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Domingo, 30 de junio de 2013

Cortázar transversal

El 28 de junio de 1963 se publicaba Rayuela en la Editorial Sudamericana, y la literatura argentina se veía hondamente transformada por un libro escrito en Francia y por un autor que llevaba casi diez años lejos del país. Julio Cortázar ocuparía desde entonces un lugar crucial, no exento de tensiones y conflictos, ganando el fervor de los lectores más jóvenes y pateando varios tableros a la vez. Su reconexión con Argentina y América latina iría creciendo sin pausa hasta su muerte, en 1984. Radar ofrece una mirada sobre aquel juego de la rayuela que todavía genera lecturas entusiastas y que precede a las celebraciones de 2014, cuando se cumpla el centenario del nacimiento de Julio Cortázar.

 Por Claudio Zeiger

Rayuela es la rebeldía que precede a la revolución. Un intento a fondo de protagonizar la rebelión del hombre –la batalla por la autenticidad– como actitud individual antes de acoplarse a la revolución, o de adherir, adherirse a la revolución soportando los intereses, los silencios, las omisiones y las conveniencias de las revoluciones con mayúsculas, presumible etapa adulta de las rebeldías. Por eso, Rayuela nunca desmiente la absoluta madurez de la propuesta (Cortázar hablaba de un libro escrito para su generación), a pesar de reivindicar el espíritu de gran humorada; la pelea no está comenzando sino llegando a su fin: es el último round de la rebeldía, se intuye. Argelia le muerde los pies, se viene Cuba (Cortázar escribe Rayuela a partir de 1958), las llamadas a la acción resuenan por todas partes y ya se discuten en el Club de la Serpiente entre Ronald, Oliveira, Gregorovius y Wong. Y por eso envejecen más rápido que Rayuela sus ímpetus de revolucionar los códigos literarios y la mentalidad media del novelista argentino mientras permanece intacta su apelación a la rebelión, su adhesión (anunciada pero concretada en la década siguiente, sobre todo a partir del Libro de Manuel) a la revolución, al cambio, su plantarse consecuente de cara a la modernidad, al progresismo y a la diversidad; todas las causas que hacen de Cortázar un escritor tan de esta época, tan siglo veintiuno, tan transversal si se acepta que la postura progre no debe nadar en aguas tranquilas, sino que siempre y todavía tiene que luchar contra los embates de las fuerzas oscuras, del conservadurismo, del militarismo, del fascismo. O sea, si les damos alguna credibilidad a las batallas ideológicas de estos días, no cuesta tanto entender la batalla que libró Rayuela a comienzos de los años ’60, ni entender por qué eso que pasaba por humor ingenioso de juego de palabras y superioridad intelectual pour épater a la pequeño burguesía porteña, tenía un trasfondo de desolación, de humedad, de concierto de piano en sala vacía, de bebé muerto en un cuarto agobiante, de mendigos clarividentes a fuerza de vino berreta y patadas en el culo de la policía. Rayuela es la rebelión de la pieza de hotel o de pensión, mucho más sórdida y secreta que la ligereza de las pocas páginas que sostienen el mito del gran romance de andábamos sin buscarnos pero nos encontrábamos igual. Mucho más cerca del exilio de Gombrowicz que del Mayo francés. Cortázar finalmente abonará el mito de París (porque, como se insiste en la novela, París es una metáfora, un signo de lo múltiple y porque obviamente siempre tendremos París), como los ’60 abonaron los ’70 y la rebelión abonó la revolución. Mientras tanto, Rayuela emitía señales de la gran revuelta a pesar de que Oliveira no asistiera a las manifestaciones ni pintara paredes. No cuesta entender que, sea del lado de acá o del lado de allá, la obsesión de Cortázar era la Argentina, sus gentes y su literatura, país y literatura que había abandonado casi diez años antes de la publicación de la novela (pero también tan lejos de ser un afrancesado, uno de los adaptados en busca de un sillón en la Academia); que el “porteñismo” es el pequeño lenguaje detestado y añorado a lo largo del libro, que cada humorada, cada verdad, cada intento de desenmascarar la impostura remata o es precedida del inefable “che” (cifra paradójica de sarcasmo y revolución).

No se trata de una nostalgia por la tierra perdida: se trata de una matriz profunda. En las cartas y notas que se pueden leer a continuación, se presienten las tensiones en las que entraría la novela de Córtázar (y que, a partir de ahí, arrastraría hacia esa tensión a toda la obra de Cortázar, incluyendo la que ya había publicado), operación preparada largamente, dicho sea de paso, a través de cartas y pruebas de galera. Marechal lo pega a Sabato diciendo que Rayuela y Sobre héroes y tumbas son los dos grandes monumentos de la gran literatura nacional (después de su Adán Buenosayres, aunque no lo diga por pudor); Cortázar se despega de la seriedad metafísica del maestro pero no se anima a desmentir a Marechal, a quien quiere mucho. Murena enarbola una seriedad que él mismo no sostenía en su ficción lúdica, un tanto psicótica. Borges sigue sin escribir novelas. Algo está crujiendo en la literatura argentina. En Rayuela, cuando Oliveira vuelve a Buenos Aires, discute con Traveler y Talita sobre David Viñas, Bioy Casares, el Padre Castellani y Manauta (cautamente no se cuenta lo que discuten). O sea, discuten la literatura en su tiempo, de izquierda a derecha.

Cortázar piensa en la rebelión humanista y en la miseria intelectual de la clase media argentina de la que proviene y dejó hipotéticamente atrás; mientras tanto, de cara a los años que vendrán, no está ajeno a la juventud, potencia que camina por América latina y hará eclosión en pocos años, como el rock. Pero en Rayuela, la juventud todavía es una esencial incomodidad.

“Es triste llegar a un momento de la vida en que es más fácil abrir un libro en la página 96 y dialogar con su autor, de café a tumba, de aburrido a suicida, mientras en las mesas de al lado se habla de Argelia, de Adenauer, de Mijanou Bardot, de Guy Trébert, de Sidney Bechet, de Michel Butor, de Nabokov, y en mi país los muchachos hablan ¿de qué hablan los muchachos en mi país? (...) Me apasiona el hoy pero siempre desde el ayer y es así como a mi edad el pasado se vuelve presente y el presente es un extraño y confuso futuro donde chicos con tricotas y muchachas de pelo suelto beben sus cafés crème y se acarician con una lenta gracia de gatos o de plantas.”

Por eso Cortázar agradecerá especialmente la repercusión de Rayuela entre los jóvenes: porque acentúa la incomprensión gagá de los mayores, los Serios, y porque lo confirma en una suerte de apuesta vital a la revulsión primaria. Mientras Sobre héroes y tumbas está edificada en el imaginario fatalista de la adolescencia como derrota esencial del ser humano, Rayuela busca la potencia radical de la infancia que lo ve todo con nuevos ojos y espera el futuro como absoluta novedad a-pesar-de-todo. Dicho brutalmente: la apuesta revolucionaria de Cortázar vuelve a Sabato reaccionario.

Ese encastrarse de Rayuela en la Argentina y sus incipientes jóvenes de los sesenta se iría ampliando en sucesivas piezas abarcadoras de un rompecabezas más complejo: América latina, una Europa reconciliada a través de sus intelectuales más progresistas; la resistencia a las dictaduras del Cono Sur (Cortázar jamás dudó en su condena y fue ese cuadro de situación el que lo llevó al activismo); un paulatino dejar que la realidad política y social avanzara sobre los valores del hombre estético, literario. Compromisos.

Ya era otro mundo. Eran los setenta. Cuando se terminaron, cuando finalmente se derrumbó la dictadura militar, Cortázar volvió a la Argentina y la democracia lo dejó caminar por la calle Corrientes pero no lo reconoció en público, no lo presentó en sociedad al escenario de la apertura democrática. Y sin embargo, la Gran Semilla cortazariana ya estaba sembrada, hacía rato. Y, cosa de las efemérides pero también de los mensajes cifrados de Rayuela, en 2013 se cumplen los 50 años de la novela, mientras que el año próximo serán los Cien (no de soledad sino del nacimiento del autor) y los treinta. De su muerte. Pero continuará.

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