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Domingo, 11 de noviembre de 2012

TV > MANDRAKE, LA SERIE BASADA EN LOS LIBROS DE RUBEM FONSECA QUE MUESTRA EL PODERíO Y LA SENSUALIDAD DE RíO DE JANEIRO

ECHALE LA TRAMPA A RIO

 Por Sergio Kiernan

Hubo un día, no hace tanto, en que el escritor brasileño Rubem Fonseca decidió tirar una toalla en particular. Abogado, ex delegado de policía, Fonseca hizo como Anthony Burgess y se escribió una nueva vida. En el camino dejó a unos cuantos con la boca abierta con librazos donde Río de Janeiro era una ciudad oscura y cruel, un lugar de poderosos desorientados y caprichosos, y de pobres de los que matan porque sí. De esa ciudad ni se enteraban los tontos y los turistas porque ahí se iba en colectivos desgastados y se salía boxeando, robando, traicionando o encontrando la única vía de redención real, la disciplina del asesino. De estas vivencias urbanas salieron títulos como La gran arte –un canto de amor a la esgrima de cuchillo– y De este mundo prostituto sólo me llevo el amor a mi cigarro.

Pero como todos nos vamos haciendo viejos, Fonseca decidió aflojar y divertirse. Entre el Río desesperado y el de la playa hay también una ciudad donde se puede vivir con las tres cosas que predicaban los estoicos: amigos, serenidad y algo de libertad. El viejo escritor conoce esa ciudad y decidió vivirla con un personaje que es una broma profunda, una criatura real y un signo instantáneo de Brasil, el abogado, bon vivant, mujeriego y muy decente doctor Paulo Mandrake.

Los libros que siguieron y la miniserie que HBO finalmente está mostrando, medio escondida y tarde, son un divertimento de los buenos. Mandrake es abogado criminalista y heredó de su padre un socio dedicado a casos civiles, mayor, paternal y adicto al café, que se prende en todos los casos de su afiliado joven, al final más divertidos. Mandrake tiene una especialidad, la de hacer zafar a los ricos de sus propios pecados y enredos.

Lo que da pie a mostrar un Río de lujo, urbano, pleno de esas mansiones tan Miami que pueblan la Barra de Tijuca y de esos superdepartamentos de la costa que siempre, siempre tienen un barcito atorrante a la vuelta. Mandrake hace zafar a un cónsul argentino que se levantó una travesti –-sin darse cuenta– y termina atrapado en un telo, como a un viejo amor del secuestro primero fingido y luego real de una hija drogona. Otro viejo amor lo termina mandando a Brasilia a rescatar a una hija que quiere ser modelo y termina de puta, con enredos de secta sexopática y adicta a los sacrificios humanos y todo.

Si parece que en la serie hay muchas mujeres, es porque las hay. Mandrake se toma un respiro con sus amigos en el restaurante favorito, catando tintos y fumando habanos, pero su vida está compuesta de mujeres. Todos esos viejos amores que reaparecen son mujeres espléndidas –como Bruna Lombardi, la gran belleza de los ochenta– en franca competencia con las ninfetas de medio país. Mandrake tiene que interrogar a una de las putas y lo logra, pero luego el bombón insiste en que ya que pagó... Y siempre hay testigos adorables, hijas de viejos amores, fiestas de poderosos pobladas de esposas aburridas y hasta una cantante mexicana que tiene todo lo que Jennifer López quisiera tener.

Eso sin contar el elenco estable, como Bebel, la post adolescente caprichosa que manda postales coquetas desde playas de surf, prometiendo volver con nuevas técnicas. O la secretaria evangelista, que entra a trabajar para Mandrake y decide que la castidad no es para ella. O Berta, el gran amor imposible, que es tan pasajera, tan placentera y tan decidida como el mismo Mandrake, pero con unos ojos verdes inolvidables.

En fin, la textura visual de la serie es de lujo, como lo es el lenguaje, que llega a una veracidad que es poco común en televisión y resulta un placer hasta para los que no hablen portugués. No extraña esta calidad en una serie escrita por José Henrique Fonseca, un hijo del autor, producida por Lula Buarque de Hollanda y musicalizada por Dado Villa-Lobos, tres que hacen honor a sus apellidos.

Y por atrás hay la ciudad de Río, filmada como pocas veces, más una broma cómplice: nadie, nunca, jamás se sorprende por el nombre del protagonista ni dice eso de “¿Mandrake? ¿Como el mago?”.

Mandrake se puede ver por HBO y circula en DVD

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