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Domingo, 10 de agosto de 2014

HISTORIA DE O

CINE Miembro de una generación que se crió viendo los grandes clásicos de la comedia hollywoodense, Rob Reiner realizó a lo largo de los ’80 y los ’90 una serie de películas magistrales, que incluye el falso documental This is Spinal Tap!, La princesa prometida y Cuenta conmigo (una de las mejores adaptaciones de Stephen King jamás filmadas). Juntos... pero no tanto, su nueva comedia romántica con los veteranos Michael Douglas y Diane Keaton, funciona como excusa perfecta para recordar la película con la que exactamente 25 años atrás renovó este mismo género y nos legó un clásico instantáneo: Cuando Harry conoció a Sally. A continuación, un repaso de su carrera de un cineasta que supo ser genial. y un homenaje a aquel inoxidable film con Billy Crystal, Meg Ryan y el orgasmo fingido más memorable de la historia del cine.

 Por Mariano Kairuz

Rob Reiner usa peluquín. El chiste –dirigido sobre sí mismo– es parte de su nueva película como director, recién estrenada por acá, Juntos... pero no tanto (And So it Goes), en la que hace una de esas cosas que ya casi no hacía en los últimos tiempos y que siempre es muy gratificante para sus seguidores: vuelve a actuar. Y el chiste no es que su personaje usa peluquín para esconder un poco la edad porque él siempre fue pelado. Juntos... pero no tanto es una suerte de romance otoñal entre dos vitales veteranos de casi 70, Michael Douglas y Diane Keaton (quien a los 60 se desnudó en Alguien tiene que ceder) y el papel que Reiner se reserva en ella es secundario y como siempre simpático, pero la película no lo encuentra en su mejor forma como director. Este reclamo se lo han hecho por todos lados; sin embargo, la decepción viene adjuntada a un elogio: como con buena parte de sus últimas películas, Reiner defrauda precisamente porque alguna vez encandiló. Porque fue el autor de varias de las mejores películas del cine norteamericano contemporáneo; algunas son sencillamente obras maestras. Alcanza con mencionar una, que este año cumple 25, Cuando Harry conoció a Sally, para dar una medida de la genialidad de la que alguna vez estuvo investido.

Para encontrarlo en su pico de energía hay que remitirse a otro de sus regresos a la actuación, hace apenas más de medio año: cuando interpretó al padre de Jordan Belfort (Leonardo DiCaprio) en El lobo de Wall Street. Una interpretación extraordinaria, un torbellino imparable en una película igualmente extraordinaria, con destino de clásico, una de las mejores de Martin Scorsese. El Max Belfort de Reiner atestigua los desbordes financieros, sexuales y cocaínicos de los años ’90 con una actitud que oscila todo el tiempo entre el asombro, la diversión y el escándalo. Quiere poner coto a los excesos, ordenar las cuentas y la salud de su hijo y a su banda de truhanes de la Bolsa, pero no sabe realmente cómo hacerlo y pendula entre una amable y bonachona permisividad y el estrés descontrolado de quien sabe que está presenciando los prolegómenos de una catástrofe imposible de detener. Su actuación es gigantesca y, ahora que tiene 67 años, uno cree que además de un gran director venido a menos, en Reiner hay un actor desperdiciado, que debería haber actuado mucho más.

Pero lo cierto es que antes de dedicarse a dirigir eso es lo que fue Rob Reiner: un actor, y uno muy popular, un personaje regular en una de las sitcoms más perdurables de la televisión norteamericana de los ’70, All in the Family. Reiner no había salido de la nada sino que es el hijo de uno de los comediantes más importantes –actor, guionista y director– de la televisión y el cine estadounidenses, Carl Reiner. Creador de, entre otros superclásicos, El show de Dick Van Dyke, director de las mejores películas de Steve Martin –empezando por la insuperable El patán, a las que le siguieron The Man with Two Brains (o Doctor Erótico), Hay una chica en mi cuerpo y Cliente muerto no paga–, Reiner padre no tuvo una relación muy estrecha con Rob en su infancia, según ha dicho el hijo en reiteradas ocasiones: “El estaba muy en su mundo, y no registraba mucho lo que yo hacía. Cuando alguien le decía que yo era muy gracioso, él les preguntaba asombrado: ‘¿Quién, Rob?’”. Hoy se llevan bien y de alguna manera están unidos por la misma cuerda a la comedia clásica norteamericana: Carl, porque empezó a trabajar justo en el momento en el que el cine empezaba a perder el podio en manos de la televisión, y porque formó equipo con los mejores de su tiempo (entre ellos Mel Brooks y un muy joven Woody Allen); Rob, porque filmó algunas de sus mejores comedias con un ojo puesto en el cine de tipos como Ernst Lubistch, Howard Hawks y Frank Capra, y se rodeó de gente que venía de la misma tradición, como Penny Marshall (directora de Quisiera ser grande y Un equipo muy especial) y Nora Ephron (autora del libro de El amor es un eterno vagabundo, y del guión de Cuando Harry conoció a Sally y directora de Sintonía de amor y Tienes un email), o que se acopló muy bien a la versión moderna de esa tradición, como los actores Billy Crystal y Tom Hanks (un Jimmy Stewart para el fin de siglo). No sólo fueron una generación que miró a sus predecesores, los de la era dorada de la comedia, con enorme admiración, sino que hizo un cine que durante un tiempo buscó con entusiasmo la fórmula para replicar aquellas grandes obras, actualizándolas para el público de su tiempo (Tienes un email era directamente una remake de El bazar de las sorpresas, de Lubitsch, así como Sintonía de amor referenciaba sin vueltas a Algo para recordar). También fueron los primeros que pusieron el foco en la infancia, en los años perdidos de la juventud, sin lloriqueos, pero con una genuina melancolía, valorando esa época en que se convirtieron en quienes fueron, en que forjaron algunas de las mejores amistades, y vieron los films de sus vidas.

GENTE REAL

Y tal vez en el caso de Reiner, más que en ningún otro, el paso del tiempo sea uno de los grandes temas de sus películas. “Nunca volví a tener amigos como los que tenía a los 12 años”, dice el narrador de Cuenta conmigo, extraordinaria adaptación de un cuento de Stephen King, que nos sumerge en un relato de arrolladora tristeza sobre aquello que ya fue y es imposible de recuperar. Mientras que Cuando Harry conoció a Sally cruza el relato de sus protagonistas con pequeños falsos documentales sobre otras parejas que cuentan sus respectivas, complicadas historias de cómo llegaron a estar juntos mientras asistimos a las vueltas imposibles, los avances y retrocesos de Crystal y Meg Ryan, tironeados entre la amistad contaminada y afirmada en el deseo sexual. En entrevistas recientes, el propio Reiner señaló el hilo que lleva de aquéllas a los films que viene haciendo en los últimos años, historias gerontológicas como Antes de partir (The Bucket List), la historia de dos enfermos de cáncer que se conocen en el hospital, uno de ellos un millonario (Jack Nicholson) que lleva al otro (Morgan Freeman) en una suerte de última gran aventura para tachar una a una su lista de deudas pendientes. Aquél fue su último gran éxito filmado para un estudio, recaudó cerca de 200 millones de dólares –una fortuna para su género– pero, dice el director, Hollywood ya no quiere hacer otra cosa que no sean franquicias de superhéroes y robots mutantes, y él no encuentra un lugar en ese mundo. Por eso es que Juntos... pero no tanto fue hecha con –relativamente– poca plata, y financiada fuera de los estudios. Hoy, alega, probablemente nadie le daría luz verde a una película como Cuando Harry conoció a Sally.

AMOR Y SEXO

Y si este año son las bodas de plata de Harry y Sally, también se cumplen treinta desde que Rob Reiner estrenó su ópera prima, This is Spinal Tap!, insuficientemente valorada en su momento, pero devenida objeto de culto, y diversas publicaciones norteamericanas se han dedicado abundantemente a ambas efemérides. Una, en particular, el sitio Vulture de la revista New York, estuvo revisando las críticas que la prensa hizo de Cuando Harry conoció a Sally y se encontró con que no fueron todas tan positivas como cualquiera querría creer hoy, con la película de Billy Crystal y Meg Ryan convertida en un clásico inoxidable. “¿Sabías que a muchos críticos no les gustó Cuando Harry conoció a Sally?”, se titula el artículo, y cita a los ingratos de publicaciones prestigiosas e influyentes como Time Out, The New Yorker, y el Times, en la que se la tilda de sensiblera, de demasiado cute, demasiado abocada a la personalidad de sus protagonistas (a los que “no pescamos laburando nunca”), reiterativa y escasamente sutil. No la entendieron.

Si todas las películas de esa primera etapa de Reiner son films absolutamente personales, ésta estaba directamente basada en él –en su propia experiencia no consiguiendo novia durante como diez años– y en su guionista, Nora Ephron. “La idea surgió de los diez años que había estado casado y de los diez siguientes, en los que ninguna relación romántica duraba y mi vida personal se volvía más y más caótica. Me dije: tengo que poder hacer una película acerca de cómo relacionarse con una mujer. ¿El sexo forma parte de la ecuación siempre? Y si es así, ¿es posible seguir siendo amigos? ¿Pueden un hombre y una mujer ser amigos, sin sexo? Estaba confundido, le conté a Nora y se puso a tratar de escribir sobre esto.” Originalmente, la película se iba a llamar “Escenas de una amistad”, y al final Harry no se quedaba con Sally. Pero, en el medio, Reiner empezó un noviazgo con una chica, Michelle, y su perspectiva cambió. Y como sus personajes eran claras extensiones de Rob y Nora, el final de la película cambió en consecuencia. Eso es un cine personal, puede decirse. Sobre sentimientos y gente real. Sin superhéroes. Con amistad y orgasmos, verdaderos y de los otros.

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