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Domingo, 8 de enero de 2012

Mirar al sol

Una mujer espera a su pareja en un hotel. No tiene nada que hacer más que hacer tiempo, comer, tirarse en la pileta y mirar distraídamente a los demás huéspedes. Pero de a poco, las conversaciones oídas al pasar, las escenas apenas vistas, lo que se tragan los pasillos y lo que esconden las habitaciones empieza a transformarse en las pistas de una intriga que no puede descifrar. Sugestiva, cinéfila, entre la comedia y el thriller, Ostende hace del Viejo Hotel el escenario de una película que contiene otras que apenas se vislumbran.

 Por Mercedes Halfon

Un balneario costero. Una chica de pocas palabras que pasea por la arena. Un hotel elegante y casi deshabitado. Un trío de amor bizarro que entra en escena. La chica los mira, nosotros también. De eso va Ostende, el primer largometraje de la productora estrella de El Pampero Cine, Laura Citarella. Una película que pone en acción eso que es la base misma del cine: por un lado la mirada, ese acto tan gozoso donde el cuerpo se diluye como en el sueño en pos de algo que tenemos adelante y nos atrapa y, por otro lado, la invención de historias. La protagonista de Ostende ocupa esos dos roles a la vez: es espectadora y creadora de relatos, al darle sentido a las confusas escenas que vislumbra en su estadía en la playa.

Las premisas iniciales son exiguas. La chica –interpretada por la extraordinaria Laura Paredes– llega al hotel fuera de temporada gracias a un concurso radial. En pocos días arribará su novio. No hay nada para hacer más que recorrer los dominios de la hostería, leer al borde de la pileta, cenar un pebete en un local céntrico donde se escuchan los sonidos de los videogames y observar distraídamente a los vecinos. Cuando se tope con un viejo que pasa sus días con dos jovencitas –una rubia y una morocha– su existencia cobrará otro interés. Hay una carta por la que discuten violentamente, una cachetada y un llanto ahogado. ¿Quién es ese hombre que peina canas y se pasea como Hugh Hefner con dos chicas que podrían ser sus hijas? ¿Ellas son amigas? ¿Competidoras? ¿Por qué el viejo pelea con la morocha? ¿Qué decía esa carta que decidieron ocultar? Todo parece mutar hacia un film de suspenso. Vemos a la chica mirar a través de una ventana, escondida tras unos arbustos, escuchar con una oreja pegada a la pared. Sin embargo, hay algo ridículo en su afán detectivesco. Por eso, Ostende se mueve simultáneamente en dos registros. Uno más estilizado, bello y sugestivo, que podríamos pensar como de suspense, y otro más torpe y terrenal, que tiene mucho de comedia: escenas como la del check in con sus interminables vericuetos, una encuesta telefónica que insisten en hacerle, o el encuentro con el encargado del bar –Julián Tello–, que decide narrarle pormenorizadamente el argumento de una película que planea hacer. Como Rejtman mirando a Truffaut, mirando a Hitchcock. Algo así.

Es curioso el detalle que en el mismo lugar donde está filmada la película –el histórico Viejo Hotel Ostende– se concibió Los que aman odian, novela policial escrita a cuatro manos por Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo. Con ese referente también coquetea Ostende, como si dijera: aquí ocurren, ocurrieron o pueden ocurrir cosas misteriosas. Mirando el rostro de Laura Paredes, un rostro que a veces ocupa entera la pantalla sin que necesitemos nada más, tenemos la sensación de que en cualquier momento ese misterio va a revelarse. Mirándola caminar por la playa arrastrando una silla de mimbre, aparecen otros recuerdos: las heroínas romherianas en playas iguales pero mediterráneas. Y también otra heroína que vagabundeaba en un hotel: Scarlett Johansson en Perdidos en Tokio. La toma en que Paredes duerme de costado en musculosa blanca y culotte rosa es un claro guiño a Sofía Coppola.

La chica entra y sale del foco. Persigue y es perseguida por la lente. Su presa se escapa y el foco se pierde. Todos esos juegos que forman parte de la bellísima fotografía –realizada por Agustín Mendilarzu– son claves para la narración. Como si lo que se pusiese en juego fueran distintas formas posibles de mirar. Ser invisible, ser ciego, ser vidente, mirar sin ser visto, espiar. Ser voyeur. Imaginar historias a partir de los indicios que nos da una visión lejana. Entrar en el fuera de foco como quien entra en un sueño. Convertirse en un personaje más de esas historias.

Es llamativo que viniendo de El Pampero Cine, una productora que (de la mano del director y guionista Mariano Llinás) se caracteriza por sus hiperbólicas y literarias voces en off, Ostende sea una película con tan pocas palabras y puestas en lugares tan raros. El diálogo más largo de todo el film debe ser la narración que hace el chico del bar de su película imaginaria y, sin embargo, nada tiene que ver con el relato central de Ostende. ¿O es que sí?

Con un poco de experimento, de ver hasta dónde se puede llevar una idea, hasta dónde el acto de mirar se convierte en una ficción cinematográfica, Ostende logra ser una película que inquieta y divierte en igual medida. Casi las mismas dos cosas que le pasan a la protagonista.


Ostende (2011) se proyectará el 10 de enero y el 7 de febrero, las dos noches de luna llena de la temporada, a las 19.30 horas, en la playa del balneario del Viejo Hotel, al aire libre. Se suspende por lluvia. Gratis

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