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Domingo, 24 de febrero de 2013

PERSONAJES > JOAQUIN PHOENIX: ACTUACIONES UNICAS Y UNA SERIE ASOMBROSA DE GRANDES PAPELES

EL AVE PHOENIX

 Por Mariana Enriquez

Hace dos años, Joaquin Phoenix logró engañar a casi todo el mundo y fue tan bueno en la mentira –fue tan buen actor– que casi logra el objetivo falso de su farsa-performance: abandonar la actuación. En 2010 estrenó I’m Still Here, falso documental dirigido por su mejor amigo y cuñado, Casey Affleck, donde, con sobrepeso, barba, anteojos negros y comportándose como un tarado confuso y confundido –un idiota de Chateau Marmont, maltratador de su asistente, enamorado de sí mismo, convencido de su relevancia– anunciaba su nueva encarnación como rapper en búsqueda de la autenticidad perdida. “Fue su mejor actuación”, dice hoy orgulloso Casey Affleck, y los dos cuentan lo mucho que pelearon esos casi dos años durante los que Joaquin se presentó siempre en público como su desconcertante alter ego JP, que logró engañar hasta a David Letterman (y al grueso de los críticos, que hablaron amargamente de la pérdida de semejante talento joven y se preguntaron por qué Casey, si estaba ahí, no lo ayudó, no le dio una mano, no arrancó a su amigo de la degradación).

I’m Still Here es una sátira sobre la celebridad y la cultura reality; a veces funciona, a veces afloja, siempre es muy inteligente y con frecuencia demasiado canchera, demasiada mojada de oreja; sin duda resultó bastante insoportable. Sin duda muchos productores dudaron sobre volver a contratar a Joaquin Phoenix después de esa larga impostura, y no sólo porque la reacción díscola los irritara. Hay algo que da un poco de miedo en la actuación de Joaquin. Cierto abandono, cierta fuga, un des-control inquietante. El está seguro de que consiguió el papel de The Master por esa película. “Creo que Paul Thomas Anderson la vio y se dijo: ‘Este mono va a hacer cualquier cosa’. Al final del rodaje me llamaba Bubbles, como el chimpancé de Michael Jackson. Pero está bien: me gusta recibir órdenes.”

Esta noche, Joaquin Phoenix podría ganar el Oscar como mejor actor por The Master, por su Freddie, que más que un mono es un extraño perro, enloquecido de fidelidad, pero sin alegría. Posiblemente el premio vaya para Daniel Day-Lewis, que se lo merece. Mejor. A ver si le dan el premio y le arrancan esa extraña tensión que parece tener siempre encima. Algo vulnerable y peligroso, una encarnación ambulante de la ansiedad, de la madurez deso-rientada, pero madurez al fin, porque Joaquin Phoenix, a los 38, es uno de los pocos actores clase A que parecen un adulto. Ni siquiera parecía joven en Gladiador, su primera candidatura al Oscar, a los 26 años. La segunda fue por Johnny & June, cuando fue asombroso en la tarea imposible de hacer de Johnny Cash (otro gran ejemplo de implosión perpetua: todo el tiempo parece que algo explotara dentro de Joaquin Phoenix y que él tratara de ocultarlo y que fracasara y entonces se abre y queda desnudo; y nadie está más solo que Joaquin Phoenix en la pantalla, dicen que se roba las escenas, que se come las películas, pero lo que sucede es que está solo, y no hay nadie más a quien mirar).

Joaquin Phoenix viene de una familia extraña. Sus padres eran misioneros de los Niños de Dios, y de alto rango: a mediados de los ’70, su padre fue designado por el culto como “Arzobispo de Venezuela y el Caribe”. Allí vivían, ex hippies ahora sectarios iluminados; Joaquin nació en Puerto Rico. En 1977, los padres abandonaron el culto y juntaron el dinero para el pasaje de vuelta a Estados Unidos gracias a los chicos, que cantaban en la calle. Los chicos se llamaban River, Summer, Rain y Liberty; el propio Joaquin decidió cambiar su nombre por Leaf durante un tiempo porque, sentía, se quedaba afuera de la familia natural. Ni bien se instalaron de vuelta en Estados Unidos, mamá Phoenix se convirtió en secretaria de una representante de actores y, en menos de dos años, logró colocar a cuatro de los chicos en publicidades y al más angelical de todos en una serie de TV que duró solo una temporada (Siete novias para siete hermanos), pero que fue suficiente para que la industria tomara nota y decidiera que River Phoenix era una estrella. Joaquin también actuaba entonces y lo hacía muy bien –en Parenthood, de Steve Martin, es maravilloso como un preadolescente triste y enojado–, pero nadie podía acercarse al brillo de River y sus precoces genialidades.

En 1993, cuando River Phoenix murió en la calle en Los Angeles, en la puerta de un boliche de Sunset Strip, el que llamó a la ambulancia desde un teléfono público –ni siquiera las jóvenes estrellas de Hollywood tenían celulares en esa época– fue Joaquin. La llamada –la voz de un chico de 19 años aterrorizado, de-sesperado– se reprodujo hasta la náusea. Fue esa llamada, la voz quebrada, incluso sus momentos de extraña calma en los que explicaba la agonía de su hermano, lo que volvió famoso a Joaquin Phoenix. Después vino el velorio, y el paparazzo que se metió en la funeraria y sacó una foto al cuerpo de River. Y Joaquin dijo que no quería volver a actuar, que no quería saber nada con el medio y la industria, que eran lugares de carroña y explotación.

Pero dos años después estaba trabajando con Gus van Sant –el hombre que terminó de convertir a su hermano mayor en un icono con Mi mundo privado–, haciendo de adolescente ansioso y criminal, estúpido de amor y calentura, oscuro y abandonado en Todo por un sueño. Lo comparaban con River, querían que hablara de River y él nunca lo hizo. O alguna vez, para negar rumores, como cuando se escribió que, durante una escena de Johnny & June relacionada con la muerte del hermano de Johnny Cash, Joaquin se había quebrado hasta lastimarse físicamente. “Me impusieron este título de Hermano en Duelo solamente porque no hice mi duelo públicamente. Jamás usé algo de mi vida personal para armar el personaje de Cash. La sola idea me enferma. No necesito usar mi experiencia para un personaje y no entiendo a los actores que lo hacen, salvo que les falte habilidad, imaginación o capacidad de investigar. Yo tengo las tres cosas.”

Públicamente, Joaquin Phoenix no cumple las expectativas de los que lo quieren príncipe tenebroso. No habla mal de su familia y dice que sus padres abandonaron los Niños de Dios antes de que las actividades abusivas del culto dañaran a su familia; y que también lo protegieron, dentro de lo posible, de la exposición de Hollywood. Cuando le preguntan si es un actor de método, se avergüenza y dice que detesta a los actores que hablan de “quedarse en personaje”. No se sabe nada de su vida privada –a pesar de sus amistades famosas: Van Sant, los Affleck, Matt Damon, James Gray–, salvo que fue pareja de Liv Tyler, que es vegano y que en 2005 ingresó en rehabilitación por alcoholismo. Es casi todo. Da pocas entrevistas. Dice que su vida es bastante más típica, aburrida y patética de lo que la gente se imagina.

Pero frente a la cámara no sabe ser aburrido. Parece un atormentado, con su labio partido y esa cara rusa, el cuerpo entre desvalido y contundente, la risa desbordada. En la pantalla, Joaquin Phoenix no tiene superficie; es piel demasiado fina, con todas las terminaciones nerviosas y los músculos y la sangre al aire.

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