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Domingo, 29 de abril de 2012

La película del Rey

La idea de Armando Bo nieto era buscar a alguien que no sólo pareciera Elvis, sino que sonara como Elvis. Tras un casting eterno, el director se dio cuenta de que la solución que no aparecía estuvo al lado suyo todo el tiempo: John McInerny, el arquitecto platense que de noche lidera la banda Elvis Vive y al que había contratado como asesor. Entonces todo calzó a la perfección y más: El último Elvis, la película sobre un tipo obsesionado con Elvis encontró en su protagonista un eco inesperado que le da una densidad especial. ¿Dónde empieza el homenaje y dónde la obsesión? ¿Hasta dónde uno se cree otro? ¿Y cuánto puede serlo sin despegar del mundo? El mismo McInerny guía a espectadores y lectores por ese laberinto de la idolatría hecha carne.

 Por Mariano del Mazo

Uno de los grandes éxitos de YouTube es la Convención de Batmanes del programa Cha cha cha, aquella memorable cumbre del Mercosur en la que Alfredo Casero (Juan Carlos Batman) es el superhéroe argentino que dirige la sesión frente al Batman uruguayo (Diego Capusotto), el brasileño (Fabio Alberti) y el paraguayo (actor no identificado, de inescrutable guaraní). La escena es coronada por la intervención en inglés de Superman que es abucheado por los Batmanes latinoamericanos al grito de “¡rajá gringo!, ¡extraterrestre del orto!”. El último Elvis limita con esa estética de sainete lisérgico, pero ostenta el tino y la sabiduría de no cruzar la frontera. Armando Bo nieto eligió para su ópera prima contar un drama, el profundo drama de un esquizoide que se cree Elvis y que llevará esa convicción hasta las últimas consecuencias.

Para analizar la película habrá que hablar primero de un guión simple en apariencia, pero lleno de curvas y contracurvas, resbaladizo. Parece estar yéndose permanentemente hacia esos lugares de los que es imposible regresar, pero finalmente nunca abandona su cauce. Es el primer gran hallazgo de la película: un guión sinuoso escrito con trazo quirúrgico, un caballo bravo domado con riendas firmes. Sólo por ese motivo la referencia al sketch de Cha cha cha no es más que eso, una referencia, un déjà vu que aparece con fuerza cuando Elvis se encuentra en una suerte de bolsa de trabajo de dobles con un tipo caracterizado como Iggy Pop y el diálogo entre ellos es el de dos enajenados, o dos desesperados, mientras alrededor desfilan John Lennon, Bob Dylan, Barbra Streisand o los Kiss.

Nuestro Elvis está encapsulado en sus demonios interiores y no se lo verá tomando mate o viendo un partido de fútbol por televisión, tentaciones fáciles. Nuestro Elvis es Elvis, engulle sandwiches de manteca de maní y banana y vive su realidad paralela como un border. Niega su DNI, su reverso de mameluco: Carlos Gutiérrez, obrero soldador de día y doble de Elvis de noche, muy buen cantante, separado de Griselda Siciliani (él la llama Priscilla), con una hija (él la llama Lisa Marie) a la que lleva de aquí para allá por los suburbios porteños en un Ford Fairlane V8. La película es, también, la película de la relación de un padre con su hija. La locura se deshace en la ternura de padre ausente, pero padre al fin, y el final no puede ser feliz. O sí. Bo opina que el final era el único final posible, y que aunque no lo parezca “es feliz”.

El segundo hallazgo es el del (no) actor que hace de Elvis Presley, John McInerny. Se ingresa aquí a un terreno en el que la realidad se puebla de espejos, identidades mal barajadas y obsesiones. McInerny es un abogado y docente universitario platense que tiene una banda tributo llamada Elvis Vive. Después de años de estar buscando a su Presley, Armando Bo se percató de que lo tenía frente a sus narices. La producción había contratado a McInerny para que dirigiera el casting, para que asesorara en la parte vocal, teniendo en cuenta su obsesión por Elvis. La idea era que el actor elegido también cantara. “Pero no aparecía. Cuando decidimos hacer la prueba con él fue como un imán. Nos dimos cuenta de que teníamos a Messi guardado. Fue prender la cámara y percatarnos de que el que estaba delante de nosotros era Elvis. La película encontró su personaje ante mi negación de encontrarlo”, dice Bo.

Hijo de Víctor, nieto de Armando, Bo tiene 33 años, viene del palo de la publicidad y fue coguionista de Biutiful, de Alejandro González Iñárritu (Amores perros, 21 gramos, Babel). “La película nace a partir de conceptos que yo estaba analizando mucho, como la falta de personalidad. Son temas que me motivan. Un día hicimos una publicidad de jabón en polvo con un doble de Elvis, un Elvis que tenía una camisa con los cuellos muy anchos y muy sucios. Pensé: ‘¿Qué le pasará a este tipo por la cabeza?’. Fue el disparador: me puse a desarrollar esa idea, traté de meterme en la cabeza de un tipo que trata de construirse negando su realidad. Hasta que la realidad se le viene encima.”

El gran peligro era caer en lo bizarro. Y la película no cae.

–Nos cuidamos mucho en ese aspecto. Fue un punto de máximo control. No quería que se volviera una película común, chabacana, bizarra, facilista... Yo no quería que el punto de vista de los demás se metiera en la película. Sí lo roza un poquito, en algunos lugares, cuando la historia lo permite, cuando él se abre un poco más y está con su hija, porfiando contra la realidad. Ahí sí lo exponemos un poquito. Se queda solo con su hija, y hace lo que puede. El filme cuenta el breve momento de encuentro entre él y su hija. En ese escaso tiempo la chica aprende a conocerlo, a respetarlo y a quererlo.

¿Por qué te importa tanto la gente que vive otra vida?

–No sé. Puede tener que ver el ser nieto o hijo “de”. Yo he visto la fama desde otro lado. He visto muchas cosas también estando al lado de Alejandro González Iñárritu. Uno escarba un poco y somos todos iguales. Cómo se idolatra a un futbolista, a un actor, un director, me sigue sorprendiendo.

El último Elvis abrió el Bafici y fue estrenada comercialmente el jueves pasado. Destacada en el Festival Sundance y premiada por la crítica francesa en el Festival de Cine Latino de Toulouse, las críticas locales fueron más que elogiosas. La financiaron Rebolución (la productora de publicidad de Bo), Iñárritu, Kramer & Sigman Films, Hernán Ponce y Axel Kuschevatzky. La prehistoria de la película también gusta del juego de espejos: cuando Bo terminó el guión se lo mandó a Iñárritu. Al director mexicano le gustó tanto, que terminó involucrando al argentino en el guión de su propia película, Biutiful. Elvis quedó rezagado, esperando su momento. Y llegó. “La demora vino bien –dice Bo–. A la cantidad de metros que tengo filmados publicitariamente le sumé la experiencia de haber participado en Biutiful, y eso me dio un buen fogueo. Es un filme independiente, pero pudimos trabajar una dirección de arte muy interesante, una fotografía cuidada, una dirección de actores supeditada a la idea de Elvis y a su punto de vista. Trabajamos mucho para que no se fuera jamás de tono. El guión pasa por un montón de caminos y va girando y trata de mantener al espectador atrapado. Fue genial haber podido llegar al Sundance. Yo pensé que muchos la iban a ver como si fuera una película norteamericana, sin embargo los que la veían decían que era claramente de Latinoamérica.”

La charla se interrumpe. La habitación queda en silencio. Una leve electricidad se siente en el ambiente. Ahí, por el pasillo, llega Elvis.

En la película, Carlos Gutiérrez quiere aumentar de peso para dar con el Presley otoñal, el de Las Vegas (Las Vegas es, para el Elvis criollo, el Bingo Avellaneda, y en ese aspecto, y en ninguno, la película no trafica un gramo de ironía). Por el pasillo llega McInerny con 40 kilos de más al que conocimos en la función privada. Queda claro que aquí el tema del doble no pasa por el calco físico sino por un aire, una actitud y, sobre todo, una voz. McInerny canta notablemente y lo muestra en las esporádicas actuaciones al frente de su banda tributo al Rey, Elvis Vive. No es exactamente un imitador; tiene voz propia. Su versión de “Always on my mind”, por caso, es conmovedora. A los 47, y proveniente de una ciudad de alcurnia musical como es La Plata, representa al típico profesional rockero veterano anclado en otros tiempos: además de Presley, claro, John McInerny venera solistas como Johnny Cash y bandas como The Doors.

La primera vez que emite sonido es para pedir disculpas por la demora: “Mirá cómo transpiré. Me agarró un piquete”. La segunda es para aclarar su nombre y apellido sajones. “Yo me llamo Juan Pedro McInerny, pero de pibe me llamaban John. Tengo ascendencia irlandesa. En la Universidad de La Plata, donde doy clases de arquitectura, soy Juan. Para familiares y amigos soy John.”

Este tipo que alguna vez se tomó un avión a Memphis es la ficción de una ficción. Actor de lo que tal vez, en algún lugar de su inconsciente de fan, quiso ser: ponerse la capa de Elvis hasta las últimas consecuencias, cueste lo que cueste, así tenga que resignar la posibilidad de un futuro o inmolarse en un sacrificio pagano. Pero se tuvo que conformar con ser un arquitecto con veleidades de artista, un buen imitador del Rey. Cero épica, una módica extravagancia. Pero aquí y ahora hay un tren que vuelve a pasar. Porque McInerny es un artista inconmensurable, un hallazgo total. Su actuación es soberbia, fundamental: si fracasaba él, fracasaba la película; un mínimo error que permitiera ver las costuras, el hilo del muñeco... y adiós Bo, Iñárritu y Sundance.

McInerny se devora la película en un contoneo sutil del Presley más decadente, en un gesto mínimo, una ceja levantada, un porteño neutro –que hace recordar al Rulo de Mundo grúa– y alguna frase memorable en su forma y oportunidad: “El show debe continuar”. En las antípodas de Graceland una nueva vida asoma para el cansado arquitecto platense que plantea, como al pasar, que está un poco harto de su profesión, que no estaría nada mal un futuro de actor.

“Yo soy muy cauto con todo. Fui muy cauto cuando los chicos me eligieron y me confirmaron como actor, y ahora también. Tengo muchísima alegría por lo que estoy viviendo. Me gusta mucho el cine. Armando hizo un excelente laburo.”

¿Pensás efectivamente que tu vida va a cambiar?

–Ya cambió. Vos estás acá haciendo una nota, estuve en el Festival de Toulouse... Qué sé yo... soy un simple arquitecto. Si esto tiene un suceso relativo y mi vida sigue igual, voy a estar agradecido y contento; si realmente pasa algo, mejor.

¿Habías estudiado actuación?

–No. Me ayudó mucho mi coach, Maricel Alvarez, que es una actriz increíble. Es la coprotagonista con Bardem de Biutiful, y creo que ahora la convocó Woody Allen. Estuve bastante tiempo con ella, es una gran profesora. Ensayamos cada escena muy prolijamente durante dos o tres meses. Me marcó mucho, casi todo. De hecho, dejé de trabajar como arquitecto y durante un año me instalé en Buenos Aires con un personal trainer, fui a Cormillot, bajé de peso, pero después cuando empecé a laburar de nuevo en el estudio de arquitectura volvieron los desarreglos. Acá me ves: estoy pesando 132 kilos. Tengo que volver con las viandas.

John McInerny llegó a Elvis Presley por la vía de Johnny Cash. No está nada mal: un buen camino, digamos. Quizá sean sus rasgos sajones, esa piel casi transparente, las patillas que funcionan como la marca del Zorro, lo cierto es que por varios motivos no parece argentino. Tiene, como su personaje, un acento distante; pronuncia bien las “eses” y su discurso es sereno y puede hasta sonar desapasionado. “Mi casa siempre fue muy musical, porque mi mamá es concertista de piano. Mi viejo nada que ver: le gustaba la música norteamericana, el country music, el jazz y el blues. Y yo me fui por el lado de mi viejo. El era fan de Hank Williams y de Cash. Murió papá, hace cinco años. Tengo recuerdos hermosos... Con mi viejo vimos a Johnny Cash en 1980, en Fort Lauderdale, y lo saludamos y le dimos la mano. Le pidió un autógrafo que obviamente conservo yo. Es un recuerdo imborrable, así como la primera vez que fui a Memphis.”

Debés echar de menos que tu padre no esté en esta circunstancia de tu vida...

–Sí, mucho. La película termina con un tema que se llama “I’m so lonesome, I could cry”, que es de Hank Williams. Es una versión muy linda, hecha sólo con la acústica. Ahí mi viejo se hubiera emocionado mucho, más allá de verme en una película. Hubiera sido fantástico, pero... Está mi mamá, por suerte. Y mi hermano, que es una prolongación de mi viejo.

¿Viste la película sobre Cash, Johnny & June, con Joaquin Phoenix?

–La vi. Gran película.

¿Tomaste algo de ahí?

–Seguramente sí. Me encanta además Reese Witherspoon. Pero tengo que marcar una diferencia con El último Elvis: si bien Joaquin Phoenix grabó los temas, cuando lo filmaron hace playback. En esta película yo canto en vivo. Se lo dije a Armando: haber tomado esa decisión tiene un efecto de credibilidad. Le creés al personaje y a la película toda.

¿Cuándo te topaste con Elvis Presley?

–Yo tenía siete años y ya le pedía plata a mi abuela para ver si me podía comprar algún otro disco de Elvis. Me encantaba. Había pocos discos y poca data a fines de los ’70. En los ochenta mi viejo tuvo una agencia de viajes y viajaba mucho. Me traía no sólo discos de Elvis, también de Muddy Waters, Freddie King, todo lo que a mí me gusta. Yo era una rareza en el barrio, un boxitracio musical, porque en La Plata si había algo en inglés eran Los Beatles, y nada más. Este es un país muy beatlemaníaco.

Se detiene a contar su versión del famoso y frustrante encuentro entre Los Beatles y Presley, habla de su relación con la familia Moura (“en La Plata nos conocemos todos”), pregunta con algo de indignación por qué Sandro casi no se refería a Elvis en las entrevistas (“¡si le robó todo!”) y recuerda qué pasó por su cabeza adolescente el 16 de agosto de 1977. “Fue triste, fue inesperado. Porque yo no tenía noticias, de hecho lo único que había visto de él sobre un escenario hasta ese momento eran fragmentos de un concierto que dio en 1973, Aloha from Hawai, que fue transmitido vía satélite a todo el mundo. Me acuerdo también de que mi viejo llegó a la noche de trabajar y nos pusimos a escuchar discos de Elvis hasta la madrugada. Fue nuestro duelo.”

¿Cómo definirías a tu banda, Elvis Vive? ¿Es una simple banda tributo?

–Sí, pero no. Además de los temas de Elvis, hacemos canciones que él nunca cantó, y temas propios. Esa es la metodología. Es una banda tributo que se permite hacer otras cosas. A veces me pongo la pilcha de Elvis, a veces no. Depende. Depende del trabajo y de mi ánimo.

Si bien la película cuenta una historia extrema, ¿sentís algún tipo de relación real entre vos y Carlos Gutiérrez, el personaje?

–Sí, obviamente hay un punto. Cuando Carlos Gutiérrez sale de su trabajo tiene su grupo que recrea a Elvis. Pero me diferencio porque Carlos Gutiérrez después sigue tratando de ser Elvis en todo momento.

¿Y vos?

–Yo no. Yo soy Juan McInerny, fanático de Elvis, fanático de la música. Que ha invertido mucha plata en Elvis y que ahora siente que a través de la película, Elvis me empieza a devolver lo invertido. Una especie de justicia divina.

Elvis vive.

–Y, sí.

Cuando se va deja un silencio gigante, y preguntas. ¿Lo volveremos a ver? ¿Quién es, finalmente, este tipo? ¿Se puede entrar y salir de la locura? O, peor, ¿se puede entrar y salir de la vida ordinaria? Ahí va, por el pasillo. No se percibe con claridad si el que se va es John, Juan, Gutiérrez, Elvis o un simple y melancólico arquitecto que el destino tomó de las solapas para que dejara el gris anonimato y ser –entre la fugacidad y la eternidad que propone el cine–, al menos El Rey por un rato, por siempre.

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