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Domingo, 16 de septiembre de 2012

CINE > ENCUENTRO CON EL CINE COREANO EN LA LUGONES

LOS DETECTIVES SALVAJES

El cine de Corea del Sur es uno de los más notables de Oriente: de factura técnica impecable, cuenta con nombres consagrados como los directores Kim Ki-duk, Lee Chang-dong y Park Chan-wook y sus películas suelen ser grandes éxitos de taquilla locales –y a veces también inesperados hits en el resto del mundo–. Pero si hay un género que el cine surcoreano ha hecho propio es el noir, que oscila entre el retrato de la idiosincrasia cultural y la ultraviolencia gore. Un nuevo ciclo en la sala Lugones, con copias en 35 mm recién llegadas de Seúl, sirve para asomarse a lo mejor y lo más reciente de este cine áspero y elegante.

 Por Paula Vazquez Prieto

Es curioso cómo un ejercicio de estilo como el film noir ha logrado erigirse en una de las categorías más fructíferas de la crítica cinematográfica de los últimos cincuenta años. Género, estado de ánimo, sensibilidad, mucho se ha escrito sobre la palabra noir. Acuñada por los franceses en la inmediata posguerra para dar cuenta de una serie de películas norteamericanas entrenadas en la Cinemateca de París en 1946, la expresión terminó cobrando vida propia y traspasando aquellos estrechos límites. ¿Qué significa entonces el término film noir? Un cine seco y violento, austero pero manierista, brutal y sugerente, conectado estrechamente con una realidad que, en aquel momento, se hacía cada vez más opaca e indescifrable a medida que se ahogaban los ecos de la guerra. Inspirada en la literatura negra de autores como Dashiell Hammett y Raymond Chandler, fascinó a los franceses con sus detectives cínicos y desencantados, sus gangsters duros y carismáticos, y sus femmes fatales sexies y despiadadas. Pero el noir nunca fue patrimonio exclusivo de la cinematografía norteamericana, sino que ese espíritu crítico y pesimista que devela la contracara oscura de una sociedad económicamente desarrollada y moralmente progresista ha estado presente desde siempre en varios cines del mundo.

El cine surcoreano actual, heredero de las yakuzas japonesas y celebrado por las palmas festivaleras, ha conseguido el mismo impacto seco y certero que había despabilado a los franceses en los ’50: como un golpe de puño, derribó las fronteras de su país en la década del ’90 y se instaló definitivamente como una de las industrias más prolíficas e interesantes de los últimos tiempos. ¿Cómo lo hizo? Con un cine que combina de manera audaz el guiño al mainstream –suelen tener una factura técnica impecable y a menudo sus títulos son éxitos de taquilla en Corea, cuando no en otros países– con el sello de autor de nombres consagrados como Kim Ki-duk, Lee Chang-dong y Park Chan-wook –cuyas nuevas producciones son esperadas en los circuitos especializados alrededor del mundo– sin prurito alguno. Un cine de género, que oscila como un péndulo entre el retrato de su propia idiosincrasia cultural, no exenta de una mirada crítica e intransigente, y las nuevas constantes de un mundo globalizado, donde la violencia espectacular de Hollywood hace escuela, aunque en este caso subvertida por los excesos gore de la tradición de la vendetta oriental.

Algunos de los títulos del ciclo Nuevo encuentro con el cine coreano que se inició ayer sábado en la sala Lugones del Teatro San Martín son un muestrario ejemplar de la inagotable bonanza creativa del cine oriundo de Seúl. Entre las copias en 35 mm –nunca exhibidas en la Argentina–- enviadas por el Korean Film Council, se encuentra M (2007) de Lee Myung–se. La película del director de Nowhere To Hide y Duelist (ambas vistas en el Bafici, la primera editada en el DVD local) cuenta la historia de un escritor en busca de su musa inspiradora, preso de noches de insomnio y deseos frustrados, que deambula en un mundo sin certezas ni definiciones, donde el sueño y la realidad son trazos de un mismo pincel. Este singular periplo estético y existencial, impregnado por los tonos azulados de un esteta del polar francés como Jean-Pierre Melville –gran influencia para muchos cineastas orientales– se convierte en un camino poético, casi emergente de una alucinación despojada de los monstruos oníricos que podríamos encontrar en el universo de David Lynch, pero con la misma sensación de irónica fatalidad. Incierta, con una emoción romántica exenta de sentimentalismo, M no se priva de las vueltas de tuerca tradicionales del thriller sin abandonar la vanidad de su mirada posmoderna.

Jadeante (2008), del debutante Yang Ik-joon (también guionista y actor principal), es, desde sus primeros minutos, una película tan intensa como implacable, con una violencia física y moral tan extrema y corrosiva que se hace carne en el espectador. Sang-hoo es un gangster de poca monta que trabaja como cobrador de deudas para un prestamista. Criado en un medio hostil y violento, es agresivo y malhumorado, tan desagradable como el Tom Powers de James Cagney en el clásico El enemigo público de 1931. Si Cagney estampaba un pomelazo en la cara de su amante con la furia de una bestia salvaje, Sang-hoo no se queda atrás: escupe en la cara de una adolescente y, ante su protesta, la golpea brutalmente, sin mediar palabra. Ganadora de los festivales de Rotterdam y Karlovy Vary en 2009, Jadeante es un relato febril y sin tapujos de la violencia tóxica que se vive día a día en escenarios marginales, fruto del desamparo y el olvido de un sistema que no reconoce sus despojos, donde el ciclo se inicia con cada generación y los únicos vínculos posibles se nutren de ese maltrato.

El último de los policiales imprescindibles del ciclo es Reunión secreta (2010) de Jang Hun (discípulo de Kim Ki-duk, y cuya ópera prima, Una película es una película, también se encuentra entre las programadas). Gran éxito comercial de la temporada 2010 en Corea (de hecho, desbancó del primer puesto a Avatar) y protagonizada por Song Kang-ho, el gordito estrella de The Host, lo que empieza como un thriller de espías, con tiroteos y persecuciones incluidas, se convierte en el ácido retrato de una amistad impensada entre compañeros tan dispares como Starsky y Hutch, que combina el tono insolente y descreído del noir, donde el detective amargado no tiene nada que envidiarle al Humphrey Bogart de El halcón maltés, con un humor sutil, satírico, que por momentos roza lo absurdo.

Como escribieron Raymonde Borde y Etienne Chaumeton en su famoso artículo “Hacia una definición del film noir”, “la vocación del film noir es la de crear un malestar específico”, una sensación de angustia e inseguridad que nos recuerda que el mundo siempre puede ser más oscuro de lo que creemos. Como en un cóctel intenso y embriagante, el policial surcoreano evoca esa oscuridad desde imágenes hipnóticas, donde se respira un aire tan propio como ajeno: la herencia del noir americano y del polar francés se mezclan con las sombras de una tradición de violencia y marginalidad, que hace eclosión en plena era neoliberal como el estallido de una marginalidad reprimida pero omnipresente.


El ciclo Nuevo encuentro con el cine coreano se lleva a cabo desde ayer hasta el miércoles 26 de septiembre, en la sala Lugones, Av. Corrientes 1530. La programación completa puede consultarse en www.teatrosanmartin.com.ar

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