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Domingo, 23 de marzo de 2003

El cazador oculto

El 20 de abril de 1999, dos adolescentes entraron en su secundaria de Columbine (Littleton, Colorado) con sendos sobretodos bajo los que escondían una TEC-9 semiautomática, rifles 9 mm y dos escopetas, además de munición y granadas. El resultado: quince muertos, dieciséis heridos y dos suicidios. ¿Por qué pasan estas cosas en Estados Unidos? En busca de una explicación, el periodista Michael Moore emprendió su primer trabajo para cine. La respuesta es Bowling for Columbine, un escalofriante documental sobre el furor armamentístico norteamericano, en el que se mezclan el delirio supremacista de Charlton Heston, la confusión adolescente y hasta un perro armado y asesino.

 Por Mariana Enriquez

“¿Por qué somos así?”, se pregunta Michael Moore. Y entra a un banco donde, si abre una cuenta, le regalan un arma. “¿Es como una especie de banco/armería?”, le vuelve a preguntar a una secretaria, que no parece comprenderlo del todo. Enseguida, entrevista a un oficial de policía de Michigan. Le cuenta, divertido, que una vez a un vecino se le ocurrió adornar a su perro con un rifle, atándoselo sobre el lomo. Como un perro/tanque. El rifle terminó disparándose y mató a alguien. “¿Y encarcelaron al perro?”, interroga Moore. “No –ríe el policía–, la ley de Michigan se ocupa de humanos solamente.” Michael Moore, que nació en Michigan, recibió como premio, cuando ganó un campeonato de tiro infantil, su carnet de miembro de la National Rifle Association (NRA), la organización liderada por Charlton Heston que aboga para que cada norteamericano sea libre de poseer cuantas armas quiera, según el derecho que garantiza la Primera Enmienda. Años después, Michael Moore, periodista y cineasta, realizador de uno de los mejores ciclos documentales de la televisión estadounidense (The Awful Truth), opositor acérrimo al gobierno de George W. Bush, conserva ese carnet que lo horroriza. Gracias a esa pertenencia logró entrevistar a Heston para su nueva película; el actor no podía negarse a recibir a un miembro de su Asociación. Y Moore consigue que el hombre que fue Moisés, el icono de Hollywood, se revele como un anciano terrible, un blanco supremacista con todas las características de un despreciable integrante del Ku-Klux-Klan, poderoso e impune en su mansión de Beverly Hills.
Bowling for Columbine es un documental que interroga y no encuentra respuestas que ayuden a comprender qué es lo que le pasa a Estados Unidos. Por qué los ciudadanos del país más rico del mundo guardan M-16 en sus casas, por qué los adolescentes acribillan a sus compañeros en los colegios cuando tienen un mal día, por qué hasta los ciegos pueden portar armas. Trey Parker, uno de los realizadores de South Park, también es de Michigan y en una escena se sienta con Moore en un bar, a recordar la escuela secundaria Columbine a la que asistió, y donde en 1999, un día después de los bombardeos a Kosovo ordenados por el presidente Bill Clinton, los adolescentes Dylan Klebold y Eric Harris abrieron fuego en la cafetería y mataron a quince de sus compañeros. “No sé, algo está muy mal en este país”, dice Parker. “Lo que sé es que desde chico te enseñan a tener terror de que te llamen perdedor. Fracasar es morir. Todo el tiempo te dicen eso, veinticuatro horas al día.” Pero Parker está tan desconcertado como Moore cuando piensa sobre esa violencia que impregna la vida cotidiana, que estalla en cualquier momento y lugar, a veces sin motivo. Bowling for Columbine significa “jugar al bowling para Columbine”. Es una metáfora de la cotidianidad de la violencia: los chicos asesinos de la secundaria de Colorado se habían pasado las horas anteriores a los crímenes jugando al bowling como parte de su clase de gimnasia. “¿Será culpa del juego, entonces?”, se pregunta Moore.

LOS IRACUNDOS
Los investigadores, las víctimas y virtualmente todos los norteamericanos se devanaron los sesos para encontrarle explicación al día de furia de Dylan y Eric. Hoy, casi cuatro años después, la falta de esa respuesta tranquilizadora los angustia. También por eso el “caso Columbine” es tan adecuado como paradigmático para el documental de Moore: porque en ese microcosmos escolar se refleja lo que sucede en todo el país a gran escala. Los medios, la opinión pública, los maestros, culparon a los padres de los chicos, a la supuesta pertenencia de los jóvenes a un grupo gótico-satánico-nazi llamado Trench Coat Mafia (La Mafia de los Sobretodos), a Marilyn Manson, a los videojuegos, a los estudiantes populares siempre tan crueles y burlones... Hoy no se desprenden chivos expiatorios de la investigación. Y ese odio vacío, indiscriminado, asusta.
Nadie sabe por qué Dylan y Eric mataron a sus compañeros el 20 de abril de 1999 en la secundaria Columbine de Littleton, Colorado. No eligieron víctimas previamente, como se creyó al principio. Las hipótesis de unamasacre “racista” se derrumbó pronto: sólo mataron a un joven negro; además, los negros forman sólo el 3 por ciento de la población de Columbine, un colegio de chicos blancos suburbanos de clase media. No mataron a los deportistas populares y a punto de egresar: cuando Dylan y Eric entraron a la escuela, esos chicos ni siquiera estaban en el edificio. Sencillamente dispararon contra todo lo que encontraron. Pero el plan original era más ambicioso. Habían colocado dos bombas de propano en la cafetería, que no explotaron; los asesinos esperaron hasta a las 11.30 de la mañana y cuando vieron que el colegio no estallaba, se decidieron a entrar, pertrechados. No usaron los sobretodos por cuestiones rituales, como se aventuró, sino sólo por cuestiones logísticas y prácticas: cada uno escondía una TEC-9 semiautomática, rifles 9 mm y dos escopetas, además de munición y granadas. Llegaron primero a la biblioteca, y dispararon. Allí murieron diez personas. Los estudiantes, aterrados, se refugiaron en la cafetería, donde estaban las bombas. Los asesinos trataron de hacerlas funcionar estimulándolas con molotovs. Cuando no dio resultado, arremetieron contra los alumnos escondidos bajo las mesas. La cuenta final fue de quince muertos, y dieciséis heridos, once con secuelas muy graves. En la cafetería había quinientas personas: lo curioso no es que mataran a tantos sino a tan pocos. Dylan y Eric guardaron las últimas balas para suicidarse.
Un año después de la masacre, los investigadores dieron a conocer el diario de Eric Harris. La primera frase escrita, en caligrafía urgente, era: “Odio a todo el puto mundo”. El resto es contradictorio, diatribas de un adolescente confundido, no se puede saber qué sentía, probablemente él tampoco lo sabía. Hay párrafos claramente racistas: “Si recuerdan un poco de Historia, los nazis llegaron a una solución final para los judíos: matarlos a todos. Bueno, yo digo: ¡maten a toda la humanidad! Nadie debe sobrevivir”. En el siguiente párrafo, Harris explica su odio por los negros. Pero enseguida afirma que odia a los racistas: “Odio a todos los que odian a los asiáticos, mexicanos o lo que sea porque su color de piel es diferente”. Y más adelante: “¿Saben qué odio? A los fanáticos de La Guerra de las Galaxias. Consíganse una vida, tarados de mierda. Odio a la gente que pronuncia mal, a la gente que maneja despacio en una autopista, Dios, esa gente no debería estar detrás de un volante. ¿Saben que odio? ¡Al canal Warner! Lo odio con toda mi alma y mi corazón”. Una página ofrece una nota claramente suicida: “No culpen a la escuela. No la llenen de canas. Que nosotros hayamos decidido cometer una masacre no significa que los demás chicos nos vayan a imitar. La administración de la escuela trabaja muy bien. No sé quién va a quedar vivo, pero por favor no cambien la política y las reglas de la escuela por nosotros. Sería estúpido. Si hay alguna forma en este universo de mierda de volver a este mundo como fantasmas, vamos a acechar a todos los que culpen a los demás. Los únicos culpables somos Dylan y yo”.
Más tarde llegaron los videos caseros que Dylan y Eric filmaron durante la preparación de la masacre. Allí fantasean con que su historia sea llevada al cine por Steven Spielberg o Quentin Tarantino, y les comunican a las víctimas que van a pagar muy caro haberse burlado de ellos durante años. Los únicos que no caen fulminados por el odio ciego de los chicos son sus padres. En una de las cintas, Eric dice: “Mis padres son los mejores padres del mundo. Ojalá fuera un sociópata, así no tendría remordimientos... Esto va a destrozarlos. Es un bajón hacerles una cosa así”. Dylan Klebold afirma que sus padres también son gente bárbara, y que les perdona todos los errores que pudieran haber cometido.
Todo el arsenal que usaron aparece documentado en las imágenes caseras. ¿Cómo, entonces, no se dieron cuenta los padres? Moore sí puede contestar esa pregunta en Bowling for Columbine: aparentemente, tener ese tipo de armas es de lo más normal en Estados Unidos. En su ciudad natal, Moore entrevista a la integrantes de la “Milicia de Michigan”, sencillos civiles que, afirman, usan armas desde edad temprana y entrenan como marines enlos bosques cercanos a sus cómodas casas suburbanas. “Como norteamericano, es tu deber defenderte”, dice uno de ellos, de profesión agente inmobiliario. “¿Defenderse de qué?”, pregunta Moore. “De todo”, le contestan.
Moore entrevista también a uno de los acusados de instigar la masacre de Columbine, Marilyn Manson. Con su lucidez habitual, el rocker reflexiona con el periodista y define lo que pasa en Estados Unidos como una cultura del miedo. “En la televisión –dice– te muestran con espectacularidad todos los crímenes, atentados y lo que sea, y luego publicidades, una detrás de otra. Como si dijeran: ‘Si tiene miedo, consuma’. Y eso es exactamente lo que la gente hace.” Un increíble segmento de animación producido por Moore muestra una historia alternativa de Estados Unidos, con blancos aterrados que temen, y compran armas, y temen y compran, una y otra vez. Otro segmento aún más espeluznante muestra los últimos cincuenta años de intervenciones militares del gobierno de Estados Unidos en el tercer mundo y aledaños, y sus nefastas consecuencias. El documental afirma que los índices de criminalidad en Estados Unidos están en baja, pero las ventas de armas están en alza, y explica que los blancos de los suburbios tienen más armas que los negros, dado su mayor poder adquisitivo. Y que esta tendencia se multiplicó después del 11 de septiembre. Como si un rifle en el placard pudiera detener al “Mal”, tal como identificó George W. a los enemigos de la Unión. Como si armarse hasta los dientes los pusiera a salvo del miedo.
Las balas que mataron a los estudiantes de Columbine fueron compradas en K-Mart, una cadena de grandes tiendas comerciales. Promediando la película, Moore lleva a dos sobrevivientes de la masacre (uno de ellos paralizado de la cintura para abajo, el otro con cicatrices por todo el cuerpo) hasta una de las tiendas, y juntos le piden por favor al gerente comercial que deje de vender armas. Más tarde, Moore descubre que en Littleton se encuentra una de las mayores fábricas de armas del país, que emplea al grueso de los habitantes de la ciudad. Es decir: los padres de los adolescentes que concurren a Columbine construyen misiles.

LA EPIDEMIA
Dylan y Eric no son los únicos adolescentes que alguna vez abrieron fuego en una escuela norteamericana. Desde 1996, los casos se multiplican por todo el país, y todavía el Congreso no aprobó ninguna ley que limite o controle la posesión de armas, influenciado por grupos de presión entre los que se destaca la NRA de Charlton Heston. Casi como una provocación, Heston no detuvo sus charlas armamentistas en las ciudades donde florecen niños asesinos; en Littleton convocó a su gente tan sólo dos semanas después de la masacre. Moore lo expone en todo su fervor religioso, rifle en alto, clamando que le sacarán el derecho de portarlo sólo sobre su cadáver.
Mientras tanto, los chicos matan. En febrero de 1996, Barry Loukaitis (14 años) entró a su clase de álgebra y con un rifle mató a la profesora y a dos estudiantes en Moses Lake, Washington. En 1997, en West Paducah, Kentucky, Michael Carneal (14) mató a tres e hirió a dos cuando disparó sobre un grupo que rezaba en un pasillo de la escuela; habría planeado el ataque después de ver The Basketball Diaries, la película basada en el diario adolescente del poeta Jim Carroll protagonizada por Leonardo DiCaprio. En octubre de ese mismo año, en Pearl, Mississippi, Luke Woodham (16) apuñaló a su madre y después se fue a la escuela donde mató a dos estudiantes, uno de ellos su ex novia. Pearl es una de las ciudades del “cinturón bíblico” del sur norteamericano, con treinta y siete iglesias, la mayoría bautistas; un auténtico escenario del gótico sureño de Flannery O’Connor, lleno de fanatismo y temor a Dios. En marzo de 1998, Jonesboro (Arkansas), un pueblo de 50 mil habitantes, conoció el horror cuando Andrew Golden (11) y Mitchell Johnson (13) esperaron acostados sobre el pasto, fusiles en mano, a que sus compañeros salieran al patio de la escuela alertados por una falsa alarma contra incendios que ellos mismoshabían activado. Vestidos de fajina y ocultos como francotiradores, mataron a cuatro chicos y a una maestra, y dejaron diez heridos graves. Ese mismo año, Andrew Wurst (14) mató a una profesora durante el baile de graduación en Edinboro, Pennsylvania. Y en mayo de 1998 le tocó a Springfield, Oregon, la ciudad de Los Simpson. Kip Kinkel (15) entró a la secundaria Thurston High y en la cafetería mató a un chico e hirió a diecinueve. Antes, en casa, había asesinado a sus padres.
Este último caso ya obtuvo trascendencia fuera de la crónica policial y las lucubraciones sociológicas. Dennis Cooper, escritor especialista en combinar la violencia, el deseo y la confusión, intérprete agudo de las vicisitudes adolescentes, acaba de publicar una nouvelle cuyo protagonista, Larry, está inspirado en el joven Kinkel. Se llama My Loose Thread, y el narrador es un chico que no puede diferenciar ficción de realidad. “Al principio –dijo Cooper– quise escribir una non-fiction, una crónica de los crímenes en las escuelas. La novela no es una respuesta a Columbine sino a esa problemática en general. Me horroriza la forma en que los medios retratan a estos chicos, como si se tratara de asesinos seriales. No lo son. Son jóvenes confundidos. Eso es lo terrible. Me ayudó a escribir la novela el caso de Kip Kinkel. Vi su confesión por televisión y me conmovió, fue una de las cosas más fantásticas que haya escuchado jamás. Me dio el tono de la voz de mi personaje, era justo lo que quería contar y cómo debía hacerlo. Es un libro intenso sobre un chico que está perdiendo la cabeza, una construcción de horror y ruptura emocional que lleva a –y culmina en– una masacre escolar. Creo que es importante intentar mostrar el estado mental de estos chicos.”
Cooper, sin embargo, se quedó corto. Ahora tendrá que escribir una novela sobre niñitos criminales. El asesino más joven de Estados Unidos está preso en Michigan, la ciudad de Michael Moore. Tenía seis años cuando el 29 de febrero de 2000 mató de un tiro a una compañerita de su misma edad con la que había peleado el día anterior. Su madre trabajaba todo el día en un programa social del Estado que apenas le dejaba tiempo para verlo. En Bowling for Columbine, Moore le lleva la foto de la niña muerta a Charlton Heston, para intentar que el hombre que fue Moisés se conmueva. El anciano se niega a mirarla, y a continuar con la entrevista. Pero Moore le deja la foto en el parque de su mansión de Beverly Hills, junto a la enorme pileta de natación.

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