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Domingo, 23 de marzo de 2003

La sangre bajo la alfombra

La entrega de los Oscar inquieta a todos. A los comerciantes porque, tras haber desembolsado millones por minuto de publicidad, todavía no saben si la ceremonia se transmitirá en vivo o si la grabarán para emitir en mejor ocasión. A Washington, porque siempre hay uno que va a despotricar en cámara por la guerra. Y a Hollywood, porque no quieren quedar como unos frívolos en medio de la situación actual. Por eso todos se pusieron de acuerdo en algo: levantar la proverbial alfombra roja. Y que siga el baile.

 Por José Pablo Feinmann

Joan Rivers y su hija Melissa no tendrán trabajo el domingo al atardecer. Tampoco Tod Newton o Steve Kmetko y Jules Asner. Ninguno. En caso de que alguien todavía no sepa quiénes son estos personajes, voy a intentar describirlos. Joan Rivers es un cachivache arrasado por las cirugías, que alguna vez tuvo gracia y ahora sólo tiene cicatrices, una voz intolerable y una maldad idiota totalmente funcional al oficio idiota que ejercita. Melissa, su hija, la juega de “moderadora de mamá”, y ni siquiera intenta ser mala, ni fue alguna vez graciosa ni tiene cicatrices porque no tiene pasado, sólo un futuro vacío como un desierto. Tod Newton es un presentador de E! Entertainment. Hace muecas y trata de hablar rápido. Steve Kmetko conoce a todas las estrellas de Hollywood y Jules Asner “all the cool places”. Bien, ninguno aportará el domingo por ningún lado visible. Esta gente se ocupa (en las “premiaciones de Hollywood”, que son cada vez más y más frecuentes) de entrevistar a los que desfilan –ante la mirada mogólica de los fans– por la célebre “alfombra roja”. ¡The red carpet! Este domingo no habrá red carpet. Buscando una sobriedad a tono con la guerra, la gente de los Oscar no suprimió la ceremonia, pero sí la alfombra roja. No habrá desfile de celebridades. No pasarán por ahí Michael Douglas y Catherine con la pancita. Ni la morocha Halle Berry que redimió a su raza ganando un Oscar, milagro que jamás se había dado. Ni Nicholas Cage. Ni Tom Cruise. Ni Nicole Kidman ni la nariz de Virginia Woolf. Ninguno. Y Rivers y Melissa, o Steve y Jules, no harán sus habituales preguntas. Parece que las celebridades entrarán por algún lado levemente secreto, discreto y todo empezará sin desfile previo. La alfombra roja está en Irak. Cubre por completo a ese país con el rojo de la sangre, de una sangre –se nos dice– liberadora, que purifica, ya que se derrama para la liberación de ese territorio oprimido.
¡Cuántos hábitos cambian por la guerra! Casi todos son los de Rivers y su hija, ya que ellas, al día siguiente de la premiación y siempre por E!, analizaban a los mejor y peor vestidos de la ceremonia con el material que brindaba el desfile por la alfombra roja. No esta vez. Y la maldita culpa la tiene Irak, que empujó a Estados Unidos a esta “guerra indeseada”. “La” Rivers no podrá decir lo elegante que estaba Harrison Ford. O lo horrible que se veía Salma Hayek con ese escote exagerado. O lo divina que estaba Gwyneth Paltrow, tan Grace Kelly siempre ella. O el delicioso embarazo de Catherine Zeta-Douglas, mujer de ese incesante macho de Hollywood que renovó y hasta superó la fama de su padre, Kirk. ¿Tenías derecho, Saddam, a privarnos de esto?
Algunos se han propuesto ser humanitarios. Meryl Streep llevará una palomita. Ed Harris sugirió una plegaria por la paz. Susan Sarandon irá presa. Sus abogados la sacarán. Martin Sheen se quedará sin trabajo: ya no hará de presidente de los States en The West Wing. Y algunos más. Que son, en rigor, los únicos que arriesgarán algo. Porque las listas negras ya están y porque Bush lleva en el alma el estigma de Joseph McCarthy.
Suspender el show es inimaginable. Hollywood no es una cosa y la guerra otra. El proyecto imperial de la administración Bush es un proyecto bélico-comunicacional, como adecuadamente corresponde al siglo XXI. Ya la primera guerra del Golfo tuvo un nombre cinematográfico: “Tormenta del desierto” (Desert Storm). También lo tiene ésta: “La independencia de Irak” (Iraqi Freedom). La estética de las explosiones y los efectos especiales se prolonga en el campo de batalla. La CNN nos hace seguir la guerra paso a paso. Con momentos de alta tensión o con un suspenso elaborado con mano maestra. Al principio anunciaron un ataque “estratégico”. Parecía que la guerra no empezaba porque ya había terminado. Habían liquidado a Saddam con el primer misil, basándose en un implacable informe de inteligencia. Pero no. Y entonces cae toda la metralla del cielo. Y hay cámaras en Bagdad. Y aparecen los generalesnorteamericanos y hablan y cuentan y explican. Y las lucecitas siguen por todas partes. Y esos títulos pequeños al pie del televisor: “Más países se suman a la coalición de Bush”; “Aún no se sabe dónde está Saddam”; “Soldados iraquíes han quemado pozos de petróleo”; “Se prepara la ayuda humanitaria”. Porque el plan es así: primero los amasijan; después, a los que zafaron, los curan. Y esta estética con que la guerra se transmite, este ritmo, este nervio, es parte de la estética de Hollywood. Incluso, en tanto vemos la destrucción de Bagdad, sabemos que estamos viendo ahora una película que seguramente veremos después. Uno piensa: la de películas que van a hacer con todo esto. Y esas películas habrán de cerrar por completo el círculo. Porque estas cosas los yanquis saben hacerlas. Primero preparan la guerra. Después declaran la guerra. Después hacen la guerra. Después ganan la guerra. Después hacen películas sobre la guerra en las cuales, otra vez, ganan la guerra. Y después entregan los Oscar. Lo que se dice un mundo feliz.

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