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Domingo, 29 de abril de 2012

MUSICA > GUILLERMO PICCOLINI Y EL REGRESO DE PACHUCO CADAVER

Cadáver exquisito

Allá a comienzos de los ’90, medio muertos de hambre y sin proyectos, Guillermo Piccolini le dio un techo a Roberto Pettinato durante una mala época en Madrid. En vez de ver tele empezaron a ensayar: uno mostró lo que se había llevado de Sumo con él, y el otro su proverbial capacidad para armar algo de la nada. Así nació Pachuco Cadáver, un dúo musical excéntrico como pocos, largamente celebrado por la crema del rock en España y fugazmente conocido en Buenos Aires por la tapa de un disco en la que aparecían desnudos. Ahora, sin que nadie se los pida, vuelven a tocar, y Radar aprovecha para presentar a la mitad menos conocida del grupo.

 Por Martín Pérez

Uno está de pie, el otro arrodillado. Cada uno tiene abierto sobre su cabeza un paraguas negro de los más baratos, aunque no esté lloviendo. Entre ambos hay un globo terráqueo inflable, con la Antártida y el extremo más al sur de América orientados hacia la cámara, y ellos tienen la mirada perdida, como en el medio de alguna visión, de algún trance. Por último, el detalle más importante: la foto es de cuerpo entero y los dos fotografiados están de frente y completamente desnudos.

Según precisa Guillermo Piccolini, en aquella sesión también se fotografiaron con ropa. Pero a él y a Roberto Pettinato les gustó la inocencia sepia de la foto tan comentada que terminó en la tapa del disco debut de Pachuco Cadáver, el grupo que formaron juntos en aquel Madrid de comienzos de los ’90. “Era como una foto erótica del siglo XIX”, se ríe el integrante del dúo que no es un famoso televisivo. “En realidad, esas fotos las hicimos para acompañar un demo que mandamos a los sellos discográficos que más nos gustaban, como los británicos de 4AD”, recuerda Piccolini, y explica que la idea era que esa gente se decidiese a poner play justo con su casete entre todos los que debían recibir diariamente, y por eso eligieron incluir esa foto. “Queríamos que los tipos se preguntasen: ¿Pero estos freaks quiénes son? Y al menos escuchasen un tema. Pero pocos respondieron a ese envío. Y los pocos que lo hicieron fue para decirnos que nos les interesaba”, se ríe hoy Picco, recordando el origen de aquel extraño desnudo tantas veces comentado, no sin malicia.

“No sé cómo fue que aquel casete terminó en la tapa del disco que finalmente nos editó Subterfuge, un pequeño sello independiente español, pero a pesar de todas las bromas que nos hemos tenido que aguantar, creo que terminó siendo una buena decisión. Porque, efectivamente, gracias a la foto fue que la gente se detuvo a escuchar el delirio musical de estos dos freaks capaces de salir en bolas en la tapa de su disco. Y eso también es Pachuco Cadáver”, se entusiasma Piccolini con el grupo que, junto a Pettinato, ha decidido reunir en Buenos Aires dos décadas más tarde. “No es a pedido del público, sino a pesar de él”, bromea el tecladista refiriéndose al carácter eminentemente alternativo que siempre tuvo el dúo. Celebrado, sin embargo, por la escena madrileña en su aparición, Pachuco llegaría luego a habitar brevemente la noche under porteña, permitiéndole a Pettinato demostrar qué parte de Sumo se había llevado consigo, antes de empezar a frecuentar los medios.

Bautizados con el nombre de una canción de ese objeto único dentro del universo del rock que es el disco Trout Mask Replica, de Captain Beefheart, Piccolini asegura que lo que hacen no tiene nada que ver con esa música. Sí, son fans de Beefheart. Pero tienen más influencias musicales de grupos como Suicide o Velvet Underground, o solistas como Brian Eno e incluso John Lennon. “Claro que en nuestro lado más cancionístico”, aventura Picco. “Pero a veces terminamos sonando como Tangerine Dream”, exagera quien maneja los hilos musicales de una banda que hoy incluye a Gillespie e invitados como Fernando Samalea y el Sr. Flavio, de los Fabulosos Cadillacs. “Para Petti lo que hacemos es free acid rock, mientras que para mí podría denominarse new age para departamentos desordenados”, sigue sonriendo Piccolini, un bello desconocido ante la bestia mediática Pettinato, pero con una particular vida de músico que durante casi tres décadas lo ha llevado de manera azarosa –o no tanto– de un lado al otro del océano.

MI AGÜITA AMARILLA

Con apenas cuatrocientos dólares en el bolsillo y sin pasaje de regreso: así es como un veinteañero Guillermo Piccolini abandonó su hogar familiar en Grand Bourg y fue a parar a Madrid, como parte de la banda del legendario Javier Martínez y supuestamente para tocar con el no menos legendario Moris, que aún estaba viviendo allá. “Por supuesto que enseguida Javier Martínez desapareció, y que a Moris nunca le vimos un pelo”, aclara Picco, que terminó sobreviviendo comiendo arroz para gatos hasta que encontró algo parecido a un trabajo. “En Madrid no conocía a nadie, pero de casualidad descubrí el Casi Casi, un bar donde se hacían zapadas. Volví a casa a buscar mi sintetizador y crucé de vuelta la ciudad caminando: mi sonido torno causó sensación. Rápidamente descubrí que podía tomar todas las copas que quisiera, e invitar incluso a los que me acompañaban, pero tardé mucho tiempo en lograr que alguien me comprara un sandwich, que era lo que en realidad estaba necesitando.”

Corría el año 1985, y en la primavera alfonsinista aparecían bandas desde todos los rincones. ¿Qué hacía un joven con aspiraciones musicales yendo a buscar acción tan lejos de casa? “Es que desde Grand Bourg me quedaba más cerca Madrid que Buenos Aires”, bromea Piccolini, y al mismo tiempo lo dice bien en serio. “Necesitaba huir lo más lejos posible de mi casa”, apunta este hijo de dentistas que debía seguir el camino familiar. “De ahí los sonidos torno de mis sintetizadores”, asegura Picco, que terminó sufriendo primero el Liceo Militar, y luego estudiando Filosofía y Letras. Hasta que tuvo una iluminación: aprender a hacer con sus teclados lo que Robert Fripp hacía con su guitarra. No llegó tan lejos, pero logró un sonido tan particular que un día Javier Martínez tocó la puerta de su casa para invitarlo a formar parte de su banda. Aunque nunca llegaron a tocar en vivo, ensayaron bastante antes de seguirle los pasos hasta España, donde terminaría encontrando su destino.

Aquel descubrimiento providencial del Casi Casi en Madrid terminó en la formación igualmente azarosa de Los Toreros Muertos, una banda que se hizo ridículamente exitosa a partir de un tema supuestamente poco comercial de seis minutos de duración.

¿Qué clase de banda compone un tema llamado “Mi agüita amarilla”?

–¡Una banda de borrachos de bar! Ahí conocí a Pablo Carbonell, y lo que hacíamos era tocar dos veces por noche. En la primera entrada componíamos los temas frente al público, y en la segunda volvíamos a tocar los que más les habían gustado. Y la pasábamos todos bien, y el bar estaba siempre lleno.

Alguien creyó que esa fiesta podría ser grabada, empaquetada y vendida, y ese alguien tuvo razón. Los Toreros se transformaron en un éxito que se extendió durante cuatro discos en España (aunque “Mi agüita amarilla” sonó insistentemente en las FM argentinas, el grupo jamás cruzó el charco), y se separó sin culpa cuando se agotaron las ideas. “Por eso pudimos reunirnos hace poco, tan frescos como siempre. Porque nunca le vendimos al público pescado podrido. ¡O al menos demasiado podrido!”, se ríe Piccolini, y confiesa haberse sorprendido al descubrir que todos los proyectos en los que estuvo involucrado durante su larga vida musical siguen vigentes. Los Toreros Muertos han llegado al punto que se reúnen cuando tienen trabajo. Pachuco Cadáver está volviendo. Y Venus, la banda que tiene con su mujer Marina Olmi, jamás se separó. “Sólo me falta el proyecto solista”, confiesa Piccolini, pero lo dice sin apuro y sin ansias, casi como un científico señalando algo evidente. Y volviendo a su laboratorio, torno en mano.

EL HOMBRE ATLANTICO

La culpa de todo la tuvo Daniel Melingo, según recuerda Piccolini. Fue el ex Abuelos de la Nada, que por entonces formaba parte de Los Toreros Muertos, quien le presentó a Pettinato, un día libre que la banda en gira debía pasar en Barcelona. No eran buenos tiempos laborales para Petti, y la cosa empeoró al punto de que, cuando su mujer y sus hijos volvieron a Buenos Aires terminó viviendo en la casa madrileña de Piccolini. “De mirar juntos la televisión pasamos a ensayar”, recuerda Picco. “Un día volví avisando que había conseguido un show... ¡pero no teníamos nada armado!”

De entonces hasta ahora pasaron más de dos décadas, unos pocos shows en vivo, de uno y otro lado del Atlántico –nunca tocaron mucho los Pachuco– y apenas dos álbumes. “Este show de regreso lo íbamos a hacer para presentar la reedición de los discos, que hace tiempo están agotados. Pero en una movida típicamente Pachuco, esa reedición nunca va a suceder. Al menos por ahora. Pero el show sí”, se divierte Piccolini.

Empezaron a ensayar en diciembre, en un departamento vacío ubicado frente al Botánico, y desde la semana pasada ultiman detalles antes del show en el ND/Ateneo tocando a un volumen demencial en el último piso del edificio. En el péndulo de sus idas y vueltas de Madrid a Buenos Aires, ahora le toca andar por estas calles, como sucedió a comienzos de los ’90, cuando dejó España para sumarse al rock alternativo de aquella época. Si Melingo tocó con sus Toreros Muertos, Picco terminó sumándose a sus Lions in Love, y una vez acá llegó a producir el álbum debut de El Otro Yo, Dale aborigen de Todos Tus Muertos, componer junto a Andrés Calamaro la banda de sonido de Caballos salvajes, sumarse a Man Ray, formar Venus... Siempre desde un discreto segundo plano, sin necesidad de sacar chapa de nada, simplemente disfrutando de la magia de hacer música. “La caída de De la Rúa me encontró comiendo un sandwich de milanesa frente a Sadaic. Me fui hasta la Plaza a ver lo que pasaba, me encontré con la represión de la policía y poco después estaba volviéndome a España”, recuerda Picco, que se recibió allá de profesional de la música, trabajando con Alejo Stivel primero, y luego en publicidad. “Volví porque quiero volver a jugar”, asegura. “Porque no me había tocado la crisis. Aunque no dudo que con el tiempo lo hubiese hecho”, razona desde su lugar detrás de todos los teclados de Pachuco este hombre del medio del Atlántico, como le gusta presentarse, recordando un cuento de Tom Wolfe. “Fui y vine tantas veces, que mi lugar está ahí, en el agua”, calcula. “Pero ahora es un buen momento para estar acá”, remata con una sonrisa. Y vuelve a su sonido torno, a rockear con ganas sin reclamar estrellato alguno, y sin perder jamás la sonrisa.

Pachuco Cadáver regresa el sábado 5 de mayo en el ND/Ateneo, a las 21. Entrada: desde $ 80.

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Imagen: Nora Lezano
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