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Domingo, 17 de marzo de 2013

CINE > LAS MIL CARAS DE PARKER, DEL ESCRITOR DONALD WESTLAKE

El gran hampa

Planificador obsesivo y lacónico, dueño de un código ético inamovible, una clara conciencia de clase y un enorme talento para desarmar a sus enemigos con palabras, Parker apareció originalmente en el libro A quemarropa, que el escritor Donald Westlake publicó bajo el pseudónimo Richard Stark cuando la novela negra y sus autores más célebres empezaban a quedar atrás. Al final de su recorrido, las aventuras de este gangster esencial de la literatura policial se habían extendido a lo largo de 24 novelas, varias de las cuales fueron llevadas con distinta suerte a la pantalla: a Parker lo filmaron John Boorman (con el icónico Lee Marvin), Jean-Luc Godard, la estrella del blaxploitation Jim Brown y, entre otros, Mel Gibson, acaso el mejor de todos. Ahora que acaba de estrenarse Parker, con Jason Statham –la primera película sobre el personaje desde la muerte de Westlake, cinco años atrás–, Guillermo Piro se entusiasma, nos cuenta quién es este gran delincuente duro y dulce, ascético y persuasivo a la vez del noir moderno, recorre su relación con el cine y pide más.

 Por Guillermo Piro

Cuando Donald Westlake creó a Parker no sabía con quién se había metido. No sabía con quién y dónde se había metido. De haberlo sabido no lo habría llamado Parker. Eso le habría evitado tener que hacer rodeos que recuerdan a los que daba Georges Perec en La disparition, ese ejercicio novelístico oulipiano a lo largo del cual no está escrita ni una letra “e”. Westlake lo llamó Parker en la primera novela, The Hunter (A quemarropa), en la que el protagonista no conduce un auto (aunque es llevado y traído varias veces en varios). La saga de Parker se extendió durante veinticuatro novelas y Westlake maldijo su error cada vez que Parker debía estacionar el auto que conducía (“Parker parking the car”). Oulipianamente eludió esa cacofonía, pero nunca dejó de maldecir. Y firmó toda la saga de Parker con un heterónimo especializado en maldecir: Richard Stark.

A quemarropa apareció en escena en pleno declive de la novela negra. Chandler, Hammett, McCoy habían quedado atrás. El género había tocado el cielo y todo lo que parecía quedar eran nubarrones que sólo auguraban lluvias copiosas y algún que otro relámpago, con un rayo de vez en cuando parecido a un tenedor de tres puntas capaz de iluminar el mundo policial. Parker es especial por muchas razones. Posee un código ético particular e inamovible, se rige por una serie de preceptos de conducta que no acepta excepciones. Tiene conciencia de clase, esto es, nunca permite que paguen los platos rotos aquellos que simplemente cumplen con su trabajo y no teniendo nada que perder se entrometen en medio de un robo por el simple hecho de convertirse en héroes. Parker los inhabilita con palabras (misteriosamente, la voz de Parker es siempre extremadamente persuasiva), los convence de que es mejor quedarse quietos y olvidar el asunto. Es una escena que se repite una y otra vez en las novelas: Parker descubre en el cruce de miradas las intenciones del otro y lo persuade. Amenazándolo, claro, pero siempre con una dureza que casi roza la dulzura. (Cuando Van Gogh decía que lo feo puede ser bello, pero lo lindo jamás, estaba sentando las bases de la retórica de Parker, porque efectivamente la estética tiene forma circular, y lo feo y lo bello, aunque opuestos, casi se tocan. Dureza y dulzura se tocan en Parker también.) Parker considera que el mayor enemigo de la humanidad es el caos y la simple aparición de una pista que le haga creer que en algún momento el caos puede aparecer hace que Parker abandone planes y proyectos y se vuelva a su casa. Parker cree que una sociedad civilizada se rige por reglas y que esas reglas hay que cumplirlas. De hecho él las cumple, siempre. Planifica todo, hasta los más mínimos detalles. Elabora in mente casi un ajedrez de posibilidades descarriadas y averigua cómo podría salir vivo de ellas. Porque en última instancia lo que Parker quiere es sobrevivir. En ese sentido su instinto casi podría considerarse vegetal. Pero como es un duro, su instinto tiene algo de vegetal y algo de piedra. ¿Y acaso lo vegetal y lo mineral no parecen confluir en la existencia del cactus? Inmóvil, circunspecto, el cactus se parece mucho a Parker, sobre todo en su pulsión inquebrantable por sobrevivir a toda costa. Si uno toma un cactus y lo arranca de la tierra, lo parte en pedazos y lo deja secarse al sol, verá que de la nada, cuando todo parecía ya muerto, una raíz asoma y se enfila hacia la tierra. Parker es igual. Nunca se da por vencido, ni aun vencido. Pero su cabeza no grita ni vocifera vengadora, porque Parker es lacónico hasta decir basta. Pero no siempre fue así.

En la primera novela, A quemarropa, Parker es demasiado efusivo, gesticula demasiado, habla demasiado y maldice demasiado. En su evolución como personaje, Parker se va resecando (como el cactus del que hablaba antes), y ese resecamiento se ve acompañado de la convicción de que las palabras no hacen más que confundirlo todo, así que lo mejor es hablar lo menos posible. En La luna de los asesinos, una novela de 1974, Parker llega a comunicarse con gestos. Y cuando sobre el final pronuncia un discurso de cinco líneas uno siente el mismo éxtasis que debía de sentir David oyendo la voz divina. Lee Marvin interpretó el primer Parker bajo la dirección de John Boorman (aunque en realidad no fue el primero, ya se verá más adelante), y para muchos su papel es insustituible, al punto que sentó el rostro y la osamenta justa del personaje: su cara siguió y sigue apareciendo en las portadas de los libros de la saga. En muchas de las novelas protagonizadas por Parker éste tiene que vengarse y recuperar lo que le birlaron, faltando a su palabra. Le interesa el dinero (¿a quién no?), pero ante todo lo que quiere es justicia. Huir del caos. Poner las cosas en su sitio. Que se sepa que con él no se juega.

Parker no juega ningún juego. Es sabido y notorio que los gangsters se dejan llevar por el llamado de la carne cada tanto, cuando el día estuvo plagado de problemas y persecuciones y pistolas que lo apuntan a uno en zonas vitales (recuerden el final de 48 horas, el film de Walter Hill). Parker no. Se comporta como un ermitaño, cuando emprende un robo se convierte en un asceta. Es como si abandonara temporariamente el mundo, como si el golpe planeado requiriera de todas sus células, de todos sus pensamientos, de toda su energía.

Al comienzo de una de sus novelas hay una escena encantadora. A esta altura el lector sabe que llamar por teléfono a Parker no es algo fácil: uno debe decirle al mecánico que quiere hablar con Parker; el mecánico le pasa el mensaje al cerrajero; el cerrajero se lo pasa el barman; el barman al lustrabotas; el lustrabotas al carpintero y el carpintero recién le comunica el mensaje a Grofield, el amigo y compañero de ruta de Parker, el actor shakespereano que tiene su propio teatro, al que se dedica con devoción veraniega, pero que en otoño e invierno se une a la banda que quiera aceptarlo para dar un golpe a un banco o para robar la recaudación en un estadio de fútbol americano. Grofield lo llama, entonces, mientras Parker está nadando en la piscina de su casa junto a su mujer. El teléfono suena, Parker sale del agua y se pone una oscura bata de toalla. Entra a la casa y atiende el teléfono. Grofield le comunica algo, pongamos: “Creo que es hora de que vayamos a recuperar un dinero que dejamos escondido hace dos años”. Parker recuerda y acuerda. Entonces dice: “Veámonos en media hora”. Pero en ese momento, al mirar por la ventana hacia la piscina, ve a su mujer saliendo del agua. Entonces le dice a Grofield: “No, veámonos en una hora”. Y uno sabe que es el fin temporario del amor, que desde ese momento hasta que todo haya acabado no volverá a tocar la piel de una mujer, ni la de la suya ni la de ninguna otra.

Decía que Lee Marvin fue el primer Parker, pero que en realidad no lo fue. Y es cierto. El primer Parker fue Anna Karina bajo las órdenes de Jean-Luc Godard, en Made in USA. La película está basada vagamente en The Jugger, una novela de 1965. Digo vagamente porque las únicas semejanzas con la novela se encuentran al comienzo y cerca del final. Anna Karina es Paula Nelson, que es Parker (Donald Westlake nunca permitió que el personaje literario conservara su nombre en las versiones cinematográficas. Por esa razón en A quemarropa Lee Marvin encarnó a un tal Walker, y Peter Coyote a un tal Stone, y luego Mel Gibson a un tal Porter, y así sucesivamente), que no es gangster sino reportera, y que no busca el paradero de un ex atracador de bancos, como en la novela, sino de su novio. El film está demasiado ligado a la situación política francesa de mediados de los ’60, por lo que es una película indispensable en la filmografía godardiana, pero absolutamente prescindible a la hora de entender y disfrutar de este personaje inquietante que es Parker: Parker tiene que ver con Paula como un camello tiene que ver con El infinito de Leopardi.

En Mise à Sac, de Alain Cavalier, Parker se convierte en Georges, interpretado por Michel Constantin. Está basada en The Score, en donde Parker se deja seducir por un golpe grandioso, tan grande que no puede resultar bien: saquear con una banda de quince personas un pueblo entero; tomar la central de policía, la central de bomberos y la central de teléfonos y dedicar toda la noche a llevarse todo. Es bastante fiel al libro. Michel Constantin era la cara habitual de las películas policiales francesas de aquellos años (Mise à Sac es de 1967). Pero el actor que hace de Grofield acapara toda la atención. (Siempre imaginé a Grofield con el semblante y el encanto de Dirk Benedict, el de Brigada A. Es un personaje demasiado grandioso como para que su presencia no oscurezca la del propio Parker. Que sirva de lección a los futuros directores.) Hay una escena maravillosa en la que Grofield, que había tenido a su cargo la toma de la central telefónica, se reúne con el resto de la banda acompañado de la telefonista, de la que se acaba de enamorar. Parker, dado que ella acaba de verles la cara a todos, le pide a Grofield que la mate. Las palabras con las que Grofield lo convence para que la deje vivir son escalofriantes, una declaración de amor pública, algo inolvidable.

Un año después llegó The Split, de la mano de Gordon Flemyng, basada en The Seventh. Flemyng, mucho antes que Tarantino empezara a ver las películas de Sergio Leone y de Corbucci en VHS, tuvo la idea de convertir a Parker en un gangster negro. (Tarantino hizo negra a la protagonista de Cóctel explosivo, la novela de Elmore Leonard, en Jackie Brown, y volvió a repetir la treta hace poco, en Django sin cadenas, haciendo que el bello Franco Nero pasara a ser Jamie Foxx, que también es bello, a veces.) Jim Brown encarnó aquel año a Parker y pasó a llamarse McClain (no McClane). Hay escenas de tortura insoportables y todo es un poco ridículo considerando el espíritu de las novelas de Richard Stark. Pero quien la vea no podrá olvidar una pelea entre Jim Brown y Ernest Borgnine dentro de una habitación, donde los contrincantes vuelan de una pared a otra de un modo suicida y sin recurrir a los efectos especiales, algo que realmente inspira temor por la salud de los actores. Pero viéndola uno nota que el guionista, Robert Sabaroff, leyó muchas novelas de Parker: hay citas coladas que corresponden a otros libros.

En 1973 vendría The Outfit, de John Flynn, basado en la novela del mismo nombre que había aparecido diez años antes. Aquí Parker es Robert Duvall, y se llama Earl Macklin (ni McClain ni McClane: Macklin). Que nuestro tanguero visitante ilustre nos perdone, pero lo que hizo fue una interpretación que hoy podríamos denominar ciclotímica: por momentos es Parker en estado puro, insensible y metódico, pero por otros se vuelve sentimental y pendenciero.

Slayground, en 1983, es el nombre del film de Terry Bedford y de la novela de 1971. Aquí, Peter Coyote se pone los zapatos de Parker y se hace llamar Stone (lindo nombre). Hasta ahora indica el punto más bajo al que Parker podía llegar. Una versión slasher en la que el asalto a un camión blindado es lo único que guarda cierta semejanza con la novela. En el escape hay un accidente en el que muere la hija de un hombre rico y éste contrata a un asesino a sueldo que sale a la caza de Stone y siembra su camino despiadado de cadáveres. (La novela es un poco distinta. En ella Parker se convierte en una versión anticipada de MacGyver. Perseguido por una banda de mafiosos se esconde en un parque de diversiones y utiliza toda la noche para tenderles las trampas en las que ellos caerán al otro día, uno a uno.) Stone definitivamente no se parece a Parker. Se queja todo el tiempo y es demasiado emocional para alguien que se gana la vida quebrando la ley, y eso es frustrante.

Y llegamos a Payback, de Brian Helgeland (el mismo de esa obra maestra llamada Los Angeles al desnudo y de ese bodrio infame llamado Corazón de caballero). Parker pasa a llamarse Porter y el intérprete es, tal vez, la mejor caracterización hecha hasta hoy de este personaje tan complejo: Mel Gibson. Está basada también en A quemarropa, y cuentan que Gibson obligó a Helgeland a hacer cambios en el guión, o directamente se dedicó a ignorar sus marcaciones. Hay que admitir que el Parker de Gibson, a pesar de basarse en la primera novela de la saga, tiene el laconismo de las últimas; pero también hay que admitir que Gibson desarrolló un personaje más esquizofrénico que lo tolerable en alguien que no conoce altibajos emocionales, y que, ante todo, nunca duda. Hay una versión extendida, Payback-Straight Up, de 2006, donde Helgeland se dio el lujo de volver a montar la película a su antojo, sin Gibson y sin los productores diciéndole lo que tenía que hacer (y haciendo que durara diez minutos menos, esos diez minutos que hasta las mejores películas tienen de más). La interpretación de Gibson es majestuosa, justa, equilibrada. Leyendo las novelas de Richard Stark siempre tendí a darle a Parker el rostro de Lewis Collins (Los profesionales, ¿se acuerdan?), pero debo reconocer que desde el arribo de Gibson al staff, Collins se vio levemente y por momentos desplazado.

Donald Westlake murió el 31 de diciembre de 2008 (a muchos les arruinó el festejo a fin de año), llevándose con él a Richard Stark. Ese año había publicado Dirty Money, protagonizada también por Parker, la número 24, la última aventura. Pero su muerte allanó el camino, y desde entonces hasta hoy nadie había vuelto a poner las manos en el gangster que odia el caos. Por eso el Parker de Taylor Hackford se llama sencillamente Parker. Y el film se llama Parker. El intérprete es Jason Statham (el que fuera el actor fetiche de Guy Ritchie, el de El transportador), y a mi juicio con un buen peinado se hubiera visto mucho mejor. Está basada en Flashfire, una novela de 2000, y el resultado es inquietante, porque lo único que aleja a Statham de Parker es la ausencia de pelo (bien poco a decir verdad). La presentación que hace Hackford de Parker en los primeros diez minutos es exacta: Parker, sencillamente, es eso que se ve ahí. En cierto modo Statham encarna a un Parker prototipo, del que es de esperar que haya secuelas, con o sin pelo en la cabeza. Como ya es habitual, a Parker lo traicionan llevándose el dinero que se ganó (iba a decir honradamente, pero no).

No puede decirse que la historia recién empieza. Ya vieron –en muchos otros casos podríamos decir que el personaje ya está en edad de ser dado por muerto–, pero esta nueva revitalización de alguien a quien muchos considerábamos perdido nos alegra una existencia opacada desde aquel nefasto 31 de diciembre de 2008, cuando Westlake dijo “adiós a todo eso”. Si viene de la mano de Hackford, mejor. Si viene con Statham, ya nos acostumbraremos. Pero que vuelva. Por favor que vuelva.

Acá a la derecha, Lee Marvin en A quemarropa, la interpretación que le dio su imagen más icónica al personaje de Westlake. En esta página, otros tres Parker que llegaron al cine bajo distintos nombres: Mel Gibson (el mejor de todos), Anna Karina (la de Godard), y Jason Statham (en su primera vuelta a la pantalla tras la muerte de Westlake).

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