radar

Domingo, 31 de marzo de 2013

VISITAS > VEINTICINCO AñOS DESPUES, THE CURE VUELVE A TOCAR EN BUENOS AIRES

Historia del pelo

Antes de la pelada de Luca Prodan, los ochenta fueron de los raros peinados nuevos de Robert Smith y compañía. El tiempo pasó y los pelos cambiaron para todos. O para casi todos: un cuarto de siglo después de un accidentado debut y despedida en Ferro, que tuvo como saldo un vendedor ambulante que sufrió un paro cardíaco y un perro policía muerto a patadas por el público, The Cure regresa a la Argentina tan dark como siempre. Anticipando el show en River, Radar recorre vida y obra del grupo, y también recuerda aquel particular “rompan todo” de 1987, producto de un país que aún no estaba habituado a los shows internacionales.

 Por Sergio Marchi

El pretendido calor del público argentino hace pensar que un artista todavía no se terminó de ir que ya le están pidiendo que vuelva. Como si la audiencia tuviera un reflejo inconsciente que la hace protegerse de esa manera de una eventual despedida. En algunos casos se trata de artistas que, se sabe, volverán pronto porque son de peso mediano, y Buenos Aires es una buena plaza. En otros, son grupos o desprendimientos solistas de bandas de renombre, olvidadas por los grandes mercados, que conservan un reducto de fanáticos leales en la Argentina. Y hay algunos, pocos, números que llenan estadios en todas partes y aquí también.

Examinada de esta manera, la situación de The Cure no registra antecedentes. En ninguna ocasión hubo una banda que evitara la efusividad del público local durante veinticinco años. En 1996, estuvieron a dos horas de avión, tocando en Brasil, y pese a una multitud que gozosamente hubiera desembolsado una buena cantidad de dólares para ver su show, no bajaron a estas latitudes. ¿Algo personal? Sin dudas (ver recuadro): Robert Smith ha confesado que aquellos dos conciertos que The Cure protagonizó en el estadio de Ferro durante marzo de 1987 permanecen en su memoria como “los días más bizarros de mi vida”.

Un cuarto de siglo más tarde, las cosas han cambiado y mucho. Argentina se transformó en una plaza regular que con casi absoluta normalidad recibió a toda clase de artistas de rock. Los que antes no bajaban, comenzaron a animarse, pese a que se suponía que por la insólita violencia que se registró durante los shows de The Cure, “el mercado” nos aislaría como si fuésemos enfermos contagiosos (vieja paparruchada que suele repetirse en temas económicos). Durante los últimos años de los ’80 y durante todos los ’90, “el mercado” fue el público porteño, incansable comprador de entradas; infatigable arengador de hits y canciones de cancha para sorprendidos ingleses y atónitos norteamericanos. Y todos volvieron sanos y salvos. Ese mercado, hay que decirlo, se consolidó por la tenacidad del productor Daniel Grinbank, y además se amplió a otros ofertantes que se fueron sumando por el camino.

Entre la primera y la segunda visita de The Rolling Stones hubo solamente tres años los que tardaron nuevamente en salir de gira–, y entre la segunda y la tercera apenas transcurrieron ocho. En cambio, The Cure tardó veinticinco años en vencer su temor a volver más de veintiséis para ser exactos–, pero la veda se ha levantado y el mito ocupará dentro de dos viernes la tribuna del estadio de River que da a Figueroa Alcorta. Ese día podrán comprobar la maduración del público argentino, salvo que el diablo meta la cola. Pero en ese caso, los organizadores ya tienen experiencia en ese tipo de situaciones y existen planes de contingencia al respecto.

Esas son las barajas del público argentino. ¿Cuáles son las de The Cure? ¿En qué se han transformado Robert Smith y sus amigos durante tanto tiempo? ¿Es, justamente, The Cure, solamente una empresa que podría llamarse Robert Smith & Friends? ¿Dark SRL?

LA CURIA

La imagen con la que no sólo el público argentino alcanzó una sorprendente identificación fue la que estereotipaba a The Cure como un grupo de lánguidos jovencitos vestidos con sobretodos, maquillados como para un funeral, con una severísima depresión que buscaban exorcizar mediante canciones que pondrían triste a Piñón Fijo. El problema es que ese sólo fue un período en la vida de The Cure, y más precisamente en la de Robert Smith, que atravesó durante los discos Seventeen Seconds, Faith y Pornography. “Realmente es así como nos sentíamos durante esa etapa”, confirmó Robert Smith, que alternaba sus deberes como líder de The Cure con su participación como guitarrista invitado en Siouxsie & The Banshees. El primer álbum de la banda, Three Imaginary Boys, editado en 1979, los ubicaba en el imaginario terreno del post punk que con el tiempo recibió los nombres de rock gótico y dark rock. Esta última denominación estuvo al dente del gusto argentino y fue muy poco usada internacionalmente.

Aquel primer disco mostraba a una banda que buscaba un estilo a través de diferentes canciones, algunas de las cuales (“10:15 Saturday Night” y “Killing an Arab”), sí destilaban pena y existencialismo, dos de las cualidades que convergerían en la futura y notable personalidad musical de The Cure. En la Argentina, el grupo fue un culto profesado por aquellos que accedían a los discos brasileños que algunos audaces contrabandeaban, ya que la filial argentina de Polygram no creyó que fuesen viables para el público argentino hasta la edición de The Head on the Door en 1985. La mutación del grupo, para ese entonces, había sido sorprendente: sin abandonar la densidad de su sonido, parecieron encontrar un buen antidepresivo que les sentó de maravillas. A ese efecto se le sumó otro, colateral, pero sí deseado: los videos de Tim Pope, obras de arte que se reían de la supuesta “depresión” del grupo evidentemente ya superada–, y que realzaban los elementos kitsch, como los gatos embalsamados del clip de “The Lovecats”, una canción que parecía Cure on Broadway.

Tras su accidentada visita a la Argentina, The Cure editó un álbum doble: Kiss Me, kiss Me, kiss Me, que ya era absurdamente alegre, con extraordinarios momentos de bajón (“A Thousand Hours”), opresión (“Like Cockatoos”) y pesadilla (“The Snakepit”). Y el grupo alcanzó la perfección estilística en 1989 con Disintegration, una formidable vuelta a la tristeza, ya no de un modo patológico sino artístico. “Lovesong” se transformó en la canción más exitosa de The Cure: un tema de amor agridulce y sumamente radiable que trepó hasta el puesto número dos (“Miss You Much” de Janet Jackson no les permitió coronar la punta). Intentaron repetir la proeza con “Friday, I’m in Love” de su disco posterior, Wish, que no resultó tan exitosa. Demasiado alegre para The Cure.

Desde ese momento, la banda entró en una suerte de piloto automático, editando nuevos álbumes de estudio cada cuatro años Wild Mood Swing (1996), Bloodflowers (2000), The Cure (2004) y 4:13 Dream (2008), interrumpidos por álbumes en vivo y devedés. Más rabiosos, más densos y fieles al sonido envolvente que los ha caracterizado a lo largo de su carrera, The Cure dejó de sorprender en discos, pero el foco pasó a su show en vivo. Como si fueran unos Rolling Stones oscuros, se lucen con shows épicos sobre los escenarios del mundo, algunos de los cuales suelen durar unas tres horas. Este dato servirá para que el público local vaya pescando de qué se tratará esta liturgia en River.

LA CUERDA

Mary Poole, la esposa de Robert Smith, ha sido la gran musa inspiradora de sus canciones, a la que le dedicó versos de una ternura naif (Tú/ Suave y única/ Tú/ Perdida y solitaria/ Tú/ Exactamente como el cielo, de “Just Like Heaven”) y textos demoledoramente íntimos (Siempre te servís una gran porción/ Es una visión hermosa/ verte comer en el medio de la noche/ Nunca tenés suficiente, en “Friday I’m in Love”). Se conocieron en el colegio cuando ambos tenían 14 años y jamás se separaron. Ella es una especie de misterio: la sombra detrás del gran Bob Smith. La que lo contuvo durante las depresiones que lo aquejaron en los primeros años ’80 y la que celebró con él los grandes logros de su carrera. Se casaron en 1988, un año después que ella aceptara bailar en el video de “Just Like Heaven”, y jamás se separaron. En ese sentido, Robert Smith ha sido un marido fiel y constante en su devoción a Mary, y ella siempre ha sabido cómo llevarlo, tanto en la enfermedad como en el estrellato. “Ella es mi compañera desde hace unos trescientos años”, declaró Robert, y en su boca pintada y su rostro maquillado, la frase tiene un tono vampírico. Aunque en verdad es romántico.

“Tuve suerte muy temprano”, afirma Smith hablando sobre Mary. “Disfruto lo que hago y con quien estoy. Habiendo dicho esto, no soy una persona con hábitos fijos, porque lo que hago en mi trabajo es viajar y tocar en vivo, y sólo ocasionalmente hago cosas raras. Pero mi hogar está lleno de elementos de normalidad que disfruto, como estar en un mismo lugar y con una misma persona. No es habitual, pero no se me ocurre otra cosa que quiera hacer. En este punto de mi vida podría hacer cualquier cosa. No tengo hijos, no tengo lazos; podría ir a cualquier lado y hacer lo que me viniese en gana. Pero cada año me siento a pensar qué y no cambiaría nada de lo que es mi vida hoy.”

Más allá de la declamada normalidad, y pese a los constantes cambios de integrantes (algunos de los cuales han vuelto hasta en tres ocasiones), The Cure se ha convertido en un símbolo cultural de un tiempo en el rock donde estar deprimido era cool, aun cuando la banda hiciera videos y cantase canciones de lo más alegres. Tim Burton creó su Joven Manos de Tijera a imagen y semejanza de Smith; South Park lo convirtió en dibujito animado; la película The Crow lo transformó en ser alado. Existen no menos de seis discos tributos a The Cure, y una vasta cantidad de bandas que encontraron en ese sonido parte de su identidad: Radiohead, Nine Inch Nails, Interpol, Placebo, The Rapture, The Killers, Jesus & Mary Chain, The Mission, Curve, A Perfect Circle, Crystal Castles y hasta los recién separados My Chemical Romance abrevaron en las turbias aguas de las alucinaciones góticas de Robert Smith. Por no mencionar toda la corriente emo.

¿Por qué tanta vigencia de una banda que ya fatiga 35 años? Es simple: The Cure le encontró el lado pop a la tristeza. Hallaron una sonoridad que resuena en psiquis deprimidas interpretando e interpelando la desolación. En definitiva, The Cure movió aguas estancas del rock inglés de fines de los ’70, y millones de jóvenes (vendieron casi 30 millones de álbumes) se reconocieron en esa melancolía que destilan sus letras aun en sus canciones más felices.

Después de todo, como escribiera Vinicius de Moraes: “La tristeza no tiene fin”.

Compartir: 

Twitter
 

 
RADAR
 indice

Logo de Página/12

© 2000-2017 www.pagina12.com.ar | República Argentina | Política de privacidad | Todos los Derechos Reservados

Sitio desarrollado con software libre GNU/Linux.

Logo de Gigared