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Domingo, 23 de marzo de 2003

capacidades diferentes

El norteamericano Joel-Peter Witkin es uno de los fotógrafos contemporáneos más revulsivos, heredero de la cálida crudeza de Diane Arbus y Weegee. Empujado por su incesante búsqueda de deformidades, mutilaciones y cadáveres, está de paso por Buenos Aires. Radar lo entrevistó y descubrió detrás de estas fotos a un hombre creyente, que se define como romántico, que aspira a la divinidad y que jura haber encontrado el miembro viril más impresionante... en la Argentina.

 Por Marta Dillon

Hace tiempo que viaja por el mundo buscando modelos para sus composiciones. Un solo país no podría albergar tantos cuerpos deformes, mutilados, heridos y cicatrizados, sobrevivientes de todo tipo de transformaciones genéticas. Necesita salir a buscarlos. Todavía se puede encontrar en la web “una atenta súplica de Joel-Peter Witkin” a quienes saben que su “obra está basada en la necesidad de crear imágenes de amor y redención”. El fotógrafo solicita en ella una mujer visiblemente ciega, razonablemente atractiva, entre los 20 y los 40, que quiera fotografiarse desnuda. O una mujer de la misma edad, también atractiva pero sin brazos. Es un antiguo pedido, ahora su problema es otro. Ahora anda detrás del cadáver de una mujer hermosa y ése sí que es un problema. Porque las mujeres hermosas siempre tienen alguien que las reclame, aun cuando estén muertas. Y el fotógrafo sólo hace posar a los cuerpos inanimados que no han dejado en esta tierra nadie que llore por ellos. “He visto cientos de personas sobre las losas de la morgue, pero una mujer hermosa es muy impactante, es ver claramente la evidencia de lo que fue una vida”, o al menos, debería decir, de lo que puede ser deseable en la vida. Es como si la muerte se tomara su tiempo antes de transformar lo que ha sido bello. Y Witkin quiere tomarse el propio para apresar lo imposible, operando él los cambios, haciendo que los cuerpos o sus partes digan lo que él quiere, lo que cierto “impulso creador” que lo acomete, en general cuando está tranquilamente sentado, le ha dictado a su mano que diseña el dibujo que después será una fotografía. Sentado en un bar de Palermo, Witkin se ríe despectivamente cuando se le pregunta si no se pretende algún tipo de dios oscuro haciendo hablar a los muertos. Nada de eso, “la muerte es sencillamente parte fundamental de la vida”. Sin embargo es fácil adivinar cierto placer en modelar su propio universo cuando la vida ha vuelto al barro y él la dispone del modo en que antes lo ha imaginado.

Hay un camino que conduce hacia arriba, allí donde la inspiración divina sopla el aire que los románticos respiran. En eso cree, él se confiesa romántico, y ése es su viaje: elevarse. No tiene aspiraciones mundanas, dice, sino ambiciones espirituales. Pero está en el jardín de infantes que para él representa la vida en este mundo y de las cosas de este mundo extrae los materiales con que amasa los escalones de su ascenso espiritual. De eso se trata la obra de un artista y él como tal ha hecho su elección por el lado oscuro, como Blake, dice, como El Giotto, su artista favorito. “Si Giotto viviera sería fotógrafo, no pintor, porque éste es el arte de nuestro tiempo. Creo que él fotografiaría los mismos sujetos que yo. Él creería en lo que yo creo.” Y su credo dice que cree en la vida eterna, en que “es una horrible estupidez pensar que la ciencia puede explicarlo todo”, y que un “artista no hace la obra por sí mismo sino que la obra se realiza a través de él”, aunque lo que produce debe ser un reflejo de su vida interior. Si no, sería un mero juego estético, “showy”, lindo para ver. Y nada más. Lo que verdaderamente importa “es lo que no se puede ver ni explicar”. No es casual que su favorito sea un hombre de la Edad Media que anticipó de alguna manera el Renacimiento. Witkin elige creer en la magia (sense of wonder), en una inspiración que llega desde más allá de lo conocido, desde el lugar al que pretende llegar a través del viaje de su vida. Pero como El Giotto, en su célebre zócalo de la avaricia, se interna en los avernos conocidos en esta tierra: “Los temas de mi trabajo no son los freaks, las degeneraciones grotescas. Ellos son nosotros”.

Es un hombre de poco más de sesenta años que se confiesa avergonzado de ser norteamericano, aunque la guerra podría proveerlo de toda una fuente de modelos. Él ya estuvo en el ejército alguna vez, ya fotografió ese tipo de atrocidades entre 1961 y 1964, cuando comenzaba la guerra de Vietnam. No es ese tipo de realidad la que busca retratar, pero le interesa elconcepto. Si elige la fotografía es porque ese lenguaje necesita de cosas que efectivamente existen. “Y si existen son reales.” Desde que está en Buenos Aires, hace un par de semanas se ha dedicado a emular a Goya buscando en el hospital Borda esos modelos que por haber perdido la razón que implican los parámetros corrientes tienen el brillo místico en la mirada que también buscaba el pintor. Ha vestido a los pacientes de obispos, ha encontrado la locación que necesitaba y que nunca es un estudio convencional. Prefiere las casas antiguas de gente conocida o algún otro “escenario natural”. Incluso ha encontrado el modelo perfecto para otra composición que tiene en mente: un hombre pintado de blanco, bello como un émulo del David de Miguel Angel y con un miembro tan grande como para contrapesar en una balanza con unas cuantas frutas. “Existe –dice–, ya lo van a ver.” Lo que se le hace difícil es conversar con sus modelos y aplicar sus estudios de psicología, como suele hacer cuando trabaja con modelos vivos, para que su idea se modifique todo lo necesario. “Después de ese proceso, siempre se ven mejor de lo que yo había imaginado. Aunque yo no fotografío personas, sencillamente consigo que las personas encarnen mi idea.” No hay nada que pedirle a los cadáveres, nada que explicar. Sin embargo, dice Witkin, ellos también se expresan, juzgan y son juzgados. Como prueba cuenta una historia sucedida en una morgue mexicana. Él estaba allí con su traductor, viendo cómo se le practicaba una autopsia a quien en vida llevaba un peinado punk.
“Usualmente se corta el cuero cabelludo, se lo retira como si fuera la capa de una cebolla y después se trepana la calavera con una máquina. En esa morgue no había dinero suficiente para la máquina y los huesos se cortaban con sierra. Mientras los médicos se afanaban, la cabeza se movía de un lado al otro, decía no, no, no. Yo miré a mi traductor, algo le estaría diciendo ese cuerpo. Por el modo en que se trata a los muertos y a los pobres se puede juzgar a una sociedad.”

Si su obra es una exposición de su alma, ¿por qué necesita mirarse en otros tan distintos? “Son diferentes, pero todos somos diferentes, cada grano de arena es distinto al de al lado. Nacer sin un sentido determinado también puede ser un don. Un hermafrodita es también parte de la realidad en que vivimos. Todos los que estamos en este mundo tenemos problemas que resolver, lo que sucede es que la mayoría de las personas tiene miedo de vivir, miedo de asomarse a lo que no conoce y por eso le teme a la muerte. Prefieren no creer porque ése es el camino más fácil. Sobre todo para los intelectuales, la gente educada suele ser agnóstica. Pero no se dan cuenta que negando lo divino tomamos el camino difícil. Si uno piensa que esta vida es todo, está jodido. No hay demasiada belleza aquí. Además, no todos amamos las mismas cosas ni deseamos lo mismo. Cuando yo era niño mi madre trabajaba muy lejos de casa. Mi hermana y yo pasábamos la mayor parte del tiempo con mi abuela, una mujer ignorante y torpe que temía a los médicos. Tenía una pierna lastimada que nunca se curó y que con el tiempo empezó a desintegrarse, a gangrenarse. Si para otros el olor de las mañanas de la infancia era el café con leche, yo recuerdo el olor de la gangrena de mi abuela. Pero no era horrible porque yo la amaba, ni siquiera era desagradable porque venía de una fuente de amor y belleza: de mi querida abuela.”

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El besador, 1982.
 
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