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Domingo, 22 de septiembre de 2013

LA SELECCION INFANTIL

1001 libros infantiles que hay que leer antes de crecer (Grijalbo) es una compilación monumental, pero amena y diversa, sobre cuentos de chicos de toda época y vertiente. Clásicos como Perrault o los hermanos Grimm, relatos populares chinos, cuentos de hadas y fantasmas, Dickens, Lewis Carroll, Stevenson y Twain, hasta Harry Potter y la saga de Crepúsculo. Compilada por la periodista inglesa Julia Eccleshare y el ilustrador Quentin Blake, la selección da cuenta de cómo la infancia y las formas imaginarias y narrativas de contarla fueron evolucionando a lo largo del tiempo. Además, Ana María Shua, Pablo De Santis, Isol y Liliana Bodoc eligen su libro para niños favorito.

 Por Mariano Kairuz

Existe, aún se consigue, aunque no abundan ejemplares en las librerías argentinas, un cuento ilustrado brevísimo y notable llamado El libro triste. Es notable porque empieza siendo muy triste de verdad, con un hombre que confiesa que se encuentra en un estado de congoja inconsolable por más que en su retrato parezca contento (“Finjo que estoy contento porque creo que no les gusto a los demás cuando tengo aspecto triste”), y que confiesa que el origen de su tristeza es que su hijo Eddie murió. La muerte del hijo joven se posa como una nube pesada y oscura sobre el narrador a lo largo de unas veintipocas páginas, atravesando la descripción de esa desazón, y el recuerdo del muchacho muerto. El autor de El libro triste se llama Michael Rosen, y es un escritor, poeta, cuentista y guionista inglés que perdió a su hijo en la vida real. Y su libro es notable porque la tristeza no cede ni un poco siquiera al final, y porque sin embargo es –así lo indica el formato de tapa dura, poco texto por página, las inconfundibles ilustraciones de Quentin Blake– un libro dirigido a los chicos. El libro triste es notable, finalmente, porque ofrece la medida de mucho de lo que puede ser un cuento infantil: una historia de frases sencillas y claras, sensibles y duras a la vez, que apela a sentidos y sentimientos auténticos, sin concesiones, que no le escapa al mundo real, que lleva lejos y de modo explícito la consigna de que los buenos cuentos y libros infantiles son aquellos con los que los chicos crecen un poco en el acto mismo de leerlos.

El libro triste no está incluido en la compilación 1001 libros infantiles que hay que leer antes de crecer (Grijalbo), que se consigue en las librerías locales desde hace algunos meses, pero tanto su autor, Rosen, como su ilustrador, Blake, son citados y participan activamente en él. Tal vez no esté incluido porque a pesar de sus casi mil páginas, no sobra el espacio en este volumen que tiene, es evidente, cierta intención canonizadora: que no falten los superclásicos (Andersen, los hermanos Grimm, y Perrault, tan salvajes sus originales, tantas veces adulterados en nombre de cierta presunta accesibilidad; tampoco los “Cuentos populares chinos”, ni muchos folklóricos anónimos ni los cuentos de hadas escoceses, ni las leyendas locales compiladas por el argentino Javier Villafañe, etcétera); que no falten los clásicos modernos (o casi) que influyeron en quienes hoy escriben para chicos: títulos como El cuento de Perico el conejo travieso, y otros de Beatrix Potter, el Fabuleario de Edward Lear, The Magic Fishbone, de Dickens, el Jardín de versos para niños, de Robert L. Stevenson, El libro de la selva y Solo cuentos, ambos de Kipling, y los cuentos de Hoffman y Twain y Jack London y Lewis Carroll y Verne, Salgari, y Tolkien y algún Steinbeck, y El ratón Pérez, de Luis Coloma, Winnie The Pooh, de Milne, Madeline, de Ludwig Bemelmans, Donde viven los monstruos, de Sendak, y muchos más que no dejaron de reeditarse, como La telaraña de Charlotte, de E. B. White, Pippi Calzaslargas, de Astrid Lindgren, Jorge el curioso, Eloise, la obra de Dr. Seuss, la de Roald Dahl, Michael Ende y buena parte de la de Richard Scarry, y la de Tomi Ungerer. Que no falten tampoco, los actuales y muy valiosos y (con justicia) de moda, como Anthony Browne y Oliver Jeffers (o la Olivia de Ian Falconer). Y la lista es abrumadora y no faltan tampoco los best-sellers de aventuras para adolescentes, que –dado que el libro está dividido por edades: hasta 3, y más de 3, de 5, de 8 y de 12– es la sección más contemporánea del volumen, y tal vez la más obvia (Harry Potter), la que menos descubrimientos contiene y la que más críticas y recelos ha despertado. No faltó quien se preguntara sobre la verdadera necesidad o utilidad de leer la saga Crepúsculo, de Stephenie Meyer, antes de crecer (o siquiera después).

Pero no tiene sentido discutir semejantes pequeñeces: si la gracia del pesado volumen es todo lo que nos permite descubrir, los libros y cuentos raros y no tanto pero de cuya existencia no teníamos idea, y que en más de un caso se revelarán inconseguibles, el efecto general del trabajo realizado –una sinopsis-reseña a cargo de un equipo de unos setenta especialistas en la materia, y treinta autores e ilustradores de literatura infantil, en calidad de recomendadores invitados– es un paneo histórico del género y de todo lo que éste puede contener: como en El libro triste de Rosen un cuento infantil puede contener muertes, y agobio y tristeza y otros sentimientos, si no deseables, perfectamente nobles, y como los atestiguan muchas de las obras listadas, un cuento infantil o juvenil lidia a menudo con la verdad y la mentira, el egoísmo, la cobardía, el deseo y la decepción, y los impulsos más destructivos, es decir, básicamente con todos los componentes de la naturaleza humana.

“La selección de libros de este volumen permite hacerse una idea de cómo se ha percibido la infancia en distintos países y en períodos diferentes de la historia –asegura la compiladora Julia Eccleshare en su introducción a 1001 libros que hay que leer antes de crecer–. Y muestra que unas veces la infancia se idealiza y otras se demoniza, y que a menudo las narraciones trazan el rumbo de los cambios sociales que han afectado tan profundamente a los niños. Esto se logra a través de un ordenamiento cronológico de los libros y con un estudio interesante acerca de cómo las nuevas expectativas y las oportunidades de los niños han cambiado con el paso del tiempo, y de qué manera han influido las narraciones en su educación, su entretenimiento y sus formas de evasión.” Sobre la decisión de ilustrar cada reseña con la cubierta de la primera edición en el idioma original de cada libro, dice también que éstas muestran los cambios tanto en el contenido de los libros como en las maneras de atraer a sus lectores. “Algunos de estos cambios son muy evidentes. Imágenes que hace poco han sido abandonadas, sobre la base de que eran políticamente incorrectas, se muestras reveladoras de las actitudes que han prevalecido en una época.”

Julia Eccleshare

1001 libros que hay que leer antes de crecer tiene dos firmas. Una de ellas es la citada Eccleshare. La otra, la del ilustrador Quentin Blake (Londres, 1932), también cuentista él mismo pero más conocido como el artista que puso los dibujos a, entre más de trescientos libros, casi toda la obra infantil de Roald Dahl (una colaboración muy productiva, que se extendió a lo largo de los últimos trece años de vida del autor de Matilda y Charlie y la fábrica de chocolate) y, retrospectivamente, a las reediciones de su obra previa. Los dibujos de Blake son extraordinarios e inconfundibles; poseen un estilo engañosamente apurado, como una suerte de boceto acuarelado, una falsa cocción a medias de la cual proviene su encantadora vitalidad. Está bien que él firme la tapa de 1001 libros infantiles... a la par de su coautora, porque su ilustración de cubierta es la primera gran vía de entrada del tomo. A su vez, está claro que la autora general de la idea es Eccleshare, crítica y escritora británica que durante años ha reseñado libros infantiles en The Guardian, y que en ese mismo diario lleva adelante una columna en la que responde consultas de los lectores sobre el tema. Con frecuencia, estas consultas incluyen pedidos de recomendaciones de padres (posiblemente asustados o desbordados por las demandas y ansiedades de sus hijos), de cuentos y libros que lidien con temas como, por ejemplo, la imposibilidad de tener una mascota, o la muerte de una mascota. Algunas consultas son más que interesantes, como cuando le preguntan si está bien que las novelas adolescentes incorporen el suicidio en sus tramas. “Los escritores de literatura adolescente –contesta Eccleshare– han puesto siempre un ojo atento sobre las preocupaciones de la generación para la cual escriben: oler el zeitgeist y abordar la realidad es parte de lo que hace que la ficción dirigida a estos grupos funcione mejor. El sexo fue alegremente sacado del closet bastante tiempo atrás en títulos como Forever, de Judy Blume. Luego le siguieron las drogas, con la publicación del excelente Junk, de Melvin Burgess. (Pero mientras que) la mayoría de los adolescentes experimentan o bien las drogas o el sexo o ambos, solo un puñado tendrá que atravesar la desgarradora experiencia de la muerte de un amigo cercano. Aun así, el suicidio en las novelas, como en la vida, es la expresión más extrema de una angustia que la mayoría de los adolescentes sufren en determinado momento, y explorar la desesperación existencial del adolescente ha sido siempre el mejor material del que dispone la ficción para chicos. Así como los suicidios se incrementan en la vida real, también lo harán en la ficción, nos guste o no.”

Otra angustia que corroe a sus lectores adultos es si los libros para chicos son “más oscuros” de lo que solían ser. “La verdad –dice Eccleshare– es que buena parte de la ficción para chicos, inclusive cuando está disfrazada de aventura, trata acerca de navegar emocional o físicamente tiempos difíciles. Mientras que muchas veces recordamos los libros de nuestra infancia por su acción y su aventura o el optimista brillo de su final, lo cierto es que éstos frecuentemente llevan la tragedia o la tristeza en su centro. (...) Navegar ese tipo de territorio es la esencia de la ficción. Nadie lo sintetizó mejor que el premio Children’s Laureate, Michael Rosen, cuando describió los libros para chicos como ‘el relleno que va entre el mundo de los chicos y el mundo de los adultos’. De una manera u otra, todos los libros para chicos tienen que navegar ese espacio”. Y agrega: “En la actualidad, las distopías imaginarias están reemplazando los contextos ficticios de movimientos históricos tales como la Revolución Francesa, o la Segunda Guerra como lugares en los que los chicos se ven obligados a manejar sus propias vidas. Estos no son lugares más oscuros que aquellos precursores históricos, y, al igual que aquéllos, proveen un espacio en el que los chicos, especialmente los muy vigilados chicos de hoy, pueden lidiar con demonios, tomar riesgos y crecer”.

Quentin Blake

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