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Domingo, 24 de octubre de 2010

CASOS > PAX AMERICANA Y LAS NUEVAS CONSPIRACIONES PARA DOMINAR EL MUNDO

Ahora vienen por el aire

El documental Pax Americana que se estrenó el jueves trae malos augurios para el futuro: un planeta rodeado de satélites y armas en el espacio apuntando hacia acá abajo, listos para destruir desde celulares hasta poblaciones enteras. Pero eso es sólo la punta del nuevo iceberg conspiranoico contra el que la Humanidad estaría por chocar: en este mismo momento, estarían desarrollando una tecnología invisible creada para manipular el clima, inducir terremotos, producir inundaciones y hasta dominar las mentes humanas. Americanos, rusos, indios y chinos ya cruzan acusaciones. Científicos e intelectuales advierten. Internet multiplica las suposiciones. Mientras tanto, un complejo de antenas en Alaska sigue emitiendo. ¿El objetivo? El de siempre: dominar el mundo. Por eso, Radar explora este nuevo expediente X.

 Por Soledad Barruti

Un simple acto cotidiano puede resultar angustiante. Por ejemplo, mirar hacia el cielo y darse cuenta de que su color es falso, una ilusión óptica que se iría desgranando hasta desaparecer completamente si uno pudiera ir ascendiendo más allá de las nubes. Porque enseguida después de las capas gaseosas que conforman la atmósfera celeste, está el espacio, el vacío imperfecto, la casi nada. Son sólo 200 kilómetros ilusorios lo que nos separa de ese infinito. Y si a eso le sumamos que justo en el borde entre el lado que vemos y la inmensidad negra del cielo sin cielo podría haber satélites atiborrados de misiles, bombas y rayos láser apuntándose entre sí y apuntando hacia todos lados (también hacia una persona que inocentemente angustiada mira hacia arriba una tarde cualquiera), todo el asunto resulta espeluznante. Pero cuidado con respirar muy hondo. El aire de acá abajo tampoco sería lo que era hasta hace unos años. Invisible como su invisibilidad, puede estar transportando ondas electromagnéticas de billones de watts que llegan directo a nuestro cerebro a través de cientos de antenas ubicadas en campos de experimentación en Estados Unidos, el Artico, Noruega y Rusia.

El complot de una elite que quiere dominar a una parte de la humanidad y destruir a la otra ha vuelto a ser una amenaza latente, aunque sus tácticas se modernizaron notablemente. Espionaje satelital y aislamiento de las comunicaciones. Guerra espacial. Manipulación del clima. Terremotos, huracanes y tsunamis inducidos. El control emocional y mental del enemigo. Las acusaciones que existen van desde serias investigaciones documentadas a lucubraciones razonables y descabelladas conspiranoias que se dan cita en Internet.

EL EJE DEL MAL

Si el miedo enmarca las épocas, el imaginario popular es su mejor intérprete. Hace no tanto, durante la Guerra Fría, cuando no se veía el hilado fino de las mentes de uno y otro lado de la Cortina Hierro, el terror cobraba la forma de agentes de los servicios secretos, de comunistas infiltrados y delatores, al servicio de un complejo industrial militar dispuesto a poner en riesgo a toda la humanidad. Luego, con el lanzamiento de la carrera espacial, el enemigo también ganó el espacio, amenazando al planeta Tierra: ovnis que se paseaban ante las abuelitas en el campo o hacían pruebas inimaginables con los genitales de sus víctimas abducidas en las carreteras por la noche. Hoy, tras la Guerra contra el Terror, el mal no está ni tan cerca ni tan lejos: está en ambos lugares a la vez. En la era de la hipervisibilidad, parece, la dominación llegará por el aire sin que podamos verla jamás.

Es en este contexto (y del lado más serio y documentado) en el que se inscribe el estreno de Pax Americana y la conquista militar del espacio. Dirigido por el periodista canadiense Denis Delestrac, su realización surgió luego de una curiosa declaración de Noam Chomsky hecha al director en el marco de una entrevista: “La amenaza más inminente es la militarización del espacio”, le dijo. Con el propósito de seguir esa pista, con un presupuesto de un millón de dólares obtenido en tiempo record, el director logró –a fuerza de carisma y promesa de seriedad– un acceso “inédito” a fuentes directas del Departamento de Defensa de los Estados Unidos.

Así, amparado en testimonios oficiales, militares, científicos, periodísticos –como el reciente Pulitzer Tim Weiner– y de activistas por la paz, más mucho material de archivo, Pax Americana recorre la carrera espacial norteamericana, centrándose no en el hombre en la Luna, sino en el trazado del plan iniciado por el científico espacial nazi Wernher von Braun, luego contratado por la NASA: dominar la Tierra desde abajo y desde arriba con un tendido satelital (que en el caso norteamericano llega hoy al 50 por ciento de la presencia tecnológica en la órbita terrestre).

“La mayoría de las personas no son conscientes de que utilizan el espacio todo el día: cuando abrís tu celular para hacer un llamado, para sacar plata de un cajero automático; los satélites te abastecen de programas de televisión y noticieros del mundo. Los usamos para posicionar vehículos por tierra, por aire, por mar, incluso en el auto con el GPS. Sin ellos no habría pronóstico del clima o alerta de los desastres naturales. Pero no somos conscientes de ello hasta que lo perdemos.” Quien habla es Teresa Kitchens, del Departamento de Información de Defensa. Una mujer que luego explicará que, del mismo modo, para comunicarse, esconderse y planear atentados, también pueden usarlo los soldados amigos y enemigos.

Así, para dominar a un país bastaría con aislarlo, derribando sus satélites. China fue el primero en lanzar una prueba oficial de destrucción satelital. Y, aunque dio de lleno en uno de su propiedad, no dejó de encender la alerta máxima en un país como Estados Unidos, cuya defensa es de algún modo su razón de ser.

La armamentización del espacio es un anhelo antológico de los países dominantes. Pero desde los últimos ataques terroristas a Estados Unidos, con el aumento de presupuesto que les dio Bush a sus amigos del Pentágono (quién no recuerda su “megaescudo antimisiles”), de a poco, con el impulso de nuevas tecnologías y sin que nadie los viera, la fantasía de Ronald Reagan y su Star Wars se fue volviendo realidad.

EL INFIERNO SOMOS NOSOTROS

“El espacio es la columna vertebral del poder militar americano –plantea el documental–, y también puede volverse su talón de Aquiles.” “Esto es una pesadilla: con voltear 50 satélites, China puede lisiar seriamente al ejército norteamericano”, dicen altas fuentes oficiales.

Así, si bien nadie puede salir a decir exactamente cuál será la estrategia para no perder la presunta batalla, ya se habló del lanzamiento de un microsatélite con la posibilidad de “matar” a otros y rayos láser que apuntan al cielo en pruebas misteriosas.

¿Y cuál es el peligro de todo esto para una persona cualquiera en, digamos, Sudamérica? Nada se sabe fehacientemente. Y eso, claro, es lo que siembra el campo fértil de las conjeturas, para que tarde o temprano germine alguna forma de paranoia.

Mientras algunos expertos prueban que el entramado económico depende de aquello que está sucediendo ahí arriba, otros (mayoritariamente científicos y activistas en contacto con documentos y archivos secretos) arriesgan que el Pentágono ha mudado su arsenal más pesado hacia el espacio y que de usarlo sería más devastador que en la era nuclear. ¿Podría haber algo peor? Por un lado, que haya científicos que señalen que este entramado tecnológico tiene la fragilidad técnica de una PC, y con su mismo margen de error. Por el otro, que, entre lanzamiento y lanzamiento, se está generando una capa de basura espacial que orbita la Tierra a una velocidad supersónica. O sea: están creando una nueva atmósfera de metal que, de seguir aumentando, haría imposible en unos años más sacar algo (¿Un último satélite salvador? ¿Un cohete con sobrevivivientes?) del planeta. La profecía final de los más conspiranoicos: tarde o temprano la protección natural de la Tierra se convertirá en cárcel, demostrando que la raza humana jugando a ser Dios, finalmente dio con su propio infierno.

LA ANTENA DE LA MUERTE

Si bien la prensa norteamericana no se ha hecho mayor eco del documental, en pleno momento de su paseo por festivales (en mayo), la información sobre la prueba de otros satélites también posiblemente armados (en este caso de India y Rusia) generaron decenas de informes reubicando la carrera espacial en la agenda.

Por su parte, Internet también se hizo eco del film pero no simplemente para recomendarlo sino para señalar que Pax Americana alimentaba la teoría conspirativa por excelencia. Todo es parte de un mismo plan, aseguran. La conformación del tan anunciado Nuevo Orden Mundial, liderado por esa ominosa organización conocida como los Iluminati. (Para ver el alcance de esta teoría alcanza con poner New World Order en el buscador: hay casi 700 millones de entradas que aumentan diariamente, con millones de visitas cada uno.) La cofradía secreta con ritos satánicos del 1700 sigue entre nosotros, operando dentro de los círculos más selectos para lograr un solo objetivo: un único gobierno, con un único mercado en el que circule una única moneda, regulada por un único banco mundial, bajo la protección de un ejército único, el amparo de una única religión y habitado por una sola raza. Por supuesto, el camino no es la integración sino la aniquilación de la diferencia por diferentes medios, de los cuales los satélites y las antenas son los preferidos del momento.

Ahora bien, mientras la guerra de las galaxias es una sombra que acecha, hay experimentos como Haarp en Estados Unidos y SURA en Rusia tan visibles como los dos inmensos campos sembrados de antenas que son. Sobre ambos recae más de una denuncia pública que va desde la manipulación del clima al control mental. Y todas, por supuesto, han dado lugar, una vez más, a informes revestidos de seriedad, dudosos videos caseros de múltiples procedencias (que no por eso no dejan plantado el gusanito de la duda) y graves entredichos que lograron elevar la temperatura política.

Sin ir más lejos, en enero el diario español ABC publicó un testimonio de Hugo Chávez (nunca ratificado por él) en el que acusaba a Haarp por el terremoto de Haití (“Fue la Flota del Norte probando las armas secretas que piensa descargar contra Irán”, dijo). Y no fue el único. En 2005 se desató un escándalo internacional cuando un meteorólogo prestigioso (Scott Stevens) declaró a diferentes medios que el proyecto ruso SURA había causado el huracán Katrina. Por si fuera poco, se hizo pública una declaración del político ruso Vladimir Zhirinovsky en la que amenazaba con “inundaciones en Estados Unidos cuando nuestros científicos cambien levemente el campo gravitacional de la Tierra”. Finalmente, en enero la prensa rusa develó que científicos de ese país habían elevado un informe a Putin acusando a Noruega por sus vínculos con Haarp y la ola de frío polar que azotó al Hemisferio Norte.

LOS RAYOS MISTERIOSOS

Mientras que de SURA se conoce poco y nada (más allá de que es un campo de antenas menor que Haarp, ubicado en un pequeño pueblito al norte), de las antenas estadounidenses se ha hablado hasta lo inimaginable. Con 4 millones y medio de entradas en Internet y más de cien libros que se ofrecen sobre el tema en Amazon.com, sus siglas significan High Frequency Advanced Auroral Research Project o Programa de Investigación de Aurora Activa de Alta Frecuencia y es el nuevo proyecto top secret del gobierno norteamericano. Está en una instalación desierta en medio de las alejadas tierras de Gakona en Alaska. Visto de arriba parece un gran cuadrado de antenas en cruz, 180 en total que funcionan como una única de 1000 millones de ondas de radio de alta frecuencia que penetran en la atmósfera. Por más objetivo que se pretenda ser para explicarlo, su utilidad no queda clara. En su página oficial (www.haarp.alaska.edu) dice que “es un proyecto científico destinado al estudio de las propiedades y el comportamiento de la ionosfera. Tiene particular énfasis en la capacidad de entenderla y utilizarla para mejorar las comunicaciones, los sistemas de vigilancia, tanto para fines civiles como de defensa (...) pudiendo ser usado, por ejemplo, para verificar armas nucleares, detectar aviones y misiles de crucero”.

La primera investigación independiente de peso fue recopilada en 1995, cinco años después de la instalación de las primeras antenas, en el libro Angels don’t play this Haarp, del científico Nick Begich (hermano de un senador e hijo de un congresista) y da cuenta de una historia de larga data: desde los ‘60 se vendrían haciendo experimentos combinando señales desde la Tierra hacia los satélites para atravesar y manipular la atmósfera. “Haarp es un experimento en el cielo y los experimentos se hacen para saber algo que no se sabe (...) la utilización imprudente de estos niveles de potencia en nuestro escudo natural –la ionosfera– podría ser catastrófico según algunos científicos”, escribió entonces Begich, que nunca dejó de investigar el tema.

Actualmente las acusaciones que recaen sobre Haarp (de boca de científicos como él y activistas, periodistas, y civiles) son terroríficas y sin antecedentes. El calentamiento del planeta estaría siendo inducido al igual que los peores tsunamis, tormentas eléctricas, rayos misteriosos que plagaron las costas del Golfo Pérsico de animales marinos quemados, terremotos como el de Haití y luego el de Chile. Todo, daños colaterales de las pruebas siniestras que tienen que hacer para aprender a usar el aparatito.

Y esto podría no tener fin, porque la pregunta (paranoica o no) siempre es la misma: ¿hacia dónde piensan seguir arrastrando a un mundo que se derrite y arde entre desastres ecológicos y guerras sangrientas? Las ideas más alocadas salen diariamente en algún foro. Por ejemplo, ya hay otro proyecto (Sheba) del que se está hablando largo y tendido. Ubicado en el Artico, esta nueva invención que combina rayos con ondas y campos electromagnéticos estaría derritiendo el hielo con los mismos fines non sanctos. Con páginas oficiales caídas y sin nadie que haya podido llegar hasta su base a corroborar nada, Sheba es el non plus ultra de la sospecha paranoide.

HORDAS DE ZOMBIS Y UN NUEVO MESIAS

Pero, volviendo a Haarp, son pocos los que pueden o quieren sacarla de la cuevita del ciberespacio.

Jesse Ventura (actor famoso, ex gobernador de Minessotta, ex soldado de la marina, luchador incansable, también conocido como The Body) conduce Conspiracy Theory: programa de “investigación” en donde, junto a un equipo entrenado por él, recorre todos los temas que hoy preocupan. Desde TruTV (y con su libro de reciente aparición American Conspiracies) fue uno de los pocos que, amarillista o no, se animaron a llevar a la pantalla un completo informe sobre Haarp.

Ventura sobrevoló el campo, intentó ingresar usando sus fueros eternos y una y otra vez recibió rejazos en la cara. Pero llegó hasta el doctor Begich (vive en Alaska, lo que no es un dato menor). Y fue él quien le contó hasta dónde había avanzado con sus estudios. “Esta antena no sólo puede manipular el clima y atacar países provocándoles desastres naturales, sino también voltear aviones y satélites que desaparecerían en el aire. Y lo más grave es la capacidad de estas ondas de interferir con el cerebro. Porque pueden adoptar la misma frecuencia que el cerebro despierto, en estado de meditación o dormido. No lo digo yo: lo dicen los propios documentos que las distintas fuerzas.” Lo que se avecina fue subrayado por el propio Jesse con cara de terror: hordas de gente con las mentes infiltradas que sin darse cuenta pierden la voluntad, modifican sus pensamientos y alteran sus emociones, dispuestas a hacer lo que el poder de turno les pida. “Es horroroso, sí. El twist tecnológico le dio otro sabor a todo el asunto. Ahora éste es el rayo de la muerte”, concluyó el científico. ¿Habrá que creerle?

Como sea, para los que quieren alimentar el pánico está El Proyecto Blue Beam: hay casi 2 millones de sitios que hablan de este rayo azul que estaría emitiendo proyecciones holográficas y auditivas a gran escala, en pos de crear un falso mesías que atraiga a la mayor cantidad de gente posible (tarea que se simplifica si los hipnotizados ya recibieron el primer lavaje neuronal) y los lleve quién sabe a dónde.

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Las misteriosas antenas del proyecto HAARP en Gakona, Alaska.
 
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