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Domingo, 10 de agosto de 2014

ILUMINADOS POR EL FUEGO

Hace veinticinco años, siendo un muy joven periodista de la sección Espectáculos de Páginal12, Eduardo Berti compartió largas charlas con Luis Alberto Spinetta, tanto en su casa como en la de sus padres, donde estaba la mítica sala de ensayos de Almendra. El resultado fue Crónica e Iluminaciones, que después de tantos años Planeta publica en su colección de libros de rock. En esta entrevista, a poco más de dos años de la muerte de Spinetta, Berti reconstruye aquella aventura compartida. Además, Radar presenta fotos inéditas del Flaco que sacó Charlie Piccoli y que forman parte de su libro Rock argentino fotografías, un extraordinario recorrido por la escena porteña de los ochenta y comienzos de los noventa.

 Por Martín Pérez

Un mazazo. Así es como Eduardo Berti define que fue para él la noticia de la muerte de Luis Alberto Spinetta. “No hay palabra más exacta para lo que sentí y para lo que (me consta) sintió toda una legión”, resume en el prólogo de la flamante reedición de Crónica e iluminaciones, su sorprendente libro de charlas con Spinetta, que –a veinticinco años de su primera edición– sigue siendo no sólo el inevitable punto de partida para quien quiera repasar su carrera, sino uno de los textos básicos de la historia del rock por estos pagos. Y sin embargo, estuvo casi dos décadas fuera de las librerías, por la simple decisión de sus autores. O, más bien, por no haber tomado ellos ninguna decisión al respecto.

“Cuando hicimos el libro, no había muchos antecedentes de libros sobre un músico de rock –explica ahora Berti, sentado ante un porteñísimo cortado en su bar preferido del barrio de Colegiales–. Así que no teníamos ni la menor idea de cómo hacer. ¿Quién firma el contrato? ¿De quién es el copyright? Fue algo que aprendimos sobre la marcha y medio a los golpes”, confiesa. Recuerda que Spinetta le dejó en claro que el libro era suyo, porque era él que lo había escrito. Pero, claro, su respuesta fue que sin su colaboración, y las letras inéditas que aportó, nunca hubiese sido posible. El ida y vuelta se saldó, muy amistosamente, con el pacto de una cena de comida japonesa a cargo del autor, agasajando al artista. “Creo que lo propuso sólo para sacarme de encima”, se ríe Berti.

Lo que ni autor ni artista se esperaban era que su trabajo se convirtiese en best seller, y pasadas las cinco o seis primeras ediciones –cuenta Berti en el nuevo prólogo– Luis lo llamó para decirle que era suficiente, que no debía reimprimirse más. “Nunca entendí sus razones, pero tampoco necesitaba entenderlas para respetarlas”, escribe. Pero el contrato no especificaba un límite de ediciones y no quedaba otra que respetarlo. Recién cuando se venció, en 1993, pudieron hablar claramente. Resolvieron que el libro era de los dos, cincuenta y cincuenta, y que sólo podría reeditarse con la bendición de ambas partes. Algo que nunca llegó a suceder.

“Nunca fui a ofrecerlo a ningún lado”, aclara Berti, que está brevemente de regreso en Buenos Aires, interrumpiendo una apacible vida académica –que además le permite dedicarse a escribir bastante libremente– en el sur de Francia. “Un poco por pudor, y tal vez porque tenía miedo de que si aceptaba alguna oferta, después Luis podía decir que no.” Recién cuando la editorial Planeta se acercó con la propuesta de incluirlo en su creciente colección dedicada al rock, cuenta, sintió por primera vez que tenía ganas de hacerlo. Ante ese primer acercamiento, sin embargo, Berti respondió entonces tal como se había acostumbrado a hacerlo: “Sólo si Luis está de acuerdo”. Pero nunca llegó a preguntarle su opinión.

Ese primer contacto, precisa, fue cuando Spinetta aún estaba vivo, y preparando el concierto de Las Bandas Eternas, ese momento tan atípico para un artista que no se caracterizaba precisamente por mirar hacia atrás y que de pronto había decidido hacerlo de una manera única en la historia del rock. “Porque una cosa es reunir a Almendra, a Seru o a Los Gatos. Y otra muy diferente reunir a todos los grupos de toda una carrera, y además que sea posible, que todos los músicos estén disponibles. Fue algo totalmente inédito e irrepetible”, se entusiasma Berti, que –aunque no pueda permitirse decirlo en voz alta– aún se lamenta por no haber estado en Vélez aquella noche. Y no estuvo porque ya había regresado a su hogar del otro lado del Atlántico –por entonces en Madrid–, junto a su mujer y su hijo. Se había ido sin preguntarle a Spinetta por la reedición, pero ya habría tiempo para hacerlo, sin apuro, pensó. Se lo cuento por mail, se tranquilizó.

Y entonces el mazazo.

Y el paso del tiempo, tan necesario.

LAS FLECHAS SON PARA LOS INDIOS

Recién cuando se realizó la muestra en la Biblioteca Nacional, Berti reunió fuerzas para comentarle la idea a Catarina Spinetta, la hija mayor de Luis y la que aparece en la reedición como heredera del copyright, que dio su aprobación. Por eso es que, ahora sí, aquel libro vuelve a existir, y lo hace –subraya Berti– como siempre debió ser. Con una isla de fotos de Eduardo Martí, algo impensable para el presupuesto de la edición original, a cargo de Editora/12. Y con el nombre de Luis Alberto Spinetta al lado del suyo, como autores de un libro que siempre fue algo así como el sueño del pibe. Del pibe Berti, claro. Un fanático confeso de Spinetta que, durante los tres o cuatro meses de fines de 1988 en los que estuvo yendo a entrevistar a su ídolo una y otra vez, nunca dejó de pensar –algo que también confiesa en el prólogo– en lo inesperado y emocionante que era poder estar ahí, preguntando todo lo que, desde siempre, tantos habrían querido preguntarle, disco por disco, canción por canción.

“Volver sobre el libro fue algo movilizador. Porque es un viaje en el tiempo por todos lados, como te imaginarás”, explica el periodista y escritor, que por entonces tenía apenas 24 años, y asegura haber fantaseado con el proyecto desde la aparición en 1983 del iniciático libro sobre Charly García del periodista y poeta Daniel Chirom, a cargo de la librería y editorial El Juglar, respetando el formato de sus populares cancioneros. Es revelador el recorrido de los libros de rock vernáculos: si en un primer momento se asimilaron al formato de bolsillo de las compilaciones de letras de canciones, después, durante mucho tiempo, pasaron a tener casi naturalmente un formato de revista, como el de la edición original de Crónica e iluminaciones. Un concepto que Berti mantendría como coordinador de la Editora AC, suerte de heredera de aquel éxito impensado, donde saldrían también con ese mismo formato libros dedicados a Luca Prodan, León Gieco y Los Redondos, entre tantos otros.

“Pensaba que ya era hora de que Spinetta tuviera un libro”, cuenta Berti, regresando al punto de partida de su proyecto, que –señala– tuvo dos modelos. Uno, el más mencionado, fue el legendario libro de conversaciones entre François Truffaut y Alfred Hitchcock, que por aquí se difundió entonces en su formato de bolsillo, por Alianza. Cuando se le comenta que a Truffaut le pasa con Hitchcock algo parecido a lo que a él le sucede con Spinetta, con el entrevistado refutando una y otra vez las elaboradas teorías del entrevistador, Berti –que aún se ríe ante el recuerdo de su cuadro sinóptico con flechas vinculando diversas canciones, desestimado por Spinetta con la contundente frase “las flechas son para los indios”– revela que tuvo la ocasión de escuchar las grabaciones originales de las charlas con las que se construyó aquel libro, y que es toda una decepción darse cuenta de que hay una traductora siempre presente.

El otro modelo fue uno que acababa de salir cuando Berti encaró el proyecto, y que era de acá nomás: el admirable El sonido de la calle, una larga entrevista de la periodista e historiadora uruguaya Milita Alfaro a Jaime Roos, en la que recorren toda su vida y su obra, al ritmo de casi un disco por capítulo. Un libro en formato apaisado y a dos columnas, como el Crónica e iluminaciones original. Y que, oh casualidad, tampoco ha sido reeditado, al menos hasta ahora. “Me gustaba la idea del largo reportaje, la verdad. Pero la diferencia era que el mío sumaba otras voces”, apunta Berti, que asegura que en su momento se lo comentó a Roos. “Le dije que estaba usando su libro de modelo para el mío con Spinetta, y me contestó: ‘Hacés bien, porque Milita hizo un gran trabajo’.”

ESCUPIENDO MILAGROS

Con un título que terminó siendo rimbaudiano –ante la opción de un demasiado obvio pero eminentemente spinettiano El libro de la buena memoria y tratando de evitar el más ramplón Vida y obra–, para Berti el libro que hicieron con Spinetta fue casi un milagro. De la misma manera en que decidió mirar hacia atrás de la forma en que lo hizo con las Bandas Eternas, después de pasarse toda una vida evitando volver musicalmente sobre sus pasos –“todos dicen que no sabía que estaba enfermo, pero no puedo dejar de pensar que de alguna manera tiene que haberlo sabido, aun sin saberlo”, reflexiona Berti, casi con un susurro–, una vez que aceptó hacer el libro, Spinetta se dedicó a hacerlo con una entrega y seriedad admirables, asegura su cómplice. “Mis intervenciones siempre me parecieron previsibles, lo más interesante siempre lo dice Luis”, confiesa Berti. “Pero siempre supe que era muy difícil que saliese mal un libro con él hablando de su obra con ganas, realmente”, calcula, al tiempo que rescata algunos momentos especiales de aquellas charlas. Como cuando Spinetta empezó a desgranar sus vínculos infantiles con el folklore y, especialmente, el tango.

“Para mí fue una revelación –confiesa Berti, que con el tiempo terminaría escribiendo guiones para documentales de tango–. Porque en aquella época desde el rock veíamos más el corte con el tango que la continuidad. Y mi vínculo por entonces con el tango era nulo.” Además, se sorprende aún hoy, Spinetta estaba siempre mostrando referencias, en vez de ocultarlas. “Yo le preguntaba si el ojos de papel no venía de los Beatles, y me decía que podía ser. Pero enseguida me señalaba que voz de gorrión no estaba tan lejos del tango.” Claro que, a pesar de su entrega, también quedaban agujeros en la historia, como los del final de Almendra, su viaje a Europa y el regreso. “Una época que Luis contó mejor en un libro como Martropía, supongo que por la distancia que da el paso de tiempo, que hace que ciertas cosas dejen de ser tabúes”, apunta, haciéndole un guiño al libro de conversaciones de Spinetta con Juan Carlos Diez, mucho menos histórico y lineal, publicado casi dos décadas después que el suyo.

Pero el momento más revelador del libro, calcula, fue cuando Spinetta declaró que odiaba haber creado fans, reaccionando ante la silbatina que recibió Charly García por parte de su público cuando lo invitó a tocar en el Luna Park, con Jade. Algo que no sucedió con el público de Charly cuando Spinetta subió a tocar en la presentación de Piano Bar. “Me acuerdo que estábamos en la casa de sus padres, que para mí era la sala de ensayo de Almendra... ¡porque lo era! Luis caminaba mucho hasta ahí durante nuestras charlas, y me hacía acompañarlo. No sé si solía visitar la casa seguido, o simplemente le gustaba hablar del libro ahí. Nunca pude preguntárselo. Pero recuerdo que cuando hablamos de ese tema hicimos una pausa para salir a caminar, algo que no era común, porque no solíamos cortar por la mitad un tema. Además, era un fin de semana, y las charlas por lo general eran durante la semana. Así que lo recuerdo como un momento especial”, asegura, y por un momento se pierde en su memoria. De la que regresa para preguntarse en voz alta: “Una cosa que aún no entiendo es por qué nunca entrevisté a Julia, su madre”. La respuesta tal vez esté en un exceso de pudor, asociado a la decisión consciente de respetar la vida privada de su entrevistado. De hecho, si habló con el padre fue sólo porque Luis lo mandó a hablar con él, recuerda, cuando le preguntaba por el aspecto de Bajo Belgrano durante su infancia. “Yo fui e hice lo que Luis me había indicado. Sólo eso. Me imagino que Julia debía preguntarse por qué hablaba tanto con su marido y nunca con ella”, imagina Berti, y sonríe ante la idea.

A pesar del súbito pedido de que se dejase de imprimir como inesperada respuesta al éxito que tuvo, Berti asegura estar seguro que Spinetta había quedado contento con el libro. Recuerda que, mucho tiempo después, cuando se estaban preparando para una entrevista en el programa televisivo Rocanrol, en el que Berti oficiaba de guionista y productor, Spinetta le empezó a comentar casi de la nada que estaba leyendo la biografía de Miles Davis. “Me decía que era un buen libro, y yo paré la oreja, medio paranoico, preguntándome por qué me estaba diciendo eso en realidad –recuerda–. Pero enseguida me miró y me dijo: ‘La verdad que el laburo que hicimos está muy bien’. Y yo me quedé tranquilo desde entonces.”

Cuenta que, si bien no fue una exigencia, cuando arreglaron hacerlo, le prometió a Spinetta que le dejaría leer el libro antes de su publicación. Cuando llegó el momento, recuerda Berti, lo único que dijo Luis es que le parecía que hacía falta más trabajo. “No pidió que dejase nada afuera del libro, ni pidió que cambiase ni una palabra de las que dijo –asegura, aún sorprendido por semejante actitud–. Lo único que pidió agregar fue una nota al pie a una vieja declaración, sacada de un reportaje para la revista Expreso Imaginario, en el que descartaba alguna decisión musical alegando que ‘sería como maquillar a una mina para hacerle el amor’. Luis me hizo agregar, simplemente: ‘Lo cual no está tan mal, después de todo’. Lo que sólo habla de una cierta madurez”, se ríe Berti, que siente que Spinetta, ante el libro, siempre estuvo más pendiente de él que de sí mismo. “Todo el tiempo me cuidó. Recuerdo, por ejemplo, que me criticó una palabra que no le gustaba: tendal. Mejor poné otra, me dijo. Se comportó más como un editor que como el entrevistado. Me cuidó a mí, sabiendo que así cuidaba al libro.”

A un cuarto de siglo de su edición original, Crónica e iluminaciones ya no necesita más cuidados, y encontró su forma definitiva. Volvió a la portada aquel abanico en las manos de Spinetta, y –por fin– es un libro con forma de libro. No habrá actualizaciones, asegura Berti, que sólo le agregó un prólogo en el que cuenta sus idas y vueltas, versión corregida y ampliada de un texto publicado originalmente en la revista La Mano. “También le agregué un reportaje que hice para

Páginal12, sobre la salida de Pelusón of milk, muy poco después de que hicimos el libro”, explica quien por entonces trabajaba de periodista en la sección espectáculos de este diario. “Me pareció que así lo cerraba con la aparición de Vera. Y además siempre pensé que ese disco es su obra maestra de madurez”, afirma el hombre que nunca quiso convertirse en spinettólogo, autor de un libro definitivo, pero que –por suerte– siempre será punto de partida antes que punto final.

“Tal vez si me hubiese sentado a charlar con él ahora, en vez de haberlo hecho tan temprano en mi carrera, hubiese sido otra cosa”, se imagina. “Cuando para el programa Elepé, que hicimos con Nico Pauls y Marcelo Fernández Bitar, incluimos en la lista inicial el primero de Almendra y Artaud, también nos dijimos enseguida: olvidémonos de estos discos. Pero Luis no sólo aceptó repasarlos, sino que nos dio dos entrevistas distintas, con una calma extraordinaria”, recuerda Berti, que enseguida razona que parte del encanto de Crónica e iluminaciones está en la frescura de la juventud, en ese candor. “Tal vez haya sido justamente eso lo que lo entusiasmó a Luis, y lo hizo aceptar mi propuesta”, insiste y se pregunta, ya sin respuestas a mano.

Salvo el recuerdo de la anécdota del único momento en que Spinetta, un cuarto de siglo atrás, después de haber aceptado someterse a sus preguntas para el libro, pareció aburrirse o cansarse del proyecto. Dos veces fue a su casa a la hora pactada, y las dos veces no lo encontró. Cuando tocó a su puerta la tercera vez, que se había convertido en la definitiva, no atendió Luis sino su hermano Gustavo, muy serio y casi compungido, y empezó a balbucear unas disculpas. Pero el joven periodista no tuvo tiempo para angustiarse por el destino de ese libro que parecía truncarse justo en ese momento. Del otro lado de la puerta alcanzó a escuchar la risa contenida de Spinetta. Y enseguida su voz, explicando a su manera que habría libro, que no había renunciado, que nada había sido en vano: “Qué julepe, ¿eh?”.

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Imagen: Y FOTO DE TAPA: CHARLIE PICCOLI
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