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Domingo, 18 de septiembre de 2011

TELEVISION > OUTSOURCED O LAS DESDICHAS DEL TELEMARKETING EN INDIA

Quién quiere ser telemarketer

La nueva sitcom de Warner, Outsourced, es una verdadera sorpresa: a través de las penas de Todd, empleado de una oficina de venta directa que es reubicado en Bombay cuando su jefe decide tercerizar la empresa, juega con las diferencias culturales sin caer en estereotipos, pero también sin miedo al exceso de corrección política. Pero, sobre todo, esta comedia apuesta, con una fachada amigable y guiones increíbles, a poner en el centro de la sátira al propio capitalismo y su sistema de explotación.

 Por Hugo Salas

En la interminable serie de perversiones que el capitalismo ha sabido labrar en las últimas dos décadas (entre las que se incluye, es válido recordar, su redescubrimiento de las bondades de la esclavitud), una ha cobrado particular relevancia para todos aquellos hombres y mujeres de buena voluntad que tienen el mal tino de habitar suelo tercermundista o incluso de segunda dentro del mundo desarrollado. El outsourcing –traducido a veces como “tercerización”– consiste en delegar determinadas funciones comerciales en una compañía externa, o bien una oficina de la misma empresa, radicadas en un país o área donde los costos de la mano de obra sean considerablemente menores (por no decir, despreciables). Como cualquier joven argentino ha sabido apreciar después de 2001, son particularmente susceptibles de este tipo de maniobras todas aquellas operaciones que involucran atención al cliente, desde los servicios de reclamo y consulta técnica hasta los procedimientos más agresivos de venta directa o telemarketing, practicados con saña en los nunca bien defenestrados call centers.

Tal es, ni más ni menos, la mala jugada que su empresa le juega a Todd Dempsy (Ben Rappaport, sorprendente en su primer trabajo actoral), protagonista de Outsourced, serie que puede verse todos los miércoles por Warner. A la vuelta de un seminario de liderazgo y management, este digno representante del bienintencionado emprendedor estadounidense recibe la noticia de que su oficina de venta directa, dedicada a la propagación y colocación en el mercado de productos horribles, banales e inútiles, ha sido trasladada a Bombay, dejándole dos opciones: mudarse o perder su empleo. De allí en más, la serie explota el choque cultural y las distintas instancias del proceso de adaptación e inadaptación del antihéroe a su nuevo entorno.

Lo primero que sorprende de esta sitcom es que todo aquello que uno esperaría que esté mal está bien. Lejos de mostrar a Todd como un pobre santo que debe lidiar con una caterva de estereotipos tercermundistas incapaces, Outsourced lo exhibe en toda su ingenuidad, tratando de dirigir a un grupo de trabajadores como cualquier otro, en el marco de un contexto cuya diferencia cultural, una y otra vez, ignora. De hecho, son los “occidentales” los que llevan la peor parte en el sistema burlón de la comedia. Así, la figura del experimentado en tierras extrañas es reemplazada aquí por Charlie Davies (el siempre genial Diedrich Bader), extraño y peculiar guía al que sólo cabe caracterizar como un sexista, xenófobo y psicótico de marras (cuando todos en las calles celebran una fiesta tradicional que incluye fuegos de artificio, por ejemplo, Charlie martilla gozosamente en distintos espacios públicos su 9mm, porque él la celebra “como un buen estadounidense”). En casa, mientras tanto, el superior de Todd, que luego de la “dura decisión” de tercerizar la oficina se ha tomado un viaje de negocios a Hawaii, no vacila en decirle, mientras disfruta de una sesión de masajes, que debe despedir a algún empleado, “cualquiera”, para equilibrar sus números.

Por suerte, el guión tampoco cae en la hipocresía políticamente correcta de hacer de todo el personal de India un dechado de virtudes irreprochables. Allí está el subgerente Rajiv (Rizwan Manji), un energúmeno tan servil como inescrupuloso, cuya única ambición es quedarse con el puesto de Todd y hacer de todos los demás sus esclavos. O Manmeet (Sacha Dhawan), el joven occidentalizado para quien Estados Unidos es un paraíso del sexo libre y dedica todas sus horas de trabajo a seducir mujeres a distancia. Por no hablar de Gupta (Parvesh Cheena), el clásico plomo de cualquier oficina, cuyas historias anodinas, interminables y sin sentido espantan aun a la más inocente y dulce de las trabajadoras de la oficina. Como es común en las piezas más logradas del género, cada episodio descansa en la indiscutible habilidad de la industria televisiva estadounidense para conjugar guiones de relojería con actuaciones prodigiosas.

Menos previsible, no obstante, resulta la apuesta de poner en el centro de la sátira al propio capitalismo y su sistema de explotación. Ya The Office había jugado al límite, coqueteando con esta posibilidad, pero en tanto el centro de la burla era el poder, y los modos de ejercerlo o llegar a él, lo que se ponía en tela de juicio eran las condiciones laborales, no el trabajo mismo. Detrás de una fachada más amigable, Outsourced construye un mundo en el que, dadas esas condiciones, no hay ningún trabajo digno, un mundo en el que la explotación, al mismo tiempo que alcanza sus niveles más groseros y extremos, condena a sus víctimas a trabajos inútiles, estúpidos y vacíos, cuyo único propósito es mantener vivo un agónico flujo financiero.

En ese contexto, el golpe más duro lo recibe la mitología del progreso asentada en las buenas intenciones, el trabajo duro y el valor de la competitividad. Los esfuerzos de Todd por acomodar el mundo a las concepciones ideológicas que son el pan nuestro de cada día en Occidente, entre ellas la del amor romántico, parecen por momentos una versión degradada y pop de los infortunios padecidos por el Cándido de Voltaire. Tal vez por todo esto (y por el temor que tienen siempre a ser políticamente incorrectos) la sitcom no causó demasiada gracia en Estados Unidos, y de momento está cancelada la segunda temporada.

Outsourced puede verse los miércoles, a las 20.30 por Warner Channel.

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