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Domingo, 23 de marzo de 2003

Traficante de influencias

Museo de Arte Moderno de Buenos Aires inauguró una fantástica muestra del manierista argentino Alfredo Prior. Veinte años de pinturas, dibujos y collages sobre papel: un lujo asiático para estos tiempos sombríos.

 Por Fabián Lebenglik

La pintura de Alfredo Prior (1952) es un territorio en el que viajan y residen estilos mezclados, citas, burlas, homenajes, piratería, críticas, ironía y cinismo. Sus principales fuentes son la música, la poesía y, especialmente, la historia de la pintura. Dentro de ese territorio que se percibe como anacrónico (el arte hoy es un puro anacronismo) aparece lo irracional y lo fantástico, la oscilación entre el escepticismo y la convicción, entre la distancia y el subjetivismo.
Prior tiene una gran cultura y una enorme capacidad de invención, lo que le permite traficar finamente con saberes exquisitos, citas apócrifas y lugares comunes. Esto lo diferencia marcadamente de gran parte de los artistas más jóvenes, que desconocen con impunidad la historia del arte y se vuelcan hacia caminos solipsistas. Todo el orientalismo que funciona en Prior como motor es una combinación brillante de certezas y falsificaciones basadas en el conocimiento, la especulación y el juego con el saber y la ignorancia del espectador.
Apenas se entra al Museo de Arte Moderno, la muestra deslumbra por los colores y el montaje. Los matices y brillos, los esmaltes y acrílicos, los formatos variados, la relación de escalas –entre las obras y entre los elementos de cada obra– y el modo en que los cuadros fueron dispuestos en el museo, todo invita a quedarse un largo rato, porque la muestra es muy placentera. Doblemente placentera, podría decirse, porque el orientalismo –un orientalismo de pacotilla, pero al mismo tiempo creíble– es un dato a reivindicar, casi un lujo asiático en tiempos tan sombríos.
Parte del gusto de la obra de Prior es el mecanismo que supone: como si se tratara de un juego en el que sólo se cree mientras se juega. La ironía y, por momentos, el cinismo de sus cuadros generan en el espectador un movimiento complejo: toda esa distancia que instauran las capas de cultura queda suspendida en el propio acto de pintar, animado por una convicción absoluta. La pintura se aprecia como un dulce placer en el que toda pesadilla se vuelve ensoñación: el aire sólido, las selvas de colores, los paisajes acuáticos, melosos y sobados, contribuyen al regodeo en el dulzor.
El tratamiento del color en Prior desencadena un discurso estético. La preferencia por el turquesa, por ejemplo, nos lleva a Turquía, de allí a Constantinopla, a Estambul, al arte bizantino. Otro ejemplo: un ideograma genera un mundo que va de China a las chinerías y de allí a los “cuentos chinos”. Los componentes y temas conforman una enciclopedia apoyada siempre en el mismo mecanismo: la entrega absoluta a aquello que se evoca y la distancia irónica y corrosiva hacia los clichés del género o el tema evocados.
A través de la muestra se viaja por capítulos zoológicos, cósmicos, mitológicos, literarios, musicales, autobiográficos, históricos. Y casi siempre aparece algún personaje solitario –sobre todo osos y osas–, abismado por la situación que les toca en suerte. El camino es doble: va de la pesadilla al sueño y del sueño a la pesadilla, añorando un pasado perdido en un futuro incierto.
Los personajes perdidos, trenzados en lucha con lo abstracto, fantasmagóricos, heroicos, creadores de mundos, siempre lucen entre infantiles y perversos, inmersos en un caldo de cultivo que se hace materialmente visible en los colores y texturas.
La zoología de Prior –una zoología antropomórfica– puede pensarse como una fábula trasnochada en la que los animalitos se han extraviado en un mundo ajeno y, a la vez, lucen como souvenirs nostálgicos. Como si la historia de la humanidad fuera narrada por ositos de peluche.
Cuando pinta a partir de la cita de referencias culturales, a veces evidentes, otras veces sutiles o secretas, Prior produce un guiño aristocrático. Hay algo de dandismo intelectual en el cultivo de ciertas actitudes y disfraces que el artista usa para seducir al espectador. En ese sentido, los ropajes de su obra de Prior resultan reconocibles como tales: detrás de sus cuadros y colores, de las combinaciones y salpicaduras magmáticas de esmaltes y acrílicos, de los barnices y brillos, de las texturas y, sobre todo, detrás de los personajes infantiles o perversos, ahí está Prior, ése es su estilo.
Las citas de géneros y estilos –entre el homenaje y la burla– le proporcionan una suerte de disfraz, de imperio de la apariencia, y en ese mismo punto la apariencia deja de ser banal. El disfraz supone un modo de presentación y genera un golpe de efecto inconfundible. Puesto a buscarle un rasgo distintivo, Baudelaire –uno de los autores favoritos de Prior– señaló que el dandy busca “el placer aristocrático de disgustar”. Ese dis-gusto es, en el fondo, un intento por gustar de maneras diferentes a las vulgares, de ofrecer y recibir un trato diferenciado, para marcar un corte abrupto con las actitudes que impone la medianía de la vida diaria.
Es la pasión manierista de Prior la que permite que los opuestos convivan armónicamente en su pintura. Marcada también por el exceso –un rasgo que esta muestra pone particularmente en evidencia–, su obra es una reivindicación de la tragedia como género. Y Prior es coherente: cuando se le pregunta por sus pintores preferidos en la historia del arte argentino, no duda en nombrar a Victorica –al que varios cuadros homenajean– y a Del Prete: “Lo que me encanta de ellos –dice– es esa manifestación del ‘error’, porque su obra va de lo maravilloso a lo horrendo”.
La exposición incluye un gran acrílico sobre papel, Kremlin y castigo (1983, 220 x 324 cm), realizado en colaboración con Guillermo Kuitca, que los artistas donaron al Museo.

La muestra de Alfredo Prior puede verse en el Mamba (avenida San Juan 350) hasta el 4 de mayo.

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Kremlin y castigo, 1983 (con guillermo kuitca).
 
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