parecía lograda, pero no me di cuenta de que iba a ser una canción buena hasta que Gabo me devolvió la música. La puse para escucharla, y me largué a llorar. La llamé a mi novia y le dije ‘escuchala, escuchala’. Ella me dijo que le parecía que ya la había escuchado. A mí también me pareció lo mismo. Me puse paranoico, ¿mirá si ya existía y estábamos citando o plagiando, qué sé yo? Pero después me di cuenta de que tenía potencial de clásico, por eso parecía conocida, eso pasaba”. “Los que quieran” es una canción dedicada a las Abuelas de Plaza de Mayo, y dice: “Se busca quien vista el vestido de ella/ se buscan quien calce perfecto/ en la huella/ se buscan tus dientes/ ay si vos supieras/ qué lindo reía/ qué lindo que era”. Para otra canción, “Esta vez lo hiciste”, Gabo eligió el vals. Y funciona muy bien para esa comedia de enredos, “para ese reality”, dice Ramos, que protagonizaban él y su novia encerrados en un departamento de Berlín, los dos escribiendo y afuera el frío cruel. “Nos estábamos peleando mucho. Decidimos no hablarnos para dejar de pelear, concentrarnos en el laburo. Y, de repente, ella entró a mi estudio haciéndose la que no me veía, sin darme la menor importancia... ¡Eso era peor que pelear! Inmerso en ese quilombo le mandé la canción: ‘Lo que hiciste esta vez/ con tanta frialdad/ es entrar sin mirar/ es salir sin hablar’.” Y otra de las canciones, “Agua zarpada”, nació de un libro dejado de lado por el momento. Pablo Ramos tiene muy avanzada una novela sobre la muerte de Gabriel Reyes, el protagonista de sus novelas El origen de la tristeza, El sueño de los murciélagos y La ley de la ferocidad. Se trata de la muerte de Gabriel, a los 74 años, en una casa de la que sólo puede usar la planta alta, porque la baja está permanentemente inundada. Esa era la novela sobre la que originalmente iba a trabajar en Berlín, pero una amiga le dijo: “¿No tenés miedo de estar escribiendo tu propia muerte?” y Ramos, que es cabulero y supersticioso, se asustó. Y dejó la novela en un cajón. Pero la inundación terminó apareciendo en esta canción.

El agua no podía faltar en la colaboración de los amigos. Es que el agua los obsesiona. “Cuando yo estaba internado –cuenta Pablo– la lluvia me hacía sentir bien. Limpia, es como apretar el reset. No puedo evitar sentirme cobijado en la lluvia. Esa letra es de alivio, que venga el agua y que se inunde para lavar.” Gabo explica: “Tengo pilas de canciones con el agua como síntoma. A mí me gusta más laburar con los síntomas de las cosas que sobre las cosas mismas. Pablo trabaja sobre las cosas, con una realidad sin ninguna comilla. A mí me gusta la fantasía real. Creo que por eso funciona el equipo. Además, yo estaba en un momento de ceder, de entrar en una sociedad, de dejar que alguien más escriba las letras porque soy muy obsesivo con las mías. Creo que dejé que lo hiciera Pablo por admiración a su escritura, y porque sabía que iba a cederle a alguien que no me iba a lastimar”.

Y funciona bien incluso en la distancia...

Ferro: ¿Estábamos a distancia? No sé. A lo mejor fue una manera de acercanos más.

Ramos: Para mí es totalmente así, a la distancia a veces estás más cerca. Yo, por ejemplo, me llevaba muy mal con mi hijo mayor y a la distancia nos acercamos, hablamos un montón por Skype y por teléfono, después mano a mano me lo llevé a un café, lloró, me dijo que había pensado en suicidarse, que no me asuste... A mí me cuesta, me da cierta vergüenza, no sé qué es, demostrar sinceramente lo que siento por mi gente más querida. A mi vieja siempre quiero llevarle flores pero termino pasando por la panadería y le compro facturas cuando la visito. Esta imagen de que me la banco, de que todo me chupa un huevo, de que me ponen un revólver y digo ‘tirame’, es algo que me armé para resistir. Es una armadura bestial que no sirve para mierda, de qué te sirve una armadura si estás en un campo de rosas. Pero ante la duda me armo, porque lo hice veinte años y me resultó. Es lo que hago. Lo debo tener incrustado en el hipotálamo.

¿EL HAMBRE?

El título del disco surgió después de que un hombre –un hombre mayor– se acercara a Gabo Ferro después de un concierto para preguntarle si el rumor acerca de que estaba por grabar un disco con Pablo Ramos era cierto. Gabo se lo confirmó y el hombre se fue preocupado, después de reflexionar: “Se juntaron el hambre y las ganas de comer”. Título y nombre de los superhéroes de los que se disfrazan para el arte del disco, no está claro quién es quién, y probablemente es mejor mantener ese misterio. “Mi personaje es como zen, el de Pablo es más bestia, con la capa amarilla”, cuenta Gabo. Las fotos del disco fueron tomadas en Berlín cuando Gabo fue de visita. La estadía en Alemania incluyó pasos de comedia como un show en la embajada donde Ferro cantó “El amigo de mi padre” y el embajador le susurró al oído a Ramos: “Vamos todos presos con esta canción, eh”. Ramos, para zafar, le dijo: “La letra es mía” –el embajador sabía que estaban trabajando juntos–. Por qué los salvaría que la letra fuera de él no está claro, pero sirvió en el momento. “El amigo de mi padre” dice: “Cuando mamá salía/ a mis hermanos llevaba/ y yo siempre me escondía/ con mi papá me quedaba/ porque sabía que venía/ cuando mi mamá no estaba/ el amigo de mi padre/ el hombre que él más quería/ Y cuando le preguntaba/ cómo era su familia/ me decía que tenía/ una doble biografía/ (cosa que yo no entendía)/ El amigo de mi padre/ le conversaba al oído/ y mi viejo sonreía/ llenaba el cuarto vacío/ Tomaban litros de mate/ y tiernamente me atendían/ mi padre era mejor padre/ cuando su amigo venía”. La canción está incluida en Canciones que un nombre debería cantar, el primero de sus discos desde 2005, que se continúan con Todo lo sólido se desvanece en el aire (2006), Mañana no debe seguir siendo esto (2007), Amar, temer, partir (2008) y Boca arriba (2009). Todos crean un mundo de autor que remite a los cantautores de los años ‘60, pero Ferro vive hoy, y también está atravesado por The Cure y Nirvana. Su simpleza es buscada, la larga vuelta en la que culmina una formación muy completa (por ejemplo: fue la virtuosa voz en Four Walls/ La niña del enfermero, puesta sobre partitura de John Cage del Centro de Experimentación del Teatro Colón). Sus canciones son políticas: política contemporánea con áreas de interés concretas, “las tres políticas que desatiende la política partidaria, o que atiende en menor medida: clase, raza y género”. Claro que la traducción de esta claridad conceptual es una lírica muy particular, pero además única en un campo de letristas como los del rock (y cercanías) argentino que, salvo excepciones honorables, poco se preocupan por las palabras. Un ejemplo de esa traducción de temas de género es el “Costurera y carpintero”, ya clásico indie de Todo lo sólido... (2006): “Me enamoraré de una buena costurera/ una mujer diestra, una buena mujer/ con cuerpo de niño y manos bien dispuestas/ Yo la amaré y la protegeré/ De todo el terror de la naturaleza”.

Y acerca del tema de las letras, Gabo Ferro se sulfura, a su manera, que es filosa; allí donde Ramos parece un manojo de nervios que necesitan ser apaciguados con ternura, Ferro parece un estilete con un filo que es letal de un lado y del otro absolutamente suave. Dice, entonces: “Una canción es la totalidad, letra y música, inseparables, 50 y 50. Yo detesto que en la secundaria las profesoras cool den letras de Charly y Spinetta. Son unas taradas. Esas letras no son buenas sin la música. La única oportunidad en la vida en que podés conocer a Góngora y a Quevedo y te dan letras de rock. Después salís de la secundaria y es poco probable que alguien te haga leer a Quevedo y eso si tenés interés, porque si te vas a trabajar a una fábrica, jamás. Todo ese berretín de no darles bola a las letras empezó en los ‘70 con la segunda generación de rockeros, que decían la letra no importa, ‘la escribo en un estudio’. Y después fue un éxito. Y de los ‘80 para acá aparecieron los universos de discurso: uno puede ser la birra-la esquina-la yuta, otro puede ser el glam-la fiesta-la noche, y así: esos universos hacen bien fácil escribir letras de canciones porque ya sabés, si te metés en un sub sub género, cómo debés escribir. Tenés reglas.” En romper esos ‘deber ser’ está Gabo, que escribe sobre patronas y empleadas lesbianas, que canta que su vida es un vestido, sobre daños y ajuares, que le escribe canciones al alguacil (el bichito, no el hombre de la ley), que hay discos enteros que ya no quiere cantar como Amar, temer, partir (2007), porque son demasiado terribles (o fue demasiado terrible el momento de la composición) salvo por la canción de cierre, la de la liberación: “La felicidad no fue tenerte, la felicidad total fue perderte”. “La fatalidad tiene muy mala prensa”, dice. “A veces viene para liberarnos”.

Sorpresivamente, Gabo Ferro dice que les gusta mucho componer y escribir, pero lo que más le gusta es investigar. Ya tiene dos libros de investigación histórica publicados, Barbarie y civilización. Sangre, monstruos y vampiros durante el segundo gobierno de Rosas (2008) y Degenerados, anormales y delincuentes. Gestos entre ciencia, política y representaciones en el caso argentino (2010). Y su sueño, dice, o quizás el lugar donde va a terminar alguna vez, a lo mejor pronto, es en el silencio de la Biblioteca Nacional, investigando. “Es un lugar que me encanta. Y de alguna manera se pega con lo mágico de lo que hablaba al comienzo, cuando me refería a mi encuentro con Pablo: no por casualidad, creo, mis maestros en lo académico y en la interpretación me dijeron que cantar e investigar es hacer hablar a los muertos. El historiador hace hablar a los muertos a través de los documentos. Y a mí me encanta buscar esa voz perdida, en algún lado hay voces que te dicen, como una radio prendida, que te dictan y te dicen contá esto por mí. Con la música aprendí lo mismo: me dijeron que uno es un medium, uno tiene que afinarse y dejarse atravesar por esa energía. Y por eso hago estas dos cosas: yo no encuentro diferencia, salvo en el modo, en los métodos. En definitiva es traer algo de otra dimensión a ésta y ponerlo en formato de libro, en formato de canción, de interpretación, que es el que me parece más interesante por lo efímero.

Entonces, investigar te gusta más que componer, pero interpretar te gusta más que grabar...

–Lo digo sin vergüenza: los discos... bueno, yo hago los mejores discos que puedo. Pero en mi caso los discos son excusas para tocar en vivo. Yo los hago solamente para salir a tocar.

Tiene razón: hoy, realmente, hay pocas experiencias musicales tan deslumbrantes como un show de Gabo Ferro. Con las historias que entrelaza, con su voz extraordinaria, con sus silencios, con su garantía de escalofrío.

¿LAS GANAS DE COMER?

Pablo Ramos se pone muy contento cuando alguien le dice que no es una persona intensa. “¡Pero claro que no, soy normal! A Gabo también le cuelgan lo de ‘intenso’, es una cosa de locos. Somos normales. Yo siento las cosas, no sé qué le pasa al resto de la gente, están enfriados, qué sé yo. A veces me pongo melodramático, pero bueno, pasa.” Posiblemente haya muchos más músicos y escritores que eligen la falta de compromiso, la estetización distante, la satisfacción, la ironía permanente para evitar la intenso, lo dramático, lo desgarrado; todo lo que alguna vez fue elogio y ahora, por las vueltas de qué es lo aceptable y decible en nuestro medio cultural, se volvieron calificativos que merecen cierta sorna. Una operación muy cobarde, muy fácil, por cierto. Y hay quien pueda disgustar del trabajo de Pablo y Gabo, pero nadie podrá decir que son cobardes.

El sambenito de intenso que carga Ramos posiblemente tenga que ver con su personalidad –carisma, barrio, muchísimas lecturas– y con el hecho de que sus novelas suelen ser leídas como autobiográficas. Pablo Ramos insiste en que, claro, está contando su vida como cualquier escritor de ficción. Hasta los de fantasía más desbocada lo hacen: él mismo usa el ejemplo clarísimo de J. R. R. Tolkien, quien decía que él mismo era un hobbit. Pero la literatura es otra cosa. “Pasa que muchos asocian primera persona con autobiografía. Hay gente que me pregunta si yo de chico vendía flores en la calle por el cuento ‘El ángel del bar’... y esa historia me la contó una amiga, no tiene nada que ver con mi experiencia.” Gabriel Reyes, el protagonista de El origen de la tristeza (2004), La ley de la ferocidad (2007), El sueño de los murciélagos (2009), y en menor medida, de En cinco minutos levántate María (novela narrada en primera persona por la madre de Reyes), tiene cosas en común con Ramos, claro, desde su origen hasta sus adicciones. Pero es otro: es un personaje. “Yo me expongo, me pongo al límite. No soy un cínico que programo una situación, que codifica signos para el lector. Pongo el cuerpo: creo en ese tipo de escritura, una escritura con ese compromiso. Creo que lo que se malinterpreta es eso: hay gente que no puede ver que La ley de la ferocidad es una construcción plena del lenguaje. Es una radio encendida, o una voz que dicta, como decía Fogwill, y yo lo que hice en esa novela fue subirle el volumen a la radio. ¿Estoy contando mi historia que pasó o que va a pasar? Me estoy escribiendo: hay cosas que me pasaron mañana.” O como le decía a la revista Debate en 2007: “Yo creo profundamente en la ficción. Reorganizar la realidad y agregarle las mentiras necesarias. Para lograr que el lector sienta lo que vos sentiste (que es el objetivo: la comunicación plena), tenés que mentir. Porque vos no viviste un hecho real, registraste la vivencia de un hecho real, que es absolutamente distinto.”

Pablo es conocido por una pasión por la literatura nada impostada, y últimamente por breves incursiones como ¡cantor de tangos! Pero es la literatura lo más importante, dice, y no se avergüenza de hablar de salvación y consuelo. “Para poder escribir pasé veinte años donde la literatura era todo para mí. Iba de pensión en pensión, leyendo, llorando cuando tenía que descartar libros, dejándolos en consignación en librerías de viejo, teniendo como depósito puestos de Parque Centenario y yéndome a pasar la noche en la Biblioteca Nacional cuando estaba abierta. Pocos ven eso: yo también soy un producto de la literatura. La literatura no es natural, no se puede contar ‘lo que pasó’. La simpleza es todo un trabajo. El escritor que no corrige no es escritor”.

La literatura, entonces, es lo más importante de tu vida...

–Sí, pero yo en realidad lo que siempre quise es una familia con hijos... En serio, súper tradicional terminé siendo a pesar de las zarpadeces que escribo. A esta altura creo que no voy a tener eso nunca. Y así como a esa tragedia doméstica la calma el sonido de la lluvia, también la calma, de una manera muy diferente, sentarme frente a la máquina de escribir.


Gabo Ferro y Pablo Ramos presentan El hambre y las ganas de comer el sábado 23 de octubre a las 21 en el ND/Ateneo, Paraguay 918. Entradas anticipadas en boletería o Plateanet

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Imagen: Timo Berger
 
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