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Domingo, 17 de marzo de 2013

PERSONAJES > ZUHAIR JURY HABLA DE SUS LIBROS, SUS GUIONES, SU VIDA Y SU HERMANO

El canto de los gallos se pierde en el horizonte

Casi como la otra mitad silenciosa e invisible de la figura pública, vigorosa y reconocida de su hermano, Zuhair Jury lleva toda una vida dedicada al arte cómodamente a la sombra (pero no bajo ella) de Leonardo Favio. Coguionista de buena parte de las grandes películas que hizo con él, pintor, escritor (acaba de publicar El glorioso velorio de la Juana Pájaro), músico, libertario, y padre de esa revelación extraordinaria en la música popular argentina que es Luciana Jury, su hija le ha organizado un homenaje a su obra en el Centro Cultural Caras y Caretas que él acepta, pero considera sinceramente innecesario. Radar aprovechó que salió de su casa en Tortuguitas para hablar con este hombre que todavía monta en pelo, se levanta con los gallos y dice que todo su arte proviene de los fantasmas.

En una insólita juguetería con café de la avenida Cabildo –un singular escenario de peluches, autos de Cars, princesas y baratijas chinas de stock, con sonido de espresso de fondo–, Jorge Zuhair Jury está contando una historia de su infancia como si fuera el hechicero de ese paisaje inanimado: una auténtica toy story. Se emociona con su propio relato: “Siempre vuelvo a la infancia. Vuelvo muy seguido a una noche en Luján de Cuyo, una noche en el rancho de piso de tierra donde vivía con mi madre, mis hermanos y mi abuelo. Llovía y entraba agua. Donde menos agua entraba era en la cocina, que estaba hecha de adobe. Llevamos las camas ahí, para no mojarnos. Mi madre encendió un brasero de fierro y calentó agua para el mate. No teníamos nada que hacer, como siempre. Mi madre agarró la Biblia y se puso a leer a Job, que había cometido una desmesura con Dios. Era una historia conmovedora, de rebeldía. Sin darnos cuenta empezó a clarear. Cuando amaneció, mi abuelo dijo: ‘Nunca pasé una noche más hermosa’.”

No cuesta pensar las causas por las que este hombre amable en su parquedad quedó confinado a un perfil subterráneo, a años luz de la figura vigorosa y exuberante de su hermano menor, Leonardo Favio. Habrá que decir, sin más, que gran parte del universo Favio tiene origen en la prosa de Jury, en su mirada, en ese foco melancólico y pueblerino que marcó sobre todo las primeras películas del tándem fraterno de guión-dirección. Ya hablará Zuhair de Favio. Ahora se muestra como un talibán que soslaya todo artificio artístico y sus conceptos extremos van apareciendo e impactan como flechazos solitarios: “No tengo profesión”, dirá; “firmar es vergonzante, toda obra debería ser anónima”, se enojará más tarde, y así.

Vive a siete cuadras de la estación de Tortuguitas y todavía a los 76 años monta en pelo y corre cuadreras. Aun sin profesión, es escritor, guionista, pintor, director de cine, músico, poeta. Ahora su modestia –-esa tendencia a ser invisible– está atravesando un instante de incomodidad: en el Centro Cultural Caras y Caretas se viene haciendo un espectáculo multidisciplinario –otro flechazo solitario– que celebra su obra. La excusa es la presentación de su extraordinario libro de cuentos El glorioso velorio de la Juana Pájaro. El actor Roberto Iriarte relata el texto que titula el libro y su hija, la notable cantante Luciana Jury –-una aparición extraordinaria en la música popular argentina de los últimos años– realiza un emotivo set junto con el guitarrista Carlos Delgado. “Vive como piensa –Luciana trata de acercarse a una definición sobre su padre–. Eso ya lo hace respetable de por sí. Es visceral y cada vez que escribe o pinta o toca la guitarra o piensa, lo suele hacer desde un mismo lugar. Para mí es un hombre sabio, que ha vivido mucho. Es fundamentalmente libertario y suele violentarse sin límites ante cualquier forma de opresión. Se construyó un mundo muy propio, con sus libros, sus caballos, sus amigos, su guitarra, sus recuerdos”.

El lanzamiento de El glorioso velorio de la Juana Pájaro (editorial Morita) es el pretexto para reencontrarse con un narrador minucioso, expansivo y desbordante, cultor de un realismo mágico pampeano, de pueblo, a la criolla; que hace un corte transversal entre la política más doméstica y el costumbrismo más lacerante –un cruce de sus admirados Fray Mocho y Roberto Arlt–, con una terrible densidad onírica. El General no es el General, el Obispo no es el Obispo: son seres encarnados que no pueden con su angustia existencial. “Yo trabajo con fantasmas –dice Zuhair–. Me interesa lo intangible, los sueños, lo sensorial.”

¿Qué significa exactamente eso?

–Son recuerdos. Todo pasa por mis recuerdos. Por ejemplo, siempre recuerdo el canto de los gallos por la mañana, en Luján de Cuyo. En Tortuguitas también cantan los gallos, pero no es lo mismo escucharlos a los 70 años que a los 17, enamorado y no correspondido. Ese mismo canto, ese recuerdo, puede ser un grito de dolor o una música celestial, una acústica maravillosa que tengo muy presente; porque es un recorrido: empiezan los cantos a tres kilómetros, bien lejos, se van acercando, van creciendo, van sumándose gallineros y es como que el sonido pasa por arriba tuyo para perderse en el horizonte. Esas sensaciones no son un invento, ocurre en cualquier lugar no urbanizado del mundo.

Después hay que llevar esa sensación al texto. Ocurre algo aparentemente paradójico en sus relatos: algo así como una meticulosa imperfección en la prosa, una imperfección adrede.

–Es cierto. Para mí la perfección es un insulto. Es como una estructura. Yo he visto películas de personas de renombre que son de una perfección tal que no te pasa nada. Conozco las reglas de un relato o de una obra plástica, pero me preocupo para que luzcan las imperfecciones. Si uno pinta tiene que tener conciencia del equilibrio de las masas, de la luz, de lo que se quiere contar. Es una especie de ecuación inconsciente, como si fuera álgebra. También en la prosa: hay puntos de inflexión, puntos de rompimiento. En mí ya funciona casi naturalmente. Es un ejercicio, que yo creo que viene del radioteatro. Mi madre hacía radioteatro, y nosotros absorbimos esa mezcla de potencia narrativa y sencillez, de tener que cerrar un capítulo de un modo contundente y abrir el siguiente del mismo modo. Yo leí muy poco, y de grande, pero en lo poco que he leído siempre estuve atento a los momentos en que los textos se caen, en que lo textos me apasionan o me desapasionan, cómo es el entramado.

¿Por qué destaca que leyó poco?

–Porque es la verdad. Yo hice hasta cuarto grado, mi hermano no sé si llegó a tercero. Cuando yo tenía 21 años y él 19 recién empezamos a adaptarnos a Buenos Aires... Yo hasta ese momento no estaba integrado a la lectura porque no estaba integrado a la sociedad. Aun hoy me cuesta integrarme a la sociedad. Debe ser por eso que sólo puedo escribir de las clases bajas, de los marginales, de los ambientes delictivos y carcelarios. La clase media no me sale, no encuentro motivaciones valederas que me catapulten, que me hagan vibrar por dentro. Veo la clase media como un colchón quebrantador y opacador de todo acto de cambio. Con mi hermano aprendíamos más en la calle, mirando. Nosotros nos criamos en un pueblo que era de características medievales. Oscuro, de ropas negras, muy conservador. Nos divertíamos atacando esa moral, ese oscurantismo. Lo primitivo de Luján de Cuyo nos acicateó la necesidad de burlarnos y de ser herejes. Así nace El dependiente, en el que la mediocridad es de una exacerbación casi rayana en el rococó. O los amores de El romance de Aniceto..., que también tenía eso. Eran relaciones de chinitos marginales: está el baile, la milonga, la hermandad, la necesidad, las aproximaciones de lo delictivo entre comillas. Y tratábamos de no juzgar. Lo vivíamos: el mediocre era mediocre; el imbécil, imbécil.

Señorita Plasini: –Usted nunca ha oído hablar de nosotras. ¿no?

Señor Fernández: –No, no.

Señorita Plasini: –Y tampoco nos ha visto andar por las calles. ¿Sabe por qué? Porque no queremos que anden diciendo cosas por ahí. Yo a lo sumo salgo al portón un rato. Mi madre hace años que ni siquiera eso se permite. La gente se mete mucho en la vida de uno.

(De El dependiente, 1969)

Natural, imperceptiblemente, el discurso de Jorge Zuhair Jury va anclando en la primera persona del plural. Avisó: no quería hablar mucho de Favio porque su muerte todavía lo pone mal. Coguionista de Crónica de un niño solo, El romance del Aniceto y la Francisca, El dependiente, Juan Moreira, Nazareno Cruz y el lobo, Soñar, Soñar, Gatica el Mono y El Aniceto, su figura menuda y ese hablar con ritmo de provincia, se estremecen levemente cuando de manera inevitable se hace presente el gran ausente. “Jamás discutíamos por un guión. Compartíamos la mirada porque nos criamos en las mismas conmociones. El engrandecía mis historias. Si leés El romance del Aniceto y la Francisca, un libro que fue reeditado hace poco, vas a leer la película paso a paso, frase a frase... Lo que mi hermano le agregó, y yo le estaré eternamente agradecido, es su impronta genial: un tempo narrativo increíble y una luz maravillosa. El blanco y negro de El romance del Aniceto es como si te acecharan fotografías antiguas que de pronto empiezan a moverse. La vuelvo a ver y digo: ‘¡Qué hijo de punta, qué tempos, qué luz!’. O Crónica de un niño solo... La huida del chico del calabozo dura doce minutos. ¡Hay que estar doce minutos con la cámara, eh! El rompió todas las reglas, quebrantó el lenguaje cinematográfico. Antes eran películas de teléfono blanco. Pero no quiero hablar de mi hermano.”

¿Por qué?

–Me destroza.

Jorge Zuhair Jury y los fantasmas. Desde que irrumpió como director de El fantástico mundo de la María Montiel (1978) hasta El piano mudo (2009), el film biográfico sobre Miguel Angel Estrella, estuvo orbitando alrededor de dos o tres obsesiones: los sueños, los espectros, la militancia. La película sobre Estrella, centrada en los años de cautiverio del pianista, más que sueño fue pesadilla. “No sé si tanto –se ríe–, pero fue muy jodido. Es que es complicado hacer algo ficcionado con el protagonista real vivo. Yo me pongo a escribir tu vida y vos me decís ‘pará, pará, pará... yo no camino así, ni hablo así’. ¿Y quién te quita la razón? Fue un drama. Y una insolencia de mi parte. Estuve un año trabajando con él: me contó su vida, la registré en un grabadorcito y cuando fui a escribir el libro tenía conciencia cabal de que no iba a desmerecerlo, ni mucho menos a traicionarlo. Es más, el actor que busqué no lo conocía nadie pero era idéntico a él cuando tenía veintiocho años. Cuando se estrenó, la única opinión que me importaba era la de Estrella.”

Como buen Jury, la música está siempre presente. Escribió un par de canciones que tomó su hija (de la que exhibe un orgullo tremendo agazapado en comentarios tales como “es una negra entrañable”), pero su placer no pasa por la composición: al estilo Macedonio Fernández, gasta horas pulsando la guitarra con el único fin de musicalizar su ocio. “Me conmueven sobre todo las músicas anónimas, sean de Grecia, de Italia, de donde vengan. Escucho mucho folklore argentino, pero no el que se escucha en las radios, el estetizado. Por acá cerca hay un paisano que toca estilos, sin letra ni autor, que me emociona hasta la médula. Tenía razón Yupanqui cuando decía que una canción se vuelve eterna cuando no pertenece a nadie. Firmar es vergonzante, un acto de egolatría.”

¿Y por qué firma?

–¡Porque no queda otra! Son usos y costumbres... Francamente me interesa todo y no me interesa nada. Yo escribo una vez cada seis o siete años, si es que me ocurre algún suceso que me convoque a la escritura. Y a lo mejor lo que me sale tiene una hoja y media, o dos. No tengo profesión. Agradezco el homenaje que me organizó mi hija, pero no era necesario. Mis orígenes son marginales y nunca pude bajar de ese sentimiento de marginalidad conceptual. Te juro que no es efectismo, ni frase de ocasión, pero me da lo mismo hacer una película, pintar un cuadro, escribir un libro o jugar una partida de truco con un par de amigos.

El glorioso velorio de la Juana Pájaro. Una celebración de la obra de Zuhair Jury. Literatura, teatro, música, pintura. Viernes 22 de marzo, a las 21, última función. Centro Cultural Caras y Caretas, Venezuela 330, Capital. Entradas anticipadas

$ 40, Puerta: $ 50.

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“Yo trabajo con fantasmas. Todo pasa por mis recuerdos. Por ejemplo, siempre recuerdo el canto de los gallos por la mañana, en Luján de Cuyo. En Tortuguitas también cantan los gallos, pero no es lo mismo escucharlos a los 70 años que a los 17, enamorado y no correspondido. Ese mismo canto, ese recuerdo, puede ser un grito de dolor o una música celestial.”
 
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