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Domingo, 24 de febrero de 2013

VISITAS > VIENEN ANDREW BIRD Y LAETITIA SADIER

MASCULINO FEMENINO

Ella, ex Stereolab, es la francesa elegante del indie, una artista cautivante, imposible de encasillar, política de forma directa aunque musicalmente poco convencional –y todo eso queda demostrado en su más reciente disco, Silencio–. El, violinista, silbador y cantante exquisito, es la nueva joya de la corona del indie y viene a presentar el que muchos consideran el mejor disco de su carrera: Break It Yourself. Y los dos van a mostrar sus impredecibles y hermosas canciones en Buenos Aires.

 Por Micaela Ortelli

Como coincidencia coyuntural, los dos lanzaron nuevo material en 2012 y se presentan esta semana en Buenos Aires por única vez en salas semi íntimas. Pero a Laetitia Sadier y Andrew Bird los une algo más impreciso e interesante que eso: son dos artistas de trayectoria, intuitivos y prolíficos, con inclinación por lo extraño e impredecible, lo que no suena como todo lo demás. Con su música honesta y visceral, sin ser necesariamente confesional, y celebratoria pero no tontamente alegre, a los dos los respeta y pondera la crítica y los recibe el sincero y tenaz público mediano. Todo lo cual no los hace únicos ni parecidos, sino sencillamente imperdibles.

Laetitia Sadier, nacida en Francia en 1968, firmó la mayor parte de su obra como integrante de Stereolab, banda inglesa de la que, junto a su ex Tim Gane, fue única mitad estable desde 1990 hasta 2009, cuando anunciaron hiato indefinido. Si bien en esos casi veinte años fue Gane el principal compositor, la voz serena y elegante de Laetitia –con justicia comparada con la de Nico, pero decididamente personal– le daba luz y fuerza a la banda y la volvía inconfundible. Como en los cantantes bilingües en general, hay algo en Laetitia a priori exótico y cautivante, pero ella usa el encanto con inteligencia –es decir, sencillez y naturalidad–, con la expresividad como único motor.

Con una decena de álbumes de estudio, el doble de EPs y varios compilados, Stereolab fue una de las bandas más productivas y artísticamente libres de los últimos años. Los críticos la ubican en la tradición del krautrock, término inventado para describir una escena gestada en Alemania a fines de los ‘60 por grupos alejados de la estructura del rock-blues clásico, que aportaron al desarrollo del rock alternativo, la electrónica y los derivados de ambos (Can y Neu!, entre ellas).

No hay dos discos iguales de Stereolab: unos son más distorsionados y psicodélicos, otros más ambientales y etéreos; algunos, como Dots And Loops (1997) y Chemical Chords (2008) –los fanáticos discutirán– son obras maestras.

Otra etiqueta asociada a la banda fue la de pop “marxista” por sus letras con contenido social, y aunque Laetitia admite no haber leído a Marx –aunque sí a Castoriadis–, nunca pretendió ocultar su postura antisistema, que plasma, al revés que el punk de protesta, en canciones suaves y melodiosas. Si bien en The Trip (2010), su primer álbum solista, fue más bien introspectiva, en Silencio, lanzado en julio, retoma la temática económica, política y social y es tan directa como para llamar a una canción “There’s a Price for Freedom (and It isn’t Security)” (“La libertad tiene un precio y no es la seguridad”), apuntando a leyes persecutorias como la Patriot Act de Bush y demás métodos de tecnologización del comportamiento humano.

A pesar del título, Silencio es un disco potente, no grandilocuente, pero sonoramente importante. Con la colaboración de músicos amigos, Laetitia llenó sus canciones de cuerdas alegres, alguna percusión de acento africano e infaltables efectos espaciales. En el último track, sí, llama al silencio: el único y verdadero, el más difícil y necesario de experimentar.

A la misma edad que Laetitia –los tempranos 20– lanzó su primer álbum Andrew Bird, de 39 años, que nació y se crió en Chicago, donde todavía vive, alternando con una granja cerca del río Mississippi. Su historia es la típica de los músicos precoces: a los cuatro años empezó a tocar el violín, su instrumento principal –que toca en método tradicional y pizzicato–, y hoy es un diestro multiinstrumentista además de silbador profesional (el lado más característico y puro de toda su obra). Lo no tan típico fue el método con el que estudió, uno japonés llamado Suzuki que no enseña a leer y escribir partituras sino a aprender de oído, a incorporar naturalmente la técnica, como si la música fuera una lengua madre más.

Andrew admite que de chico era más impaciente e intolerante, y que el rock y el pop del momento le resultaban repetitivos y aburridos. Por eso se pasaba noches enteras escuchando clásica, viejo jazz, folk y calipso, estilos que marcaron sus primeros trabajos, Music of Hair (1996), su debut solista, o Thrills (1997), el primero que grabó con una banda. Andrew Bird’s Bowl of Fire, grupo que completaban otros siete músicos, lanzó tres discos en total, aunque nunca logró cruzar las barreras del indie.

Otra vez solo, Andrew empezó a experimentar con grabadora multicanal y pedales de loop; al tiempo, perfeccionó la técnica en guitarra y xilofón y fortaleció sus dotes de cantante, que ya eran asombrosos y le valían comparaciones con Paul Simon, Jeff Buckley y Rufus Wainwright. En 2003 lanzó Weather Systems y dos años después, The Mysterious Production of Eggs, discos que lo consolidaron como uno de los cantautores más originales del momento, además de letrista exuberante e intrincado. El mismo admite que se expresa mejor con sonidos que con palabras y que las letras de las canciones siempre llegan después de la melodía; que incluso tiene que inventarse “pequeños proyectos” o “desafíos” para encontrarlas. Como en “Scythian Empire”, de Armchair Apocrypha (2007), inspirada en un libro sobre tribus y culturas de 3000 años (a.C.) de antigüedad.

El año pasado Andrew lanzó un álbum, Break It Yourself y un EP, Hands of Glory, que surgieron de unas distendidas sesiones de grabación en su granja junto a los tres músicos que ya son su nueva banda estable. Con momentos de improvisación (chequear la bellísima “Give It Away”), apenas segundas tomas y mínima posproducción, Break It Yourself es –y que los fanáticos también discutan– el mejor y más orgánico trabajo de su carrera.


Laetitia Sadier se presenta mañana lunes, a las 22, en Boris Club (Gorriti 5568), con capacidad para sólo 200 personas. Entradas desde $80. El show de Andrew Bird es el martes 26, a las 21, en Niceto Club (Niceto Vega 5519). La entrada cuesta $250.

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